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Caminando con Jesús
Imágenes falsas de Jesús. PDF Imprimir E-mail
Reflexiones - Caminando con Jesús

Imágenes falsas de Jesús.

Autor: Juan Gaitán.
Fuente: www.falsoconfalso.wordpress.com

Esta semana tuve la oportunidad de compartir con un grupo de jóvenes el tema: ¿Quién dicen ustedes que soy yo? La amiga que me invitó a dirigir dicha reflexión me pidió que presentara a Jesús como es realmente.

Sin embargo, la intención de hablar de Jesús como si lo conociera por completo me pareció algo pretensioso. Así que, mientras preparaba la reflexión, me resultó útil la vía negativa: ¿Qué no es Jesús? Aquí comparto algunas de mis conclusiones, son imágenes falsas de Jesús que a veces creamos dentro de nosotros mismos, casi sin darnos cuenta.

Jesús spa: Jesús no es un simple recurso tranquilizante para estar bien con uno mismo, para sentir una paz interior que llene de buenos sentimientos mi vida, como una especie de té espiritual para los males del alma. Él sí es consuelo, esperanza, paz, pero esto se funda en su amor hasta el extremo al que somos invitados, en la donación de uno mismo, no se trata de un cuento de hadas.

Jesús mandamiento: Muchos sectores dentro de la Iglesia recurren a citas bíblicas de los evangelios para juzgar, señalar, regañar; pero es necesario dejar claro no es cristiano presentar a Jesús como un conjunto de mandamientos. Es una imagen falsa.

Jesús rayos y truenos: ¿Cuántas veces no hemos escuchado a mamás decir: «pórtate bien en misa o le voy a decir al padrecito» o en el catecismo «si no se portan bien vamos a rezar el rosario» o «Jesús mira todo lo malo que haces»? Esto es antievangélico. Como decimos en México: no me ayudes, compadre.

Jesús héroe de la independencia: Jesús fue revolucionario, hizo temblar las estructuras de religiosas y políticas de su tiempo, se comprometió con los más necesitados, les anunció la liberación y los puso en el centro de su predicación, sin embargo, sería mentira decir que Jesús invitó a la violencia como medio de transformación social.

Jesús de seda: En los primeros siglos de la Iglesia surgió una herejía que decía que Jesús fue ser humano en apariencia, que en realidad solamente era verdadero Dios, no verdadero hombre. Hoy es muy común imaginar a un Jesús resucitado, con mucha luz y vestiduras blancas muy limpias, olvidando que también se manchó las manos trabajando en los caminos de tierra de su pueblo, haciendo el bien a los necesitados de carne y hueso, padeciendo los sufrimientos propios de los seres humanos.

Lee más textos del autor de este artículo en:

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Amor a Dios, amor al hermano. PDF Imprimir E-mail
Reflexiones - Caminando con Jesús

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Amor a Dios, amor al hermano.

Autor: Padre Fernando Pascual (Italia)
Fuente: periodismocatolico.com

Preguntar por Dios significa preguntar por el Amor. Y preguntar por el amor, eso que tanto desea el corazón humano, es preguntar por Dios.

Por eso el “mandamiento mayor”, lo mejor que Dios puede pedir al ser humano, consiste precisamente en amar: amar a Dios y, con un amor semejante, amar al hermano.

Surgen entonces varias preguntas: ¿cómo se unen amor a Dios y amor al prójimo? Además, ¿cómo amar a un Dios al que no vemos? Y, ¿se puede mandar el amor? (cf. Benedicto XVI, encíclica “Deus caritas est”, nn. 16-18).

El amor parece un sentimiento, como explicaba el Papa Benedicto XVI: surge o no surge… Pero, ¿podemos sentir eso hacia Dios, si no lo encontramos en nuestra vida diaria?

En realidad, hay diversos caminos para “tocar” a Dios, para suscitar el sentimiento de amor de un modo experiencial. Uno consiste en la gratitud que nace de reconocer sus dones. A veces corremos el riesgo de acostumbrarnos a que salga el sol, a que cante un pájaro o a que haya ruidos en el piso de arriba… Todo lo que existe es don de Dios, y necesitamos agradecérselo de todo el corazón.

Otro camino, quizá el más personal, surge desde la experiencia del perdón: nadie como Dios me ha amado tanto, hasta el extremo de perdonar una y mil veces mis pecados.

Pero hay un camino más profundo para llegar a Dios, para tocarlo. Es el camino que inicia con la Encarnación: el Dios invisible se hizo visible y cercano, tanto que podemos tocarlo, escucharlo, recibirlo en cada Eucaristía.

Desde que Cristo vino al mundo, también se ha hecho presente en cada ser humano, de tal forma que todo lo que hagamos por los otros se lo hacemos a Él (cf. Mt 25,31-46).

Por ese motivo amor a Dios y amor al prójimo están unidos de modo inseparable (cf. Mt 22,34-40). “Si alguno dice: «Amo a Dios», y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve” (1Jn 4,20).

De esta manera, el amor al hermano nos lleva al amor a Dios. Así lo explicaba, en el siglo VII, san Juan Clímaco: “Quien ama al Señor comenzó por amar a su hermano, pues este segundo amor es la prueba del primero” (“Escala al paraíso”, escalón 30, n. 26).

Otro santo de los primeros siglos, san Doroteo de Gaza, imaginaba en sus conferencias un gran círculo para representar cómo el amor a Dios y el amor al prójimo avanzan o retroceden al mismo tiempo.

“Imaginen un círculo trazado sobre la tierra, es decir una circunferencia hecha con un compás y un centro. Se llama precisamente centro al centro del círculo. Presten atención a lo que les digo. Imaginen que ese círculo es el mundo, el centro, Dios, y sus radios, las diferentes maneras o formas de vivir los hombres.

Cuando los santos deseosos de acercarse a Dios caminan hacia el centro del círculo, a medida que penetran en su interior se van acercando uno al otro al mismo tiempo que a Dios. Cuanto más se aproximan a Dios, más se aproximan los unos a los otros; y cuanto más se aproximan los unos a los otros, más se aproximan a Dios.

Y comprenderán que lo mismo sucede en sentido inverso, cuando dando la espalda a Dios nos retiramos hacia lo exterior, es evidente entonces que cuanto más nos alejamos de Dios, más nos alejamos los unos de los otros y cuanto más nos alejamos los unos de los otros más nos alejamos también de Dios.

Tal es la naturaleza de la caridad. Cuando estamos en el exterior y no amamos a Dios, en la misma medida estamos alejados con respecto al prójimo. Pero si amamos a Dios, cuanto más nos aproximemos a Dios por la caridad tanto más estaremos unidos en caridad al prójimo, y cuanto estemos unidos al prójimo tanto lo estaremos a Dios”.

Amor a Dios, amor al hermano: dos realidades inseparables. Sólo si recordamos esta verdad y trabajamos por vivirla podremos ser, realmente, cristianos auténticos, seguidores de quien vino al mundo no para ser servido sino para servir (cf. Mt 20,28).

 
Dios se dona con gratuidad. PDF Imprimir E-mail
Reflexiones - Caminando con Jesús

Dios se dona con gratuidad.

Autor: Papa Francisco.
Fuente:

En la ley del Reino de Dios el contracambio no sirve, porque Él dona con gratuidad. Lo afirmó el Papa Francisco en la Misa matutina en la Casa de Santa Marta. El Pontífice advirtió que, a veces, por egoísmo o ganas de poder rechazamos la fiesta a la cual el Señor nos invita gratuitamente. A veces, advirtió, nos confiamos de Dios “pero no demasiado”.

Un hombre dio una gran fiesta, pero los invitados pusieron excusas para no ir. El Papa ha desarrollado su homilía partiendo de la parábola narrada por Jesús en el pasaje de Evangelio de hoy. Una parábola, dijo, que nos hace pensar porqué “a todos nos gusta ir a una fiesta, nos gusta ser invitados”. Pero en este banquete “había algo” que a los tres invitados “que son un ejemplo de tantos, no les gustaba”. Uno dice que debe ver su campo, tiene ganas de verlo para sentirse “un poco potente”, “la vanidad, el orgullo, el poder,  y prefiere más bien aquello que quedarse sentado como uno entre tantos”. Otro ha comprado cinco bueyes, por lo tanto está concentrado en los negocios y no quiere “perder tiempo” con otra gente.

El último, finalmente, se excusa diciendo que es casado y no quiere llevar a la esposa a la fiesta. “No – dijo el Papa – quería el afecto para sí mismo: el egoísmo”. “Al final – prosiguió el Pontífice – los tres tienen una preferencia por sí mismos, no por compartir una fiesta: no sabe qué es una fiesta”. Siempre, hay un interés, hay lo que Jesús ha explicado como “el contracambio”.

Si la invitación hubiera sido, por ejemplo: “Vengan, que tengo dos o tres amigos negociantes que vienen de otro país, podemos hacer algo juntos”, seguramente nadie se habría excusado. Pero lo que los asustaba a ellos era la gratuidad. Ser uno como los otros, allí. Precisamente el egoísmo, estar al centro de todo. Es tan difícil escuchar la voz de Jesús, la voz de Dios, cuando uno gira alrededor de sí mismo: no tiene horizonte, porque el horizonte es él mismo. Y detrás de esto hay otra cosa, más profunda: está el miedo de la gratuidad. Tenemos miedo de la gratuidad de Dios. Es tan grande que nos da miedo”.

Esto, dijo el Papa, sucede “porque las experiencias de la vida, tantas veces nos han hecho sufrir” como sucede a los discípulos de Emaús que se alejan de Jerusalén, o a Tomás, que quiere tocar para creer. “Cuando la oferta es tanta” – agregó retomando un proverbio popular – “hasta el Santo sospecha”, porque “la gratuidad es demasiada”. “Y cuando Dios nos ofrece un banquete así” – afirmó – pensamos que “es mejor no meterse”:

“Estamos más seguros en nuestros pecados, en nuestros límites, pero estamos en nuestra casa; ¿salir de nuestra casa para ir a la invitación de Dios, a la casa de Dios, con los otros? No. Tengo miedo. Y todos nosotros cristianos tenemos este miedo: escondido, adentro…pero no demasiado. Católicos, pero no demasiado. Confiados en el Señor, pero no demasiado. Esto “pero no demasiado” marca nuestra vida, nos hace pequeños, ¿no? Nos empequeñece.

Una cosa que nos hace pensar  - agregó - es que, cuando el siervo le refirió todo esto a su dueño, el dueño se irritó porque había sido despreciado. Y manda a llamar a todos los pobres, los lisiados por las plazas y las vías de la ciudad. El Señor pidió al siervo que obligue a las personas a entrar a la fiesta. “Tantas veces – comentó el Santo Padre – el Señor debe hacer con nosotros lo mismo: con las pruebas, tantas pruebas”:

“Oblígalos, que aquí será la fiesta”. La gratuidad. Obligar a aquel corazón, a aquella alma a creer que es gratuidad de Dios, que el don de Dios es gratis, que la salvación no se compra: es un gran regalo, que el amor de Dios…es el amor más grande! Ésta es la gratuidad.  Y nosotros tenemos un poco de miedo y por esto pensamos que la santidad se hace con nuestras cosas y a la larga, nos volvemos un poco pelagianos ¡eh! La santidad, la salvación es gratuita”.

Jesús -  ha evidenciado - “ha pagado la fiesta, con su humillación hasta la muerte, muerte de Cruz. Y ésta es la gran gratuidad”. Cuando nosotros miramos el Crucifijo,  - dijo el Papa - pensamos que ésta es la entrada a la fiesta”: “Sí, Señor, soy pecador, tengo tantas cosas, pero te miro y voy a la fiesta del Padre. Me confío. No quedaré desilusionado, porque Tú has pagado todo”. Hoy – concluyó – “la iglesia nos pide que no tengamos miedo de la gratuidad de Dios”. Solamente, “nosotros debemos abrir el corazón, de parte nuestra hacer todo lo que podemos, pero la gran fiesta la hará Él”.

Traducción del italiano: María Cecilia Mutual

 
Dios y mi pasado. PDF Imprimir E-mail
Reflexiones - Caminando con Jesús

Dios y mi pasado.

Autor: Fernando Pascual.
Fuente:

Al mirar hacia el propio pasado, sentimos una pena profunda. ¿Por qué tanta oscuridad, tanta miseria, tanto pecado? Quisiéramos borrar hechos y palabras, silencios y omisiones, cobardías y avaricias. Pero en las páginas de nuestra historia hay borrones que asustan y entristecen, y no hay manera de suprimirlos.

He cometido muchos errores, he pecado tantas veces, he herido a familiares y amigos, he fallado en mis compromisos, he optado por el egoísmo y la injusticia…

Dios dirige su mirada hacia mi historia de un modo diferente. Desde luego, sabe y percibe en todo su dramatismo el pecado que he cometido, incluso lo sufre más que yo mismo. Pero más allá del pecado mira al hijo.

Sí: me ve como a un hijo frágil y enfermo. Toca mi necesidad de consuelo y de ayuda. Anhela acariciar mis heridas para curarlas. Desea cuanto antes destruir el pecado y restablecer una alianza de amor (cf. Col 2,13-14).

Necesito recordarlo: “Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn 3,17). Por eso, puedo hacer mías las palabras de san Pablo: “vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Ga 2,20).

Dios quiere borrar de mi corazón toda lágrima enfermiza. Espera que llore con una tristeza sana, según Dios (cf. 2Cor 7,10), para luego sentir esa alegría que hay en el cielo por cada pecador que se convierte (cf. Lc 15,7).

Mi pasado está puesto en las manos y el corazón de un Dios que es Padre misericordioso y bueno. Ya no tengo que angustiarme. Desde que Cristo dio su vida por mí, mi corazón puede acercarse, lleno de confianza, al trono de la gracia y de la misericordia (cf. Hb 4,16).

 
Dios y mi pasado. PDF Imprimir E-mail
Reflexiones - Caminando con Jesús

Dios y mi pasado.

Autor: Fernando Pascual.
Fuente:

Al mirar hacia el propio pasado, sentimos una pena profunda. ¿Por qué tanta oscuridad, tanta miseria, tanto pecado? Quisiéramos borrar hechos y palabras, silencios y omisiones, cobardías y avaricias. Pero en las páginas de nuestra historia hay borrones que asustan y entristecen, y no hay manera de suprimirlos.

He cometido muchos errores, he pecado tantas veces, he herido a familiares y amigos, he fallado en mis compromisos, he optado por el egoísmo y la injusticia…

Dios dirige su mirada hacia mi historia de un modo diferente. Desde luego, sabe y percibe en todo su dramatismo el pecado que he cometido, incluso lo sufre más que yo mismo. Pero más allá del pecado mira al hijo.

Sí: me ve como a un hijo frágil y enfermo. Toca mi necesidad de consuelo y de ayuda. Anhela acariciar mis heridas para curarlas. Desea cuanto antes destruir el pecado y restablecer una alianza de amor (cf. Col 2,13-14).

Necesito recordarlo: “Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn 3,17). Por eso, puedo hacer mías las palabras de san Pablo: “vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Ga 2,20).

Dios quiere borrar de mi corazón toda lágrima enfermiza. Espera que llore con una tristeza sana, según Dios (cf. 2Cor 7,10), para luego sentir esa alegría que hay en el cielo por cada pecador que se convierte (cf. Lc 15,7).

Mi pasado está puesto en las manos y el corazón de un Dios que es Padre misericordioso y bueno. Ya no tengo que angustiarme. Desde que Cristo dio su vida por mí, mi corazón puede acercarse, lleno de confianza, al trono de la gracia y de la misericordia (cf. Hb 4,16).

 
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