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Caminando con Jesús
La Debilidad de Dios. PDF Imprimir E-mail
Reflexiones - Caminando con Jesús

 

La Debilidad de Dios.

Autor:
Mariola Iglesias
Fuente: diocesisdesalamanca.com

La Palabra, que estaba junto a Dios desde el principio, se ha hecho humanidad. Dios, para decirnos quién es, para mostrarnos cómo es su amor por nosotros, se ha hecho debilidad. Poco se puede decir ante esto. Nada puede haber más elocuente que el silencio y la adoración para expresar un agradecimiento que dejan corto las palabras.

Dar gracias a Dios porque en Jesús nos susurra y repite sin cesar que nos ama, que nuestro ser de criaturas le enternece, que somos su debilidad, que cuanto mayor es nuestra pobreza y fragilidad, más conmovemos su corazón. Agradecer que esta es la verdad más honda y la Buena Noticia: Dios se nos da por entero porque nos ama, y porque nos ama se hace nuestro. Dar gracias a Dios porque en este Niño viene a buscarnos, se deja amar y nos permite contemplar su rostro. Darle gracias por hacer sagrada nuestra humanidad, por abrirnos el camino de acceso a Él a través de lo humano, porque podemos encontrarle y amarle en cada persona. Darle gracias por revelarnos en Jesús lo bien que hace las cosas, por desvelarnos en Él que nuestra finitud alberga posibilidades infinitas de felicidad, porque nos abre al amor, porque es nuestra oportunidad de amar como Él, de ser hermanos y amigos, de establecer relaciones auténticamente humanas, desde la igualdad, la misericordia entrañable, el respeto.

Por nosotros Dios se hace débil. Se somete a las leyes humanas, al espacio y al tiempo. Somos la debilidad de Dios. Todos, pero más que nadie, los pobres, los pequeños, los que sufren y son excluidos, los tristes, los enfermos, los sin techo… El agradecimiento sólo es real cuando nos vincula de corazón a la persona amada y expresamos con la vida nuestro deseo de agradecer con algo más que palabras. Del amor vulnerable de Dios aprendemos a hacernos vulnerables para amar, a salir de nuestras seguridades y comodidad para dar pasos hacia los hermanos, a dejarnos desinstalar. Olvidar esto sería olvidar la esencia del Misterio que contemplamos. El que estaba junto a Dios desde el principio sale de sí mismo para amarnos y nos invita con su gesto a hacer nosotros lo mismo, a salir en búsqueda de los otros, a abrazar y besar con ternura y solidaridad la pobreza de cada hermano.

Este Dios pequeño y pobre, a quien nada de lo humano le es ya ajeno, nos invita a que tampoco a nosotros nos resulte ajeno nada de lo que ocurre a sus hijos, a que nuestro corazón haga suyos los dolores y esperanzas de la humanidad. Nos invita a celebrar la vida con gozo y realismo, con hondura, brindando por ella no con cava o sidra, sino con perdón, con servicio, con solidaridad, con misericordia entrañable, con ternura.

Besaremos la imagen del Niño en estos días de Navidad. Ojalá esto sea un símbolo de lo que podemos hacer cada día: besar y abrazar la pobreza de nuestros hermanos desde el agradecimiento de quien se sabe necesitado y bendecido por el abrazo de Dios.

Mariola Iglesias

 
Cuando Dios calla. PDF Imprimir E-mail
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Reflexiones - Caminando con Jesús

Cuando Dios calla.

Autor:
Juan Rafael Pacheco
Fuente: www.mensajespanyvida.org

En el norte de Europa circula la leyenda de Haakon, un buen hombre que cuidaba una ermita en la que había un gran Jesús crucificado.

Un día, Haakon dijo a Jesús: “Señor, quiero padecer por ti. Permíteme ocupar tu puesto. Quiero reemplazarte en la Cruz.”

“Siervo mío, accedo a tu deseo, a condición de que, suceda lo que suceda y veas lo que veas, permanecerás siempre en silencio.”

“¡Te lo prometo, Señor!”

Nadie advirtió el trueque. Nadie reconoció al ermitaño, colgado de los clavos en la Cruz, ni al Señor ocupando el puesto de Haakon, quien por largo tiempo fue fiel a su promesa.

Un día llegó un rico a orar y dejó olvidada su cartera. Haakon lo vio y calló.

Luego un pobre, horas después, se apropió de la cartera.

Tampoco dijo nada cuando un muchacho se postró ante él para pedirle su gracia, antes de emprender un largo viaje, justo cuando el rico volvió buscando su cartera.

Al no hallarla, acusó al muchacho de habérsela cogido y lo maltrató duramente.

Entonces sonó una fuerte voz: “¡Detente!” El rico vio sorprendido que la imagen le hablaba, defendiendo al joven y amonestándolo por la acusación sin fundamento. Totalmente confuso, salió corriendo de la ermita, al igual que el joven, quien tenía prisa por correr al puerto y emprender su viaje.

Tiempo después quedó la ermita a solas. Cristo dijo a Haakon: “Baja de la Cruz. No sirves para ocupar mi puesto. No has sabido guardar silencio.”

“Señor, ¿cómo iba yo a permitir semejante injusticia? “

Jesús ocupó la Cruz nuevamente. “Tú no sabías que al rico le convenía perder la cartera, ya que llevaba en ella el precio de la virginidad de una joven mujer.

El pobre, por el contrario, tenía necesidad de ese dinero para su familia. En cuanto al muchacho que iba a ser golpeado, sus heridas le hubiesen impedido realizar el viaje, que para él resultaría fatal.  Justo ahora acaba de zozobrar el barco y ha perdido la vida. Tú no sabias nada. Yo sí. Por eso callo.”

Y el Señor nuevamente guardó silencio.

¡Cuántas veces en la vida nos preguntamos por qué razón Dios no contesta nuestras oraciones!

Muchos quisiéramos que Él nos respondiera lo que deseamos oír y que lo hiciera rápidamente. Pero Dios no es así.

Y es que Dios nos responde aún con el silencio. Debemos aprender a escucharlo aún cuando calla.

Su silencio son palabras destinadas a convencernos de que Él sí sabe lo que está haciendo.  En su silencio Él nos dice con amor:

“¡Confía en Mí, que Yo bien sé lo que hago!”

Dice el Padre Fernando Pascual que nos cuesta entender ese misterio de la oración “no escuchada”. Se trata de confiar hasta el heroísmo, cuando el dolor penetra en lo más hondo del alma, porque vemos cómo el sufrimiento hiere nuestra vida o la vida de aquellos seres que más amamos.

En esas ocasiones necesitamos recordar que no hay lágrimas perdidas para el corazón del Padre que sabe lo que es mejor para cada uno de sus hijos. El momento del “silencio de Dios” se convierte en el momento del sí del creyente que confía más allá de la prueba.

Entonces se produce un milagro quizás mayor que el de una curación muy deseada: el del alma que acepta la Voluntad del Padre y que repite, como Jesús, las palabras que decidieron la salvación del mundo: “No se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22,42).

Bendiciones y paz.

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Dios perdona siempre. PDF Imprimir E-mail
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Reflexiones - Caminando con Jesús



Dios perdona siempre.

Autor:
Autor:
www.churchforum.org

Todos recordamos aquella escena en la que una gran muchedumbre traía a una mujer sorprendida en adulterio. Venían con piedras en las manos, dispuestas a apedrearla. Jesús les dijo retándoles: "El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra". Y ese Jesús, al ver que nadie le tiraba piedras, le dice: "¿Nadie te ha condenado, mujer? Yo tampoco te condeno".

Agradecemos inmensamente a San Lucas que nos haya hecho este reportaje trágico y estupendo al mismo tiempo, que podría titularse: "Cómo condenan los Hombres. Cómo perdona Dios".

Por experiencia sabemos que los hombres no perdonan, ni olvidan. Pero es un alivio oír de labios de Jesús aquellas palabras: "Yo tampoco te condeno", porque todos sentimos en lo más hondo del alma la necesidad grande y dolorosa de que Dios nos perdone.

No es difícil aparentar ante los demás ser hombre de bien o mujer honesta, pero ante Dios, no queramos guardar las apariencias, porque no podemos.

En el fondo Dios nos asusta. Y algunas veces nos preguntamos seriamente: ¿Podrá Dios perdonarme a mí? Hay algunos que ya no se lo preguntan, sino que se dicen a sí mismos con una tremenda seriedad: "Yo no tengo perdón de Dios".

Es la misma frase que debió decir Judas cuando vio que su traición le costó la vida a Jesús; "He pecado entregando sangre inocente". ¡Muy bien dicho!.

Entró en el templo y arrojó 30 monedas en la cara de los sacerdotes y escribas, ¡muy bien hecho!.

Judas todavía conservaba algo bueno. Esa frase y esas monedas fueron dos hechos grandes dignos de un santo. Pero en ese momento en que pudo cambiar totalmente su vida, se atravesó en su mente una desesperada y terrible convicción: ¡No tengo perdón de Dios, no tengo perdón de Dios!. Y fue y se ahorcó

En vez de volver a ver a Cristo, a pedir perdón, nos vamos ahorcando poco a poco en la desesperación, seguimos los mismos pasos y los mismos pensamientos: "He pecado muchas veces, ya no me puede perdonar Dios".

Quizá también tiramos las monedas a la cara del demonio o de una persona, pero nos falta el paso más importante, el mismo que le faltó a Judas, el que salvó a Pedro: las lágrimas de arrepentimiento.

El error del traidor fue pensar que Cristo no lo quería perdonar, que era demasiado. Pero se equivocó. Aquella misma noche Cristo lo había invitado a su mesa, a cenar con Él. Le lavó los pies con delicadeza y lo llamó amigo en el mismo momento que lo vendía.

Pedro hizo algo más grave que Judas, renegó tres veces de Él, del mismo Dios, pero no desesperó; aquella mirada de Cristo se lo aseguró. Mientras Judas se suicidaba abriéndose las entrañas, así lo dice el Evangelio, el rudo pescador de Galilea, lloraba como un niño a las puertas de la casa de Caifás.

Han pasado 20 siglos de historia desde aquel día. Han existido muchos imitadores de Judas y Pedro. ¿A quién de los dos prefieres imitar?

Confía en Dios y acertarás. Hace mucho tiempo que Cristo te espera. Es una cita de perdón, para decirte con un amor tan inmerecido como cierto: "Yo tampoco te condeno, ve y no vuelvas a pecar..."

Pedro y Judas representan a dos clases de hombres: todos pecamos como ellos: Judas vendiéndolo, Pedro negándolo. Pero Judas se ahorcó de un árbol y Pedro lloró confiadamente su pecado. Esa es la diferencia.

 
Conócelo para que lo ames: ¡Jesucristo! PDF Imprimir E-mail
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Reflexiones - Caminando con Jesús



Conócelo para que lo ames: ¡Jesucristo!

Autor:
Padre Marcelo Rivas Sánchez
Fuente: www.diosbendice.org


Muchos se llaman cristianos y muy pocos aman a Cristo. Bien decía Gandhi “Yo creo en Cristo, pero no en los cristianos que no se perecen a Cristo” Cierto y a la vez preocupante, pues somos muchos los que vamos a la deriva, sin saber de Jesucristo. La información la podemos encontrar en la Biblia y de forma muy especial en los cuatro evangelios,  que se han quedado en las realidades de la comunidad de fe viva que él fundó y que siguen en el día de hoy. Hablo de la Iglesia, aquella del afán de los discípulos de Jesús.

Para conocerlo observemos algunos hechos históricos sobre Jesús: Jesús bautizado por Juan el Bautista; era un Galileo que predicó y curó enfermos; llamó a unos (12) y los hizo discípulos; su actividad la realizó en Israel; luchó por purificar la idea de templo; fue crucificado fuera de Jerusalén por las autoridades romanas; después de muerto sus seguidores siguieron formando un grupo. Datos bien históricos que nadie niega. Además, los datos evangélicos son sensatos y relacionados con los datos demostrables. Y, sin duda, es la tradición de la Iglesia, en la que estos escritos nacieron, la que nos da garantías de su fiabilidad y la que nos dice cómo interpretarlos.

“¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido? Porque vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle” (Mt 2,2) Los magos son unos gentiles, que no pertenecen al pueblo de Israel: descubren la revelación de Dios a través de su estudio y sus conocimientos humanos (las estrellas), pero no llegan a la plenitud de la verdad más que a través de las Escrituras de Israel.

Jesús nace un 25 de diciembre, dato que viene del año 274, ya que en Roma se celebraba el día del nacimiento del sol invicto, la victoria de la luz sobre la noche más larga del año. Pero la mejor explicación está en hacerla depender de la fecha de su encarnación, que se relaciona a su vez con la de su muerte. Esta idea está bien plasmada en el arte cristiano pintando la Anunciación de la Virgen al niño Jesús descendiendo del cielo con una cruz. El Cardenal Ratzinger, hoy Papa Emérito, dice: “Lo más decisivo fue la relación existente entre la creación y la cruz, entre la creación y la concepción de Cristo”

Su mamá, la Virgen María lo concibió sin intervención de varón. Las palabras del Ángel Gabriel a San José. “lo concebido en ella viene del Espíritu santo” (Mt 1,20) y ante la pregunta de María: “¿Cómo será eso pues no conozco varón?” obtiene por respuesta “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra...” (Lc. 1,34-35) y la otra prueba es que Jesús desde la cruz le encomienda a Juan el cuido de su mamá y esto nos dice que no tenía otros hijos. Lo de otros hermanos se explica porque ese término en hebreo significa parientes próximos. Además, para Dios nada hay imposible (Lc 1,37) Y José es su real esposo, después de haber entendido la acción de Dios en la Virgen.

Quisieron matar al niño Jesús que había nacido en Belén (Mt 2,1 y Lc 2,4.15) Inicia su ministerio público a los 30 años (Lc 3,23) después de haber desarrollado el oficio de artesano en Nazaret (Mc 6,3) Luego escogió a un grupo de doce que los llamó “Doce Apóstoles” para instaurar el Reino de Dios. Testigos de sus palabras de sus obras y de su resurrección.

Jesús predicó con vehemencia la conversión y no tanto los sacrificios. «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está al llegar; convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1,15) Cambio profundo del corazón.

Los evangelistas divulgan la predicación de los Apóstoles, y que los evangelistas fueron Apóstoles o varones apostólicos (cfr Dei Verbum, n. 19) Mateo, Juan, Lucas y Marcos. De estos, los dos primeros figuran en las listas de los doce Apóstoles (Mt 10,2-4 y paralelos) y los otros dos figuran como discípulos de San Pablo y San Pedro, respectivamente. En el fondo es que los evangelios transmiten fielmente lo que Jesús Hijo de Dios, viviendo entre los hombres, hizo y enseñó” (Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática Dei Verbum, n. 19)

Detengamos aquí nuestro encuentro con Jesucristo y les invito a abrir la Biblia y desde Evangelista Marcos, para mí escritor fino y animoso, sigamos descubriendo la fascinante vida del Señor de Cristo Jesús.


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@padrerivas

 
Que rápido. PDF Imprimir E-mail
Reflexiones - Caminando con Jesús

Que rápido.

Autor:
Omar A. Jiménez Castro.
Fuente: www.mensajespanyvida.org

Hace poco tuve la dicha de estar meditando un amanecer y un atardecer. Es impresionante como se parece la vida a cada uno de estos momentos del día.

En un instante nacemos como un amanecer. En el caminar de nuestras vidas no paramos de decir “¡qué rápido pasa el tiempo!”. Y en un abrir y cerrar de ojos pasa todo y de nuevo decimos, qué rápido.

Mientras vamos esperando ese atardecer de nuestras vidas, cargamos con tantos recuerdos que se van metiendo en nuestras mentes como un casette o memoria flash.

Algunos de esos recuerdos están llenos de odio, de rencor, de ese dolor que nos impide decir “perdón”, aún cuando no fue nuestra culpa, ese dolor de no haber hecho el mejor esfuerzo en aquello que queríamos.

Cuando tenemos el hoy, ese presente que es lo único que contamos, sentimos ese dolor de mirar al pasado y no poder regresar para corregir lo que hicimos.  Dice un dicho popular que “recordamos el pasado cuando sabemos que no vamos a regresar”.

Qué rápido pasa el tiempo para aquellos que se han dedicado a amar aun en sus imperfecciones.

Qué rápido pasa el tiempo con aquellos que amamos de verdad.

Todo pasa, días, meses, lugares que te hacen recordar aquellos tiempos inolvidables que no vivirás jamas.

Te das cuentas que todo es rápido, en cualquier momento llega el atardecer de nuestras vidas, y dices, de verdad, ¡qué rápido pasa el tiempo hacia la eternidad!.

Bien decía una canción que rápido se nos va el tiempo.

Todo pasa, aún los que amamos y todos esos momentos increíbles en lugares increíbles que siempre estarán en tu mente.

Todo pasa, aún los momentos más duros que no pensamos habrían de terminar y así transcurre nuestra vida, dejando lo material, pero llevándose con uno y en las mentes los recuerdos de aquellos que nos recuerden.

Hay que aprender a decir adiós a aquellos lugares que te traen recuerdos que nunca volverán. Sólo vemos al final, un atardecer de nuestra vida. ¡Qué tarde se nos va la vida!

No hay duda que en menos de cien años no estaremos ya en este mundo y moriremos humanamente a no ser que hayamos hecho algo extraordinario para ser recordados en alguna fecha.

Todo aquello que nos aferramos acabará como un atardecer.

Si falta algo por hacer o realizar, por decir, no hay que esperar tanto como para darnos cuenta que el atardecer de nuestras vidas esté pronto y tal vez no tengamos el tiempo suficiente para realizarlo.

Un pensamiento final, hay muchos atardeceres, algunos tormentosos, oros lánguidos, pero muchos apacibles, con nubes multiformes, a veces artísticamente dispuestas en una paleta de pintor cambiante de vívidos rojos pasando gradualmente por la franja de los azules que finalmente son absorbidos por la falta de luz... que no es total, porque allí aparecerá la luna como nueva apuesta de la claridad. Aún el cielo más oscuro permite ver a través del brillo estelar.

Nuestra oscuridad terrenal será inundada por la Luz Eterna de Nuestro Señor.
Amén.

 
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