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Sacramentos.
El Santo Rosario. PDF Imprimir E-mail
Reflexiones - Sacramentos.

El Santo Rosario.

Autor:
Fuente: www.churchforum.org

Historia del Rosario.

1. ¿Qué es el Rosario?


Hasta ahora se ha considerado como la mejor definición del Rosario, la que dio el Sumo Pontífice San Pío V en su "Bula" de 1569. Dice así:

"El Rosario o salterio de la Sma. Virgen, es un modo piadosísimo de oración, al alcance de todos, que consiste en ir repitiendo el saludo que el ángel le dio a María; interponiendo un Padrenuestro entre cada diez Avemarías y tratando de ir meditando mientras tanto en la Vida de Nuestro Señor". El Rosario consta de 15 Padrenuestros y 150 Avemarías, en recuerdo de los 150 Salmos.
2. Historia del Rosario:

(Según el diccionario de Mariología, 1986).

1. El "Dios te salve María" ya se encontraba en el Misal Romano desde el año 650, como oración o antífona en la Misa del Cuarto Domingo de Adviento.

2. Desde el año 1100 al 1200 ya el rezo del "Dios te salve María" es muy frecuente en varios países y muchas personas que no pueden rezar los 150 salmos (o sea, el Salterio) tratan de reemplazarlos diciendo 150 veces esta oración mariana.

3. Ya en el año 1483 se ha extendido por muchos países la costumbre de añadir el "Santa María Madre de Dios", al "Dios te Salve María". Pero todavía no era costumbre general en ese tiempo rezar el Avemaría completa.

4. En el año 1569 el Papa Pío V prescribe y recomienda a todo el mundo el Rosario tal cual como se reza hoy: con sus Padrenuestros, Avemarías y Gloria.

5. Aunque Santo Domingo no es el inventor del Rosario, y aunque en tiempo de este santo todavía no se rezaba el Rosario completo como se reza ahora, lo cierto es que él y sus misioneros recomendaron mucho a las personas el repetirle frecuentemente a la Sma. Virgen el "Dios te salve María", y el pensar en los Misterios de la Vida, Pasión y Resurrección de Nuestro Señor.

6. En el año 1569, el Papa Pío V con una carta o Encíclica dirigida a todos los cristianos del mundo recomienda rezar el Rosario de la manera como se reza ahora. Con esto quedaba consagrada esta devoción como algo muy propio de los buenos católicos.

7. Desde que el Papa Pío V recomienda a todo el mundo el rezo del Santo Rosario, recordando que con esta oración se han obtenido grandes triunfos en la guerra contra los infieles, y que esta devoción ha demostrado tener gran eficacia para detener las herejías y conseguir conversiones, y que toda persona fervorosa lo debe rezar frecuentemente, la costumbre de rezar el Rosario se vuelve popularísima en todas las naciones y su popularidad va aumentando año por año. Diez Pontífices lo siguen recomendando, y muchísimos santos lo difunden por todas partes.

8. Desde 1878 hasta 1903 el Papa León Trece, gran sabio, se dedica a propagar más y más la devoción al Santo Rosario. Este Pontífice llamado "El Papa del Rosario" dedica 12 Encíclicas y 22 documentos menores a recomendar a los fieles el devoto rezo del Rosario. Y lo lama: "La más agradable de las oraciones", "Resumen del culto que se le debe tributar a la Virgen", "Una manera fácil de hacer recordare a las almas sencillas los Dogmas principales de la fe cristiana", "Un modo eficaz de curar el demasiado apego a lo terrenal, y "Un remedio para acostumbrarse a pensar en lo eterno que nos espera".

9. Pío XI (1937) dice que "el Rosario ocupa el primer puesto entre las devociones en honor de la Virgen y que sirve para progresar en la fe, la esperanza y la caridad".

10. En 1978 el Papa Juan Pablo II sorprendió al mundo, poco después de ser elegido Pontífice, con esta frase en la Plaza de San Pedro: "Mi oración preferida es el Rosario" (29 de octubre) y luego en muchísimas ocasiones fue recomendando esta hermosa práctica de piedad. Suyas son las siguientes exclamaciones: "El Rosario es una escalera para subir al cielo"(29 de octubre 1979) "El Rosario nos proporciona dos alas para elevarnos en la vida espiritual: la oración mental y la oración vocal" (29 de abril 1979). "Es la oración más sencilla a la Virgen, pero la más llena de contenidos bíblicos"(21 de octubre 1979). Cuando fue en peregrinación al santuario de Nuestra Señora del Rosario de Pompeya, Juan Pablo II hizo allá un bellísimo sermón acerca del Rosario. En el dijo: "El Rosario es nuestra oración predilecta. Cuando la rezamos, está la Sma. Virgen rezando con nosotros. En el rosario hacemos lo que hacía María, meditamos en nuestro corazón los misterios de Cristo" (Lc. 2, 19).

11. El 16 octubre del año 2002, al inicio del vigésimo quinto de su Pontificado, Juan Pablo II publicó la Carta Apostólica Rosarium Virgins Mariae del Sumo Pontífice Juan Pablo II , sobre el reosario, en donde introduce los misterios Luminosos o de la Luz, que se rezan los jueves.

 
Pasos para una buena confesión. PDF Imprimir E-mail
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Reflexiones - Sacramentos.

Pasos para una buena confesión.

Autor:
Catholic.net
Fuente:

La Iglesia nos propone cinco pasos a seguir para hacer una buena confesión
y aprovechar así al máximo las gracias de este maravilloso sacramento.

Estos pasos expresan simplemente un camino hacia la conversión, que va
desde el análisis de nuestros actos, hasta la acción que demuestra el
cambio que se ha realizado en nosotros.

1. Examen de Conciencia.
Ponernos ante Dios que nos ama y quiere ayudarnos. Analizar nuestra vida y
abrir nuestro corazón sin engaños. Puedes ayudarte de una guía para hacerlo
bien.

2. Arrepentimiento. Sentir un dolor verdadero de haber pecado porque hemos
lastimado al que más nos quiere: Dios.


3. Propósito de no volver a pecar. Si verdaderamente amo, no puedo seguir
lastimando al amado. De nada sirve confesarnos si no queremos mejorar.
Podemos caer de nuevo por debilidad, pero lo importante es la lucha, no la
caída.

4. Decir los pecados al confesor. El Sacerdote es un instrumento de Dios.
Hagamos a un lado la “vergüenza” o el “orgullo” y abramos nuestra alma,
seguros de que es Dios quien nos escucha.

5. Recibir la absolución y cumplir la penitencia. Es el momento más
hermoso, pues recibimos el perdón de Dios. La penitencia es un acto
sencillo que representa nuestra reparación por la falta que cometimos.

Haciendo el examen de conciencia

Para que el examen de conciencia sea profundo y completo, te recomendamos
seguir los siguientes pasos:

1. Invocación al Espíritu Santo: Llama al Espíritu Santo para te ilumine y
te haga ver tu vida desde los ojos de Dios. Puedes utilizar la oración al
Espíritu Santo que aparece aquí, o la más conocida invocación al Espíritu
Santo.

2. Acto de presencia de Dios:
Haz un esfuerzo para darte cuenta de que Dios está presente en tu vida
atento a tus intenciones, a tus deseos, a tus necesidades.

3. Acción de gracias:
Recuerda todos los beneficios que has recibido de Dios, especialmente los
más cercanos y los más íntimos. Al recordar estos beneficios, brotará
naturalmente dentro de ti el agradecimiento a Dios.

4. Análisis del cumplimiento de la voluntad de Dios en tu vida:
Lleva a cabo un examen de cómo has vivido desde la última confesión la
voluntad de Dios. Debes ver los aspectos positivos y negativos, examinar
actitudes internas y poner mucha atención a tus relaciones con Dios y con
los demás. Para esto, puede resultar útil tener un cuestionario.

5. Petición de perdón: Ya que revisaste tu vida, vas a comparar tu conducta
y tus actitudes con los beneficios que has recibido de Dios. Entonces te
darás cuenta de que tu respuesta al amor de Dios es muy pobre y que no has
llegado a lo que Dios te pide. Por eso, le pides perdón lleno de confianza,
pues sabes que Él te perdonará. Dios siempre acoge gustoso nuestras buenas
intenciones.

6. Propósito: Tienes que poner los medios para mejorar y acercarte más al
plan de Dios sobre tu vida. El propósito es algo concreto que te ayuda a
mejorar en aquello donde has visto que fallas más.

7. Petición de fuerzas: Ya que formulaste tu propósito, debes volver tu
mirada a Dios y con mucha confianza pedirle que te ayude a mejorar pues
eres débil, no podrías avanzar en tu camino hacia Dios, hacia la santidad,
si Él no te ayuda.

Cuestionario para el examen de conciencia.

Con el objetivo de analizar profundamente los actos que hemos hecho desde
la última confesión, algunas veces puede resultar útil ayudarse de un
cuestionario que nos ayude a llegar a esos rincones íntimos de la
conciencia que nos pueden pasar desapercibidos.

I Analizar mi actitud y mis acciones u omisiones hacia Dios:

¿Creo verdaderamente en Dios o confío más en brujerías, amuletos,
supersticiones, horóscopos o “energías”?
¿Amo a Dios sobre todas las cosas o amo más a las cosas materiales?
¿Voy a Misa los domingos y trato de descansar ese día para dedicarlo a
Dios?
¿Me confieso y comulgo frecuentemente?
¿Hago oración, entendida como un diálogo íntimo con Dios?
¿He usado el nombre de Dios sin respeto? ¿Pido ayuda a la Virgen y al
Espíritu Santo? ¿Defiendo a la Iglesia y a sus representantes?

I Analizar mi actitud y mis acciones u omisiones hacia los demás:


¿Trato bien a mi familia?
¿Busco hacerlos felices o que se haga lo que yo digo?
¿Los respeto o los maltrato?
¿Trato bien a los demás?
¿Soy justo con todos?
¿Ayudo a los necesitados?
¿He matado, robado o mentido?
¿He hecho daño a alguien?
¿Acostumbro hablar mal o pensar mal de los demás?

I Analizar mi actitud y mis acciones u omisiones hacia mí mismo:

¿Lucho por ser mejor cada día?
¿He controlado mi carácter?
¿He respetado mi cuerpo y el de los demás? ¿He alejado de mi mente los
malos pensamientos?
¿He sido fiel en mi matrimonio?
¿Siento envidia de los demás, por lo que son o lo que tienen?

 
Pero es que el cura es un pecador. PDF Imprimir E-mail
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Reflexiones - Sacramentos.

 

Pero es que el cura es un pecador.

Fuente:
Libro: Cómo hacer una buena confesión.
Autor: Padre Eliécer Sálesman.

También los 12 apóstoles eran pecadores y sin embargo Jesús les dio poder para perdonar pecados. Es que el sacerdote no dice a pecador. "Te perdono, porque yo no he cometido eso que tú confiesas". No. No dice eso. Lo que dice es "Te perdono por el poder que para ello recibí de Nuestro Señor Jesucristo".

Si un juez que es malgeniado y peleador va a sacar de la cárcel a uno que está allá por ser también malgeniado y peleador, el policía no le puede decir: "Señor Juez Ud. no puede sacar de la cárcel a este malgeniado, No señor.

El juez lo saca de la cárcel  porque tiene poder recibido de la Autoridad Suprema Judicial de su nación, y aunque él sea malo, tiene poderes para absolver a los demás. Así el sacerdote: aunque él sea pecador (que quizá lo menos de lo que se inventan los enemigos) tiene poder de Dios para perdonar, y lo que él perdona en la tierra queda perdonado en le cielo porque Jesús lo dijo: "Lo que desatéis en la tierra queda desatado en el cielo". San Mateo 18

El sacerdote perdona los pecados, no porque él no se a pecador, sino que perdona los pecados por una sola razón: porque recibió poder para ello de la Altísima Autoridad que se llama Jesucristo.

Esta es una gran diferencia entre católicos y protestantes.

El protestante comete un pecado y ora a Dios, y  pide perdón pero muy difícil queda seguro de haber sido perdonado. En cambio los católicos, después de un pecado, busca un sacerdote, y con arrepentimiento sincero, con tristeza de haber ofendido al buen Dios, y propósito de ser mejor adelante, le confiesa sus faltas.

Cuando el sacerdote levanta su mano bendecida  y le dice; "Yo te absuelvo en el nombre del Padre, y del hijo, y del Espíritu Santo", el pecador queda con la seguridad de haber sido perdonado, y con una paz el el alma, que no encuentra en ningún otra religión.

Por eso decía un Judío: "Yo envidio a los católicos. Yo cuando peco, pido perdón a Dios, pero no estoy muy seguro de si he sido perdonado o no. En cambio el católico, cuando se confiesa con su sacerdote, queda tan seguro de su perdón, que esa paz no la he visto en ninguna religión de la tierra".

Cuantos miles de personas mejoran sus vidas solo con hacer una buena confesión! En eso si que les ganamos a los protestantes! Por eso un gran sicólogo decía: Yo conozco ningún método tan bueno para mejorar una vida como la confesión de los católicos".

¿Te atreves a confesarte?

 
La Transfiguración del Señor. PDF Imprimir E-mail
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Reflexiones - Sacramentos.

 

La Transfiguración del Señor.

Autor:
P. Alberto Ramírez Mozqueda
Fuente:

Del Tabor, Cristo bajó con los suyos, ya solo para subir, y precisamente él solo, a otra montaña, la del Gólgota, en Jerusalén, entregando su vida por la salvación de todos los hombres.

Las montañas y los jóvenes se entienden. Los jóvenes tienen algo indescriptible que los acerca a las montañas y las montañas tienen algo indescriptible que les hace ser conquistadas. Los jóvenes auténticos gustan de las grandes montañas, de las montañas elevadas, de las montañas cubiertas de nieve, de donde se extiende el panorama hacia abajo, después de haber plantado la banderola de la conquista y del ascenso.

Cristo también amaba las montañas y la naturaleza. Era joven cuando entregó el corazón de su mensaje en un monte, el mensaje de las Bienaventuranzas. Es el núcleo de su mensaje. Es la pulpa de su Evangelio.

Y es en otro monte, donde Cristo tiene que subir al final de su vida, de una manera lastimosa y sangrienta, llevando sobre sí pesada cruz, símbolo de derrota y al mismo tiempo de victoria. Una cruz que siguen llevando hoy muchas gentes, las gentes de rostros macilentos y deplorables de un drogadicto, de un enfermo de sida, de un niño consumido por el hambre, de un hombre destruido por la calumnia y la perversidad de sus semejantes, los muchos rostros de hombres desfigurados por la guerra y los ataques terroristas.

Pero hay una tercera montaña que Cristo escaló poco antes de ser entregado en manos de sus enemigos: es la Montaña de la Transfiguración, el Tabor. Las cosas no iban bien para Cristo. Sus enemigos iban tendiendo inexorablemente el cerco para hacerlo caer. Las gentes solo querían milagros y milagros, pan para sus estómagos vacíos, y los apóstoles que no entendían nada de lo que estaban viendo en su maestro. Menos entendían lo que les decía sobre su muerte y su resurrección. Siempre pensaban en una resurrección para todos al final de los tiempos, pero que Cristo viniera al tercer día después de muerto...

Por eso un buen día Cristo toma a tres de sus Apóstoles, Pedro, Santiago y Juan y los invita a escalar la montaña. No es un lugar muy elevado, quizá les tomarían unas o dos horas de camino desde la falta a la cima. La vegetación es tupida, con pequeños arbustos que contrasta con la desnudez de las comarcas cercanas. En lo alto, el silencio solo es turbado por el canto de los pájaros y el ulular del vientecillo suave.

Ahí suben a la oración, a la contemplación. Cristo se separa un poco de sus invitados. Ellos no son muy dados a la contemplación, y vencidos por el cansancio de la subida, lejos de contemplar siquiera el panorama, se quedan profundamente dormidos. Sin embargo, fue entonces cuando ocurrió algo extraordinario: fueron despertados por una luz embriagadora. No se trataba del sol, sino una luz que irradiaba precisamente de Cristo su maestro. Sus vestiduras y su mismo rostro tomaron una iluminación especial. No era iluminado. Cristo despedía una luz esplendente, y a poco de esta visión tan singular, aparecieron dos personajes muy queridos para el pueblo hebreo, Moisés, y Elías.

Moisés, que de la montaña del Sinaí había revelado la voluntad de Dios para el pueblo hebreo y para todos los pueblos, manifestada en las tablas de la Ley.

Y ahí estaba también el gran profeta, Elías que anunciaría la llegada ya inminente del Mesías. Ellos conversaban con Jesús, no para celebrar su triunfo, sino para animarlo a su muerte.

Los apóstoles no cabían en sí de asombro, pero aún les estaba preparada otra revelación. Así como aparecieron Moisés y Elías, de pronto volvieron a desaparecer en medio de una nube misteriosa que aumentó sus temores, pues la nube en toda la historia bíblica es una de las señales de Dios, signo visible de su manifestación. Era la majestad de Yahvé quien los cubría.

Y de entre la nube, una voz misteriosa:

ESTE ES MI HIJO MUY AMADO, MI ELEGIDO... EN QUIEN TENGO MIS COMPLACENCIAS... ESCÚCHENLO...

Escuchar a Jesús, es la recomendación del Padre, atender a Jesús, su Hijo, su amado, su elegido, ¡qué gran recomendación! Y qué familiares nos vuelven a sonar las palabras de María en Caná de Galilea: “Hagan lo que él les diga”. Ella fue la primera que escuchó a su Hijo, y la primera que supo hacer en todo su voluntad. Ella nos invita a hacer también nosotros la voluntad del Padre, en el que encontramos alegría para la vida, transfigurándonos también nosotros, dejando que Cristo se transfigure en tantos niños inocentes, en tantas miradas luminosas, en tantos cristianos santos, auténticos luceros en el firmamento de la humanidad. Una contemplación que nos hace experimentar la presencia, la cercanía, la belleza y la misma santidad de nuestro Dios. ¡Cuanta luz hay en nuestro mundo, entre las personas que nos rodean, y a veces no la vemos!

Aquella visión terminó. Tan absortos estaban los apóstoles, tan admirados, postrados en el suelo, en profunda adoración, después de haber estado dormidos, que hubo necesidad de que Cristo de una manera familiar los tocara en el hombro, para que todo volviera a ser familiar entre ellos.

Habían saboreado por un instante lo que nosotros tendremos oportunidad de contemplar sólo al fin de los tiempos, al Cristo resucitado. Fue solo un instante, pero un instante que nunca olvidarían, y que sostendría su fe en los momentos en que su maestro les fuera arrebatado, y no solo eso, ellos tendrían que sostener la fe de sus hermanos en que Cristo cumpliría su promesa de volver, y volver para quedarse para siempre con los suyos.

Por eso no todos los apóstoles habían subido a la montaña. Un secreto como el que se les confiaba no era posible ser guardado entre tantos. Solo ellos fueron testigos, y tendrían que serlo entre sus hermanos los apóstoles, en el momento supremo cuando lo vieran bajar a la tumba.

De ahí, al bajar Cristo con los suyos del Tabor, lo hizo para dirigirse a la muerte. Ya no era hora de las grandes multitudes, era la hora del desenlace, era “su hora”, la hora del choque de Cristo con la iniquidad humana. Era el atardecer de la vida del Cristo joven, al que nos encontraremos todos en la frontera entre nuestra muerte y nuestra resurrección.

Del Tabor, Cristo bajó con los suyos, ya solo para subir, y precisamente él solo, a otra montaña, la del Gólgota, en Jerusalén, entregando su vida por la salvación de todos los hombres.

Como los apóstoles ahora nos toca a nosotros sostener la fe de nuestros hermanos, de nuestra Iglesia y de nuestro mundo, cuando voluntariamente muchos hombres han metido a la tumba a Cristo y no quieren saber nada de él. Ayudémosles a encontrarlo, pero encontrarlo no entre los muertos, sino entre los vivos, ya que él vive, vive para siempre, y vive para que nosotros tengamos vida.

ESTE EN MI HIJO AMADO EN QUIEN TENGO MIS COMPLACÉNCIAS: ESCÚCHENLO.

 
La Eucaristía Deleita. PDF Imprimir E-mail
Reflexiones - Sacramentos.

 

La Eucaristía Deleita.

Autor: Beatriz Alatorre
Fuente: www.mensajespanyvida.org

“¡Comed, amigos, bebed, oh queridos, embriagaos!” (Cant 5, 1). Santo Tomás aplica este versículo del Cantar de los Cantares a la Eucaristía.

Este es uno de los efectos de la Eucaristía: DELEITAR. (“Delectat”, dice Santo Tomás). Así como la comida material deleita al cuerpo, este manjar espiritual deleita al alma.

Por eso: “¡Comed, amigos, bebed, oh queridos, embriagaos!” (Cant 5, 1).

Este sacramento da espiritualmente la gracia junto con la caridad. De ahí que San Juan Damasceno lo compara con el carbón encendido que vio el profeta Isaías: “Como el carbón no es simple leña, sino leña con fuego, así el pan de la comunión no es pan corriente, sino pan unido a la divinidad”.

¡Oh cosa milagrosa!
“¡Comed, amigos, bebed, oh queridos, embriagaos!” (Cant 5, 1).

Enseña San Gregorio Magno que: “el amor de Dios no está ocioso, sino que, teniéndolo, obra cosas grandes”, se sigue que este sacramento tiene de suyo eficacia, no sólo para dar el hábito de la gracia y de la virtud -en especial de la caridad-, sino también para excitar el acto de la caridad, porque como dice San Pablo “el amor de Cristo nos apremia” (2 Cor 5, 14). Con el amor de Cristo “el alma se fortalece, espiritualmente se deleita y de algún modo se embriaga con la dulzura de la divina bondad” enseña Santo Tomás.

El alma... “¡se deleita y de algún modo se embriaga!”

De ahí que: “¡Comed, amigos, bebed, oh queridos, embriagaos!” (Cant 5, 1).

Por eso exclamamos en el “Anima Christi”: “sangre de Cristo, ¡embriáganos!”.


¡Oh cosa milagrosa!

A este deleite llama Santo Tomás efecto actual o caridad actual y, también fervor, porque implica actualidad y actualidad tensa. La gracia de la Eucaristía, que los teólogos llaman gracia cibativa, entre otras cosas produce en acto el sustentar la vida espiritual, el aumentarla, el desarrollarla, el reparar las fuerzas que se pierden, dando mayor gracia y mayor caridad habituales. Pero más allá de la actualidad del hábito está la actualidad del acto en el que prorrumpe el hábito poseído. La Eucaristía produce en las almas el amor a Dios. Por eso cuando estamos en la Misa amamos más; por eso la Misa nos hace bien, porque nos enseña a amar más al prójimo al enseñarnos a amar más a Dios.

También se le llama gozo a este deleite que produce la Eucaristía, porque proviene de la percepción actual del bien que se posee -¡nada menos que Cristo!-, para lo cual no debe haber distracción en la recepción -sacramental o espiritual- de la Eucaristía. Muchas almas pierden el deleite actual de la Eucaristía... ¡porque están distraídas en Misa o en la Adoración! ¡Deja de lado las tontas distracciones!: “¡Comed, amigos, bebed, oh queridos, embriagaos!” (Cant 5, 1).

El deleite que produce la Eucaristía no es necesariamente sensible, ni de un afecto sensible tampoco. Se trata de un gozo espiritual, de un gozo profundo del alma, de un gozo sobrenatural que proviene de la apreciación del gran bien que se recibe: el Señor, ¡Jesucristo!, con todo lo que Él es y con todo lo que Él tiene. Por eso dice Don Miguel de Cervantes Savedra, en una poesía:

¡Oh cosa milagrosa!

El deleite consiste sustancialmente en la prontitud de la voluntad para las obras virtuosas de la vida cristiana.

Además de las distracciones actuales, o sea en el momento de la comunión, ¿qué otras cosas impiden el deleite de la Eucaristía? Los pecados veniales. Las faltas veniales actuales impiden el efecto actual de la Eucaristía; no el habitual pero sí el actual. La dulzura espiritual es infalible por parte del sacramento, pero el afecto actual a las faltas veniales o la distracción actual en el momento de la Comunión -sacramental o espiritual-, impiden el efecto del gozo actual, del fervor espiritual, del deleite o del amor actual, que es todo lo mismo.

"Comed, amigos, bebed, oh queridos, embriagaos!” (Cant 5, 1).

Decía Urbano IV de la Eucaristía: memorial admirable y estupendo, deleitable, suave... en el cual se gusta todo deleite y toda suavidad de sabor y se paladea la misma dulzura de Dios...” Y León XIII: “derrama en (las almas) gozos dulcísimos, que exceden en mucho a cuanto los hombres puedan en este punto entender y ponderar”.

Por eso: Amigos queridos, ”¡Comed, ... bebed, ...embriagaos!” (Cant 5, 1).

¡Oh cosa milagrosa!

Panem de coelo praestitisti eis. Omne delectamentum in se habentem.

Nos diste, Señor, el pan del cielo. ¡Qué contiene en sí todo deleite!

 
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