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Caminando con Jesús
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Reflexiones - Caminando con Jesús

Humildad en Jesús.

Autor: Enrique Cases.
Fuente:
Tres años con Jesús.

La vida oculta de Jesús en Nazaret no fue brillante, ni famosa, ni con ningún prodigio visible a los ojos de los hombres. Fue una vida humilde. No ocurre en aquel tiempo nada extraordinario. Lo verdaderamente extraordinario es precisamente que sea Dios aquél que vive con normal sencillez.

Tanto en Belén como en Nazaret destaca la humildad con que Dios quiere manifestarse en Jesús. La cueva de Belén y el establo en que es recostado el Niño se convierten en una auténtica cátedra que nos habla de humildad. También la vida sencilla de Nazaret enseña la misma lección. En los dos lugares Dios nos habla silenciosamente a gritos para que nadie se equivoque, y pueda seguir un camino distinto al de la humildad.

Después, durante su vida pública, enseñando como Maestro explicará de muchos modos a vivir la humildad; pero, como mejor lección, se pondrá a sí mismo como modelo: aprended de Mí que soy manso y humilde de corazón64. Toda su vida pública, aunque esté llena de hechos prodigiosos, de milagros y de masas que le siguen, es una vida humilde en lo externo y en lo íntimo. El hecho final de su vida pasible será una gran humillación: morir en la cruz como un malhechor.

Pero,¿qué es la humildad? ¿por qué es tan necesaria para vivir moralmente bien? ¿por qué Dios le da tanta importancia en la Redención, incluso en los detalles mas pequeños?. La respuesta es clave para entender la lógica nueva que Dios quiere restablecer en el mundo.

Después del pecado de Adán surge con fuerza el orgullo, soberbia de la vida la llama Juan. En un primer paso podemos decir que la humildad es lo contrario al orgullo, al amor propio, al egoísmo, a la soberbia, modos diversos de llamar a esta mala raíz de muchos pecados. La soberbia es rebeldía ante Dios; búsqueda de la superioridad ante los demás. La soberbia consiste en el desordenado amor de la propia excelencia como la definía Santo Tomás. La soberbia es la afirmación aberrante del propio yo. Ese desorden libre es la raíz de su maldad.

La humildad es vivir en verdad , como decía Santa Teresa de Jesús. Por eso la humildad se opone a esa mentira radical que es la soberbia. El humilde ve la realidad como es ,sin engaños ni deformaciones egoístas. Supera la visión deforme del vanidoso que se resiste a reconocer los propios defectos o limitaciones.

El humilde ve lo bueno como bueno, lo malo como malo y lo mediano como mediano. En la medida en que un hombre es más humilde crece una visión mas correcta de la realidad. Cuando localiza algo malo en su vida puede corregirlo, aunque el diagnóstico o la cura le resulten dolorosos.El soberbio al no aceptar , o no ver, ese defecto no puede corregirlo, y se queda con él. El soberbio no se conoce o se conoce mal.

La lucha por ser humilde consistirá en intentar conocerse cada uno como Dios le conoce. Verse como Dios le ve. Dios ilumina a los hombres de buena voluntad. Los hombres hemos de mirar la verdad a la luz de Dios. Diversos santos han descrito los grados de humildad con una gran sabiduría. Aquí podemos reducir este proceso a un subir escalonado en el que los escalones son:conocerse,aceptarse, olvido de si, darse.Veamos estas etapas.

- conocerse. Es el primer paso para conocer la verdad de uno mismo; por eso conocerse es el primer paso de la humildad. Ya los griegos antiguos ponían como una gran meta humana el aforísmo: "Conécete a tí mismo". La Biblia dice a este respecto que es necesaria la humildad para ser sabios:Donde hay humildad hay sabiduría65 . Sin humildad no hay conocimiento de sí mismo, y, por tanto falta la sabiduría .

Pero conocerse no es fácil. La soberbia, que siempre está presente dentro del hombre, ensombrece la conciencia, embellece los defectos, busca justificaciones a los fallos y a los pecados. Para superar este obstáculo nebuloso del orgullo, que impide conocer la verdad interior de cada hombre, es conveniente un examen de conciencia valiente y humilde.

Un modo posible de realizar ese examen de conciencia puede ser: primero pedir luz al Espíritu Santo, y después mirar ordenadamente los hechos vividos, los hábitos o costumbres que se han enraizado más en la propia vida- pereza o laboriosidad, sensualidad o sobriedad, envidia o juicio malintencionado etc-,Dentro de esos hábitos o costumbres a los buenos se les llama virtudes por la fuerza que dan a los buenos deseos; a los malos los llamamos vicios, e inclinan al mal con más o menos fuerza según la profundidad de sus raíces en el actuar humano. Es útil buscar el defecto dominante para poder evitar las peores inclinaciones con más eficacia. También conviene conocer las cualidades mejores que se poseen, no para envanecerse, sino para dar gracias a Dios, ser optimista y desarrollar las buenas tendencias y virtudes.

- Aceptarse. Una vez se ha conseguido un conocimiento propio más o menos profundo viene el segundo escalón: aceptar la propia realidad. A veces puede resultar difícil, porque la soberbia se rebela cuando la realidad es fea o defectuosa. No es infrecuente que, ante un hecho, claramente malo, el orgullo se niegue a aceptar que aquella acción haya sido real, y se llega a pensar: "no puedo haberlo hecho", o bien "no es malo lo que hice", o incluso "la culpa es de los demás".

Si no se acepta la realidad, ocurre como en el caso del enfermo que no quiere reconocer su enfermedad: no podrá curarse. En cambio, si se acepta la realidad de un defecto, o de un error, o de una limitación, o de un pecado, al menos se sabe contra qué luchar y las posibilidades de victoria crecen, ya que no se camina a ciegas, sino que se conoce al enemigo.

Es distinto un pecado, de un error o una limitación, y conviene distinguirlos. Un pecado es un acto libre contra la ley de Dios que hace malo al hombre.Si es habitual y se repite con frecuencia, se convierte en vicio, requiriendo su desarraigo un tratamiento fuerte y constante. Para borrar un pecado basta con el arrepiento y el propósito de enmienda unidos a la absolución sacramental si es un pecado mortal y con acto de contricción si es venial. El vicio en cambio necesita mucha constancia en aplicar el remedio pues tiende a reproducir nuevos pecados.

Los errores son más fáciles de superar porque suelen ser involuntarios. Una vez descubiertos se pone el remedio y las cosas vuelven al cauce de la verdad.Si el defecto es una limitación, no es pecado, como no lo es ser poco inteligente o poco dotado para el arte. Pero, a veces, tampoco es fácil aceptar las propias limitaciones ya que puede resultar humillante no tener alguna cualidad muy apetecible. Es conocido el malestar que produce entre mucha gente joven no tener un físico suficientemente agradable, o incluso no tener bienes económicos. Ante esto es bueno recordar la advertencia del Señor nadie puede aumentar un codo su estatura66. El que no acepta las propias limitaciones se expone a hacer el ridículo de una manera notable, por ejemplo, hablando de lo que no sabe,o alardeando de lo que no tiene.

En definitiva, la aceptación de uno mismo lleva a poder mejorar porque se es más humilde. Sin este escalón es fácil que se llegue a cumplir una mentira bastante frecuente: vive como piensas o acabarás pensando como vives. Es decir, cuando no se acepta que lo que se hace está mal hecho se intenta buscar teorías justificadoras del mal al cual no se acepta rectificar

- Olvido de sí. Es un tercer paso . El orgullo y la soberbia llevan a que el pensamiento y la imaginación giren en tomo al propio yo. A veces ese "darse vueltas" llega a ser obsesivo. El pensar demasiado en uno mismo es compatible con saberse poca cosa, ya que el problema consiste en que se encuentra un cierto regusto incluso en la lamentación de los propios problemas. Parece imposible pero se pueda dar un goce en estar tristes, pero no es por la tristeza misma sino por pensar en sí mismo, quees el verdadero problema.

Si se ha seguido los escalones anteriores de procurar conocerse y de aceptar la propia realidad tal cual es, el tercer paso es altamente liberador, pues se trata de despreocuparse del propio yo. Este camino se llama olvido de sí. No podemos confundir el olvido de sí con el desinterés en el propio conocimiento, ni con la indiferencia ante los problemas; sino que se trata más bien de superar el pensar demasiado en uno mismo.

En la medida en que se consigue el olvido de sí, se consiguen también unos frutos de paz y de alegría, que pueden sorprender al que sea poco avisado en estos menesteres. Sin embargo, es lógico que sea así, pues la mayoría de las preocupaciones provienen de conceder demasiada importancia a los problemas, tanto cuando son reales como cuando son imaginarios. El que consigue el olvido de sí está en el polo opuesto del egoísta, que continuamente esta pendiente de lo que le gusta o le disgusta. Se puede decir que ha conseguido un grado aceptable de humildad. El olvido de sí conduce a un santo abandono, que consiste en una despreocupación responsable. Las cosas que ocurren -tristes o alegres- ya no preocupan, solo ocupan.

- Darse. Este es el grado más alto de la humildad, porque más que superar cosas malas se trata de vivir la caridad, es decir, vivir de amor. Si se han ido subiendo los escalones anteriores ha mejorado el conocimiento propio, la aceptación de la realidad y la superación del yo como eje de todos los pensamientos e imaginaciones. Si se mata el egoísmo se puede vivir el amor, porque o el amor mata al egoísmo o el egoísmo mata al amor.67

En este nivel la humildad y la caridad llevan una a la otra. Una persona humilde al librarse de las alucinaciones de la soberbia ya es capaz de querer a los demás por sí mismos, y no sólo por el provecho que pueda extraer del trato con ellos. El tú de los demás se convierte en un nuevo eje sobre el que gira la propia vida, este eje es mucho mas fructífero que el eje del ego.

No deja de ser una realidad ampliamente comprobada que, cuando la humildad llega al nivel de darse se experimenta más alegría, que cuando se busca el placer egoístamente. La única cita de palabras de Nuestro Señor no recogida en los Evangelios que encontramos en los Hechos de los Apóstoles, dice que se es mas feliz en dar que en recibir 68. La persona generosa experimenta una felicidad interior desconocida para el egoísta y el orgulloso.

La caridad ,por otra parte, es amor a Dios. El Tú divino se convierte en el interlocutor de un diálogo diáfano y limpio, que sería imposible para el orgulloso, ya que no sabe querer, y además no sabe dejarse querer. Al crecer la humildad la mirada es más clara y se advierte más en toda su riqueza la Bondad y la Belleza divinas.

Por otra parte Dios se deleita en las personas humildes, y derrama en ellos sus gracias y dones con abundancia bien recibida. El humilde se convierte en la buena tierra que da fruto al recibir la semilla divina.

Ahora es posible ver mejor el sentido de la humildad de Jesús en su vida oculta. Ciertamente vino a enseñar como Maestro. Pero no podía actuar más que del modo que expresase mejor su inmenso amor, y este modo debía ser el más humilde.

Por otra parte, la humildad de Jesús es la superación de la soberbia de Satanás y de la desobediencia rebelde de Adán y Eva, junto a los egoísmos que llevan consigo todos los pecados de los hombres. Jesús vive la verdad ante los ojos del Padre. Jesús ama sin condiciones. En la vida sencilla de Nazaret no entran ni la vanidad en el trabajo, ni los lujos, ni las mil inquietudes del orgullo y la soberbia. El pecado es vencido desde el silencio de una casa sencilla antes de ser derrotado en el Sacrificio Redentor de la Cruz.

En Nazaret, Jesús, junto a María y José, enseña a vivir la virtud de la humildad en las circunstancias habituales entre los hombres. Y con la humildad, la alegría, pues la alegría es un bien cristiano. Unicamente se oculta con la ofensa a Dios: porque el pecado es producto del egoísmo y el egoísmo es causa de la tristeza 69. La vida de Jesús en Nazaret tiene un clima, y éste es la humildad y la alegría como frutos de un amor total.

64 Mt 11,25

65 Prov 11,2

66 Mt 6,27

67 Gustave Thibon. La crisis moderna del amor.

68 cfr Act 20,35

69 Beato Josemaría Escrivá. Es Cristo que pasa. n137

Reproducido con permiso del Autor,

Enrique Cases, Tres años con Jesús, Ediciones internacionales universitarias

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Yo moveré la roca. PDF Imprimir E-mail
Reflexiones - Caminando con Jesús

Yo moveré la roca.

Autor:
Juan Rafael Pacheco
Fuente: www.mensajespanyvida.org

La historia es como sigue. Aquel hombre estaba profundamente dormido, cuando de repente, una luz iluminó su habitación y Dios se apareció, encargándole empujar con todas sus fuerzas una enorme roca que había cerca de su cabaña.

Dicho y hecho. Durante largo tiempo, desde el alba hasta el ocaso, nuestro amigo empujaba la fría piedra con todas sus fuerzas, pero ésta no se movía, regresando cansado y abatido y sintiendo que sus esfuerzos eran en vano.

Ya frustrado, entra en escena Satanás trayendo el veneno de la desilusión: “Has estado empujando esa roca y no se mueve. Eres un fracasado.” Y cada vez más triste, su desaliento y malestar aumentaba.

Casi al punto de desistir, decidió conversar con el Señor --¡orarle!-- y descargar en Él su pesar y sentimientos: “¿Porqué he fracasado? He trabajado duramente a tu servicio, empleando toda mi fuerza para conseguir lo que me pediste, pero aún así, no he podido mover la roca ni un milímetro. ¿Qué pasa? ¿Porqué no lo he logrado?”

Y el Señor le habló, lleno de compasión y ternura:

“Mi hijo querido, cuando te pedí que me sirvieras y tu aceptaste, te dije que tu tarea era empujar la roca con todas tus fuerzas y así lo has hecho.  Nunca dije que esperaba que la movieras, tu tarea era empujar. Ahora vienes a mí sin fuerzas a decirme que has fracasado, pero ¿en realidad fracasaste? Mírate ahora, tus brazos están fuertes y musculosos, tu espalda crecida y bronceada, tus manos fortalecidas por la constante presión, tus piernas se han vuelto resistentes.  A pesar de la adversidad, has crecido mucho y tus habilidades ahora son mayores que las que nunca antes tuviste.

Cierto, no has movido la roca, pero tu misión era empujar y confiar en mí; eso lo has logrado. Ahora, mi querido amigo, Yo moveré la roca.”

¡Cuán fácilmente nos confundimos tratando de descifrar los inescrutables proyectos del Señor para nuestras vidas, cuando en realidad lo único que Dios nos pide es que tengamos confianza en Él!

¡Creerle a Él, descansar en Él, depender de Él, confiar en Él!

Y cuando vemos que el mundo se nos desbarata, que nuestros planes no funcionan, que nuestras fuerzas no nos dan para mover las rocas que encontramos a nuestro paso, habla con el Señor, pide ayuda al Señor, entrega tus miedos al Señor:

Hermano, cuando los niños salgan a la calle descalzos y la madre en silencio no les tome la mano. / Cuando la tarde caiga con nubarrones verdes y la gente camine sin mirar hacia el cielo. / Cuando la mar se aleje y los pájaros griten y los árboles secos tengan flores alegres. / Cuando la costa negra besando blanca arena se detenga en su impulso y de ella se aleje. / Cuando los campos tengan campesinos labrando la aridez de un terreno que parece ser macho. / Cuando todo en el mundo parezca que se acabe…

Entonces, Hermano,

¡Reza a Dios por las madres que no les dan la mano a los niños descalzos cuando cruzan la calle! / ¡Reza a Dios por la gente que no mire hacia el cielo cuando la tarde caiga con nubarrones verdes! / ¡Reza a Dios por los pájaros y la mar y los árboles y las flores alegres! / ¡Y por la costa negra que no besa la arena y detiene su impulso y de ella se aleja! / ¡Reza, Hermano, oh, reza porque los campos áridos le den al campesino el fruto de su esfuerzo!

¡Oh, reza Hermano! ¡Te lo ruego! Por mí, ¡oh reza!

Bendiciones y paz.

Este cuento aparece publicado en la página 101 de mi libro “¡Descúbrete! Historias y cuentos para ser feliz”. Disponible en Librería Cuesta y La Sirena.

Para comunicarse con el autor escribir a:
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¿Te pesan mucho tus cargas?

Autor:
Hno. Fernando Fortunato
Fuente: Monasterio Benedictino Santa María de los Toldos.

“Echa sobre el SEÑOR tu carga, y El te sustentará;
El nunca permitirá que el justo sea sacudido. .” Salmo 55, 22:

Una carga es un peso que llevamos a cuesta. Ya sea desde el punto de vista físico, emocional o espiritual. Todos nosotros en algún momento hemos experimentado una carga de cualquiera de estos tipos. A medida que vamos caminando por este mundo vamos adquiriendo “cargas” que, si no las descargamos en algún lugar, con el tiempo se van haciendo cada vez más pesadas. Estas “cargas” son, generalmente, el resultado emocional de situaciones que nos han causado algún pesar: Alguna herida en el corazón que no ha sanado del todo; circunstancias que chocan con nuestros principios y no las aceptamos. Luchamos contra ellas, pero persisten y nos hacen daño; resentimientos contra personas que nos han herido; el dolor de haber perdido un ser querido, una relación que se rompió, en fin una enorme variedad de situaciones que pueden dar como resultado esas “cargas” emocionales que tanto daño hacen.

Muchas personas, agobiadas por el peso de estas cargas acuden a los siquiatras y psicólogos en busca de ayuda. Allí se encuentran con ciertas técnicas encaminadas a eliminar el efecto de esas cargas. La idea es aceptar todo aquello que nos afecta negativamente. Puede no gustarnos, pero podemos aceptarlo. Te dicen que debes aprender a tratar con los pensamientos negativos, la tristeza, los resentimientos, las cosas que no puedes cambiar, las quejas, la terquedad, el apego al pasado, las decepciones, los prejuicios, etc. Que debes aprender a tratar con todas estas cosas y así te quitas la preocupación. Suena muy bonito. El problema principal consiste en llevarlo a la práctica, fundamentalmente porque la acción está basada en nuestras propias fuerzas.

¿Y qué dice la Biblia que debemos hacer con nuestras cargas? El versículo inicial nos exhorta a echarlas sobre el Señor. En realidad es Dios quien hace el trabajo, no somos nosotros con nuestras propias fuerzas. ¡Esta es la gran diferencia!

Según el diccionario, la palabra “echar” significa: “Hacer que una cosa vaya a parar a otra parte, dándole impulso con la mano o de otra manera.” Por ejemplo, si yo tengo un libro en mi mano, y hago un gesto de tirarlo pero no lo suelto, ¿es esto “echar”? No, porque el libro no ha ido a parar a otra parte. Todavía está en mi mano, porque no lo solté. Ahora bien, si esta vez lo suelto de mi mano, y el libro va a parar a otra parte, ¿es esto “echar”? Sí. Esto es lo que el Señor espera que hagamos. Que soltemos la carga. Que la echemos sobre él.

La Psicología ayuda a una persona a aceptar una cierta condición y adaptarse a ella. Esto significa que esa condición se mantiene en esa persona. O sea, la meta es eliminar el efecto de la carga. Sin embargo, Dios promete librarnos de esa carga. Él elimina la causa, es decir la raíz del mal, no solamente los síntomas. Dios transforma nuestras circunstancias y hace todo nuevo.

¿Qué pasa cuando echamos nuestras cargas sobre Dios? Dice la Biblia que cuando tú echas tus cargas sobre el Señor, “él te sustentará.” La palabra "sustentar" quiere decir "mantener, sostener, alimentar", es decir, proveer a uno del alimento necesario, prestar apoyo o auxilio. Eso es lo que el Señor puede y desea hacer con cada uno de nosotros. Proveernos del alimento que necesitamos (físico, emocional y espiritual). Suplir nuestras necesidades. Ayudarnos, prestarnos auxilio. “
Dios es nuestro refugio y fortaleza,
socorro siempre a mano en momentos de angustia. ”, dice el Salmo 46:1. Pero antes tenemos que echar sobre él nuestras cargas. Se requiere una acción de nuestra parte.

Jesús nos dice en Mateo 11:28: “Vengan a mí los que van cansados, llevando pesadas cargas, y yo los aliviaré. ” Quizás no sepamos de memoria este versículo, y probablemente en medio de alguna prueba lo hayamos puesto en práctica y hayamos ido al Señor con nuestras cargas. Sin embargo, muchas veces no recibimos ese alivio que Jesús nos promete. ¿Por qué? ¿Acaso Jesús nos ha fallado? NO. Simplemente es que no echamos la carga sobre él. Nos quedamos con ella. Vamos a él con nuestras cargas, pero al retirarnos las llevamos con nosotros. No las soltamos.

Es como aquel hombre que iba caminando por la banquina de la ruta con un bulto en la cabeza. El conductor de un camión se detuvo y le ofreció llevarlo. El hombre subió a la parte de atrás del camión. Pero para sorpresa del chófer, cuando miró por el espejo retrovisor vio que el hombre todavía llevaba el bulto sobre su cabeza, en lugar de apoyarlo en el piso del camión. Nosotros muchas veces actuamos de esta manera con Dios. Vamos caminando en esta vida con nuestras cargas. Dios quiere ayudarnos, pero nosotros no soltamos la carga. Por eso continuamos cargados.

¿Y por qué no la soltamos? Porque no tenemos fe. Nos aferramos a lo que nosotros consideramos es la manera correcta de resolver el problema y queremos tener en control. No le damos el control al Señor. Es como si le estuviésemos pidiendo simplemente que nos dé “una manito”, pero nosotros seguimos dirigiendo.

No es eso lo que Jesús espera de nosotros. Ya en Mateo 11:29-30, él continúa diciendo: “
Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy paciente y humilde de corazón, y sus almas encontrarán descanso.
Pues mi yugo es suave y mi carga liviana.
” El yugo es lo que se pone en el cuello de dos bueyes para mantenerlos unidos mientras aran la tierra. Generalmente se junta a un buey grande, fuerte y maduro con uno más joven e inexperto para que el segundo aprenda del primero. Es decir, el buey más experimentado, que ya conoce el camino a seguir, funciona como maestro y líder del buey más joven. Cuando llevamos el yugo de Jesús, es decir cuando nos unimos a él y nos dejamos dirigir por él, nos lleva hacia la victoria por el camino que él ya conoce. Nos consuela, nos fortalece, toma nuestras cargas y nos da un descanso que es más que un descanso puramente emocional, superficial y temporal; es un descanso profundo y eterno, un descanso espiritual.

Jesús vivió 33 años en este mundo. Vino con una misión que solamente él podía llevar a cabo: la salvación de la humanidad. Fue perseguido, injuriado, humillado e injustamente acusado. Fue juzgado y condenado por una muchedumbre enfurecida que prefirió que dejaran en libertad a un ladrón asesino y lo crucificaran a él. Sin haber cometido un solo pecado, el Señor tuvo que cargar sobre sí, todos los pecados de la humanidad en la cruz del Calvario. Era tan grande la carga, que pocas horas antes de esa terrible prueba, en el huerto de Getsemaní, en su condición humana, Jesús se sintió débil y a punto de desfallecer. Le invadía una tristeza tan grande que confesó a sus discípulos: “Siento una tristeza de muerte. Quédense aquí conmigo y permanezcan despiertos.” (Mateo 26:38). Quiso decir: “Ya no puedo más”. La tentación de huir de la cruz era cada vez mayor. La carga que sentía sobre él era insoportable. ¿Qué hizo entonces Jesús? ¿Dónde buscó fortaleza? Jesús se postró en oración tres veces, y clamó al Padre sometiendo a él su voluntad. Allí echó su carga sobre Dios. “Entonces se le apareció un ángel del cielo para animarlo”, dice Lucas 22:43. Cuando Jesús se puso de pie, ya estaba descansado, fortalecido y listo para enfrentarse a la terrible prueba y así se dirigió a la cruz a dar su vida por cada uno de nosotros.

El apóstol Pablo fue otro hombre que sufrió muchas pruebas duras en su vida. Estando preso en una cárcel romana, pasando mil incomodidades y esperando ser ejecutado en cualquier momento, Pablo escribió a los filipenses y les dijo: “
No se angustien por nada, y en cualquier circunstancia, recurran a la oración y a la súplica, acompañadas de acción de gracias, para presentar sus peticiones a Dios.
Entonces la paz de Dios, que supera todo lo que podemos pensar, tomará bajo su cuidado los corazones y los pensamientos de ustedes en Cristo Jesús
.” (Filipenses 4:6-7).

Es decir, cuando nos dirigimos al Señor, oramos, y le clamamos, él toma nuestras cargas, nuestras preocupaciones, nuestros afanes, nuestras ansiedades, y las convierte en paz. Una paz que no entendemos aunque quizás las circunstancias no cambien inmediatamente, sin embargo la sentimos profundamente y la disfrutamos. Pero para lograr eso, es necesario “echar” las cargas sobre Dios.

¿Crees que el Señor puede darte descanso? ¿Crees que su yugo es fácil y su carga es ligera? Entonces confía plenamente en él, echa sobre él todas tus cargas, somete a él todas las áreas de tu vida, y disfruta del descanso que él te ofrece. Si sientes que no puedes soltar tus cargas en los brazos del Señor, pídele entonces a Él para que te ayude a lograrlo.

Saludos
Hno. Fernando Fortunato
Monasterio Benedictino Santa María de los Toldos.
C.C.8 - B6015WAA Los Toldos
Buenos Aires - Argentina

 
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Reflexiones - Caminando con Jesús

La sabana.

Autor:
Omar A. Jiménez Castro.
Fuente: www.mensajespanyvida.org

En esta Semana Santa me tocó estar en el grupo de Catecumenados y leer la Pasión de Cristo.

Me conmovió mucho el corazón el sufrimiento por el que tuvo que pasar el Señor Jesús, pero una parte del Evangelio de San Marcos me llamó mucho más la atención: es cuando arrestan a Jesús, pero no es por el hecho que lo arresten, sino que había un joven que seguía a Jesús envuelto sólo en una sabana, y lo tomaron, pero él, soltando la sabana huyó desnudo. (S. Marcos 14:51).

Algunos dicen que fue Marcos, porque en los Evangelios solo él describió este persona. Un joven acompaña a Jesús, es el último que queda con él, después de la fuga de todos los otros.

Que gran oportunidad -pienso- que tuvo este joven. Si, ahí tan cerca de aquel que era su Señor y que seguramente había estado sirviendo y viendo tantos momentos increíbles con Él. Pero en ese momento culminante, cuando arrestan al Señor podría haberle demostrado que lo amaba pero sin embargo. sale corriendo. Pero no, sólo andaba con una sabanita y cuando tratan de tomarlo huye desnudo. 

Este episodio, trajo a mi recuerdo y me hizo pensar, ¿cuántas veces no habremos hecho lo mismo?. Andábamos con fe, como este joven, con una sólo sabanita y al momento de la prueba salimos huyendo y desnudos. Al momento de dar testimonio que somos cristianos, vacilamos y huimos. ¿Pedro, la piedra fundacional de la Iglesia, no lo negó 3 veces acaso?

Hay quienes dicen seguir a Cristo, y sus vestiduras parecen sabanas blancas, porque están vestidos de su propia gloria, pero tienen apariencia que siguen a Cristo pero no van con Cristo; éstos al final huyen y son puestas al descubierto sus vergüenzas.

Pienso como estará nuestra fe en Cristo, ¿se podrá tambalear el amor que tenemos en Cristo cuando damos testimonio o tenemos una fe bien vestidos en Jesús y no en una simple sabanita?.

 
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Reflexiones - Caminando con Jesús

Dios nos restaura.

Autor:
Fuente:
ajesusdesdemaria.blogspot.com

En el Nuevo Testamento restaurar se utiliza para dar la idea de algo dañado o roto que puede volver a usarse para lo cual fue diseñado; pensémoslo en relación con el pasaje de Mateo 4:21 que habla de las redes rotas.

Una red rota no es útil para pescar, y restaurarlas significa que vuelven a ser de utilidad para la pesca. Para nosotros, ser restaurados implica que volvemos a ser de utilidad en el cuerpo de Cristo.

Solemos decir: “úsame, Señor, úsame para tu Reino, úsame para tu Iglesia.” Y el Señor dice,: “pero así, roto, sin restaurar, no sos útil, debes restaurarte, arregla esa red, y después volverás a ser útil en mi servicio.

Cuando llegamos al Señor siempre lo hacemos llenos de barro, si nos arrepentimos, somos perdonados y comenzamos una vida nueva.

Luego viene el perfeccionamiento, que no es hecho por nosotros... ni es a fuerza de obra humana sino por gracia; la gracia de Dios.

Dice en Filipenses 1:6, que: “El que comenzó en ustedes la buena obra la perfeccionara hasta el día de Jesucristo”. Jesús va a perfeccionar esto que inició en nosotros el día que llegamos a Él.
La palabra dice que la perfeccionará, o sea que va a llevar un tiempo. No dice inició la buena obra y ya está todo perfecto. No es así; la palabra nos enseña que vamos siendo perfeccionados en un tiempo que, sin duda, es Su tiempo.

Pero, qué sucede con las conductas o sentimientos que no podemos controlar, que quisiéramos deponer, pero que no podemos cambiar como: la ira, la agresión, los malos pensamientos, el estancamiento espiritual, el autoritarismo, la amargura, las respuestas agresivas u ofensivas, y otros tantos desatinos.

Quisiéramos renunciar a esta clase de actitudes y cambiar, pero no pasa nada; entonces nos preguntamos ¿qué está pasando conmigo? ¿de dónde provienen estas reacciones? ¿habrá alguna causa que me provoque actuar así?

Yo quiero agradar a Dios, quiero, realmente, poder tener una vida nueva con mi familia,… pero sigo enojándome, sigo sintiendo ira, digo palabras que luego lamento haber dicho, y entonces pregunto: ¿qué pasa, Señor, conmigo?

El Señor nos da una clave en el Salmo 19.12: ¿Quién esta conciente de sus propios errores? Perdóname aquellos de los que no estoy conciente.

Podemos hacerle este tipo de preguntas al Señor, podemos pedirle estas cosas al Espíritu Santo de esta manera: “Señor, no puedo entender por qué cometo estos errores. Yo no lo sé, el Espíritu de Dios lo sabe. Líbrame de lo que yo no conozco. Ilumina, Espíritu Santo, porque yo no sé lo que pasa, pero quiero ser librado de lo que a Ti no te agrada”. Amén !

 
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