Analisis.

Apoyanos con un clik1.

Di no a la pornografía. Un video impactador.



Get the Flash Player to see this player.

time2online Joomla Extensions: Simple Video Flash Player Module
Caminando con Jesús
La medida del Amor es Cristo en la Cruz. PDF Imprimir E-mail
Reflexiones - Caminando con Jesús

 

La medida del Amor es Cristo en la Cruz.

Autor: Arturo Zárate Ruiz.
Fuente:

El papa Francisco es tan popular que algunos vivillos ponen dichos sabrosos en su boca para luego justificar y vender sus cuestionables egoísmos como magisterio de la Iglesia. “Lo dijo el Papa”, sería su excusa. Sospecho que uno de esos dichos es el de “no vivas sólo para tus hijos”.

Sucede que se nos ha advertido ya en varias ocasiones contra lo que se difunde en Facebook y en otras redes sociales como enseñanzas del papa Francisco. Se nos pide que chequemos en los documentos oficiales suyos para cerciorarnos si lo dijo o no, y aun antes ver si se da la fecha de lo que se supone que dijo: sólo entonces podremos saber si es posible verificar.

Contamos además con el oído de fe que nos advierte cuando suena rara la dizque cita, por lo que habríamos de cuestionarla.

A menos que maticemos la frase en un contexto adecuado, chocaría contra la doctrina cristiana. Por ejemplo, en el mismo documento donde refieren “no vivas sólo para tus hijos”, incluyen “Esta vida no es eterna y así es aunque no quieras pensar en ello”. Es como si el Papa dijera, “no hay eternidad”, “te mueres y ya”, lo que contradice de lleno el mensaje central cristiano de resurrección y de vida. Esta blasfemia sólo tendría sentido si se le matizase y refiriese a que nuestra estadía en este mundo finito no es eterna, y que hay un mundo mejor (o peor que sería el Infierno) al que llegaremos tras la resurrección.

Continuando con el ejemplo, allí mismo afirman que dijo “La espiritualidad, la religión, las oraciones (o cual sea tu manera de expresar tu vida espiritual) pueden ser una fuente de energía”. Esto suena a “new age”, no a palabras de un apóstol de Cristo. Lo que entonces se te propone es tu ensimismamiento, el que tú seas el centro, el “que te llenes de energía”, no el salir de ti mismo para amar a Dios y a tu prójimo, aun cuando ello exija tu abatimiento, tu entrega como Cristo en la Cruz. Es más, “cual sea tu manera de expresar tu vida espiritual” supone que da igual que seas hijo de la Iglesia o no. ¡Qué digo!, supone que no importa que la manera en que expreses tu “espiritualidad” sea inclusive la de negociar con Satanás. Si cualquier expresión da igual, ¿por qué el Papa es católico?

¡Vamos!, ¿puede el Papa que se nombró a sí mismo Francisco, para predicar así la pobreza, afirmar también lo siguiente?:

“Ámate. No te olvides de ti mismo cuando luches por la felicidad de tus hijos. No te niegues un vestido o una corbata, por ejemplo, por comprar un nuevo juguete; no cambies tu salón de belleza o tu hobby por pagar un nuevo profesor particular. Si tú no cuidas de ti mismo, ¿qué le puedes dar a los demás?, ¿qué ejemplo les darás?, ¿qué amor?”

¡Ah!, ahora resulta que ya no es mandato “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga, porque él que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará”. Ahora, según la mentada cita, lo importante es que te mimes, que te autocomplazcas, que te compres un vestido Louis Vuitton o que vayas al salón de belleza. Eso es más importante que el que tu hijo pase la materia reprobada.

Así, resulta que el “no vivas sólo para tus hijos”, o por decirlo de otra manera, el no los ames demasiado, el mímate primero a ti, es lo recomendable, cuando el mandato de Cristo mismo es no sólo que ames a tu hijo (que lo puede hacer cualquier pagano), sino que ames inclusive a tus archienemigos, y, ¿según qué medida?, “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”, es decir, hasta la muerte, y muerte de Cruz.

De seguir a Jesús, nuestro amor no puede ser, pues, el de un cuentachiles. Nuestro amor debe ser total.

Por supuesto, esa cita, en un contexto adecuado, tiene algún sentido. Por ejemplo, debemos evitar idolatrar a nuestros hijos o a cualquier otra persona de este mundo porque debemos “Amar a Dios sobre todas las cosas”. “El que a causa de mi Nombre deje casa, hermanos o hermanas, padre, madre, hijos o campos, recibirá cien veces más y obtendrá como herencia la Vida eterna”, nos prescribe Jesús.

También, el “no vivas sólo para tus hijos” puede además significar que no les des o permitas cualquier capricho que te pidan. “¿Quién de ustedes, cuando su hijo le pide pan, le da una piedra? ¿O si le pide un pez, le da una serpiente?”, dice Jesús. Sucede que a veces los hijos sí son extravagantes y no piden pan, sino piedras, y no peces, sino serpientes. Ningún padre prudente les cumplirá el desvarío.

Pero no cumplírselos no es desamor, sino amor sabio que sabe dar lo que les hace bien a los chamacos. El mismo Dios, quien es infinito Amor, no responde a nuestras oraciones tontas, sino que sólo nos da lo que nos conviene, aun cuando desagradecidos no lo reconozcamos.

Podrías replicar que Dios está por encima del tiempo y tú no, que te tienes que repartir. Pero el que te repartas prudentemente no quiere decir que no te des todo.

En breve, el amor no tiene límites. Recordemos a san Pablo: “El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tienen en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.”

Entrégate, pues, de lleno a aquellos que amas, no sólo a tus hijos, sino inclusive a tus enemigos.

por Arturo Zárate Ruiz

 
6 tentaciones típicas del cristiano "nivel avanzado". PDF Imprimir E-mail
Reflexiones - Caminando con Jesús

 

6 tentaciones típicas del cristiano "nivel avanzado".

Autor: Mauricio Artieda.
Fuente: catholic-link.com/

Por si a alguien todavía no le queda claro: el demonio existe y los seres humanos no somos de su particular agrado; es más, el muy cobarde, puesto que a Dios no puede hacerle ningún daño directo, decidió herirlo a través de las criaturas que Él más amaba: nosotros. Por eso nadie se espante, especialmente los cristianos (su presa favorita), si les digo que el demonio constantemente nos ataca y nos tienta para que ofendamos a nuestro Creador.

El problema es que el demonio es muy astuto, y nosotros, los cristianos, muchas veces nos pasamos de tontos. Creemos que ir a Misa, rezar el Rosario y tratar de vivir una vida cristiana coherente nos exime automáticamente de toda preocupación por la presencia de este indeseable sujeto. Lamento decir que la realidad no es así. El demonio redobla sus esfuerzos cuando ve coherencia cristiana en nuestras vidas, asume nuevos rostros y actualiza sus estrategias. Una metáfora puede ayudarnos: un ladrón quiere entrar a robar en una casa. Merodeando su objetivo y rumiando su plan descubre que ahí vive una joven cuyo novio, a una determinada hora, le lanza piedritas a la ventana para que ella se asome por el balcón y le permita entrar. ¿Qué deberá hacer el ladrón para engañar a la joven? Seguramente lanzar piedritas a la hora correcta solo podría servirle para ganarse un escopetazo del Papá. Es obvio que el plan debe consistir en disfrazarse del novio, copiar su modo de andar e impostar la voz para lograr un tono lo más parecido posible. Creo que es un buen ejemplo para entender cómo se filtra el demonio y sus tentaciones en la vida de un cristiano. El demonio, al no poder presentarnos la tentación de manera burda porque sabe bien que serían rápidamente rechazadas, cambia de plan e intenta presentarse con pensamientos y estados de ánimo que parecen espirituales para poco a poco desviarnos de la relación con Dios.

¿Cuáles son esos pensamientos y estados de ánimo en apariencia positivos y espirituales pero que en el fondo son tentaciones? Me voy a valer del libro El discernimiento del Padre Marko Rupnik, que por cierto recomiendo mucho, para responder a esta pregunta. Éste se basa, a su vez, en los padres de la Iglesia, es por ello que los puntos que se vienen tienen mucho de la riqueza de la tradición y la sabiduría de la Iglesia.

Volver a centrar la mirada en uno mismo

No sé si lo han experimentado como yo pero cuando decidí ser un cristiano de verdad uno de los grandes cambios espirituales que Dios me ayudó a hacer fue el de sacar la mirada de mí mismo y ponerla en los demás. Descubrí que había más alegría en dar que en recibir y que la alegría de la comunión auténtica no se comparaba a los opacos destellos de satisfacción que ofrece el egoísmo. En el combate espiritual es aquí donde el demonio se juega todas su cartas. Y es que es muy difícil engañar o inducir a error a una persona que tiene la mirada y el corazón puestos en Dios y en los demás. Por decirlo de una manera, el amor es la “criptonita” del maligno.

Más que el primer punto podríamos decir que esta es la estrategia base que inspirará las demás tentaciones. El demonio necesita que agachemos la cabeza, que centremos la mirada nuevamente en nosotros mismos para poder atacar con efectividad. Este aflorar de un amor propio desordenado es una enfermedad espiritual que los Padre de la Iglesia han llamado: Filaucia. Veamos cuáles son los modos sutiles con los que el demonio trata de inocularla en nuestra vida cristiana.

1 Hacernos creer que la fe es contenido y no relación

La fe cristiana es una vida de relación con Cristo. Una relación que se manifiesta de muchos modos: en lo que creemos, en lo que queremos, en lo que pensamos y en lo que elegimos. Es una fe que informa y enriquece toda nuestra vida porque es una fe viva, fundada en una relación actual y real con el Señor Jesús.

Cuando la vida del cristiano está nutrida por un dialogo amoroso con Cristo, el demonio poco o nada tiene que hacer. Su estrategia, por lo tanto, consistirá en desvitalizar esta relación. ¿Cómo lo hace? Pues tratando de que nuestros pensamientos y sentimientos religiosos; ya sea nuestra aspiración a la santidad, nuestra piedad eucarística o nuestra sensibilidad espiritual y social, entre otras, empiecen a parecernos más una conquista personal que un don recibido. El objetivo del demonio es hacer de nosotros personas religiosas sin Dios. Querrá hacernos creer que podemos mejorar como cristianos prescindiendo -paulatinamente- de las exigencias propias de una relación de amistad con Jesús.

Lo que el demonio no nos dirá es que nadie puede apropiarse de la fe sin sofocarla y desvirtuarla. Cuando el cristiano empieza percibirse como el principal autor de su vida cristiana la fe pierde toda la energía y actualidad que le donaba la dinámica relacional y se enfría hasta el punto de convertirse una ideología como cualquier otra. Es decir, en un conjunto de ideas en las que se cree (doctrina), que han modelado las costumbres de una familia o un pueblo (tradición) y que se traducen en una serie de normas de conducta útiles para llevar una vida correcta (moral). ¿Nunca les ha pasado que se encuentran con un cristiano que define el cristianismo de este modo?

Las consecuencia son obvias. Cuando la fe se convierte en ideología, aburre; se abre una grieta enorme entre la vida concreta y las propias creencias. La Encarnación, la Muerte y la Resurrección de Cristo adquieren repentinamente la misma relevancia que Neptuno, Urano y Saturno en nuestra vida. El demonio ha vencido. Nos ha convertido en cristianos bien adoctrinados, asiduos en las prácticas y rituales católicos, moralmente ejemplares… y muertos por dentro.

2. La sensualidad

Es fundamental rezar y realizar con amor nuestras actividades religiosas. No es atípico y no está mal que realizando todo esto experimentemos satisfacción y paz interior. ¡Estamos haciendo lo que la Iglesia nos invita a hacer y estamos perseverando! Es algo para sentirse felices, que nadie te diga lo contrario. Pero hay un peligro del que te quiero advertir; se trata de algo muy sutil: es muy fácil perder el horizonte y empezar a practicar nuestros ejercicios de devoción ya no con el objetivo de acercarnos a Dios y reforzar nuestro amor por Él, sino por el gusto espiritualidad que estas prácticas nos producen. Por lo que nos hacen sentir o por la imagen personal que empezamos a construir a partir de ellas.

¿Cómo podemos saber cuándo nos ocurre esto? El P. Rupnik nos da un excelente consejo: “Es importante estar atentos al proceso de los pensamientos y de los sentimientos en las oraciones y en los momentos espirituales de gran calor e intensidad (…) el enemigo se sirve de una imaginación que tiene por objeto las cosas de Dios, las cosas santas, las personas santas, o bien nosotros mismos, nuestro futuro espiritual, con el fin de suscitar en nosotros convicciones y pensamientos que, o nos hacen protagonistas “sensuales” de la vida espiritual -deseosos sobre todo de esta satisfacción- o bien, nos hacen sentirnos contentos de estar en este camino porque es satisfactorio”. Por experiencia propia, creo que no es difícil darse cuenta de la naturaleza de nuestros pensamientos y sentimientos una vez que nos hemos hecho conscientes de la necesidad de realizar su análisis. Lo difícil es precisamente esto último. Por esta razón la Iglesia recomienda no perder de vista nuestro examen de conciencia.

3. El apego a las propias ideas o planes

El éxito nos encanta. Somos seres humanos. Queremos que nuestros proyectos salgan bien e incluso rezamos para que esto sea así. No tiene nada de malo, es más, Dios también quiere que nuestras empresas evangelizadores salgan adelante. Sin embargo, el demonio sabe muy bien que el corazón humano a veces se entrega demasiado a los propios proyectos. El hecho de que nuestras obras busquen la evangelización no nos hace inmunes a desarrollar apegos mundanos con nuestro proyectos. Apegos que nos hacen olvidar la centralidad de Dios y su gracia y nos ponen a nosotros como los protagonistas y los héroes indispensables de ese apostolado concreto. El demonio goza cuando logra disfrazar la filaucia de celo apostólico; por eso nunca está demás poner en las manos del Señor, especialmente en el Sagrario, nuestro corazón y todos nuestros proyectos. Hablar con confianza de cada uno de ellos y dejar que el Señor nos interpele y nos ayude a ponerle siempre a Él en el centro, aunque eso signifique -gracias a Dios- hacer retroceder nuestra hambre de protagonismo.

4. Hacernos sentir los justicieros de Dios

¡Qué lindo! Vivimos la pureza, vamos a Misa, pensamos como cristianos y ayudamos a las viejitas a cruzar la calle. Agarrémonos entonces de las manos, hagamos una ronda y no dejemos entrar a ninguna persona en nuestro círculo de diáfana virtud. ¿Te parece esta una actitud cristiano? ¡Claro que no! pero la dura verdad es que enjuiciar y despreciar a los demás por no vivir o pensar como nosotros es una práctica común cuando la propia vida espiritual no es lo suficientemente madura. Esta es otra gran tentación de la que se vale el demonio para introducir la filaucia en nuestras almas: nos hace experimentar el gusto fariseo de ser los justicieros de Dios; aquellos con poder para definir quién vive la fe y quién no. Inclusive podríamos a hacer largas vigilias de reparación por los pecados de los demás; rezando y llorando por un mundo que se cae a pedazos cuando a pedazos — en realidad — se desgaja el corazón de Dios al vernos sumergidos en un ciego y torpe amor propio.

La verdad es que los justicieros de Dios, con sus condenas y sus poses, están muy alejados de la mirada de misericordia y amor que Dios nos pide. Es importante que el cristiano que ha caído en esta tentación identifique aquellos juicios condenatorios o aquellos sentimientos de superioridad que le han embotado el corazón y los ponga con humildad a los pies del Dios que no bromeaba cuando decía que las prostitutas y los publicanos precederían a los fariseos en el Reino de los Cielos.

Solo para mencionarlo, esta tentación también se cuela en el mundo de las ideas. Ocurre cuando nuestra propia interpretación de la fe se vuelve la norma universal para juzgar las reflexión y comprensión que otros tienen de la doctrina católica. Dice el P. Rupnik: “Así las ideas se convierten en idolatría, y siguiendo ese camino se puede llegar a confundir la fe con un filón de pensamiento preciso, con una escuela precisa, incluso con un método preciso, perdiendo así un enganche real con Cristo Salvador”. En el fondo se produce una ideologización de la fe que puede llegar al extremo de descartar cualquier opinión que se oponga a la propia, incluida la voz del propio obispo, la voz del Papa o la del Magisterio de la Iglesia.
5. Pensamientos conformes a la Psiqué

Como ya comenté, cuando el cristiano crece en su vida espiritual el maligno debe volverse más refinado para poder introducir su aguijón en nuestras vidas. Un modo muy astuto de hacerlo — percibido, estudiado y combatido por los padres del desierto — es el de inspirar pensamientos conforme a las características de la persona; es decir, a quien es valiente le inspirará pensamientos de entrega y coraje, quien es devoto pensamientos de piedad y mortificación, quien es generoso pensamientos en la línea de la caridad y la defensa de los pobres, etc. Dice el P. Rupnik: “El enemigo llega a fingir que reza con quien reza, ayuna con el que ayuna, que hace caridad con quien da limosna, para atraer la atención, entrar por las puertas de la persona y después hacerla salir donde él quería llevarla”.

El demonio conoce nuestro mundo interior y lo tiene en cuenta. Es fundamental que nosotros también lo conozcamos y sepamos hacer un fino examen de conciencia (¡que es oración!) con vistas a reconocer dónde crece el trigo y dónde fue sembrada la cizaña. El criterio último de discernimiento debe ser el plan de Dios en nuestras vidas. Hay muchas cosas buenas y santas que podríamos hacer que no son parte de lo que Dios quiere para nosotros. La prudencia, fundada en el plan divino, debe siempre regular a la caridad.

6. La falsa perfección

Esta probablemente te sorprenda. El maligno también es capaz de tentarnos con cosas que podemos superar fácilmente con el objetivo de hacernos sentir personas buenas y luchadoras, con un nivel decente de virtud en nuestras vidas. Advierte el P. Rupnik: “Se cae así en la trampa más peligrosa, la de la soberbia espiritual. No son los hombres los que consiguen vencer al príncipe de las tinieblas, sino que es sólo Dios el que vence, es el Espíritu Santo quien nos comunica la fuerza del Señor de la luz para desechar las tinieblas y vencer los engaños del tentador”. Esta soberbia espiritual va de la mano con la falsa creencia de que somos capaces de vencer cualquier tentación si es que nos lo proponemos. Dios y su gracia salen inconscientemente del panorama del combate espiritual y el terreno queda servido para que el tentador muestre su verdadero rostro. Lo terrible de este modo de filaucía espiritual es que el cristiano vencido tratará de recuperarse subiendo por la misma escalera que le permitió alcanzar su pasado grado de virtud; es decir, la escalera del voluntarismo. La oración acompañará sus esfuerzos pero no será el corazón de su combate porque el tentador se ha asegurado de hacerle creer que puede lograrlo por él mismo. ¡Qué gran mentira!

La siguiente movida del maligno, y hay que estar atentos, será hacerlo abandonar la esperanza de ser ayudado por Dios para finalmente llevarlo a desesperar de su misericordia. Es irónico pero es cierto. El cristiano abandona la esperanza de recibir una ayuda que nunca pidió, y desespera de la misericordia divina cuando su objetivo no fue el perdón, sino recuperar la paz que le producía sentirse bueno y virtuoso. En el fondo, con la filaucía el maligno desubica al cristiano y lo coloca inerme en batallas cuyo resultado está previamente definido: perderá.

Es esencial saber que la verdadera perfección cristiana se vive en clave de morir y resucitar constantemente. Se expresa en un amor humilde que nunca se pone por encima de los demás ni se envanece con sus logros o capacidades. No haya paz en la auto contemplación sino en la felicidad de quienes están a su lado. Es una perfección que se sabe profunda y constantemente necesitada del auxilio de Dios porque reconoce su pequeñez ante el misterio del amor al que está llamada. Sus conquistas no las atribuye a sí misma sino que las agradece porque siempre son dones recibidos. Ante la perfección cristiana lo único que el maligno puede hacer es controlar su impotencia.

 
¿Cómo le pido un favor a Dios? PDF Imprimir E-mail
Usar puntuación: / 1
MaloBueno 
Reflexiones - Caminando con Jesús

 

¿Cómo le pido un favor a Dios?

Autor: Juan Rafael Pacheco
Fuente: www.mensajespanyvida.org

Al igual que con todo en la vida, básicamente hay dos formas de dirigirse a Dios. Una, la complicada.  Otra, la sencilla.

Y cómo para muestra basta un botón, les contaré que había una vez una mujer muy piadosa que todos los días, lluvia o sol, sana o enferma, era la primera en llegar a la capilla de su barrio. Desde que abría la puerta empezaba de inmediato a rezar su letanía personal, presentando a Dios su extendido menú del día. Desde el primer plato hasta el postre y el cafecito, ahí estaba todo, bien detallado y bien condimentado con los sazones más variados, así como con las promesas más complicadas si a Dios se le ocurría complacerla. Un negocio total. Me das, te doy.

Un día el despertador no sonó. Se levantó sobresaltada, se vistió como pudo, y peine en mano salió rumbo a su cita con Papá Dios.

Al salir se le cruzó intempestivamente a un viejito que venía en una bicicleta, quien perdió el control y cayó largo a largo en el suelo.  La mujer, apurada, apenas le dijo “lo siento” y siguió su carrera.

En la otra cuadra, una pobre infeliz le pidió ayuda para ir al hospital, y nuestra mujer, apurando el paso más aún todavía, le dijo “excúseme, voy de prisa”.

Casi de inmediato, un niñito mal vestido y sucio le pide que le de algo de comida. La respuesta: “Otro día, que estoy tarde para mi reunión con Dios”.

Y así, con la lengua afuera llegó a la capilla justo a las siete, la hora de su compromiso diario. Trató de entrar, pero muy extrañamente, la puerta estaba cerrada. A un lado, clavada con una tachuela, había una nota.

Rápidamente la arrancó. En letra obviamente escrita con apuro, leyó lo siguiente:

“Perdón por no estar aquí. Esta mañana tuve un accidente en la bicicleta,  no conseguí dinero para ir al hospital y ni siquiera algo para desayunar, así que es posible que llegue un poco tarde”. Firmado: “Dios”.

Este ejemplo nos enseña la forma complicada de dirigirnos a Dios, así como sus consecuencias.

Por otra parte, en una ocasión, “estando Jesús en un poblado, llegó un leproso, y al ver a Jesús se postró rostro en tierra, diciendo: ‘Señor, si quieres, puedes curarme’. Jesús extendió la mano y lo tocó, diciendo: ‘Quiero. Queda limpio’. Y al instante desapareció la lepra”. (Lc 5, 12-13).

“Este pasaje de la Escritura nos muestra cómo pedir un favor: ‘Si quieres’. Esta es la actitud de aquel que sabe que está hablando con Dios y que, por lo tanto, para él ‘todo’ es posible; pero al mismo tiempo es la actitud de aquel que sabe que Dios no solo es todopoderoso, sino que es la misma sabiduría, por lo que sabe lo que es o no bueno para nosotros.

De esta manera tengo la confianza de pedir todo cuanto quiero (aún lo que pudiera considerar una necedad) pero al mismo tiempo, me pongo en sus manos para que él me dé lo que sabe que será bueno para mí y para que el Reino de los cielos crezca en el mundo.

Ojalá que tu oración siempre sea: ‘Señor, si quieres, dame lo que te estoy pidiendo, de cualquier manera siempre te amaré igual’”. (Pbro. Ernesto Ma. Caro).

¡Que sencillo!

Bendiciones y paz.

Este cuento aparece publicado en la página 87 de mi libro “La Mariposa Azul y los Regalos de Dios – Historias y cuentos para sanar tu corazón”. Disponible en Librería Cuesta y La Sirena.

Para comunicarse con el autor escribir a:
Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla

 
4 consejos prácticos para perdonar. PDF Imprimir E-mail
Reflexiones - Caminando con Jesús


4 consejos prácticos para perdonar.

Autor: Steven Neira.
Fuente:

Hay que intentar responder el mal con el bien, procurando no sólo deshacernos del rencor sino pedir a Dios por esta persona

Recuerdo tanto el otro día que conversaba con una amiga, y me contaba un poco de lo mal que le había ido en la relación con su enamorado, pues como suele ser común nosotros los hombres no solemos apreciar los buenos detalles, y en el caso de las mujeres no suelen tolerarnos mucho esos defectos (no generalizo, pero en muchos casos).

Me decía pues que, entre ciertos problemas de comunicación, un día él hizo un comentario fuera de lugar que le hizo sentir no escuchada, generando una gran discusión. La discusión ganó tamaño de manera que ambos comenzaron a acordarse de problemas y situaciones del pasado, hasta que de repente, ya no era sólo la falta de delicadeza del hombre, sino que de pronto salieron una serie de defectos que nunca se habían tocado.

Para no alargar más la situación, lo único que le pregunté fue: “¿y esto hace cuánto paso?”, a lo que ella contesto: “El mes pasado”, y acto seguido, como para justificar el tiempo, pasó a decir: “Es que yo tengo algo muy claro: que yo perdono pero no olvido”.

“Yo perdono, pero no olvido”

Bueno, primero que nada hay que aclarar algo en cuanto a este enunciado: No existe perdón sin olvido, pues donde no hay olvido, tampoco hay perdón. Y al referirme al “olvido”, no es necesariamente el que de repente la situación desaparezca de nuestra memoria, sino que tiene un alcance mucho más profundo que viene de la actitud interior y del corazón.

Sencillamente, quien dice perdonar pero que aún guarda el rencor en su corazón, es como aquel que dice amar a Dios pero no es capaz de ver a Dios en el prójimo, para lo cual Juan en sus cartas advierte muy bien que aquel que no es capaz de amar a su hermano – a quien ve – no es capaz de amar a Dios, a quien no ve [1].

Ciertamente, podemos definir el perdón como un don, y como tal hemos de saber pedirlo a Dios a cada instante, y a su vez debemos ser lo suficientemente humildes como para saber acallar esa sensación que nos corre desde el pecho hasta los talones que se llama “soberbia”, y abrirnos un poco más a la idea de pedir perdón, perdonar y sentirnos perdonados.

Vale la pena que por un momento nos preguntemos: ¿qué hubiese hecho yo en su lugar?, y en la mayoría de los casos descubriremos que hubiésemos actuado mucho peor que el otro, y es que muchas veces somos rápidos para juzgar y lentos para perdonar.

¿Qué seria de nosotros si Dios adoptase la misma actitud al momento de perdonar? Seguramente no tendríamos esperanza alguna de alcanzar la salvación, sin embargo hemos de alegrarnos porque la realidad es todo lo contrario. Siendo Dios tan Misericordioso, nos da la gracia para imitarlo, permitiéndonos a  nosotros también perdonar y ser perdonados.

“Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden...”. En realidad no sé cuántas veces al día repetimos esta pequeña frase, que en la mayoría o todos los casos se convierte en una oración. La pregunta sería, ¿qué tan coherentes somos con lo que pedimos?

Y dirá alguno escandalizado: “Oye pero esta ya es la tercera pues, ¿me está viendo la cara o qué?”. Y es interesante pero en verdad muchos hasta nos tomamos el tiempo para contar las faltas del otro para luego tener argumentos para sacar en cara.

Sin embargo ya Pedro había tenido la misma duda hace más de dos mil años, y le preguntó a Jesús: “Señor, ¿cuantas veces perdonare a mi hermano que pecare contra mi? ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino hasta setenta veces siete."[2]

El sentido del humor de Cristo posiblemente pase desapercibido para algunos, pero es que los fariseos mandaban perdonar hasta tres veces, por lo que Pedro por ser un poco más generoso que ellos, pregunta si era hasta siete (el número de la perfección).



Sin embargo el “setenta veces siete” sencillamente alude a que no debemos siquiera llevar la cuenta de cuántas veces perdonemos.

Consejos prácticos para perdonar

A continuación ofrezco unos pequeños tips que pueden servirnos para aprovechar el don de perdonar:

- No juzgues a la persona sino el acto

Cuando alguien comete un error o una falta, así lo haya hecho ya muchas veces, no etiquetes a la persona con un adjetivo ligado a este error. Es decir, si alguien te engaña, no digas: “ese es un mentiroso”, sino que míralo de la siguiente manera: “cometió un engaño”. Separar a la persona del acto es indispensable para evitar los rencores y odios.

- Buenos pensamientos a las malas acciones

Normalmente, al momento en que somos ofendidos pensamos inmediatamente en la manera de responder a esa agresión, sin embargo hemos de intentar todo lo contrario, responder el mal con el bien, procurando no sólo deshacernos del rencor, sino pedir a Dios por esta persona, y en su momento, a ser possible, aconsejarla. En otras palabras, no a la venganza.

- Tómate tu tiempo

Cuando percibas una falta en contra tuya, no reacciones de inmediato. Busca un lugar tranquilo para calmarte y poner la situación desde una perspectiva realista. En la gran mayoría de las ocasiones los problemas se suscitan por falta de entendimiento en la comunicación entre dos personas, por lo que buscar el diálogo es fundamental, pero una vez habiendo apartado los sentimientos.

- Cree el bien que oyes y sólo el mal que ves

No te dejes influir porque alguien te dijo un chisme. Lo bueno que escuches de ti y de la gente créelo todo, pero lo malo sólo si en verdad lo compruebas. Nunca tomes una postura de alguien por la recomendación de un tercero. Ten el valor suficiente para acercarte a la persona en cuestión y averiguar si verdaderamente es lo que parece.

Twitter: @stevenneira

 
4 maneras de invitar a Dios a tu vida. PDF Imprimir E-mail
Usar puntuación: / 1
MaloBueno 
Reflexiones - Caminando con Jesús

4 maneras de invitar a Dios a tu vida.

Autor:
Fuente: LoyolaPress.com

Dios nos recuerda siempre de su presencia en nuestra vida, pero no irrumpe en nosotros por la fuerza, debemos invitarlo a

En cierta ocasión participé en un retiro espiritual y una persona me dijo: “he llegado a creer que Dios no nos empuja a hacer las cosas. Aunque nos ofrece una gran cantidad de invitaciones y recordatorios, no irrumpe en nosotros por la fuerza. Espera a que lo invitemos”. Poco después de aquel intercambio, nos dirigimos a la capilla donde el director del retiro leyó en voz alta la parábola del Hijo pródigo. Me di cuenta de que en este clásico relato de la naturaleza divina, el padre no acosó a su hijo para que regresara a casa de inmediato. Esperó hasta que su hijo decidiera regresar. Tan pronto como el hijo hizo el primer intento de regresar, su padre corrió hacia él con los brazos abiertos.

Si sientes que Dios no está tan presente en tu vida como te gustaría, te presento cuatro maneras sencillas de invitarle a que esté contigo.

1) Comienza tu día con una invitación

Si tus intenciones son buenas, el resultado natural de éstas es que la vida te ofrece más resultados de los que esperas. Por lo tanto, mantén tus buenas intenciones invitando a Dios cada mañana a que sea parte de tu vida. Te darás cuenta de que al invitar a Dios tienes menos probabilidades de tomar el camino equivocado, y cuando lleguen los problemas, te sentirás fortalecido por la fuerza y compasión divinas.

2) Pide ayuda

Si estás preocupado por un desafío que se avecina, invita a Dios por adelantado. Dile: “Dios mío, te pido que estés conmigo mientras enfrento este desafío. Ayúdame a mantener la calma y la concentración. Así sea”. Al pedir la ayuda de Dios e imaginar que Dios está presente contigo, te abrirás a la gracia divina que te rodea, durante y después que se avecine el evento.

3) Sé conciente de la obra de Dios

Pon atención a la naturaleza, que en sí misma es una evidencia amplísima de la presencia de Dios. Independientemente de lo que haya frente a tu puerta, la naturaleza tiene mensajes espirituales muy importantes para ti. Puede ser la estabilidad de las montañas, la generosidad de la tierra, o la simplicidad de una planta que crece en la grieta de tu banqueta. Abre tu corazón a la naturaleza y te darás cuenta de que la vida divina fluye a través de ella.

4) Silénciate

El balancear el activismo diario con un momento de silencio permite que Dios hable a nuestro corazón. Hay muchas maneras por medio de las cuales puedes añadir momentos de silencio a tu día. Apaga el radio mientras conduces tu auto o haz a un lado el periódico mientras vas en el autobús rumbo a tu trabajo. Aprovecha un momento de silencio mientras esperas a que reparen tu carro, antes de que comience una reunión, o antes de entrar al consultorio del doctor.

 
<< Inicio < Prev 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 Próximo > Fin >>

Página 2 de 31

Busca un tema de tu interes:

Encuesta

Te gusta el nuevo site