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Familia.
¡Estamos en Navidad! Primero la familia. PDF Imprimir E-mail
Reflexiones - Familia.

¡Estamos en Navidad! Primero la familia.

Autor: Ana Margarita Romero de Wills.
Fuente: Lafamilia.info y el Instituto de La Familia U.Sabana.

Un momento propicio para exaltar la dinámica interna del hogar, como algo más que un espacio físico donde habitan personas que por decisión libre y voluntaria al matrimonio, se complementan, comparten una identidad y su intimidad.

Los cónyuges construyen una relación que se desarrolla de manera natural y que no se queda en el plano de coexistir sino que con base en la comunión que surge con la entrega y con el amor, cada uno se enriquece como persona humana para luego trascender, si llegan los hijos como fruto de ese amor donado.

En el hogar cada miembro es aceptado tal y como es, según su carácter, su personalidad, sus talentos y también con sus debilidades... algo que solo se logra en el seno de la familia. Por tanto, en un clima de seguridad y confianza se forja el espacio idóneo para crecer, desarrollarse, perfeccionarse, saberse aceptado y amado.

Comienza la Navidad y esta época especial, como ninguna otra, resulta ideal para disfrutar en familia, para compartir momentos en tiempo libre, para estimular la creatividad y salir de la rutina en la relación conyugal y con los hijos, en la salud y en el descanso. Pero descansar no significa no hacer nada, por el contrario, propone realizar actividades que exigen menos esfuerzo y ojalá a compartir cantidad y calidad de tiempo con los seres más queridos.

Motivar en los niños la lectura y los cuentos o inventar historias sencillas, por ejemplo, resulta ideal para estimular su creatividad. Igual efecto tiene el contacto con la naturaleza, cultivar la música, la danza, el teatro... ideas para fomentar los talentos mientras la familia se divierte.


¡Estamos en Navidad! Primero la familia.

La alegría es posible en la medida en que se cumplan estas condiciones:

1. Si viene de nuestro interior, porque la actitud es clave al iniciar cada mañana y frente a las
diversas situaciones cotidianas.

2. Si nos ilumina, porque se multiplica en cada uno y vigoriza las relaciones.

3. Si vivimos de manera sencilla, porque si queremos “ser” podemos enseñarles a los hijos a
valorarse a sí mismos.

La felicidad como fin último de cada actuación, no necesariamente es ‘bien estar’ sino ‘ser bueno’ y representa el conjunto de cosas necesarias para vivir en armonía con uno mismo, con Dios y con cada uno de los seres que más queremos y con quienes compartimos los momentos más importantes de la existencia.

Aprovechemos esta época de Navidad para aprender de la familia de Nazaret, copiar sus virtudes y luchar porque nuestros hogares sean luminosos y alegres. ¡Feliz Navidad!

 
El adviento y la familia PDF Imprimir E-mail
Reflexiones - Familia.



El adviento y la familia

Autor: Padre Pedro Hernández Lomana, C.M.F.
Fuente: www.mensajespanyvida.org

Ciertamente el adviento es una época corta, generalmente un mes, en el que sin darnos cuenta nos sentimos movidos, por lo que el medio, la sociedad, nos presenta. Y, por supuesto, se nos anticipa lo suficiente, para hacernos sentir mucho mejor, dicen. Es un medio que parece caliente, amable, pacífico como el que realmente ofrece el titular de su navidad. Y ciertamente, la navidad, así escrita, aparece, incluso en nuestros periódicos, más de lo que quisiéramos, y con contenidos diferentes del todo a su significado original. Se trata, por supuesto, de hacer una navidad comercial, y en eso están empeñados, muchos de los que no tienen la más mínima idea de lo que es Cristo y el Cristianismo, y otros que la tienen, pero prefieren el dinero, a lo que Cristo desempeña, porque es claro, que El nos dijo, que su tema es el amor. Por supuesto, también es cierto, me refiero al verdadero cristiano, que a nadie le agrada que usen su nombre sin el valor y respeto que él tiene, y que ha venido engrandeciendo, incluso, a través de siglos, la historia más digna de la humanidad.
Pero ¿no os dais cuenta de que nos han robado, del todo, el adviento, como antes lo han hecho de la Navidad? Y no me negaréis que este, es un momento fuerte dentro de los que sentimos querer los caminos que la Iglesia nos da, para nuestro mejor ser, y crear sobre todo, una conciencia de que estamos madurando en las ideales de Cristo, atacando todo aquello que no es válido a la construcción del Reino de Dios entre nosotros.

Veamos: antes de la venida de Cristo, la Iglesia nos pone cuatro domingos, generalmente, para preparar su llegada. Cuando hablamos de su venida, hay dos aspectos importantes, muy importantes, y que necesitan verdadera solución, los dos. Primeramente nos preparamos, para su segunda venida que no sabemos cuando va a ser, pero que, ciertamente, al menos para cada uno de nosotros, ello sucede cuando morimos. Así de sencillo. Para alentarnos y movernos, viene ese mundo apocalíptico que es difícil de entender, y que quiere presentarnos el momento de la real venida segunda del Señor. En él se complican el mundo, cielo y las estrellas. Jesús es Dios, y ciertamente va a venir, cuando le parezca oportuno, de una manera majestuosa, como rey, porque nadie podrá interpelarle, y en la que va poner cada persona y cosa, en su sitio. De esto, no hay duda.

Pero además, y aquí nos viene, en la Navidad, celebramos el nacimiento histórico de Cristo. Felizmente, los evangelistas nos han dado datos que, en general, nos entregan una idea de cómo y por qué vino Jesús al mundo. Nosotros somos deficientes, -es decir, nos caemos con frecuencia-, e históricos, y necesitamos por ello, recordar los momentos más importantes de nuestra vida para recoger su mejor sentido, y renovar su valor. Es evidente que como históricos, y religiosos, celebramos días que tienen que ver con lo uno y con lo otro. Así celebramos el día histórico de la independencia de nuestra patria. Y también celebramos los históricos religiosos. Somos conscientes de que estos, los religiosos, son más coherentes y transcendentes que todos los demás. En concreto con nuestra Navidad nos pasa así, y por ello lo celebramos desde momentos inmemorables, y con calor siempre muy divino y humano. Porque el mensaje que se nos da es válido para toda la humanidad, pues toda la humanidad necesita dar respuesta a su salvación eterna, y toda la humanidad es consciente, de que cada año, hay que vivir las experiencias maravillosas, que nos presenta la fe, por sus consecuencias para nosotros, en lo que se refiere a nuestra eternidad.

El adviento prepara entonces todos estos detalles que tienen que ver con nuestra maduración humana, nuestra puesta a punto, en orden a vivir en la seguridad de que estamos siguiendo los delineamientos que Cristo nos da. Para ello es necesario ganar cada día para que el Reino de Dios venga. El Reino de Dios es Justicia, amor, y paz.

Este es el momento de perfilar sin duda tantos detalles rotos o deshilachados de nuestro hogar. De mirarnos hacia dentro, y ver qué podemos perfeccionar en orden a celebrar una Navidad, verdaderamente feliz. Por ello el adviento debe ser un momento de austeridad personal y familiar. Austeridad que pone el acento en tantas cosas de menor importancia que durante el año nos han tenido fuera de sintonía con el hogar. Ellas son generalmente materiales, medios, que es claro necesita el hogar, pero que en la medida en que la armonía que, en la relación se necesita, se descompone el fluido que la alimenta, entonces todo se viene abajo, y las tensiones mutuas descomponen el resto de lo que necesitamos para vivir en paz.

El consumismo es una evidente consecuencia de esta actitud de buscar el dinero por encima de todo. Queremos creer, al principio, que sin, tantas cosas que necesitamos, la felicidad va a ser un intento imposible. Pero no tardamos mucho tiempo en convencernos de que eso, no nos da la felicidad verdadera. Porque advertimos que los valores superiores dejan de alimentarnos,...el diálogo, el amor, la ternura, la escucha... y otros, y empezamos a sufrir cuando las atenciones humanas desaparecen, casi del todo. La inseguridad, entonces, en el amor, es un tormento difícilmente pesable. Por ello, qué bueno, que el adviento nos pueda dar un poco de aire nuevo para encontrarnos de verdad a nosotros mismos. Para, en un sabroso diálogo abierto, que propician estos tiempos, encontremos en la austeridad, las claves de un nuevo caminar, que nos hace ver, como no necesarias, tantas cosas que hasta ahora creíamos. Y es que la austeridad pone en claro, lo importante, frente a lo accesorio, idea que tanto mueve, por ejemplo, el segundo domingo de adviento.

Al mismo tiempo la liturgia de estos días, hace hincapié en la vigilancia. Parece mentira que siendo tan débiles, nos olvidemos tan pronto de la coherencia del trabajo paciente para vencer los vicios o tendencias negativas que llenan nuestro ser personal. No es fácil comprender a un hombre que no tiene en cuenta que sus tendencias ofenden. Evidente, que no le importa que, al vivir en comunidad, esa actitud moleste, y ello indica, por cierto, falta de cortesía al principio, pero no mucho más tarde, la actitud se identifica con el desinterés por los valores del hogar, y entonces lo que había de hogar se difumina.

Ahora, en adviento, debemos cuidar el trabajo paciente para dominar estas tendencias negativas. Es claro, que con un día de trabajo o esfuerzo por el control de nosotros mismos, no hacemos nada. Necesitamos tiempo, meses si queréis, por eso qué buenas las cuatro semanas de adviento, para ir dominando la fiera que tenemos dentro. Lo bueno es que, si queremos los dos esta superación, nos ayudaremos mutuamente a que estas tendencias se vayan poco a poco agachando, desapareciendo, y en la confianza que este esfuerzo, y el buen ánimo consiguiente ofrecen, superando.

Pero la vigilancia nos va a seguir haciendo falta en adelante. Nunca, en una buena reflexión, debemos olvidar que la maduración humana exige este esfuerzo continuado, y que el adviento lo asegura, si tenemos un ápice de cristianismo, y alguna ilusión por vivir las maravillas de un hogar sano.

Por otra parte, la preparación del pesebre, nos ayudan a vivir la experiencia familiar en un verdadero mundo de amor y corresponsabilidad. De ahí la importancia de este tema. Y todo ello nos llevará, apuesto, a que la Navidad sea para nosotros, no solo fuente de alegría, sino sobre todo fuente de felicidad encontrada al aire del nacimiento de este niño, que se hizo carne para salvarnos, y que nos motivó a la lucha, de verdad, contra nuestra comodidad destructiva. El abrazo, y el desearnos felicidad, el día primero del año, al tomar las uvas, debe ser el síntoma de nuestra comunión en Dios, de nuestro amor de familia, que no se contenta con menos, que la felicidad eterna. Feliz Navidad, mis queridos lectores.

 
Cread juntos, entre todos, la familia PDF Imprimir E-mail
Reflexiones - Familia.

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Cread juntos, entre todos, la familia

Autor: Padre Pedro Hernández Lomana, C.M.F.
Fuente: www.mensajespanyvida.org

Qué duda cabe, durante estos días hemos pensado sobre cosas bien serias, que a no dudarlo, deben habernos llevado a una idea como esta: debemos esforzarnos todos por recrear nuestra familia.

Y es que no cabe duda que nuestra familia no anda bien. Miraros hacia dentro en el hogar y veréis que esa felicidad con que habéis soñado, y que habéis gozado durante algún tiempo, la mayoría de vosotros, al menos, ya no existe, que, incluso, os parece que habéis hecho todos los esfuerzos que, humanamente se os pedían, para volver a ser como erais, y como que no sabéis en qué puede estar la causa de este cambio nefasto, pero las cosas, ya no marchan. Poco a poco, como que os vais resignando a que la cosas vayan como sea, y el tiempo dirá qué podremos hacer. Pero, el tiempo no resuelve nada, ni personal, ni social, ni individual, ni comunitariamente, si no somos capaces de esforzarnos precisamente en el tiempo.

Entonces muy bien podríais preguntaros, el uno y el otro, si hicisteis bien en casaros, y podréis encontraros con la realidad de que durante cierto tiempo, aquello iba de maravilla, pero que, poco a poco, y como sin saber por qué, las cosas han cambiado tanto, que no os conocéis, y ahora, el hogar es un infierno. La solución no está, entonces, y a pesar de todo, en pensar que debemos separarnos, sino en vernos hacia dentro, desde eso que no queremos saber cómo ha pasado, para hacerlo salir con hidalguía, porque, si somos honestos y nos ponemos a hacer una tarea humana responsablemente, bien sabremos, y bien pronto, a qué se debe esta nuestra situación insostenible.

Analizando detalles, ya no os saludáis con un hasta la vista gozoso, cuando salís de casa, ni os besáis al llegar o al salir de casa, siempre, como había que hacerlo. No os sentáis, cogidos de la mano, en el desayuno para contaros, -con una sonrisa, abierta al mundo, franca, y sincera, de ojos chispeantes y brillantes de verdad jocosa y alegría sostenida, incapaces de mentir,- vuestras más características impresiones. Sin querer, pero que evidentemente tienen que ver, con no reparar en la importancia que estas pequeñas aparentes cosas tenían, os habéis caído, porque no hay que olvidar tampoco, que el amor no se ve, y hay, entonces, que hacerlo sentir, para estar seguros de que andamos caminos abiertos a la familia, y esas pequeñas cosas, se nos hacen, después, en su momento preciso , necesarias, porque sentimos que al desaparecer ellas, nos han roto la persona, la familia y el hogar.

No eran cosas pequeñas, no. Son el modo real entre los hombres de hacernos sentir la grandeza del amor. Y eso es lo único necesario a la felicidad del hombre. Las cosas más grandes, parece mentira, están unidas a una cierta y radical pequeñez, recuerdo aquellas palabras de Jesús, “si no os hacéis como niños no entraréis en el Reino de los Cielos”, que nos piden, que el hacer del hombre, y sobre todo el realizarse como hombre, tiene que ver con la imponderable realidad mundana, a la que el toque humano, sensible y entero, responsable y fino, debe regenerar y transformar. Ese toque tiene que ver con la sensibilidad de Dios, qué duda cabe. Y esa sensibilidad, apuesto, se nos abre en la presencia humana de Jesús, como niño. Quiso dejarse besar, acariciar, mirar a los ojos y sonreír, como un niño feliz que en brazos de su madre se nuestra feliz, porque se siente feliz.

Claro, no es infrecuente, que no seamos capaces de ver esta grandeza en la pequeñez, y en su lugar ponemos nuestra actitud negativa, nuestros egoísmos y debilidades rutinarias a las que de hecho no prestamos atención, porque, ni siquiera, somos capaces de observar que destruyen, casi todo, lo de contenido humano en nosotros, que lo era en grande, y rompemos los nexos necesarios al encuentro entre los dos dentro de un margen, de verdad, humano. La otra parte probablemente ya no reconoce casi nada, por no decir nada de lo que admitió para casarse, y las dificultades se hacen, cada vez, más grandes y sin visos de solución aparente.

Esta situación nos debe interpelar para intentar hacer un esfuerzo y salvar eso, tan positivo que es el hogar. El hogar es bello, qué duda cabe, tiene los encantos de los padres unidos a sus hijos, de la nueva creación que impone, incluso estilos nuevos, por las exigencias históricas, y que en los hijos han de ir apareciendo, y que podríamos verlos con un sentido más críticamente humano, que en un diálogo abierto entre padres e hijos, podría generar no solo, el encanto normal de tales momentos maduros de comunicación, sino la visión de posiciones honestas que en nuestros hijos en muchas ocasiones aparecen, cuando se les atiende y cuida. De todo esto queda el remanente de una alegría interna de saberse gozosamente cada uno dependiendo del otro, descansando en el otro, asegurándose en el otro, que es siempre libertad interna, y ganas de hacer mejor la cosas para el futuro, que es reconocimiento del ser de cada uno, con las virtudes y tendencias negativas que hay que ir superando, en el diario vivir, con alegría.

Todo esto es verdad, como lo es, que podemos hacer de nuestra vida, desde un criterio cristiano, un esfuerzo por valorar la resurrección de nuestro Señor, en nuestras vidas y en nuestros hogares, en nuestra acción por mejorar, como fuente de nuestras victorias, puesto que en su resurrección hemos resucitado todos, y en su muerte ha sido vencida nuestra muerte. Aquí hay una realidad poderosa de fe, que nos hace esforzarnos, por hacer cada cosa, desde su exigencia interna cristiana, con esa elegancia que las haría El, don de su Padre, asumiendo su Ser resucitador que nos embarga, y asegurando así, una visión de futuro completa, desde le esfuerzo diario por dar sentido a lo que lo tiene, en concreto, nuestro hogar, y la comunión consecuente de unos con otros en la fuerza de la fe, que nos anima y nos abre el horizonte de la eternidad, que debe dar sentido a la vida de todo cristiano en su hacer hogar.

Así, el papá y la mamá, y cada uno de los hijos, debe ser parte de este esfuerzo por enriquecer las virtudes del hogar. Por crear el hogar. Pero los hijos sobre todo, y en la medida en que vieran el esfuerzo para amarlos, para estar con ellos, para animarlos escuchándolos, de sus padres, no lo dudéis, serían vuestros, y entonces, todos estaríais creando la realidad del nuevo hogar. Los hijos son lo que sus padres quieren, en la medida en que sus padres se aman ante ellos, y les dan el placer de sentirse con su identidad segura, conscientes, los padres y los hijos, de que ese amor los construye desde dentro, para hacerlos dueños de si mismos, en la aventura de realizarse como hombres cristianos, de verdad.

Y así, sin duda, estaríamos recreando nuestros hogares de hoy.

 
La espiritualidad en la familia. PDF Imprimir E-mail
Reflexiones - Familia.

La espiritualidad en la familia.

Autor: Padre Pedro Hernández Lomana, C.M.F.   
Fuente: www.mensajespanyvida.org

La verdad es que este es un tema que visto desde una objetividad clara, parece evidente a nuestra motivación familiar, y sin embargo nunca, hasta hoy, hemos tratado, ni dicho nada, sobre él. Cierto es, que tal vez deberíamos haber empezado con él, o que en todo caso se sobreentiende en una familia cristiana, pero en fin, de cualquier manera, hoy sí, queremos meternos a fondo con el tema.

Pareciera la cosa más natural, si de la familia cristiana hablamos. No parece propio de esta familia, que empiece a funcionar como tal, sin que al mismo tiempo no esté impregnada de una fuerte espiritualidad, que diera, la tónica del vivir de cada día, y que además amasara la fuerza de ser tal familia, y de gozar la feliz alegría pertinente a ese modo de vivir. Bien puede ser, que hoy, también se nos haya caído este valor, sin darnos, incluso, cuenta de la importancia de su posesión, como orientadora de toda nuestra acción, y animadora del ser familiar

Digamos, que la espiritualidad es un don y un arte, que el Espíritu nos concede para que respondamos en nuestras propias visiones diarias, y en nuestro hacer responsable, con un compromiso constante. Es un don, evidente, de la bondad de nuestro Dios y su Espíritu, que diariamente vamos haciendo nuestro, en la medida en que porque le apreciamos y vivimos desde su modo de ser, más y mas nos ajustamos a los motivos que tiene ese maravilloso precepto de “amaros” que Él nos dio, y esa necesidad intrínseca de ser nosotros mismos en todo lo que vivimos y expresamos desde esa su condición realizadora. Es evidente que solo desde Dios vamos a poder expresar lo mejor de nosotros mismos, sin perder el encanto de lo nuestro, de lo personal, de lo cristiano. Como toda gracia, es también, en nuestro ser, para crecer, porque es la vida de Dios en nosotros, tratando de orientar todo lo que para nosotros supone valor, y conciencia de positiva maduración en esta vida espiritual. Por supuesto, que en cada uno de nosotros, hay muchas cosas muy positivas, que no estamos, a ratos, anuentes a considerar, y vivimos, en muchos casos, como si no tuviéramos absolutamente ninguna condición de valoración positiva de nuestra personalidad. Tal vez a nuestro lado viva con nosotros alguien a quien no le interesa valorar postizamente nuestras cualidades. No dudes que las tienes, y defiéndelas, desde un diálogo constructivo y responsable, en familia.

Crecer, es un verbo difícil hoy, por lo que a su afinación se refiere, no creemos en eso, y pocos nos damos a la labor de actuar esa positiva condición que maduraría nuestro ser. Sin embargo, dejadme que os diga, que es lo más natural dentro del orden humano. Crecemos evidente en estatura física, a veces, o más comúnmente, también crecemos en estudios, podemos hasta terminar nuestras carreras. Menos frecuente es crecer en el espíritu, y en la espiritualidad que nos cambiara en positivos, y nos hiciera hombres de bien. La gracia es de Dios, El nos la da, lo mismo, la espiritualidad es un don de Dios, es gracia de Dios, que se nos ofrece para actuar en nosotros y potenciar nuestro ser según nuestras capacidades y nuestra voluntad de respuesta. Una vez que tengamos el gusto por lo bueno, como consecuencia de nuestro aprecio a lo que El hace en nosotros, imponiendo ese estilo de sencillez y humildad en todo lo que hacemos, la espiritualidad iría armonizando lo mejor nuestro, que no ha de ser poco, al sentirnos servidores de los demás, tanto más de los que viven con nosotros, y ofrecerles nuestro don también, como aliciente constante de superación y elegante responsabilidad constructiva. Qué importante es esto para nuestras familias, y cómo me gustaría que supieran apreciar, en su vivencia este don de la espiritualidad que tan generosamente Dios no da.

Decimos también que es un arte. Precisamente lo que caracteriza a un artista, es su abundante vida interna, su capacidad de vivir internamente su propia existencia, y la relativa fuerza de sus intuiciones, que se abren un camino evidente, a través de la expresión, a la creatividad. El cristiano es artista por naturaleza, que desde dentro modela su corazón y, en contacto con el espíritu mueve esa imaginación y la hace fecunda en las mil y una oportunidades, que el hogar o la oficina ofrecen, para suavizar los ambientes con su toque de calor y elegancia, configurando un modo de ser particularmente agradable, que impresiona y conmueve, dándonos la mano, y llevándonos al cambio humano, que necesitamos. La espiritualidad se expresa así, con toda la fuerza de Dios en nosotros. Todo esto, nos debe hacer ver desde las exigencias interiores de nuestra ser personal, la relevancia de lo que el Espíritu nos ofrece, y que, en nuestra vida, pide una espiritualidad fuerte y contundente, que armonice el medio en que nos desenvolvemos, y trasforme todo empeño por hacer del hogar un espacio sagrado. Es como si por dentro tuviéramos un calentador que fuera ablandando, no solo nuestras ideas, sino todo el ser nuestro, en orden a conformarlo como una caracterización de lo divino en nosotros. Eso además nos haría experimentar la dulzura del bien, hecho que nos lleva a una vivencia de felicidad sin nombre, que es fruto de nuestra apego a lo que el Señor exige y pide, al activar nuestro mundo interno, y hacerlo creador de valores familiares, entre otras cosas.

Nuestra espiritualidad se nos da, para que respondamos con un compromiso constante. Dos palabritas que hoy se nos ofrecen como verdaderamente oportunas. El compromiso tampoco se estila hoy, sin embargo, la vida, nuestra vida, está llena de momentos comprometidos, a los que deberíamos saber dar una respuesta adecuada, desde nuestra responsabilidad de personas en Dios. Pero sobre todo es importante cumplir con el Señor. Amén,... es una palabra típica y muy nuestra. Pocos sabemos que está ligada a una raíz hebraica que significa e implica firmeza, solidez, seguridad. Decir amén es proclamar que se tiene por verdadero lo que se acaba de decir, con miras a ratificar una proposición o a unirse a una plegaria. La palabra amén compromete mostrando nuestro conformidad con alguien. Y si uno se compromete con Dios, es que tiene confianza en su palabra y se remite a su poder y a su bondad; esta adhesión total es al mismo tiempo bendición de aquel al que uno se somete (Neh 8,6); es una oración segura de ser escuchada (Tob 8,8; Jdt 8,8). Ya veis como el compromiso tiene una aseveración afirmativa segura. Y nosotros debemos, al querer vivir nuestra espiritualidad, intentar que siempre ella sea el toque mejor de nuestra personalidad, dando seguridad, incluso, desde nuestro hacer, a los que nos rodean, para que ella vaya configurando, a su manera, el ser de nuestro hogar.

Es indiscutible el poder armonizador que el Espíritu nos ofrece, en principio para nosotros mismos, pero también para todos los que viven con nosotros. Desde luego, la espiritualidad es una condición muy personal de cada uno de nosotros, y que además de transformar nuestro ser en hombres de capacidad de respuesta segura, introduce la comunión familiar, como el hecho más notable entre los comformantes de un hogar. Ahí hay confianza y sobre todo gozo pleno de sabernos abarcados por ese espíritu fuerte, decidido, que siempre refiere nuestra personalidad. Por eso, no temamos los compromisos que el cambio a la felicidad exijan nuestros hogares. Claro, en principio todo debe ser hecho con el respeto que el hogar demanda. Allí la ternura, la escucha, la palabra y la compasión, deben privar como el más rico tesoro en posesión de todos; ello irá formando día a día, el hábito de hogar sano, que tanto se agradece hoy, como el calor natural en el que uno sueña, cuando la frialdad y los malos recuerdos, tan abundantes en nuestra cultura claramente dispersiva de nuestros mejores valores, que nos hacen vivir y hasta soñar, la experiencia confortante y cálida de nuestro hogar.

Seamos pues constantes en la práctica y vivencia de nuestra espiritualidad personal y matrimonial hogareña. Es claro que podemos hacerlo, recurriendo a nuestra constante apreciación de lo que el esfuerzo por mantenernos en Dios, en la apreciación de su gracia, supone de positivo, y de afirmación de nuestros mejores valores humanos. Es cierto que somos flojos y que podemos caer, pero es más cierto y más humano, que no debemos recurrir a esta situación, si de veras queremos el cambio que propicia esta espiritualidad para el hombre. Cuando el hombre busca y quiere su bien, sabe que debe esforzarse. Eso es humano, y no lo es tanto, el decaimiento despersonalizado que nos envuelve, cuando nos negamos a roturar nuestro campo, para que crezca con holgura el amor. Precisamente S. Pablo en su carta a los (Corintios, 3 15-4. 1,3-8) nos dice: “El Señor de que se habla es el Espíritu; y donde hay Espíritu del Señor hay libertad. Y nosotros todos, que llevamos la cara descubierta, reflejamos la gloria del Señor, y nos vamos transformando en su imagen con resplandor creciente; así es como actúa el Señor que es Espíritu. Por eso, encargados de este ministerio por misericordia de Dios, no nos acobardamos”.

Qué mejores palabras podríamos haber encontrado para señalar la necesaria coherencia de la constancia alegre, a la hora de poner en marcha nuestro hogar, porque sentimos que estamos encargados por el Señor, de todo eso que en nuestro hogar debemos cambiar, para transformarlo en un rincón de nuestra fina espiritualidad, desde la que demos la mano, a todos los que en él se cobijan.

 
Tres maneras de trabajar el perdón en familia: PDF Imprimir E-mail
Reflexiones - Familia.

 

Tres maneras de trabajar el perdón en familia: me perdono, me perdonas y te perdono.

Autor:
Fuente: iglesiasdomesticas.com

El Evangelio de Mateo nos trae la gran respuesta que Jesús le dio a Pedro cuando éste le pregunta cuántas veces se debe perdonar al hermano, ya que la ley de los judíos daba una cantidad limitada de tres veces. Pedro, queriendo ser mucho más generoso, lo multiplicó por dos y le agregó uno más, creyendo que la respuesta de siete veces iba a ser la misma del Maestro.

Cuál sería la sorpresa de Pedro al escuchar de Jesús que debemos de perdonar hasta setenta veces siete, es decir: SIEMPRE. Por ello le cuenta la parábola del rey que ajustó cuentas con sus empleados, perdonando a uno de ellos todo lo que le debía; pero éste, al no hacer lo mismo con uno de sus compañeros, fue llamado nuevamente por el rey para ser recriminado por lo que no hizo: PERDONAR, y fue llevado a la cárcel para que pagara todo lo que debía. (Leer Mateo 18,  21-35)

Padres, la manera de enseñar a la familia el tema del perdón es a través de nuestro ejemplo; es decir, por medio del testimonio que nosotros demos interna (me perdono) y externamente (me perdonas y te perdono) en el hogar. Estas tres maneras de perdonar van de la mano, puesto que uno da de acuerdo lo que tiene en el corazón.

Para ello, los invitamos que analicen su vida personal a través de una serie de preguntas que les ayudarán a evaluar su relación con el perdón:

Preguntas clave en una familia
Me perdono: ¿Haz cometido errores en tu vida? ¿Cuáles? ¿Sigues repitiendo esos errores? ¿Quisieras cambiar esos errores por oportunidades? ¿Quieres perdonarte? ¿Te comprometes a no volverlos hacer?

Me perdonas: ¿Haz ofendido a alguien con tu actitud o con tus acciones? ¿Le has pedido perdón? ¿Quisieras pedirle perdón nuevamente o por primera vez a él o ella? ¿Te comprometes a cambiar esa actitud o manera de ser que no te deja crecer como persona?

Te perdono: ¿Te han pedido perdón? ¿Cuál fue tu reacción? ¿Perdonaste de verdad? ¿Quieres perdonarlo de verdad? ¿Estás dispuesto a decirle a él o ella que los perdonaste de corazón?

Padres, éstas tres maneras de trabajar el perdón, pueden ayudarnos a crear fuertes lazos de amistad en la comunidad y amor en la familia. Recuerden que el perdón no solamente se enseña sino que también se practica, y que mejor que desde el hogar.

Lo interesante del perdón es que es setenta veces siete, es decir: SIEMPRE; no siete veces como supuso Pedro, o tres como creían los judíos. Todavía estamos a tiempo, ¡comencemos ya!

Para más información visite la página: www.iglesiasdomesticas.com

 
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