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Caminando con Jesús
No se cansen de pedir, buscar y llamar al corazón de Dios. PDF Imprimir E-mail
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Reflexiones - Caminando con Jesús

 

No se cansen de pedir, buscar y llamar al corazón de Dios.

Autor: Papa Francisco.
Fuente: ACI/EWTN Noticias

Cada vez que pedimos algo en oración, Dios nos da como “plus” el don del Espíritu Santo, afirmó este jueves el Papa Francisco durante la Misa celebrada en la Casa Santa Marta, desde donde exhortó a los fieles a no cansarse de pedir, buscar y llamar al corazón del Señor, porque su misericordia no es solo perdonar, sino dar con generosidad.

Así lo expresó el Papa al comentar el Evangelio del día, sobre la parábola de un hombre que tras tanto insistir obtiene de un amigo lo que pide.

“Esto me ha hecho pensar: es propio de la misericordia de Dios no sólo perdonar – eso todos lo sabemos – sino ser generoso y dar más, más… Hemos pedido: ‘Y añade lo que la oración no osa esperar’. Nosotros quizá en la oración pedimos esto y esto, y ¡Él nos da más, siempre! ¡Siempre, cada vez más!”, aseguró el Pontífice.

Francisco subrayó que en el Evangelio hay “tres palabras claves”: “el amigo, el Padre y el don”. Jesús “muestra a los discípulos lo que es la oración. Es como un hombre que va a medianoche a lo de un amigo para pedirle algo”.

El Papa dijo que en la vida “hay amigos que son de oro”, que verdaderamente dan todo; mientras “hay otros más o menos buenos”. “La Biblia nos dice ‘uno, dos o tres… ¡no más!’. Después, los demás son amigos, pero no como éstos”. E incluso si somos molestos y entrometidos “la relación de amistad hace que nos sea dado lo que nosotros pedimos”, señaló

Sin embargo, “Jesús da un paso hacia adelante y habla del Padre: ‘¿Qué padre entre ustedes, si un hijo le pide un pescado, le dará una serpiente en lugar del pescado? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión?’… ‘Si ustedes entonces que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo!’”.

Por tanto “no sólo el amigo que nos acompaña en el camino de la vida nos ayuda y nos da lo que pedimos: también el Padre del cielo” que “nos ama tanto y del cual Jesús ha dicho que se preocupa por dar de comer a los pájaros del campo. Jesús quiere despertar la confianza en la oración”.

Cristo dice: “Pidan y les será dado, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá. Porque quien pide recibe, quien busca encuentra, y a quien llama le será abierto”. “Ésta es la oración: pedir, buscar y llamar al corazón de Dios”. Y el Padre “dará el Espíritu Santo a los que le piden”:

“Éste es el don, éste es el plus de Dios. Dios jamás te da un regalo, una cosa que le pides así, sin envolverlo bien, sin algo más que lo haga más bello. Y lo que el Señor, el Padre nos da de más es el Espíritu: el verdadero don del Padre es lo que la oración no osa esperar. ‘Yo pido esta gracia; pido esto, llamo y rezo tanto… Sólo espero que me dé esto. Y Él que es Padre, me da aquello y además: el don, el Espíritu Santo”.

“La oración se hace con el amigo, que es el compañero de camino de la vida, se hace con el Padre y se hace en el Espíritu Santo”, explicó el Papa.

En ese sentido, Jesús es el amigo que “nos acompaña y nos enseña a rezar. Y nuestra oración debe ser así, trinitaria. Tantas veces: ‘¿Pero usted cree?’: ‘¡Sí! ¡Sí!’; ¿En qué cree?’; ‘¡En Dios!’; ‘¿Pero qué es Dios para usted?’; ‘¡Dios, Dios!’. Pero Dios no existe: ¡no se escandalicen! ¡Dios así no existe! Existe el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo: son personas, no son una idea en el aire… ¡Este Dios spray no existe! ¡Existen las personas!”.

“Jesús es el compañero de camino que nos da lo que le pedimos; el Padre que nos cuida y nos ama; y el Espíritu Santo que es el don, es ese plus que da el Padre, lo que nuestra conciencia no osa esperar”, culminó.

 
Tenemos Padre, No estamos huérfanos. PDF Imprimir E-mail
Reflexiones - Caminando con Jesús

 

Tenemos Padre, No estamos huérfanos.

Autor: Mons. Rómulo Emiliani
Fuente: www.unmensajealcorazon.net/

tenemos un Padre celestial, infinitamente misericordioso y bueno. La gran buena nueva es que Cristo resucitó y nos abrió las puertas del cielo.  Pero también es una gran y maravillosa noticia la que Jesucristo nos reveló: que Dios es nuestro Padre compasivo y generoso.    Él se refiere constantemente a su Padre, con ternura, respeto y confianza y nos ve a nosotros como hijos de Dios Padre también.  “En la casa de mi Padre hay muchas moradas…voy a prepararles un lugar. Y después de prepararles un lugar, volveré para tomarlos conmigo, para que donde yo esté, están también ustedes”, (Juan 14,2-4).   Jesús insiste en decirnos  que su Padre es nuestro Padre: “Ustedes, pues, oren así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre…” (Mt 6,9).  Es un Padre que no solamente nos creó de la nada a su imagen y semejanza, sino que vela por nosotros y nos da todo lo necesario para vivir: “Miren las aves del cielo que no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y su Padre Celestial las alimenta. ¿No valen ustedes mucho más que ellas?...Que por todas esas cosas se afanan los paganos, y ya sabe su Padre celestial que tienen necesidad de todo eso”, (Mt 6,26-32).

Jesús tuvo siempre en su vida como referencia suprema a su Padre del Cielo. Su mirada interior estaba enfocada en el misterio de su filiación divina. Contemplaba al Padre que estaba en él y él que estaba en el Padre. “Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí”, (Juan 14,11).  Él se sentía enviado por el Padre: “Yo te he glorificado en la tierra y he terminado la obra que me habías encomendado. Ahora Padre, dame junto a ti la misma Gloria que tenía a tu lado antes que comenzara el mundo”, (Juan 17,4-5).  Él quería que nosotros estuviéramos unidos a Él: “Que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti. Que ellos también sean uno en nosotros…”,( Juan 17,21).  Pero para asimilar este mensaje de salvación había que cultivar la humildad: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios y prudentes; y se las has revelado a los pequeños”, (Mt 11,25).

Para todo invocaba al Padre y buscaba cumplir en todo su voluntad.  Nada hacía sin el consentimiento de su Padre. Él insiste en que tenemos un Padre a quien creer, amar, pedir, alabar y nadie puede ocupar su lugar. “Ni llamen a nadie “Padre” suyo en la tierra, porque uno sólo es su Padre: el del cielo”, (Mt23, 9).  Pablo inspirado por el Espíritu dice: “Para nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y para el cual somos; y un solo Señor Jesucristo, por quien son todas las cosas y por el cual somos nosotros”, (I Cor 8,6).

Llega la intimidad de Cristo con su Padre al extremo de llamarlo “Abba”, que significa “papá”, y se siente uno con Él hasta el extremo de decirle a un discípulo: “¿Todavía no me conoces, Felipe?  El que me ve a mí ve al Padre. ¿Cómo es que me dices: Muéstranos al Padre? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Cuanto les enseño, esto no viene de mí, sino que el Padre, que permanece en mí, hace sus propias obras “, (Juan 14,9-10).   Nos revela que su Padre es misericordioso al extremo de perdonar los peores pecados, como nos lo revela en la parábola del Hijo pródigo. Dios es un papá bueno que nos ama incondicionalmente, que nos devuelve todos los tesoros divinos perdidos si nos arrepentimos sinceramente.

Somos hijos de Dios Padre gracias a la muerte y resurrección de Jesucristo. El Padre nos ama como ama a su Hijo.  Él siempre está pronunciando la palabra “hijo mío” refiriéndose a cada uno de nosotros. Nos adoptó como hijos y para siempre lo seremos.  Por lo que tendremos como herencia junto a Cristo el cielo prometido, toda la eternidad de gozo y plenitud, donde contemplaremos la Verdad, la Bondad y la Belleza, todas virtudes infinitas de Dios. Cara a cara estaremos con Dios eternamente.

No hay título en la tierra como en el cielo más grande para nosotros que ser hijos de Dios Padre en Cristo Jesús. No hay gloria, honor ni cosa  más sublime. Nos ama infinitamente, nos bendice plenamente y nos ha asumido  ya en  la Santísima Trinidad  en Cristo Jesús, donde nos ama  a cada uno de nosotros en particular   y como pueblo de Dios. Y con Él somos invencibles.

Mons. Rómulo Emiliani

 
La vida cristiana es “simple”: escuchar la Palabra y practicarla. PDF Imprimir E-mail
Reflexiones - Caminando con Jesús

La vida cristiana es “simple”: escuchar la Palabra y practicarla.

Autor:
Papa Francisco.
Fuente: Al día, Reporte Vaticano

La vida cristiana es “simple”: escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica, no limitándose a “leer” el Evangelio, sino preguntándose de qué modo sus palabras hablan a la propia vida. Lo reafirmó el Papa Francisco en la homilía de la Misa de la mañana celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta.

Las palabras que decía sonaban nuevas, como “nueva” aparecía la autoridad de quien las pronunciaba. Palabras que tocaban el corazón y en las cuales tantos percibían “la fuerza de la salvación” que anunciaban. Por esta razón, observó Francisco, las muchedumbres seguían a Jesús. Pero también estaban aquellos que lo seguían “por conveniencia”, sin demasiada pureza de corazón, tal vez sólo por las “ganas de ser más buenos”. En dos mil años, reconoció el Papa, no es que este escenario haya cambiado mucho. También hoy muchos escuchan a Jesús como aquellos nuevos leprosos del Evangelio que, “felices” con su nueva salud, “se olvidaron de Jesús” que se las había devuelto:

“Pero Jesús seguía hablando a la gente y amaba a la gente, amaba a la muchedumbre hasta tal punto que dice: ‘Estos que me siguen, esa muchedumbre inmensa, son mi madre y mis hermanos, son éstos’. Y explica: ‘Quienes escuchan la Palabra de Dios, la ponen en práctica’. Estas son las dos condiciones para seguir a Jesús: escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica. Esta es la vida cristiana, nada más, ¡eh! Simple, simple. Tal vez nosotros la hayamos hecho un poco difícil, con tantas explicaciones que nadie entiende, pero la vida cristiana es así: escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica”.

He aquí porqué – como lo describe el pasaje del Evangelio de Lucas – Jesús replica a quien le refería que sus parientes lo estaban buscando: “Mi madre y mis hermanos son aquellos que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica”. Y para escuchar la Palabra de Dios, la Palabra de Jesús – dijo el Papa – basta abrir la Biblia, el Evangelio. Pero estas páginas – afirmó – no deben ser leídas, sino escuchadas. “Escuchar la Palabra de Dios – indicó Francisco – es leer eso y decir: ‘¿Pero qué me dice a mí esto, a mi corazón? ¿Qué me está diciendo Dios a mí, con esta palabra?”. Y nuestra vida cambia”:

“Cada vez que nosotros hacemos esto – abrimos el Evangelio, leemos un pasaje y nos preguntamos: ‘Con esto Dios me habla, ¿me dice algo a mí? Y si dice algo, ¿qué cosa me dice?’ – esto es escuchar la Palabra de Dios, escucharla con los oídos y escucharla con el corazón. Abrir el corazón a la Palabra de Dios. Los enemigos de Jesús escuchaban la Palabra de Jesús, pero estaban cerca de él para tratar de encontrar una equivocación, para hacerlo patinar, y para que perdiera autoridad. Pero jamás se preguntaban: “¿Qué cosa me dice Dios a mí en esta Palabra?”. Y Dios no habla sólo a todos; sí, habla a todos, pero habla a cada uno de nosotros. “El Evangelio ha sido escrito para cada uno de nosotros”.

Ciertamente, prosiguió diciendo el Santo Padre, poner después en práctica lo que se ha escuchado “no es fácil”, porque “es más fácil vivir tranquilamente sin preocuparse de las exigencias de la Palabra de Dios”. Pistas concretas para hacerlo – recordó – son los Mandamientos, las Bienaventuranzas. Contando siempre – añadió – con la ayuda de Jesús, incluso cuando nuestro corazón escucha y hace de cuenta que no comprende. Él – concluyó el Papa – “es misericordioso y perdona a todos”, “espera a todos, porque es paciente”:

“Jesús recibe a todos, también a aquellos que van a escuchar la Palabra de Dios y que después lo traicionan. Pensemos en Judas: ‘Amigo’, le dice, en aquel momento en que Judas lo traiciona. El Señor siempre siembra su Palabra, sólo pide un corazón abierto para escucharla y buena voluntad para ponerla en práctica. Por esto que la oración de hoy sea la del Salmo: ‘Guíame Señor por la senda de tus mandamientos’, es decir por la senda de tu Palabra, y para que yo aprenda con tu guía a ponerla en prácHoy -ha exclamado el Pontífice.- he venido para daros gracias por vuestro testimonio y también para animaros a hacer crecer la esperanza dentro de vosotros y a vuestro alrededor.

tica”.

 
La Providencia Divina. PDF Imprimir E-mail
Reflexiones - Caminando con Jesús

La Providencia Divina.

Autor: Obispo Alejandro (Mileant)
Fuente:

Todo en el mundo está sujeto por la Providencia de Dios. Dios cuida, no sólo de lo grande y lo inmenso, sino que también de lo pequeño y aparentemente insignificante; no solamente de los cielos y de la tierra, de los ángeles y los hombres, sino también de las pequeñas criaturas, aves, hierbas, flores y árboles. Todas las Sagradas Escrituras están colmadas de la idea de la vigilante acción de la Providencia de Dios.

Para quienes llevan una vida despreocupada y licenciosa, les parece que todo sigue su curso. Ellos consideran que todos los acontecimientos no son más que resultados de una coincidencia casual. A este hombre, poco serio, le parece que Dios, si en realidad existe, se halla muy lejos, en el cielo, y no se interesa por nuestro mundo, ya que éste es demasiado pequeño e insignificante para El. Quienes piensan de ese modo pertenecen a los llamados deístas. La enseñanza deísta sobre Dios adquirió amplia difusión en Occidente durante los últimos siglos, cuando la gente comenzó a perder el contacto con Dios a través de la Iglesia, los Sacramentos y la oración. Esa gente por lo general es, al mismo tiempo, supersticiosa. Concede gran importancia a la influencia de las estrellas en la vida humana, así como a cosas evidentemente estúpidas, por ejemplo; a que no se les cruce un gato en el camino, a que no se les derrame sal en la mesa, a no saludarse a través del umbral, a no dormir con los pies hacia la puerta, etc. Para algunos supersticiosos el número de esos indicios es enorme, pero en vano se complican la vida.

Mejor dejen de prestar atención a tan estúpidos indicios supersticiosos, pues todo el mundo, en general, y la vida de cada persona, en particular, están amparados por Dios.

Nosotros oramos: "Padre nuestro, que estás en los cielos," sin embargo, sabemos que Dios está en todas partes, pues El es puro Espíritu, es omnipresente. Por eso David, el cantor de los salmos, exclama: "¿Dónde podría alejarme de tu espíritu? ¿Adónde huir de tu faz? Si subiere a los cielos, allí estás tú; si bajare al "seol," allí estás presente. Si tomara las alas de la aurora y quisiera habitar al extremo del mar, también allí me tomaría tu mano y me tendría tu diestra. Si dijere; "Ciertamente las tinieblas me envuelven y sea la noche luz en torno mío," tampoco las tinieblas son oscuras para ti, y la noche luciría como el día, pues las tinieblas son como la luz (para ti) (Salmo 139).

Algunos admiten que el mundo, tomado en su totalidad, no está dirigido por la casualidad, sino es gobernado por Dios. No obstante, piensan que Dios no se preocupa por cada humano en particular, pues este es demasiado pequeño e insignificante, y Dios no puede preocuparse por tan enorme cantidad de seres, imposibles de contar. Mas esas conjeturas son erróneas y hasta pecaminosas. Si Dios, expresándonos en términos humanos, dignó con la existencia a seres tan insignificantes como los microbios, y a cada uno de ellos le concedió determinada composición, forma y estructura, ¿por qué esos seres han de ser indignos de la preocupación Divina en lo sucesivo? Dios se preocupó por su existencia, y ahora sigue preocupándose por su vida. Suele decirse que los seres vivos se han reproducido en exceso. Pero, ¿qué derecho tenemos de revestir a Dios con nuestras limitaciones? Pues El es infinito en sus perfecciones. Y si El, además de nuestro mundo, hubiera creado miles de millones de mundos semejantes con cantidades incalculables de seres humanos, animales, insectos y bacterias, y entonces no se habría fatigado en absoluto, al preocuparse por la vida de todos ellos por separado. Seguramente habrá quien pueda decir que todos esos seres son demasiado pequeños e insignificantes. Pero el concepto del tamaño nosotros lo creamos, partiendo de la comparación con nosotros mismos. Lo que es enorme para nosotros, en comparación con la grandeza Divina es insignificante, y lo que a nosotros se nos antoja pequeño resulta ser importante ante la caridad y el amor de Dios. A todo eso se dedica el Señor, a todo le concede vida, a todo lo dirige hacia los fines concretos de la verdad y el bien.

El Salvador dijo: "Ni uno de los pajaritos cae en tierra sin la voluntad de vuestro Padre" (Mateo 10:29), y con mayor razón en nuestra vida nada podrá suceder sin la voluntad del Señor. Todo lo bueno y misericordioso es enviado por el Todopoderoso, pues El es la fuente eterna de todos los bienes. Mientras que todo lo malo no es enviado directamente por Dios, ya que El no tiene ni indicios de mal. Sin embargo de ves en cuando, el Señor permite al mal perjudicarnos por nuestro bien y nuestra salvación. En este caso las diversas contrariedades causan el mismo efecto que los fármacos amargos y desagradables, pero reconfortantes. Casi todos los medicamentos y tratamientos médicos son para nosotros desagradables, sin embargo seguimos recurriendo a ellos, pues no dudamos de su necesidad y eficiencia.

Todos los hombrees deben saber firmemente, que sólo Dios es la fuente de felicidad, de paz y el gozo. El Señor creó los placeres y las alegrías del mundo visible para complacer nuestra naturaleza corporal. Pero el hombre, disfrutando de todo con moderación y poseyendo un alma sensata, no debe olvidar a Dios. Pues el alma no puede estar satisfecha con nada terrenal y objetivo. En la mayoría de los casos nosotros saciamos nuestros apetitos corporales con avidez, olvidándonos por completo del alma y de sus necesidades espirituales. Por eso el Señor, Quien no quisiera vernos degradar de nuestra vocación a ser hijos de Dios al grado de animales irracionales, nos somete a las más distintas pruebas. Así pues, nosotros, tras haber sido castigados en nuestro afán irracional, de a poco vamos comprendiendo lo vano de nuestras acciones y volvemos al amparo de Dios.

Todos hemos de saber claramente, que Dios es infinitamente misericordioso y El sólo desea nuestra dicha y nuestra salvación, por eso debemos aceptar con gratitud las tristezas que El nos envía. Los niños no dejan de amar a sus padres cuando éstos les castigan con razón, pues son conscientes de que lo hacen por su bien. El Señor, como dice la Sagrada Escritura, a quien ama, a éste castiga.

Si el Señor piensa constantemente en nosotros, es decir, se preocupa por nuestra vida y nuestra salvación, es nuestro deber aprender también a seguir las acciones de la Providencia Divina en nuestra vida. A veces advertimos que algo sucede en contra de nuestros deseos. En esos casos solemos indignarnos, irritarnos e incluso culpamos al destino, y sólo después, pasados muchos años, alcanzamos a comprender que aquel desarrollo de los sucesos nos favoreció más, pues de lo contrario hubiera sido considerablemente peor para nosotros. Como cristianos que somos no debemos alegrarnos en exceso por los éxitos conseguidos, sino agradecerle a Dios las tribulaciones, ya que éstas nos purifican de las pasiones, mientras que los éxitos terrenales nos hacen olvidar a Dios y de la meta de nuestra vida terrenal.

Obispo Alejandro (Mileant)

 
Junto a la cruz de Cristo. PDF Imprimir E-mail
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Reflexiones - Caminando con Jesús

Junto a la cruz de Cristo.

Autor:
Fuente: www.mensajespanyvida.org

Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo: "Mujer, aquí tienes a tu hijo". Luego dijo al discípulo: "Aquí tienes a tu madre". Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa.
(San Juan 19,25-27)

El Evangelio del nos trae un pasaje de la Pasión de nuestro Señor Jesucristo, cuando dirige unas palabras a la Santísima Virgen María al pie de la cruz. Es un pasaje muy profundo que aunque corto nos deja un gran mensaje para aplicar a nuestra vida.

En la Cruz se reconoce el amor. En el momento más difícil para Cristo, todos se fueron menos su madre y el discípulo amado. Ese es el amor verdadero, el amor que no escatima ni el dolor más intenso para sostenerse y aferrarse. A Cristo lo seguían multitudes, se agolpaban por un milagro, que fácil es seguir a Cristo y como se dice: montarse en el bus de la victoria. Pero en el momento difícil todos huyeron. ¿Donde estaban tantos que fueron sanados, liberados, transformados por un encuentro con Cristo? No sé, pero su madre siempre estuvo ahí. Que muestra de amor, ¿podríamos decir que María no amó a Cristo? Lo amó hasta el extremo, quedándose al pie de la Cruz, donde su hijo desfigurado, herido y maltratado nos enseñaba su amor por nosotros. La Cruz revela el verdadero amor. Y ese amor brota de Cristo como fuente. El texto expresa que el discípulo amado se quedó. Quien siente el amor de Cristo no lo abandona. ¿Te sientes amado por Cristo? Debemos ir a la fuente del amor eterno para poder amarlo. ¿Cuántas veces que la Cruz se ha colocado frente a nosotros hemos huido?

Ni siquiera en la Cruz, estamos abandonados. Cristo desde la Cruz, nos hace un regalo especial, nos entrega a su madre. Nosotros somos el discípulo amado que al pie de la Cruz contemplamos a Jesús dar su vida por nosotros. Hoy el texto nos recuerda esa entrega, mutua, filial. Cuando estamos en la Cruz, cuando estamos padeciendo el Calvario, Cristo nos da un regalo: nos da a su madre, como madre espiritual. Abraham era el padre en la fe de los judíos, por una fe inmensa se volvió modelo de fe. Ahora María será ese modelo de discípula perfecta, en donde no es solo por el vínculo familiar, sino porque hasta el extremo demostró su amor y su fe. Una fe inquebrantable como la de María debería dar para reflexionar en cómo nuestra fe en Cristo está cimentada. El Catecismo expresa: La Virgen María realiza de la manera más perfecta la obediencia de la fe (CIC 148). Cuando pasamos por la Cruz, María está con nosotros. Cristo no la entregó en ningún otro momento, sino en la Cruz. Mientras María contempla a su Hijo morir, nos la entrega, para que sepamos que ella pasó por lo mismo que nosotros. Cristo contrapone los términos: mujer - madre, para que sepamos que al referirse a la misma persona, ambos cumplen un papel profético dentro del plan de Dios. ¿Estás sufriendo? María nos acoge con amor de madre.

Ni siquiera un elegido evita el camino de la Cruz. Desde aquel momento el discípulo la recibió. ¿La recibimos? Importante notar que el discípulo amado se reconoce porque recibí a María. Recibirla es amarla desde su papel en el plan de Dios. Es saber que el Rey del Universo se escogió una madre, y que todo lo que Dios escoge es bueno, por eso nosotros la amamos y la recibimos. Si nos alegramos con cosas que nos regalan otras personas, ¿cómo no alegrarnos con el regalo del mismo Cristo?

Hoy la Iglesia recuerda los dolores de la Santísima Virgen María, quien ni a pesar de ver morir a Jesús dudó del Señor ni se apartó de su amor. ¿Dónde la recibimos? Muchos lo hacen en el cuello, otros en la pared de su casa, otras en el nombre de nacimiento, pero es en el corazón donde debemos demostrar el amor por el regalo que nos da Cristo. María, ni aun siendo la llena de gracia, la llamada bienaventurada por todas las generaciones, evitó el momento de la Cruz.

Hoy que queremos un Evangelio prospero, una vida cómoda, María está ahí en la Cruz al lado de su Hijo. Y el discípulo amado a su vez pasa por la Cruz, pero ni siquiera la Cruz, le quita su amor por el Señor. Sólo el que sea fiel en todo, recibirá el premio que el mismo Cristo tiene destinado para nosotros.

 
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