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Caminando con Jesús
Cargando con el pasado. PDF Imprimir E-mail
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Reflexiones - Caminando con Jesús

Cargando con el  pasado.

Autor:
Fuente:
www.mensajeconpoder.com

Un día dos monjes iban  caminando por el campo. Iban camino a otro pueblo para ayudar a traer la  cosecha. Mientras caminaban, espiaron a una mujer que estaba sentada en la  orilla del río. Ella estaba enojada porque no habí a un puente y no podí a  cruzar al otro lado.

El primer monje ofreció amablemente, "Si quieres te podemos cargar hasta el otro lado del río" "Gracias", contestó ella, aceptando su ayuda.  Así fue que los dos hombres juntaron sus manos, la levantaron entre los dos y la cargaron hasta la otra orilla. Cuando llegaron, la bajaron y  ella siguió su camino.

Después de que los monjes caminaron otro tramo, el segundo monje empezó a quejarse. "Mira mi ropa,"  dijo, "Esta toda sucia por haber cruzado a esa mujer por el río. Y mi espalda  todaví a me duele por haberla cargado. Siento que se me esta acalambrando." El primer monje simplemente sonrió y asintió con su cabeza.

Un poco más adelante, el segundo monje se quejó otra vez, "Mi espalda me duele tanto, y todo es porque tuvimos que cargar a esa loca mujer para cruzar el río. No puedo seguir adelante por el dolor." El primer monje miró a su compañero, que ya estaba tirado en el suelo quejándose y le dijo: "¿Te has preguntado por qué yo no me estoy  quejando?" Tu espalda te duele porque todavía estás cargando a la mujer. Pero yo ya la bajé varios metros atrás.

Así, es como somos muchos de nosotros cuando tratamos con nuestras familias. Somos como el segundo monje que no lo puede dejar ir. Queremos hacerles saber el dolor que todavía sentimos por algo que ellos hicieron en el pasado. Cada vez que podemos se los tratamos de recordar.

 
¡Me hundo, Jesús! PDF Imprimir E-mail
Reflexiones - Caminando con Jesús

¡Me hundo, Jesús!

Autor: desconocido.
Fuente: www.mensajespanyvida.org

¿Cómo es que hasta un instante atrás estaba caminando con confianza por la superficie y en medio de las olas, y ahora me hundo sin más perspectivas que llegar al oscuro fondo del lago? Pedro debió haber pasado de la alegría sin igual de sentirse sostenido por Dios, desafiando a la naturaleza intrépida, a la más profunda desesperación de sentirse abandonado y sujeto a una muerte horrenda. ¿Qué habrá ocurrido en su corazón, en su mente, que provocó pasar de modo tan súbito de un estado al otro? Una sombra de autosuficiencia, un olvido repentino de que su caminar por sobre las aguas no era mérito suyo sino una gracia concedida por Jesús. Ese breve momento de cavilación, de duda, fue suficiente para que Pedro, el hombre, soltara la mano invisible de Dios y quedara sujeto a sus propias fuerzas. Fuerzas que no sirven de nada, que conducen a una caída segura en manos de la soberbia humana.

Una sombra de miedo, un dudar de la seguridad de esa invisible Mano Divina que lo sujetaba y hacía deslizar seguro por las crestas de las olas del lago. Miedo que paraliza, que tensa músculos y pensamientos hasta hacernos como estatuas de sal que azoradas observan su destino sin poder reaccionar. Pedro, nublada la fe que lo había lanzado seguro sobre la borda del bote de pescador rumbo a los brazos de Jesús que lo llamaban desde el mar tempestuoso, pasó a ser sólo eso, Pedro. Ya no más el apóstol unido a Dios por la seguridad de Su Divinidad. Sólo Pedro, el hombre.

Una sombra de esperanza. Los ojos de Pedro miraron y miraron olas y su cuerpo que se hundía, mientras nada parecía poder detener su naufragio. Pero una luz iluminó sus ojos de hombre desesperado, los ojos de Jesús que lo invitaban a llamarlo. Pedro, pídeme que te ayude, llámame. Pedro, ten fe en mi, no en tus fuerzas. Pedro, confía en mi aunque te estés hundiendo, ¿acaso no te lanzaste a caminar por el mar para venir a Mi encuentro? Pedro, extiende tu mano hacia mí, y presto como un ángel volaré a rescatarte.

Una sombra de fe se asomó a los ojos de Pedro. Ya no más el mar ni su cuerpo hundiéndose, sino la mirada del que todo lo puede. Una sombra de fe que creció hasta iluminar el rostro de Pedro, haciéndolo nuevamente Pedro, el Apóstol. Jesús, sin demorarse un instante, rescató a su demasiado humano discípulo, el que sería pilar de la naciente Iglesia. La Mano de Dios fue tendida al amigo, al Apóstol que vacilante se abrazó a su Jesús, a su Salvador. No más angustia, no más miedo, sólo seguridad en los Brazos del Mesías esperado.

En la experiencia de Pedro en el Lago de Genezareth podemos vernos reflejados, proyectados. Nada obstaculiza nuestra capacidad de sujetarnos firmes a la Invisible Mano de Jesús y dejarnos sostener, mientras caminamos sobre las aguas de este mundo con fe y confianza. Debajo de nosotros el mundo ruge, las olas de la sociedad moderna nos envuelven amenazadoras, tratando de hundirnos en la oscuridad de la civilización que se olvidó de Dios. Paso a paso, confiados y valerosos atravesamos las olas más altas y los vientos más violentos, que arrojan agua sobre nuestro rostro. Sin embargo, con qué frecuencia nos olvidamos de la Mano que nos sujeta y, como Pedro, nos hundimos sin remedio y envueltos en mares de angustia. El mundo, en esos momentos, nos traga como un enorme monstruo que seduce y confunde, atonta y subyuga.

Cuando el mar más aúlla a nuestro alrededor, más nos debemos sujetar a la fe y la confianza, al amor y la esperanza que vienen del Señor. Nuestras fuerzas nada pueden, nada logran. Todo debemos confiar a Jesús, que con inmenso amor nos mira y nos invita a pedir Su ayuda, Su Salvación. Cuando Pedro estuvo a salvo, sintió vergüenza de haber fallado en su confianza en Jesús. Iba a fallar otras veces, muchas más, pero siempre volvió a Jesús. Su voz una y otra vez lanzó el grito que salva, que abre las puertas del Cielo: ¡Me hundo, Jesús, sálvame!

 
“Papa olvida” PDF Imprimir E-mail
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Reflexiones - Caminando con Jesús

“Papa olvida”

Autor:
Fuente:
www.mensajespanyvida.org

Escucha, hijo: voy a decir esto, mientras duermes: Hace unos minutos mientras leía mi diario, sentí una ola de remordimiento que me ahogaba. Culpable, vine junto a tu cama. Te regañé cuando te vestías para ir a la escuela, porque apenas te mojaste la cara con una toalla; te regañé, porque no limpiaste tus zapatos; te grité porque dejaste caer agua al suelo. Durante el desayuno, te regañé también, pusiste los codos sobre la mesa, untaste demasiada mantequilla en el pan. Al salir me dijiste: “Adiós papito” y yo fruncí el ceño y te respondí: “ten erguidos esos hombros”.

Al regresar a casa te vi, de rodillas, jugando en la calle. Tenías agujeros en las medias. Te humillé ante tus amigos. Al hacerte marchar a casa delante de mí. ¡Las medias son caras y si tuvieras que comprarlas, serías más cuidadoso! Pensar, hijo, que un padre diga eso. ¿Recuerdas más tarde, cuándo yo leía y tú entras tímidamente, con una mirada de perseguido?, te dije bruscamente, ¿qué quieres ahora?, impaciente por la interrupción. Nada, dijiste, pero te lanzaste en tempestuosa carrera y me echaste los brazos al cuello y me besaste, y tus brazos me apretaron con un cariño que Dios hizo florecer en tu corazón, y luego te fuiste a dormir.

Bien, hijo, poco después cuando se me cayó el diario de las manos, entró en mí un terrible temor. ¿Qué se estaba haciendo en mí la costumbre, de encontrar defectos, de reprender, ésta era mi recompensa?, a ti por ser un niño? No era que yo no te amara, era que esperaba demasiado de ti. Te medía, con la vara de mis años maduros.

Y hay tanto de bueno y de bello y de recto en tu carácter. He llegado hasta tu camita en la oscuridad y me he arrodillado, lleno de vergüenza. Es una pobre expiación. Pero mañana seré un verdadero “papito”. Seré tu compañero y sufriré cuando tú sufras y reiré cuando tú rías. Me morderé la lengua cuando esté por pronunciar palabras impacientes. Temo haberte imaginado hombre. Pero al verte ahora, acurrucado, fatigado en tu camita, veo que eres un niño todavía.

He pedido demasiado, demasiado….

 
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