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Temas actuales.
Cuaresma, camino hacia la Pascua de Resurrección. PDF Imprimir E-mail
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Reflexiones - Temas actuales.



Cuaresma, camino hacia la Pascua de Resurrección.

Autor:
Padre Marcelo Rivas Sánchez
Fuente: www.mensajespanyvida.org, www.diosbendice.org

Son muchos, muchísimos los que se quedan con la cuaresma de la tristeza y del luto dejando a un lado la buena oportunidad para prepararse a la gran fiesta de todas las fiestas “La Pascua”

Es verdad que comenzó aquel miércoles de ceniza y va a finalizar en la tarde del jueves santo, con la cena del Señor. Pero también tendré que decir que la cuaresma es un medio, nunca un fin. Ya que el fin es la Pascua donde celebramos la vida y para siempre.

Su color dominante ha sido el morado y más que penitencia significa preparación de allí su importancia y su gran relevancia. Tiempo para la reflexión, el silencio que nos ayude a meditar en un necesario retiro de tanto ruido y escándalos. Por eso hay que buscar, a como dé lugar al desapego de las cosas y buscar una conversión espiritual a Jesús.

Sus cuarenta días hablan del diluvio (Gén. 8, 6), de los 400 años que duró la estancia de los judíos en Egipto (Éx. 12, 40-41), de los cuarenta años de la marcha del pueblo judío por el desierto del Sinaí (Números 33, 40), de los cuarenta días de Moisés (Éx. 24, 18) y de Elías en la montaña, de los cuarenta días que pasó Jesús en el desierto antes de comenzar su vida pública (Mateo 4, 2; Marcos 1, 3; Lucas, 4, 2)

Pero en definitiva debe ser un camino de alegría hacia la Pascua. Todos necesitamos de la resurrección la mayor esperanza para el cristiano. Tan necesaria en este tiempo tan triste y tan falto de alegría verdadera. Para ello organicemos un camino para vivir este misterio vital de nuestra fe cristiana.

  1. Abrir los ojos: en medio de tanta oscuridad y de tan poca luz necesitamos los ojos de Jesús para saber mirar y quedarnos en lo mejor que no emboba y menos empalaga. Es abrirlos para poder ver en el trascurso de los días que Él nunca nos va  a abandonar (Mateo 28,20) Ojos que podrán leerlo en las páginas del Evangelio, sentirlo en los sacramentos y hacerlo realidad en la oración constante y confiada.
  2. Hacerse amigo de Jesucristo: En ese camino de conversión todos somos importantes para Dios pues al hacer la revisión tenemos que descubrir que el gran amigo es Jesús. Que desde Él encontramos sentido a la vida y podemos hacer que otros también la encuentren. Esa amistad puede estar envuelta en la enfermedad, en la vejez, en la soledad, en el sacrificio de la pobreza, en la juventud descarriada y sin sentido… Todo para reforzar los lazo de la amistad y valorarla para poder compartirla en momentos alegres y esperanzadores.
  3. Haciendo oración: No es rezar que espera algo, sino oración que nos permite hacer algo para alcanzar a Dios. Es un movimiento hacia Dios que lo alcanza, lo abraza y se hace parte del camino con Él. Es la oración de la alegría y confianza que despierta esperanza y gozo. Esla oración de la mañana que despierta agradecida y con ganas de abrazar la vida como servicio de entrega generosa.
  4. Sin olvidar al hermano pobre: No hay mayor riqueza que ayudar y acompañar a quien está de nuestro lado en el camino de la vida. En ella el vencer tanta avaricia, egoísmo y materialismo que se esconde y se adueña de las vidas. No es el dar por dar ante la no salida de una necesidad apremiante. No. Es la donación alegre para hacer sonreír a quien tiene tiempo que no lo hace. La práctica de la limosna nos ayuda a crecer con esperanza en la caridad y a reconocer en los pobres a Cristo mismo.
  5. Sin quitarnos el pan saber ayunar: Se hace necesario que nos preparemos con cuidado y decisión. Es saber decir no para poder tomar el pan verdadero. Es el ayuno que fortalece la libertad y tensa el deseo de la pureza.

Dispongámonos a vivir esta Cuaresma para poder llegar a una Pascua  de la vida y la esperanza en Cristo vencedor de la muerte y la división.


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http://padremarcelorivassanchez.blogspot.com/

 
¿Cómo recorrer bien estos días de Cuaresma? ¿de qué me voy a convertir? PDF Imprimir E-mail
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Reflexiones - Temas actuales.

¿Cómo recorrer bien estos días de Cuaresma? ¿de qué me voy a convertir?

Autor:
Fuente:
www.primeroscristianos.com

Hemos comenzado la Cuaresma, un tiempo propicio para que, con la ayuda de la Palabra de Dios y de los Sacramentos, renovemos nuestro camino de fe y redescubramos la alegría de vivir siguiendo los pasos de Jesús. Tenemos por delante un camino marcado por la oración y el compartir, por el silencio y el ayuno, en espera de vivir la alegría de la Pascua.

El profeta Joel que nos llama a la conversión: «Ahora –oráculo del Señor– convertíos a mí de todo corazón con ayuno, con llanto, con luto. Rasgad los corazones y no las vestiduras; convertíos al Señor, Dios vuestro, porque es compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad; y se arrepiente de las amenazas» (Jl 2,12-13)

Son palabras pronunciadas por el profeta cuando Judá se encontraba sumida en una crisis profunda. Su territorio estaba desolado. Había pasado una plaga de saltamontes, que había arrasado todo: se habían comido todo lo que crecía en el campo, hasta los brotes de las viñas. Habían perdido por completo todas las cosechas y los frutos del año. Ante esas desgracias Joel invita al pueblo a reflexionar sobre su modo de vivir en los años anteriores. Cuando todo les iba bien, se habían olvidado de Dios, no rezaban, y se habían olvidado del prójimo. Contaban con que la tierra daba sus frutos por sí misma y les parecía que no le debían nada a nadie. Estaban cómodos haciendo lo que hacían y no se planteaban que fuera necesario vivir la vida de otra forma.

La crisis que estaban padeciendo, les sugiere Joel, debía hacerlos caer en la cuenta de por sí mismos, de espaldas a Dios, nada podían hacer. Si tenían paz y comida, no era por sus propios méritos. Todo eso es un don de Dios, que es necesario agradecer. De ahí la llamada urgente a que cambien: convertíos de todo corazón con ayuno, con llanto, con luto, rasgad los corazones: ¡cambiad!

Al escuchar esas palabras tan fuertes del profeta, tal vez podemos pensar: Vale, vale, que cambien los habitantes de Judea, pero yo no tengo que cambiar: ¡estoy muy a gusto como estoy! Hace mucho tiempo que no he visto ni un saltamontes, tengo cosas ricas que comer y beber todos los días, tengo varias pelis pendientes de ver, esta semana tengo varios partidos que voy a ganar,… y no tengo prisa porque todavía los finales están muy lejos y ya estudiaré en serio cuando lleguen.

No sé a vosotros, pero a mí siempre me da mucha pereza ponerme en serio a cambiar algo en cuaresma. La verdad, de suyo no es un tiempo especialmente simpático como, por ejemplo, la Navidad.
Al escuchar el Salmo responsorial tal vez hemos pensado algo parecido: «Por tu inmensa compasión y misericordia, Señor, apiádate de mí y olvida mis ofensas. Lávame bien de todos mis delitos y purifícame de mis pecados». E incluso al repetir «Misericordia, Señor, hemos pecado», tal vez se nos ocurría por dentro decir: Pero si yo no tengo pecados, … en todo caso «pecadillos». No le hago mal a nadie, no he robado ningún banco, no he matado a nadie, en todo caso, sólo «cosillas» de poca importancia. Y, además, no tengo nada contra Dios, no he querido ofenderlo. ¿Por qué voy a decir que he pecado ni a mendigar su misericordia?

Si vemos así las cosas, las palabras de San Pablo en la segunda lectura, nos pueden sonar a repetitivas, pero subiendo el tono, presionando: «Hermanos: Nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo os exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios».

¿Tan importante soy y tanta importancia tiene lo que yo haga, que hoy todos vienen contra mí: el profeta Joel, David con su Salmo, y San Pablo presionando?
Pues la verdad es que sí, para el Señor soy importante. Ninguno de nosotros le resulta indiferente a Dios, no somos un número más de los millones de personas que hay en el mundo. Soy yo, eres tú. Alguien en quien está pensando, a quien echa un poco de menos, con quiere hablar.

¿No te ha dado alegría alguna vez, al salir cansado de clase, recibir un mensaje en el móvil de alguien que te cae bien y que te pregunta: ¿Tienes algún plan esta tarde? ¡Bien! ¡por fin! ¡alguien que piensa en mí! En general, una de las cosas que dan más gusto es comprobar que hay gente que nos quiere, que piensa en nosotros, y nos llama para que nos veamos y pasemos juntos un rato agradable.

Esta semana me encontré leyendo la Biblia unas palabras de amor humano, que son divinas. Son el estribillo de una canción del Cantar de los Cantares que le canta el amado a su amada. Dicen así: «¡Vuélvete, vuélvete, Sulamita! Date la vuelta, date la vuelta que te quiero ver» (Cant 7,1).
En realidad parece que más que cantar invitan a bailar: «¡Vuélvete, vuélvete, Sulamita! Date la vuelta, date la vuelta, que te quiero ver». En hebreo suena bien: šubi, šubi šulamit, šubi, šubi… hasta tiene su ritmo. El verbo šub significa «volver, darse la vuelta», pero es el verbo que en la Biblia Hebrea también significa «convertirse».

Esas palabras del Cantar nos ayudan a comprender lo que está pasando hoy. Dios, el amado, nos invita a cada uno a bailar diciéndonos: «conviértete, date la vuelta, que te quiero ver».
La invitación a la conversión no es la riña de alguien exigente que está enfadado con lo que hacemos, sino una llamada amorosa a que demos media vuelta para encontrarnos cara a cara con el Amor. Nadie nos empuja para reñirnos. Alguien que nos quiere se ha acordado de nosotros y nos envía un mensaje para que nos veamos y hablemos a fondo, abriendo el corazón.

Bien. Pero, en cualquier caso, «no tengo pecados» ¿de qué me voy a convertir?
Hay muchos modos de explicar lo que es el pecado, pero me parece que también la Sagrada Escritura nos ayuda a aclararnos con lo que es.
En hebreo «pecado» se dice jattat. ¿Sabéis cuál es en la Biblia el antónimo, la palabra que expresa el concepto apuesto a jattat? En español tal vez diríamos que lo contrario de pecado es «buena acción», o algún teólogo diría que «gracia». En hebreo, el antónimo de jattat es šalom, paz. Esto quiere decir que para la Biblia ni «pecado» ni «paz» son exactamente lo mismo que para nosotros.

En el libro de Job se dice que aquel hombre al que Dios invita a reflexionar y cambia, experimentará šalom (la paz) en su tienda y cuando revisen su morada, no habrá jattat (no faltará nada) (cfr. Jb 5,24). Eran nómadas y para ellos la tienda era su casa. Una casa está en «pecado» cuando falta algo necesario o cuando lo que hay está desordenado. Está en «paz» cuando da gusto verla y estar allí: todo bien instalado, limpio y en su sitio.
Cuando nos miramos por dentro, tal vez nuestra alma y nuestro corazón están como nuestra habitación o como el piso en que vivimos: con la cama si hacer, la mesa sin quitar los restos de la cena, con unos periódicos tirados por encima del sofá, o el fregadero lleno de platos esperando que alguien los lave. ¡Qué a gusto se queda el alma y el corazón cuando limpiamos los cacharros, y ponemos orden! Por eso en la confesión, cuando hacemos zafarrancho de limpieza en el jattat que llevamos por dentro, nos dan la absolución y nos dicen «vete en paz (šalom)», estás en orden.
Hoy, que comenzamos la cuaresma, el Señor nos llama con amor: šubi, šubi šulamit, šubi, šubi… «vuélvete, date la vuelta que te quiero ver». Él nos quiere y nos conoce bien. Sabe que a veces somos un poco descuidados, y quiere ayudarnos a hacer limpieza para que recuperemos la serenidad, la paz y la alegría.

Por eso es por lo que San Pablo nos insiste con tanta con fuerza: «en nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios», y ¿para qué retrasarlo? ¿por qué dejarlo para otro día? San Pablo también nos conoce y nos mete prisa: «mirad, ahora es tiempo favorable, ahora es día de salvación». Hoy. 22 de febrero de 2012. Miércoles de ceniza. Aquí mismo tenemos confesores, ahí arriba, que en cinco minutos nos ayudarán a ponernos en forma.

Y, una vez, con todo en orden, ¿cómo recorrer bien estos días de Cuaresma?
En el Evangelio de la Misa hemos escuchado que Jesús mismo nos da unas pistas interesantes para concretar unos propósitos que nos ayuden a redescubrir la alegría de amar a Dios y a los demás.
Lo primero que nos sugiere es que nos demos cuenta de que hay mucha gente necesitada a nuestro alrededor, cerca y lejos de nosotros, y no podemos quedar indiferentes ante quienes sufren.
En la primera lectura recordábamos que, ante la crisis de los saltamontes en Judea, Joel decía que es necesario rasgarse el corazón, compartir el sufrimiento con los que padecen.

Hoy día estamos viviendo en una profunda crisis económica. Más de cinco millones y medio de personas están en paro en España. Muchos sufren, sufrimos con ellos, la falta de trabajo y todas las necesidades que esto trae consigo. No podemos desentendernos de sus problemas, como si no pasara nada, ni cerrar nuestro corazón. Deben notar que estamos con ellos.
También en otros lugares del mundo la vida diaria es todavía más difícil que aquí, y necesitan ayuda urgente. «Cuando hagas limosna –dice Jesús–, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo pagará» (Mt 6,3-4). Generosidad: este es un primer buen propósito para la Cuaresma.

También hay otro tipo de «limosna», que no lo parece, porque es muy discreta, pero es muy necesaria. En su mensaje para la Cuaresma de este año, Benedicto XVI nos hace notar que «hoy somos generalmente muy sensibles al aspecto del cuidado y la caridad en relación al bien físico y material de los demás, pero callamos casi por completo respecto a la responsabilidad espiritual para con los hermanos. No era así en la Iglesia de los primeros tiempos».

Ese modo eficaz de «limosna» al que se refiere el Papa es la corrección fraterna: ayudarnos unos a otros a descubrir lo que no va bien en nuestras vidas, o lo que puede ir mejor. Algo que tal vez no hacemos mucho hasta ahora, pero que es bien necesario y útil. «Pienso aquí –dice el Papa– en la actitud de aquellos cristianos que, por respeto humano o por simple comodidad, se adecúan a la mentalidad común, en lugar de poner en guardia a sus hermanos acerca de los modos de pensar y de actuar que contradicen la verdad y no siguen el camino del bien».
Aunque debamos superar la impresión de que nos estamos metiendo en la vida de los demás, no podemos olvidar que, sigo citando a Benedicto XVI, «es un gran servicio ayudar y dejarse ayudar a leer con verdad dentro de uno mismo, para mejorar nuestra vida y caminar cada vez más rectamente por los caminos del Señor. Siempre es necesaria una mirada que ame y corrija, que conozca y reconozca, que discierna y perdone (cfr. Lc 22,61), como ha hecho y hace Dios con cada uno de nosotros».

Junto a la limosna, la oración. «Tú –nos dice Jesús–, cuando vayas a rezar, entra en tu aposento, cierra la puerta y reza a tu Padre, que está en lo escondido, y tu Padre, que ve en lo escondido, te lo pagará» (Mt 6,6). La oración no es la mera recitación mecánica de unas palabras que aprendimos de pequeños, es tiempo de diálogo amoroso con quien tanto nos quiere. Son conversaciones íntimas donde el Señor nos anima, nos conforta, nos perdona, nos ayuda a poner orden en nuestra vida, nos sugiere en qué podemos ayudar a los demás, nos llena de ánimos y alegría de vivir.
Y, en tercer lugar, junto a la limosna y la oración, el ayuno. No tristes, sino alegres, como Jesús nos sugiere también en el Evangelio de hoy: «Tú cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no la gente, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará» (Mt 6,17-18).
Actualmente mucha gente ayuna, se priva de cosas apetecibles, y no por motivos sobrenaturales, sino por guardar la línea o mejorar su forma física. Está claro que ayunar es bueno para el bienestar físico, pero para los cristianos es, en primer lugar, una «terapia» para curar todo lo que nos dificulta ajustar nuestra vida a la voluntad de Dios.

En una cultura en la que no nos falta de nada, pasar algún día un poco de hambre es muy bueno, y no sólo para la salud del cuerpo. También de la del alma. Nos ayuda a hacernos cargo de lo mal que lo pasan tantas personas que no tienen que comer.
Es verdad que ayunar es abstenerse de comer, pero la práctica de piedad recomendada en la Sagrada Escritura, comprende también otras formas de privaciones que ayudan a llevar una vida más sobria.

Por eso, también es bueno que ayunemos de otras cosas que no son necesarias pero que nos cuesta prescindir de ellas.
Por ejemplo, podríamos hacer un ayuno de Internet limitándonos a usar la red lo necesario para el trabajo, y prescindiendo de navegar sin rumbo. Nos vendría bien para tener la cabeza despejada, leer libros y pensar en cosas interesantes.
También podríamos hacer ayuno de salir de copas en el fin de semana, le vendría bien a nuestro bolsillo, y estaríamos más frescos para hablar tranquilamente con los amigos.

O podríamos ayunar de ver películas y series en días entre semana, le vendría muy bien a nuestro estudio.
¿Pasaría algo si ayunásemos todo un día de mp3 y formatos parecidos, y fuésemos por la calle sin auriculares, escuchando el viento y el canto de los pájaros?
Privarse del alimento material que nutre el cuerpo, del alcohol que alegra el corazón, del ruido que llena los oídos y las imágenes que se suceden rápidamente sobre la retina, facilita una disposición interior a mirar a los demás, a escuchar a Cristo y a nutrirse de su palabra de salvación. Con el ayuno le permitimos que venga a saciar el hambre más profunda que experimentamos en lo íntimo de nuestro corazón: el hambre y la sed de Dios.
Dentro de unos momentos, los sacerdotes y diáconos impondrán la ceniza sobre nuestras cabezas mientras dicen: «Acuérdate que eres polvo y al polvo volverás». No son palabras para asustarnos haciéndonos pensar en la muerte, sino para ponernos en la realidad y ayudarnos a encontrar la felicidad. Solos no somos nada: polvo y ceniza. Pero Dios ha diseñado para cada una y cada uno una historia de amor para hacernos felices. Como decía el poeta Francisco de Quevedo, refiriéndose a aquellos que han vivido cerca de Dios en su vida, que mantendrán su amor constante más allá de la muerte, «polvo serán, mas polvo enamorado».

Comenzamos el tiempo de cuaresma. Un tiempo alegre y festivo de dar la vuelta para dirigirnos al Señor y verlo cara a cara. šubi, šubi šulamit, šubi, šubi… «¡Vuélvete, vuélvete –nos dice una vez más–, date la vuelta, date la vuelta, que te quiero ver». No son días tristes. Son días para dejar paso al Amor.

A la Santísima Virgen, Madre del Amor Hermoso, nos acogemos para que al contemplar la realidad de nuestra vida, aunque sean patentes nuestras limitaciones y defectos, veamos la realidad: «polvo seremos, mas polvo enamorado».

 
¿Huyes? PDF Imprimir E-mail
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Reflexiones - Temas actuales.

¿Huyes?

Autor:
Ana María Frege Issa
Fuente:

No hay persona que no haya cometido un error en su vida. Todos, por ignorancia o de forma consciente, hemos tomado las decisiones equivocadas que desearíamos nunca haber realizado. Quisiéramos volver el tiempo atrás para no tener que vivir con las consecuencias de lo que hicimos.

Algunos optan por huir, dejar familia, trabajo, amigos, ministerio, todo aquello por lo que alguna vez lucharon y en lo que invirtieron sus mejores esfuerzos. Pero por mucho que huyan las consecuencias están ahí, no se alejarán y lejos de minimizar el problema solamente lo van empeorando.

Lo mismo sucedió con Jacob. Su vida estaba llena de engaños, hasta su padre había sido víctima de sus ardides. Después de engañarlo, temiendo por su vida, huyó. Durante 20 años había estado lejos, hasta que un día, se enteró que su hermano Esaú, venía a buscarlo con 400 hombres. Jacob estaba seguro de que todo se había acabado. Tomó todas las previsiones del caso, separó a sus siervos y ganado en caravanas,  mandó regalos a su hermano, hizo que sus esposas, hijos y esclavas cruzaran el río Jacob y cuando se quedó sólo en el campamento inició una lucha con Dios.

Este enfrentamiento dejó como resultado un nombre nuevo y una cadera dislocada. Dios lo llamó Israel porque había luchado con Dios y con los hombres y  había ganado. Pero la cadera dislocada le quedó como recordatorio de aquel momento crucial.

Al igual que Jacob, podemos vivir huyendo, tomando previsiones para que las consecuencias de nuestros errores no nos alcancen, pero siempre llega un momento en el que debemos dar la cara. Tarde o temprano nos vemos enfrentados a nuestro pasado y es sólo ahí, cuando tomamos la decisión de no huir, de dar la cara y tratar de restituir lo que hicimos mal, Dios nos da un nombre nuevo y cambia nuestras circunstancias.

Con todo el historial que tenía Jacob, Dios podía haberlo entregado a su hermano y olvidarse de todas las maravillosas promesas que le hizo, y seguramente Jacob no hubiera podido reclamarle porque sabía muy bien cómo había sido su vida, pero Él había hecho un pacto y lo cumplió.

No importa la cantidad de errores que hayas cometido, toma el valor para enfrentar las consecuencias, tal vez quedes con la cadera dislocada, pero valdrá la pena reconocer tu situación, pedir perdón y en rectar tus caminos porque Dios tiene mucho para ti, Él prometió que tiene grandes planes para tu vida y sus promesas son eternas, no cambian por mucho que le fallemos.

“Así que Dios ha hecho ambas cosas: la promesa y el juramento. Estas dos cosas no pueden cambiar, porque es imposible que Dios mienta. Por lo tanto, los que hemos acudido a él en busca de refugio podemos estar bien confiados aferrándonos a la esperanza que está delante de nosotros”. Hebreos 6:18

Deja de huir y enfrenta tus problemas, evitar dar la cara te alejará de la bendición. Nuestros actos siempre tienen consecuencias pero podrás ser libre de aquello que te atormenta y podrás tener un nuevo inicio, una vida plena de promesas y grandes cosas que Dios tiene para ti una vez que dejes de correr.

 
El crimen del siglo. PDF Imprimir E-mail
Reflexiones - Temas actuales.

El crimen del siglo.

Autor:
Fuente:
www.reinadelcielo.org

Extrañas épocas nos toca vivir, donde el hombre flota sobre nubes de confusión y crueldad. Vemos como con gran despliegue mediático el hombre del siglo veintiuno grita ¡salven a la ballena!, mientras con la misma voz reclama ¡maten a los bebés nonatos! Se preocupa y reclama por la lucha contra la contaminación de ríos, mares y aires, cuando al mismo tiempo y en nombre de la no contaminación de los derechos de las madres, proclama el exterminio de las pequeñas almas que puras e inocentes habitan los vientres sembrados con la semilla de la vida.

Muchas veces vemos como se defiende el derecho de las madres y la obligación social de atender circunstancias dolorosas, las que se propone resolver con el homicidio de los más débiles e inocentes, mientras se reclama el no carácter criminal de semejante actitud. ¿En que momento se produce el chispazo que da origen a la vida? ¿Al mes de la concepción, a los dos meses, en el propio instante de unirse la semilla paterno-materna? Todos tenemos acceso a documentos visuales tremendos, que no podemos mirar porque el alma estalla en nuestras retinas. Imágenes de fetos destrozados, pequeños cuerpecitos arrancados o succionados, lanzados al cesto de basura como si fueran un despojo sin valor alguno. Me pregunto, ¿quien puede ver semejantes imágenes y seguir defendiendo el homicidio de estas almitas? ¿Qué diferencia hay entre destrozar el cráneo de un bebé de uno o dos meses de concebido, o arrancar un bebé de un mes de nacido de los brazos de su madre en plena calle, y arrojarlo debajo de los automóviles que pasan? En ningún caso se pueden defender estos hijos de nuestra era, son almas inocentes, victimas de nuestro mundo.

El hombre ha tenido crímenes horribles en su conciencia, el peor de todos fue el Deicidio cometido contra Jesús, Hijo del Padre, Verbo Encarnado, dos mil años atrás. Pero este siglo sin dudas lleva sobre la conciencia del hombre el más horrible eco de la Crucifixión del Señor, que es la proliferación del asesinato de millones y millones de inocentes bebés en los vientres de sus madres. Este mundo confunde y arrastra a mujeres jóvenes a cometer el más horrible de los pecados, el asesinato de la carne de la propia carne. La culpa cae y se encarna en aquellos que tienen responsabilidad de conducción, de legislación, de ejecución de los abortos que proliferan entre las naciones. Pero también posa su mirada en todos aquellos que tienen la obligación moral de elevar su voz de reclamo, grito de vida.

¡Detengan este crimen, el mayor crimen de la humanidad en estos tiempos!

Jesús perdona, siempre perdona a aquellos que vuelven a El con verdadero arrepentimiento, con ánimo de volver a Su rebaño. Aquellos que somos pecadores y hemos caído lo sabemos bien, Jesús no solo perdona, sino que también olvida. Pero el alma tarda mucho tiempo en sanar aquellas heridas que son más profundas. El pecado más difícil de sanar y olvidar es aquel que aquí llamamos el  crimen del siglo, esto lo saben muy bien los sacerdotes, directores espirituales que ayudan a sanar heridas profundas. Pero ellos también saben que el mayor agradecimiento de un alma a su director espiritual es el de haber sido convencida de seguir adelante en un proyecto de vida, y ceder a la tentación de abortar.

Los silencios son complicidad, cuando Dios nos pone en lugares desde los que algo podemos hacer, sea poco o mucho. Lugares que nos obligan a ser valientes y comprometidos hijos de María, fieles a Ella, Madre Divina. Cada niño arrancado de un vientre materno es una espada que atraviesa su Inmaculado Corazón, y cada silencio de uno de sus hijos, cada acto de cobardía, es también una lágrima en su rostro atribulado.

No tenemos forma de detener con nuestros esfuerzos individuales este crimen que se multiplica y avanza como una marea sangrienta, salvo nuestra oración permanente y reparación por los pecados del mundo. Sin embargo, sí podemos hacer muchas cosas con nuestro esfuerzo colectivo, con humildad y coraje siguiendo a nuestros pastores que son quienes llevan la lámpara en alto para iluminar el camino. No callemos a nuestra conciencia, que a cuatro vientos grita:

¡No maten a los bebés!

 
La fórmula de la felicidad. PDF Imprimir E-mail
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Reflexiones - Temas actuales.

La fórmula de la felicidad.

Autor:
Mónica Muñoz
Fuente: elobservadorenlinea.com

“Cuando todo vaya mal, respira hondo, sonríe y sigue adelante”. Esta frase pareciera sacada de un libro de superación personal, y estoy segura de que algo parecido encontraríamos en esas publicaciones que tan populares se han hecho en los últimos años, todas ellas dedicadas para un público que necesita alientos para continuar viviendo a pesar de las circunstancias adversas de la vida.

Y la verdad, es fácil percibir la razón por la cual son tan socorridos dichos escritos, pues llegan al corazón de las personas que, tristemente, se sienten solas y devaluadas.  No critico a quienes gustan de este tipo de lectura, simplemente llama la atención que quien necesita consuelo, recurra a todos los medios posibles e imaginables.

Y es que es inherente al ser humano buscar reconocimiento, así como desear ser escuchado y aprobado, lamentablemente, a veces acude a sitios equivocados, cayendo en manos de charlatanes que pueden causar grandes daños en lugar de ofrecer soluciones

Pienso por ejemplo en aquellos que se anuncian en la televisión dando un número telefónico para enviar el horóscopo, leer la suerte y “guiar a la felicidad” a quienes inocentemente caen en sus engaños.  Ah, porque también estas personas se han modernizado, ya no es necesario consultarlos personalmente, con sólo enviar un mensaje se puede recibir el remedio mágico a todos los problemas… o aparentemente, eso prometen.  Y aunque parezca irrisorio, abunda la gente que cree que efectivamente recibirá lo necesario para alcanzar su sueños, llámense riquezas, poder o marido (o mujer, según sea el caso).

Pero ya en serio, ¿qué hay detrás de todo esto?  Solamente personas que desean encajar en la sociedad, sentirse aceptadas y queridas, tener lo mismo que los otros, en pocas palabras, desean, sin saberlo quizá, darle un sentido a sus vidas.  Y finalmente, creo que ese es el punto álgido: darle sentido a sus vidas, porque no tengo duda, viven un vacío existencial que necesitan llenar con lo que sea.

Entonces, ¿cómo se puede lograr llenar los vacíos con los que gran parte de la sociedad vive?  Pues muy simple: quien se dedica a hacer el bien a sus prójimos, trabaja para sí mismo.  ¡Cómo!, ¿No lo creen amables lectores?

Nada más echemos un vistazo a quienes cuidan enfermos o ancianos, atienden niños huérfanos o dan algún tipo de servicio voluntario: sus rostros reflejan paz, se quejan poco o nada, saben que el tiempo es valioso y deben aprovecharlo al máximo, se preparan física, mental, intelectual y espiritualmente para servir mejor, se convierten en mejores seres humanos, se sienten felices porque saben que sus esfuerzos benefician a sus semejantes.

Quizá ustedes puedan decirme que a muchos de ellos les pagan y hasta hacen de mala gana lo que les corresponde, por eso reitero: quienes trabajan en estos u otros servicios de manera voluntaria, han encontrado la clave de la felicidad.  No quiere decir esto que sus vidas estén exentas de problemas, todo lo contrario, creo que tienen más porque curiosamente, quien obra rectamente, encuentra muchos obstáculos en su camino, sin embargo, eso no los desanima, los hace más fuertes y los motiva a buscar otras posibilidades para realizar sus trabajos.

No me refiero solamente a personajes como Juan Pablo II o la Madre Teresa de Calcuta, hay miles de seres humanos que desgastan sus vidas por otros sin esperar nada a cambio, porque además, ese es el secreto: quien espera algún tipo de recompensa, simplemente terminará decepcionado. Eso es lo que distingue a quien da generosamente, es parecido a lo que se siente cuando donamos alimentos o dinero al unirnos a alguna campaña de ayuda solidaria, ¿o no es verdad?, aquí la gran diferencia estriba en que la campaña es permanente, siempre habrá algo que podamos hacer a favor de nuestros hermanos, como enseñar a leer a algún adulto, visitar un enfermo o un anciano para hacerle compañía y leerle un rato, o si somos más jóvenes y podemos hacerlo, unirnos a algún grupo de ayuda como la Cruz Roja o el heroico cuerpo de bomberos, qué se yo, hay tantas actividades humanitarias que se pueden realizar.

Entregar la vida por los otros es la mejor manera de aprovechar el tiempo y ganar el cielo, y por si fuera poco, es la fórmula perfecta de la felicidad, porque “hay más alegría en dar que en recibir”.  (Hechos de los Apóstoles, 20-35) ¿Por qué no hacemos la prueba?

 
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