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Sacramentos.
Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. PDF Imprimir E-mail
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Reflexiones - Sacramentos.

 

Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo.

Fuente:
Porque Verán a Dios, Editorial Clateriana.
Autor: Ladislao Grych.


"Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo." Jn 6,51.

Al ser pan, Jesús quiere estar al alcance de los hombres; porque todos necesitan del pan de cada día, y si no lo tienen, estarán en una situación grave.

El pan se transforma en vida dentro del hombre. Existe una relación entre el espíritu y el cuerpo que necesita alimentarse; una relación muy profunda, en la cual el mismo espíritu participa de las necesidad del cuerpo. Seria importante buscar esta armonía entre las necesidades del espíritu y del cuerpo. Es una búsqueda permanente, intuyendo la vida completa del hombre.

Cuando Jesús habla del pan para la vida eterna, piensa también en la alimentación del espíritu, necesita para el hombre que con sólo vivir el mundo puede perder el equilibrio interior, preocupándose demasiado por la parte material. Jesús quiere alimentarnos consigo mismo, salvando las fuerza interior. No encontró una manera más visible y más común que dejarse comer por los que tengan necesidad espiritual de Él. En el gesto de comer visiblemente lo aceptamos y lo asimilamos; Él se hace pan de cada día, el Alimento de nuestro espíritu. Si entendemos un poco cómo el pan común se transforma en el cuerpo humano, sosteniendo desde lo material  la vida humana, podemos soñar cómo Jesús está transformado en nuestro interior, para encaminar el desarrollo de la vida del espíritu. El cambio puede ser tan grande, que se hace inalcanzable para la mente y el corazón humano. Estamos, dejándole el espacio para que tome a todo nuestro espíritu.

 
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Reflexiones - Sacramentos.
La Santísima Trinidad.

Autor: P. Alberto Ramírez Mozqueda | Fuente: Catholic.net

Vivir inmersos en ese Amor de Dios manifestado en su Hijo y en el Espíritu Santo


El espejo es implacable con nuestra belleza y nuestras imperfecciones. A todos podemos engañar, menos al espejo... y a Dios. Podemos disimular, podemos recubrir las cicatrices, podemos usar los mejores ungüentos, las mejores pinturas, podemos poner aspecto juvenil con ropa nueva, con un nuevo peinado, con unos buenos lentes, podemos sonreír a diestra y siniestra, pero a la hora de la verdad, al enfrentarnos al espejo, todo eso pasa y nos encontramos la figura y la imagen de nosotros mismos ante quien no podemos definitivamente fingir ni disimular. Y el espejo es implacable con el paso del tiempo. Algún día llega en que nos volvemos irreconocibles a nosotros mismos, pues hicieron presencia las arrugas y las canas, y llegamos a preguntarnos: ¿Este soy yo? ¿Tanto tiempo ha pasado? ¿Verdaderamente éste soy yo?

Pero además de reflejarnos a nosotros mismos el espejo nos revela la semejanza y el parecido con nuestros progenitores. Somos figura de nuestros padres. De esa misma manera, el espejo nos tendría que decir que cada día nos parecemos más a Dios si en verdad somos imagen y semejanza suya. Cada día tendríamos que parecernos más a Dios si en verdad somos hijos suyos.

Tendremos que reflejar en nuestro rostro y en nuestra vida la creatividad, el ingenio, la alegría, el amor para mejorar este mundo maravilloso y encantador en el que nos ha tocado vivir, y emplear toda nuestra capacidad para mejorar este mundo que salió bello y armónico de las manos de Dios. Somos hechura del Padre que se complació en nosotros e hizo este mundo bello como el teatro en que tenemos que ir realizando nuestro papel cocreador con nuestro Dios, engendrando un mundo en que la armonía entre las cosas y los seres humanos sea la nota distintiva, empleando toda nuestra capacidad para desterrar la basura, el desorden, el destrozo de la naturaleza, y realzar la armonía entre los mismos seres humanos, que tenemos entre otras muchas cosas bellas que Dios nos ha dado, la capacidad de engendrar nuevos seres para este mundo. No le tengamos miedo a la vida. Es el distintivo de nuestro Creador y tiene que ser también el distintivo de los humanos. Cuando viene la primavera los tallos de las plantas que habían estado inactivos, como muertos, cobran nueva vida y aparecen los botones y enseguida las flores vario-pintas y fragantes. Así tiene que ser la primavera de nuestra vida que se prolonga de día en día.

Pero también tenemos que parecernos cada día un poquito más a Cristo el Señor, a Jesús, al Salvador, al Hijo de Dios, que tiene su delicia estar con los hombres, hermanarlos, hacerlos una sola familia, acercarlos los unos a los otros, de manera que las barreras que nos dividen, el color, la raza, el dinero, las comodidades, los bienes materiales nos lleguen a parecer ridículos y tendamos puentes para que la miseria, los vicios, los crímenes, las violaciones, la maldad, la división y la muerte se nos conviertan en cosa del pasado. Parece difícil, ¿pero no nos dijo Jesús: “Yo estaré todos los días con ustedes hasta el fin del mundo?” ¿A qué tenerle miedo? Aún un vaso de agua dado en el nombre de Jesús no quedará sin recompensa, ¿qué pasará si empeñamos toda nuestra vida en lograr la unidad y la paz entre todos los hombres?

Pero ya que hemos seguido esta línea, algo que siempre denotará nuestro espejo invisible, será el amor con que Dios nos ha adornado, y que tendrá que ser perfectamente reconocible cuando nos presentemos al tribunal de Dios. Y no tendrá que ser cualquier amor, hecho según las dimensiones del corazón humano, sino el Amor mismo de Dios manifestado en la persona de Cristo Hijo de Dios que se entregó por nosotros y también por el Espíritu Santo de Dios al que llamamos el Espíritu de Amor, y que se refleja en cada uno de los que nos rodean, sobre todo en los más pequeños: “Todo lo que hiciste con el más pequeño de mis hermanos a mí me lo hiciste”, nos dice Jesús. Ver a Jesús en los pequeños, en los pobres, en los necesitados hasta verlos como mis propios hermanos, será fruto de la presencia del Espíritu Santo en nosotros, y así seremos más parecidos al Dios que nos ha dado la vida.

Por cierto, al llegar a este punto, debo decirles que estamos celebrando la Fiesta de la Santísima Trinidad, ante la que no caben sino dos actitudes: en primer lugar, la contemplación, la acción de gracias, la alabanza, la alegría por Dios que se nos ha manifestado en su intimidad porque nos quiere y nos ama, y segundo, una vida nueva, de entrega, de generosidad, de amor a todos los que nos rodean y a todo lo que nos rodea, pretendiendo vivir inmersos en ese Amor de Dios manifestado en su Hijo y en el Espíritu Santo, hasta ser como los pececillos en el agua.

Felicidades, Oh Trinidad Santa, Oh Trinidad inmaculada, Felicidades Oh Dios Creador, Felicidades Oh Espíritu de Amor, Felicidades Oh Jesús, Hijo de Dios que nos has metido a la inmensidad del Amor de nuestro Dios, hasta lanzarnos la invitación a vivir en ese seno de amor y de esperanza.

Felicidades a todos mis amigos, porque en cada uno de ustedes veo el rostro de mi Señor, de mi Creador, del Dios que nos ama a todos con locura.

 
Pentecostés. PDF Imprimir E-mail
Reflexiones - Sacramentos.

 

 

Pentecostés.

Autor:

Fuente: rosario.org.mx

"Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar.
De pronto vino del cielo un ruido, como el de una violenta ráfaga de viento, que llenó toda la casa donde estaban.
Se les aparecieron unas lenguas como de fuego, las que, separándose, se fueron posando sobre cada uno de ellos; y quedaron llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar idiomas distintos, en los cuales el Espíritu les concedía expresarse"
(Hch 2, 1-4).

Historia.

La palabra Pentecostés viene del griego y significa el día quincuagésimo. A los 50 días de la Pascua, los judíos celebraban la fiesta de las siete semanas (Ex 34,22), esta fiesta en un principio fue agrícola, pero se convirtió después en recuerdo de la Alianza del Sinaí.

Al principio los cristianos no celebraban esta fiesta. Las primeras alusiones a su celebración se encuentran en escritos de San Irineo, Tertuliano y Orígenes, a fin del siglo II y principio del III. Ya en el siglo IV hay testimonios de que en las grandes Iglesias de Constantinopla, Roma y Milán, así como en la Península Ibérica, se festejaba el último día de la cincuentena pascual.
Con el tiempo se le fue dando mayor importancia a este día, teniendo presente el acontecimiento histórico de la venida del Espíritu Santo sobre María y los Apóstoles (Cf. Hch 2). Gradualmente, se fue formando una fiesta, para la que se preparaban con ayuno y una vigilia solemne, algo parecido a la Pascua. Se utiliza el color rojo para el altar y las vestiduras del sacerdote; simboliza el fuego del Espíritu Santo


Formas de llamar al Espíritu Santo.


"Espíritu Santo" es el nombre propio de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, a quien también adoramos y glorificamos, junto con el Padre y el Hijo. Pero Jesús lo nombra de diferentes maneras:

EL PARÁCLITO: Palabra del griego "parakletos", que literalmente significa "aquel que es invocado", es por tanto el abogado, el mediador, el defensor, el consolador. Jesús nos presenta al Espíritu Santo diciendo: "El Padre os dará otro Paráclito" (Jn 14,16). El abogado defensor es aquel que, poniéndose de parte de los que son culpables debido a sus pecados, los defiende del castigo merecido, los salva del peligro de perder la vida y la salvación eterna. Esto es lo que ha realizado Cristo, y el Espíritu Santo es llamado "otro paráclito" porque continúa haciendo operante la redención con la que Cristo nos ha librado del pecado y de la muerte eterna.

EL ESPÍRITU DE LA VERDAD: Jesús afirma de sí mismo: "Yo soy el camino, la verdad y la vida"
(Jn 14,6). Y al prometer al Espíritu Santo en aquel "discurso de despedida" con sus apóstoles en la Última Cena, dice que será quien después de su partida, mantendrá entre los discípulos la misma verdad que Él ha anunciado y revelado. El Paráclito, es la verdad, como lo es Cristo. Los campos de acción en que actúa el Espíritu Santo, son el espíritu humano y la historia del mundo. La distinción entre la verdad y el error es el primer momento de dicha actuación.
Permanecer y obrar en la verdad es el problema esencial para los Apóstoles y para los discípulos de Cristo, desde los primeros años de la Iglesia hasta el final de los tiempos, y es el Espíritu Santo quien hace posible que la verdad a cerca de Dios, del hombre y de su destino, llegue hasta nuestros días sin alteraciones.

Cada vez que rezamos el Credo, llamamos al Espíritu Santo:
SEÑOR Y DADOR DE VIDA: El término hebreo utilizado por el Antiguo Testamento para designar al Espíritu es "ruah", este término se utiliza también para hablar de "soplo", "aliento", "respiración". El soplo de Dios aparece en el Génesis, como la fuerza que hace vivir a las criaturas, como una realidad íntima de Dios, que obra en la intimidad del hombre. Desde el Antiguo Testamento se puede vislumbrar la preparación a la revelación del misterio de la Santísima Trinidad: Dios Padre es principio de la Creación; que la realiza por medio de su Palabra, su Hijo; y mediante el Soplo de Vida, el Espíritu Santo.

La existencia de las criaturas depende de la acción del soplo - espíritu de Dios, que no solo crea, sino que también conserva y renueva continuamente la faz de la tierra. (Cf. Sal 103/104; Is 63, 17; Gal 6,15; Ez 37, 1-14). Es Señor y Dador de Vida porque será autor también de la resurrección de nuestros cuerpos:

"Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a sus cuerpos mortales por su Espíritu que habita en ustedes" (Rom 8,11).
La Iglesia también reconoce al Espíritu Santo como:
SANTIFICADOR: El Espíritu Santo es fuerza que santifica porque Él mismo es "espíritu de santidad".

(Cf. Is. 63, 10-11) En el Bautismo se nos da el Espíritu Santo como "don" o regalo, con su presencia santificadora. Desde ese momento el corazón del bautizado se convierte en Templo del Espíritu Santo, y si Dios Santo habita en el hombre, éste queda consagrado y santificado.
El hecho de que el Espíritu Santo habite en el hombre, alma y cuerpo, da una dignidad superior a la persona humana que adquiere una relación particular con Dios, y da nuevo valor a las relaciones interpersonales. (Cf. 1Cor 6,19) .

Los símbolos del Espíritu Santo. Al Espíritu Santo se le representa de diferentes formas:

El Agua: El simbolismo del agua es significativo de la acción del Espíritu Santo en el Bautismo, ya que el agua se convierte en el signo sacramental del nuevo nacimiento.

La Unción: Simboliza la fuerza. La unción con el óleo es sinónima del Espíritu Santo. En el sacramento de la Confirmación se unge al confirmado para prepararlo a ser testigo de Cristo.

El Fuego: Simboliza la energía transformadora de los actos del Espíritu.

La Nube y la Luz: Símbolos inseparables en las manifestaciones del Espíritu Santo. Así desciende sobre la Virgen María para "cubrirla con su sombra". En el Monte Tabor, en la Transfiguración, el día de la Ascensión; aparece una sombra y una nube.

El Sello: Es un símbolo cercano al de la unción. Indica el carácter indeleble de la unción del Espíritu en los sacramentos y hablan de la consagración del cristiano.

La Mano: Mediante la imposición de manos los Apóstoles y ahora los Obispos, trasmiten el "don del Espíritu".

La Paloma: En el Bautismo de Jesús, el Espíritu Santo aparece en forma de paloma y se posa sobre Él.


El Espíritu Santo y la Iglesia.

La Iglesia nacida con la Resurrección de Cristo, se manifiesta al mundo por el Espíritu Santo el día de Pentecostés. Por eso aquel hecho de que "se pusieron a hablar en idiomas distintos" , (Hch 2,4) para que todo el mundo conozca y entienda la Verdad anunciada por Cristo en su Evangelio.

La Iglesia no es una sociedad como cualquiera; no nace porque los apóstoles hayan sido afines; ni porque hayan convivido juntos por tres años; ni siquiera por su deseo de continuar la obra de Jesús. Lo que hace y constituye como Iglesia a todos aquellos que "estaban juntos en el mismo lugar" (Hch 2,1), es que "todos quedaron llenos del Espíritu Santo" (Hch 2,4).
Una semana antes, Jesús se había "ido al Cielo", y todos los que creemos en Él esperamos su segunda y definitiva venida, mientras tanto, es el Espíritu Santo quien da vida a la Iglesia, quien la guía y la conduce hacia la verdad completa.

Todo lo que la Iglesia anuncia, testimonia y celebra es siempre gracias al Espíritu Santo. Son dos mil años de trabajo apostólico, con tropiezos y logros; aciertos y errores, toda una historia de lucha por hacer presente el Reino de Dios entre los hombres, que no terminará hasta el fin del mundo, pues Jesús antes de partir nos lo prometió: "…yo estaré con ustedes, todos los días hasta el fin del mundo" (Mt. 28,20)

El Espíritu Santo y la vida cristiana.


A partir del Bautismo, el Espíritu divino habita en el cristiano como en su templo (Cf. Rom 8,9.11; 1Cor 3,16; Rom 8,9). Gracias a la fuerza del Espíritu que habita en nosotros, el Padre y el Hijo vienen también a habitar en cada uno de nosotros.

El don del Espíritu Santo es el que: nos eleva y asimila a Dios en nuestro ser y en nuestro obrar; nos permite conocerlo y amarlo; hace que nos abramos a las divinas personas y que se queden en nosotros.

La vida del cristiano es una existencia espiritual, una vida animada y guiada por el Espíritu hacia la santidad o perfección de la caridad. Gracias al Espíritu Santo y guiado por Él, el cristiano tiene la fuerza necesaria para luchar contra todo lo que se opone a la voluntad de Dios. (Cf. Gal 5,13-18; Rom 8,5-17).

Para que el cristiano pueda luchar, el Espíritu Santo le regala sus siete dones, que son disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para seguir los impulsos del Espíritu, estos dones son:

ð Sabiduría: nos comunica el gusto por las cosas de Dios.
ð Ciencia: nos enseña a darle a las cosas terrenas su verdadero valor.
ð Consejo: nos ayuda a resolver con criterios cristianos los conflictos de la vida.
ð Piedad: nos enseña a relacionarnos con Dios como nuestro Padre y con nuestros hermanos.
ð Temor de Dios: nos impulsa a apartarnos de cualquier cosa que pueda ofender a Dios.
ð Entendimiento: nos da un conocimiento más profundo de las verdades de la fe.
ð Fortaleza: despierta en nosotros la audacia que nos impulsa al apostolado y nos ayuda a superar el miedo de defender los derechos de Dios y de los demás.


Experiencias del Espíritu Santo en la vida concreta.

Cuando se da una esperanza total que prevalece sobre todas las demás esperanzas particulares, que abarca con su suavidad y con su silenciosa promesa todos los cimientos y todas las caídas;

Cuando se acepta y se lleva libremente una responsabilidad donde no se tienen claras perspectivas de éxito y de utilidad;

Cuando se da como buena la suma de todas las cuentas de la vida que uno mismo no puede calcular pero que Otro ha dado por buenas, aunque no se puedan probar;

Cuando la experiencia fragmentada del amor, la belleza y la alegría se viven sencillamente y se captan como promesa del amor, la belleza y la alegría, sin dudar a un escepticismo cínico como consuelo barato del último desconsuelo;

Cuando el vivir diario, amargo, decepcionante y aniquilador se vive con serenidad y perseverancia hasta el final, aceptado por una fuerza cuyo origen no podemos abarcar ni dominar;

Cuando se corre el riesgo de orar en medio de tinieblas silenciosas sabiendo que siempre somos escuchados, aunque no percibamos una respuesta que se pueda razonar y disputar;

Cuando uno se entrega sin condiciones y esta capitulación se vive como una victoria;

Cuando se experimenta la desesperación, y misteriosamente se siente uno consolado sin consuelo fácil: Allí está Dios y su gracia liberadora, allí conocemos a quien nosotros, cristianos, llamamos Espíritu Santo de Dios".

Oraciones al Espíritu Santo.


El hombre prudente, sabe que necesita luz en su inteligencia y fuerza en su voluntad para pensar y hacer lo que Dios quiere. Esa luz y esa fuerza solamente vienen de lo alto; es el Espíritu Santo quien provee al cristiano de todo lo que necesita para su caminar en la vida. Por eso, todos los días nos conviene invocarlo.

Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo. Padre amoroso del pobre; don, en tus dones espléndido, luz que penetras las almas, fuente de mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo; tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego; gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos.
Entra hasta el fondo del alma, Divina Luz, y enriquécenos. Mira el vacío del hombre si tu le faltas por dentro, mira el poder del pecado cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo. Doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones según la fe de tus siervos. Por tu bondad y tu gracia, dale al esfuerzo su mérito; salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno. AMÉN.

Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. Envía Señor, tu Espíritu y todo será creado y se renovará la faz de la tierra.

¡Oh, Dios, que has instruido los corazones de tus fieles con la luz de tu Espíritu Santo!, concédenos que sintamos rectamente con el mismo Espíritu y gocemos siempre de su divino consuelo.

Por Jesuscristo, Nuestro Señor. AMÉN.


 
Fiesta de la Ascensión del Señor PDF Imprimir E-mail
Reflexiones - Sacramentos.

 

Fiesta de la Ascensión del Señor.

Fuente:
Catholic.net
Autor: P. Alberto Ramírez Mozqueda.

Con la fiesta de la Ascensión del Señor, concluye la historia de Cristo sobre la tierra. Se cierra toda una vida que ha sido comentada por veinte siglos y seguirá dando de qué hablar a muchas generaciones más.

Sin embargo, replanteando el asunto, Ascensión sería apenas un capítulo más, no el último de la vida de Cristo, pues al decir de José Luis Martín Descalzo, “la historia completa de Cristo debería prolongarse hasta el fin de los siglos.

Jesús no muere al morir, no se va al resucitar, no deja de vivir al desaparecer de entre los hambres. Sigue – literalmente- vivo en su Iglesia, en esta aventura que aún tenemos a medio camino. Vive en su Eucaristía. Vive en su palabra: vive en la comunidad: vive en cada creyente: vive, incluso, en cada hombre que lucha por amar y vivir. Y estas cinco presencias son tan reales como las que los apóstoles experimentaron en Galilea o por las calles de Jerusalén”.

¿Qué es entonces la Ascensión del Señor?
El asunto no tendrá dificultad de ser explicado a los pequeños, porque los niños, acostumbrados a los viajes espaciales, a las naves y a los cohetes personales, pensarían que con solo encender un switch, los gases fluirían, para elevarlo por los espacios siderales hasta donde él quisiera. Pero en realidad no se trata de montar una tramoya y un aparato escénico para mostrar a sus alelados discípulos la fuerza del Maestro, sino percatarnos de algo sensacional, y que a nosotros nos llena de alegría: después de los tres escalones de abajamiento de Cristo: su Encarnación, su cruz y su muerte, vendrían tres peldaños ascendentes: su resurrección, su ascensión y su asentamiento a la diestra del Padre. Y más asombroso todavía: alguien de nuestra raza, de nuestra sangre de nuestra familia, un hombre, está ahora a la derecha del Padre.

Un corazón que amó intensamente a los hombres, sigue latiendo y ahora con más fuerza, para seguir declarando su amor a todos los hombres. El corazón de Cristo ya late cerca del Buen Padre Dios, esperando nuestro regreso y nuestro acomodo en el regazo del Padre. Esa es nuestra alegría en la fiesta de la Ascensión: Cristo ha triunfado, bajó Dios, y subió “hombre”, es decir, es ahora el Dios-hombre que invita a nuestra humanidad a dejar las tontas diferencias raciales, económicas, sociales, culturales y folclóricas, para convertirnos en la familia que camina unida a la Casa del Padre.

Cabodevilla gusta en decir, en mejores palabras que las mías, que Cristo que siempre fue el Hijo de Dios, vivió como ocultando su divinidad, de la misma manera que ocurren los eclipses. Hace unas semanas hemos contemplado un eclipse total de la luna: un cuerpo opaco, la tierra, se opone entre el sol fuente de luz y la luna, y el espectáculo llega a ser sobrecogedor.

De esa manera, la humanidad de Cristo, su cuerpo, impedía que la divinidad de Cristo se manifestara abiertamente, pero desde su resurrección y sobre todo en su ascensión, libre ya de ataduras, sin estar sujeto nunca más a las coordenadas del tiempo y del espacio, la Divinidad de Cristo surge majestuosa, y se coloca en el lugar que siempre le correspondió, a la diestra del Padre, el lugar de honor, el lugar de gloria, de poder y sobre todo de amor.

Hoy no es tiempo de muchas consideraciones, en mas bien un momento para alegrarnos, para pasmarnos, para entusiasmarnos por Cristo nuestra cabeza, que sube para prepararnos un lugar, y que se eleva, pero para distribuirse eficazmente entre los que le aman, para impulsar desde dentro, la marcha y la ascensión de todos los que hemos sido llamados al banquete de la vida.

Mientras ese momento llega, no podemos quedarnos para siempre mirando al cielo. Los mismos apóstoles, ante un Cristo que se fue elevando lentamente hacia lo alto, hasta que la nube misteriosa lo cubrió, que no sabían, que actitud tomar, si la tristeza por ya no tener entre ellos al Maestro, o alegrarse con aquella alegría que el mismo Señor les había anticipado: “Si ustedes me amaran, se alegrarían de que vaya al Padre... Cuando de nuevo os vea, se alegrará vuestro corazón y nadie será capaz de quitaros vuestra alegría...”, fueron despertados de su ensimismamiento, para animarlos y violentarlos suavemente a que se fueran a trabajar en lo que el mismo Señor les señaló: “Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda criatura...”.

Y este mandato es en serio, fue el último deseo del Maestro, del Señor, hacer que todas las gentes lo amaran y pudieran gozar de su Redención, del perdón de sus pecados y de la oportunidad de vivir y vivir para siempre la nueva vida de los hijos de Dios. Pero tal parece que ese deseo de Cristo se aleja cada vez más, pues si atendemos a las cifras, los bautizados, los creyentes, los católicos, somos cada vez menos, y si no cambiamos de estrategias, si no nos decidimos a vivir de la gracia de Dios y si no “desentumecemos nuestras piernas y nuestras rodillas” para ir a todas partes a llevar el Evangelio de Jesús, cada vez seremos minoría en el mundo.

Y prueba de ello es que en nuestro propio interior, en nuestro propio corazón, todavía hay continentes a los que no penetra el Evangelio, hay abismos en nuestro interior, a los que la luz del Evangelio no penetra todavía, y hay montañas enormes que no conquistamos todavía colocando en su cima el amor, los mandamientos de Cristo Jesús. La Iglesia cuenta con el respaldo de Jesús.

Él ha prometido su asistencia perpetua, pero eso mismo nos obliga a ir a donde el Evangelio aún no ha llegado, aún en medio de tormentas que siempre habrá en contra del Evangelio de Jesús. Prueba de ello son las acusaciones de partidos políticos en contra de varios obispos, a los que acusan de hacer política y quebrantar preceptos constitucionales que son “casi divinos”, cuando lo que hacen es ilustrar la conciencia de los fieles que al mismo tiempo son ciudadanos de este mundo, para iluminar caminos que nos acerquen los unos a los otros, para iluminar el camino hacia el Señor. ¿Cuándo comienzas a considerar como dirigido a ti el divino mandato: “Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda criatura?”

 
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Etimología Cuaresmal.

Autor:

Fuente: Aciprensa.com

INCIENSO

El incienso de "incendere", "encender", es una de las resina que produce un agradable aroma al arder. Esta palabra latina da origen también al termino "incensario" (el instrumento metálico para incensar), mientras que la raíz griega "tus", que también significa incienso, explica la palabra "turíbulo" (incensario) y "turiferario" (el que lo lleva).

El incienso se da sobre todo en el Oriente, y ya desde muy antiguo en Egipto, antes que llegaran los israelitas se usaba en ceremonias religiosas, por su fácil simbolismo de perfume y fiesta, de signo de honor y respeto o de sacrificio a los dioses. Ya antes en torno al Arca de la Alianza, pero sobre todo el templo de Jerusalén era clásico el rito del incienso (Ex.30). La reina de Sabá trajo entre otros regalos gran cantidad de aromas a Salomón (1R.10).

Los cristianos sobre el siglo IV introdujeron el incienso en el lenguaje simbólico de sus celebraciones, cuando se consideró superado el peligro anterior de confusión con los ritos idolátricos del culto romano.

Actualmente se inciensa en la misa, cuando se quiere resaltar la festividad del día, el altar, las imágenes de la Cruz o de la Virgen, el libro del evangelio, las ofrendas sobre el altar, los ministros y el pueblo cristiano en el ofertorio, el Santísimo después de la consagración o en la celebraciones de culto eucarístico. Con ello se quiere significar a veces un gesto de honor (al Santísimo, al cuerpo del difunto en las exequias), o un símbolo de ofrenda sacrificial (en el ofertorio, tanto el pan y el vino como las personas).

AYUNO.

Llamamos "ayuno" (latín "ieunium") a la privación voluntaria de comida durante algún tiempo por motivo religioso, como acto de culto ante Dios.

En la Biblia el ayuno puede ser señal de penitencia, expiación de los pecados, oración intensa o voluntad firme de conseguir algo. Otras veces, como en los cuarenta días de Moisés en el monte o de Elías en el desierto o de Jesús antes de empezar su misión, subraya la preparación intensa para un acontecimiento importante.

El ayuno Eucarístico tiene una tradición milenaria; como preparación a este sacramento, el feligrés se abstiene antes de otros alimentos.

Es en Cuaresma, desde el siglo IV, cuando más sentido ha tenido siempre para los cristianos el ayuno como privación voluntaria de la que existen en otras culturas y religiosas por motivos religiosos. El ayuno junto con las oración y la caridad, ha sido desde muy antiguo una "practica cuaresmal" como signo de la conversión interior a los valores fundamentales del evangelio de Cristo.

Actualmente nos abstenemos de carne todos los viernes de Cuaresma que no coincidan con alguna solemnidad; hacemos abstinencia y además ayuno (una sola comida al día) el miércoles de ceniza y el Viernes Santo.

CIRIO PASCUAL.

La palabra "cirio" viene del latín "cereus", de cera, el producto de la abejas. Al hablar de las "candelas", aludíamos al uso humano y al sentido simbólico de la luz que produce los cirios.

El cirio más importante es el que se enciende en la Vigilia Pascual como símbolo de Cristo - Luz, y que sitúa sobre una elegante columna o candelabro adorando.

El Cristo Pascual es ya desde los primeros siglos uno de los símbolos más expresivos de la vigilia. En medio de la oscuridad (toda la celebración se hace de noche y empieza con las luces apagadas), de una hoguera previamente preparada se enciende el Cirio, que tiene una inscripción en forma de cruz, acompañada de la fecha del año y de las letras Alfa y Omega, la primera y la última del alfabeto griego, para indicar que la plaza de Cristo, principio y fin del tiempo y de la eternidad, nos alcanza con fuerza siempre nueva en el año concreto en que vivimos.

El Cirio estará encendido en todas las celebraciones durante las siete semanas de la cincuentena, al lado del ambón de la Palabra, hasta la tarde del domingo de Pentecostés. Una vez concluido el Tiempo Pascual, conviene que el Cirio se conserve dignamente en el bautisterio, y no en el presbiterio.

JUEVES SANTO.

El jueves santo es el último día de la Cuaresma y a la vez, a partir de la Misa vespertina, la inauguración del Triduo Pascal. El latín su nombre clásico es "feria V in Coena Domini". Es un día entrañable para el pueblo cristiano, ciertamente el jueves más importante del año, sobre todo desde que el de la Ascensión y el del Corpus van pasando celebrarse el domingo.

Es el día en que Cristo, en su cena de despedida antes de la muerte, instituyó la Eucaristía, dio la gran lección de la humilde servicio lavando los pies a sus apóstoles, y les constituyó a ellos sacerdotes mediadores de su Palabra, de sus sacramentos y de su salvación.

CENA DEL SEÑOR.

Es el nombre que, junto al de "fracción del pan", le da por ejemplo San Pablo en 1 C. 11,20 a lo que luego se llamó "Eucaristía" o "Misa": "kyriakon deipnon", cena señorial, del Señor Jesús. Es también el nombre que le da el Misal actual: "Misa o Cena del Señor" ((IGMR. 2 y 7).

El Jueves Santo la Eucaristía con que se da inicio al Triduo Pascual es la "Missa in Coena Domini", porque es la que más entrañablemente recuerda la institución de este sacramento por Jesús en su última cena, adelantado así sacramentalmente su entrega de la Cruz.

 

 

 
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