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Sacramentos.
Nuestra Señora de Guadalupe. PDF Imprimir E-mail
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Reflexiones - Sacramentos.


Nuestra Señora de Guadalupe.

Autor: P. Eliecer Salesmán,
Fuente: Fuente: Año Mariano

Un sábado de 1531 el Indio Juan Diego iba hacia la cuidad de Méjico a oír la misa y asistir a la clase de catecismo, cuando al pasar por el Cerro de Tepeyac oyó una vez que le decía: "Juanito, Juan Diego". Y vio una Señora de soberana belleza que le decía" Yo soy la Virgen María, Madre del verdadero Dios, por quien se vive. Deseo que en este sitio se me construya un templo para que desde aquí demostrar mi amor y protección a todos los que me invocan y en Mí confíen. Vas donde el Sr. Obispo y les cuenta esto.

Juan Diego fue donde le Sr. Obispo pero este no creyó que fuera cierto lo que el Indio le decía. Este volvió al Tepeyac y le dijo a la Virgen: "Señora mía, he cumplido tu encargo pero el Señor Obispo no lo tomó por cierto. Creyó que era un invención mía. Te ruego que encargues este mensaje a uno de los señores principales porque yo yo soy un pobre hombrecillo, el último de todos".

La Santísima Virgen le rogó que volviera otra vez donde el Obispo a pedirle que en aquel sitio le levantara un templo. Juan Diego volvió pero el prelado le dijo que para saber si era cierto todo esto se necesitaba un milagro o prodigio.

El Lunes Juan Diego se fue por otro camino para no encontrarse con la Virgen porque iba a buscar un sacerdote para confesar a su tío que estaba agonizando. Pero la Madre de Dios se le apareció por el camino, le mandó al cerro de Tepeyac a recoger rosas y llevarlas al obispo y le aseguro que su tío quedaba curado. El Indio subió al cerro y se quedo admirado al ver tantas rosas en pleno invierno, cuando no se consigue ni siquiera una, y las echó en su poncho ruana blanca y se fue a la ciudad. La Santísima Virgen le dijo:"Esta es la señal que pides para saber si es cierto el mensaje de la Madre de Dios", y desenvolviendo su blanca manta cayeron por el suelo multitud de hermosas rosas  y en la tela apareció dibujada la imagen de la Santísima Virgen María de Guadalupe.

El Señor Obispo y todos sus acompañantes cayeron de rodillas y la tela con la preciosa imagen fue llevada a la Iglesia Mayor. Desde entonces la Imagen de Nuestra Señora de Guadalupe ha recibido continua veneración y ante ella han sido tantos milagros y prodigios que se han obrado que no queda sino repetir la frase de la Santa Biblia: "La mano de Dios esta aquí". El Sumo Pontífice ha declarado a la Virgen de Guadalupe "Emperatriz de América", y su fiesta se celebra el 12 de diciembre.

Practica: Elevare una oración por el continente Americano tan expuesto a los ataques del materialismo y tan necesitado de quien ore y se sacrifique para que las almas se salven y se libren de la eterna condenación. "Que reines Corazón de Jesús en todo el continente". Amen.

Fuente: Año Mariano (P. Eliecer Salesmán, pp. 311, 312)



 
Calculando la Navidad: la auténtica historia del 25 de diciembre. PDF Imprimir E-mail
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Reflexiones - Sacramentos.

Calculando la Navidad: la auténtica historia del 25 de diciembre.


Autor:
William J. Tighe
Fuente: http://www.forumlibertas.com

No fueron los cristianos quienes asumieron una fiesta pagana, sino al revés.

Muchos cristianos creen que el cristianismo celebra el nacimiento de Cristo el 25 de diciembre porque los padres de la Iglesia se apropiaron de la fecha de un festival pagano. Casi nadie da importancia a este hecho, excepto algunos grupos marginales de evangélicos americanos, que parecen interpretar que ello convierte a la Navidad en un festival pagano.

Sin embargo, resulta interesante saber que la opción del 25 de diciembre es el resultado de los intentos realizados por los primeros cristianos para averiguar la fecha de nacimiento de Jesús, basándose en cálculos de calendario que nada tenían que ver con los festivales paganos.

Fue más bien al contrario, ya que el festival pagano del "Nacimiento del Sol Invicto", instituido por el emperador romano Aurelio el 25 de diciembre de 274, fue casi con toda certeza un intento de crear la alternativa pagana a una fecha que ya gozaba de cierta importancia para los cristianos romanos. Así pues, "los orígenes paganos de la Navidad" son un mito sin fundamento histórico.

Un error
La idea de que la fecha fue sacada de los paganos se remonta a dos estudiosos de finales del siglo XVII y principios del XVIII. Paul Ernst Jablonski, un protestante alemán, pretendía demostrar que la celebración del nacimiento de Cristo el 25 de diciembre era una de las muchas "paganizaciones" del cristianismo que la Iglesia del siglo IV había adoptado, como una de las muchas "degeneraciones" que habían transformado el cristianismo apostólico puro en catolicismo.

Dom Jean Hardouin, un monje benedictino, intentó demostrar que la Iglesia católica había adoptado festivales paganos para fines cristianos sin paganizar el Evangelio. En el calendario juliano, creado en el año 45 a.C. bajo Julio César, el solsticio de invierno caía en 25 de diciembre y, por tanto, a Jablonski y a Hardouin les pareció evidente que esa fecha debía haber contenido obligatoriamente un significado pagano antes de haber sido cristiano.

Pero en realidad, la fecha no había tenido ningún sentido religioso en el calendario festivo pagano en tiempos anteriores a Aurelio, y el culto al sol tampoco desempeñaba un papel importante en Roma antes de su llegada.

Había dos templos del sol en Roma. Uno de ellos (mantenido por el clan en el que nació o fue adoptado Aurelio) celebraba su festival de consagración el 9 de agosto, y el otro el 28 de agosto. Sin embargo, ambos cultos cayeron en desuso en el siglo II, en que los cultos solares orientales, como el mitraísmo, empezaron a ganar adeptos en Roma. Y en cualquier caso, ninguno de estos cultos, antiguos o nuevos, tenían festivales relacionados con solsticios o equinoccios.

Lo que ocurrió realmente fue que Aurelio, que gobernó desde el año 270 hasta su asesinato en 275, era hostil hacia el cristianismo, y está documentado que promocionó el establecimiento del festival del "Nacimiento del Sol Invicto" como método para unificar los diversos cultos paganos del Imperio Romano alrededor de una conmemoración del "renacimiento" anual del sol. Lideró un imperio que avanzaba hacia el colapso, ante las agitaciones internas, las rebeliones en las provincias, el declive económico y los repetidos ataques por parte de tribus germanas por el norte y del Imperio Persa por el este.
Al crear esa nueva festividad, su intención era que el día 25, en el que comenzaba a alargarse la luz del día y a acortarse la oscuridad, fuera un símbolo del esperado "renacimiento" o eterno rejuvenecimiento del Imperio Romano, que debía ser el resultado de la perseverancia en la adoración de los dioses cuya tutela (según creían los romanos) había llevado a Roma a la gloria y a gobernar el mundo entero. Y si podía solaparse con la celebración cristiana, mejor aún.

Una consecuencia
Es cierto que la primera prueba de una celebración cristiana en 25 de diciembre como fecha de la Natividad del Señor se encuentra en Roma, algunos años después de Aurelio, en el año 336 d.C., pero sí hay pruebas del Este griego y del oeste latino donde los cristianos intentaban averiguar la fecha del nacimiento de Cristo mucho antes de que lo empezaran a celebrar de una forma litúrgica, incluso en los siglos II y III. De hecho, las pruebas indican que la atribución a la fecha de 25 de diciembre fue una consecuencia de los intentos por determinar cuándo se debía celebrar su muerte y resurrección.

¿Y cómo ocurrió todo esto? Parece haber una contradicción en la fecha de la muerte del Señor entre los Evangelios Sinópticos y el Evangelio de Juan. Los sinópticos la situarían en la Pascua de los judíos (después de la Última Cena la noche anterior), mientras que Juan la describiría en la Víspera de la Pascua, en el momento en que los corderos eran sacrificados en el Templo de Jerusalén para el ágape que tendría lugar después de la salida del sol ese mismo día.

La solución a esta cuestión implica contestar a la pregunta de si la Santa Cena fue un ágape pascual o una cena que tuvo lugar un día antes, lo cual no estudiaremos aquí. Basta con decir que la primitiva Iglesia siguió a Juan y no a los sinópticos y, por tanto, creyó que la muerte de Cristo había tenido lugar el 14 Nisán, de acuerdo con el calendario lunar judío.

Por cierto, los estudiosos modernos se muestran de acuerdo con que la muerte de Cristo podría haber tenido lugar en el año 30 o en el 33 d.C., ya que éstos son los únicos años de esa época en los que la Vigilia de Pascua podían haber caído en viernes. Las posibilidades son, por tanto, el 7 de abril del 30 o el 3 de abril del 33.
Sin embargo, dado que la Iglesia primitiva fue forzosamente separada del judaísmo, entró en un mundo de calendarios distintos y tuvo que instaurar sus propios momentos para celebrar la Pasión del Señor, en parte también para independizarse de los cálculos rabínicos de la fecha de Pascua. Por otra parte, como el calendario judío era un calendario lunar que constaba de 12 meses de 30 días cada uno, cada pocos años debía añadirse un mes decimotercero por un decreto del Sanedrín, para mantener el calendario sincronizado con los equinoccios y los solsticios, así como para evitar que las estaciones se fueran "desviando" hacia meses inapropiados.

Aparte de la dificultad que debieron tener los cristianos en investigar, o quizás en ser bien informados sobre las fechas pascuales en un determinado año, el hecho de seguir un calendario lunar diseñado por ellos habría dispuesto en su contra tanto a judíos como a paganos, y seguramente también les habría sumido en inacabables disputas entre sí mismos.

El siglo II vio fuertes disputas sobre si la Pascua tenía que caer siempre en domingo o en cualquier día de la semana dos días después del 14 Artemision/Nisán, pero haber seguido un calendario lunar no habría hecho más que agravar estos problemas.

Estas divergencias eran interpretadas de distintas maneras entre los cristianos griegos de la parte oriental del imperio y los cristianos latinos en la parte occidental del mismo. Parece ser que los cristianos griegos quisieron encontrar una fecha equivalente a su 14 Nisán en su propio calendario solar y, dado que el Nisán era el mes en el que tenía lugar el equinoccio de primavera, eligieron el día 14 de Artemision, el mes en el que el equinoccio de primavera caía invariablemente en su propio calendario. Alrededor del 300 d.C., el calendario griego fue solapado por el romano y, como las fechas de principio y final de los meses en estos dos sistemas no coincidían, el 14 Artemision se convirtió en el 6 de abril.

No obstante, parece que los cristianos latinos del siglo II en Roma y África del norte querían establecer la fecha histórica en la que murió Jesús. En la época de Tertuliano [c.155 -220 d.C.] habían concluido que murió en viernes, 25 de marzo del 29. Como nota aparte, debo hacer constar que ello es imposible: el 25 de marzo del 29 no cayó en viernes, y la Víspera de Pascua judía en el 29 d.C. no caía en viernes ni en 25 de marzo, ni siquiera en el mes de marzo.

Edad Integral
Así pues, en el este, tenemos el 6 de abril y, en el oeste, el 25 de marzo. Llegados a este punto, debemos introducir una creencia que parece ser que se propagó en el judaísmo en el tiempo de Cristo, pero la cual, como no aparece en la Biblia, no han tenido presente los cristianos. Se trata de la "edad integral" de los grandes profetas judíos: la idea de que los profetas de Israel murieron en la misma fecha que la de su nacimiento o concepción.

Este conocimiento es un factor clave a la hora de entender por qué algunos de los primeros cristianos llegaron a la conclusión de que el 25 de diciembre fue la fecha del nacimiento de Jesucristo. Los primeros cristianos aplicaron esta idea a Jesús, con lo que el 25 de marzo y el 6 de abril no sólo eran las supuestas fechas de la muerte de Jesús, sino también las de su concepción o nacimiento. Existe alguna prueba fugaz de que al menos algunos cristianos en los siglos I y II consideraron el 25 de marzo y el 6 de abril como la fecha del nacimiento de Cristo, pero rápidamente prevaleció la asignación del 25 de marzo como la fecha de la concepción de Cristo.
Y es en este día, conmemorado casi universalmente entre cristianos como la Fiesta de la Anunciación, cuando el Arcángel Gabriel llevó la Buena Nueva de un salvador a la Virgen María, con cuyo consentimiento la Palabra de Dios ("Luz de Luz, Dios verdadero del Dios verdadero, nacido del Padre antes de todos los tiempos") se encarnó en su vientre. ¿Cuánto dura un embarazo? Nueve meses. Si contamos nueve meses a partir del 25 de marzo, es 25 de diciembre; si es a partir del 6 de abril, tenemos el 6 de enero. El 25 de diciembre es Navidad y, el 6 de enero, es la Epifanía.

La Navidad (el 25 de diciembre) es una fiesta de origen cristiano occidental. Parece que en Constantinopla fue introducida en el año 379 ó 380. De un sermón de San Juan Crisóstomo, que en su época fue un renombrado asceta y predicador en su nativa Antioquía, parece que ahí la fiesta se celebró por primera vez el 25 de diciembre del 386. Desde esos centros, se esparció por todo el Oriente cristiano y se adoptó en Alejandría alrededor del 432, mientras que en Jerusalén se asumió un siglo o un poco más después. Los armenios, solos entre las Iglesias cristianas antiguas, nunca la adoptaron, y hasta hoy llevan celebrando el nacimiento de Cristo, la adoración de los Reyes y el bautismo el 6 de enero.

Por su parte, las Iglesias occidentales fueron adoptando gradualmente la celebración de la Epifanía del este el 6 de enero, y Roma lo hizo entre el 366 y el 394. Pero en Occidente, esta festividad se presentaba normalmente como la conmemoración de la visita de los Reyes Magos al niño Jesús y, como tal, era una fiesta importante, pero no una de las más determinantes. Ello provocaba un fuerte contraste con la posición de la Iglesia oriental, donde sigue siendo la segunda fiesta más importante de la iglesia después de la Pascua.
En Oriente, la Epifanía es mucho más importante que la Navidad. La razón es que la festividad también celebra el bautismo de Cristo en el Jordán y el momento en que la Voz del Padre y el Descenso del Espíritu Santo manifestaron por primera vez a los mortales la divinidad del Cristo Encarnado y la Trinidad de las 3 Personas en un solo Dios.

Una fiesta cristiana

Así pues, parece que el 25 de diciembre como fecha del nacimiento de Cristo no está en absoluto en deuda con las influencias paganas en las prácticas de la Iglesia durante o después del tiempo de Constantino. Es totalmente improbable que fuera la fecha exacta del nacimiento de Cristo, pero surgió estrictamente de los esfuerzos de los primeros cristianos latinos para averiguar la fecha histórica de la muerte de Cristo.
En cambio, la fiesta pagana que instituyó el emperador Aurelio en esa fecha, en el año 274, no sólo fue un esfuerzo para utilizar el solsticio de invierno con el objetivo de hacer una declaración política, sino que, casi con toda certeza, fue también un intento de dar un sentido pagano a una fecha ya importante para los cristianos romanos. A su vez, los cristianos podrían más tarde volver a adoptar la fiesta del "Nacimiento del Sol Invicto" para referirse, en memoria del nacimiento de Jesús, a la ascensión del "Sol de la Salvación" o el "Sol de la Justicia".

 
Cristo Rey. PDF Imprimir E-mail
Reflexiones - Sacramentos.

 

Cristo Rey.

Autor:
Jesús Martí Ballester
Fuente: www.encuentra.com


Con la solemnidad de Cristo Rey del Universo concluye el año litúrgico, para recordarnos que Él es el centro de nuestra vida, el Alfa y Omega

"Rey, cuyo Reino no está armado de palillos, pues no tiene fin” Santa Teresa

Descendiente del Rey David humanamente. Constituído Rey del universo por Dios, su Padre. Rey, pero sin palacios fastuosos, sin cortesanos ni servidumbre, sin guerras ni victorias, sin tributos ni privilegios. Rey que ha vendido a servir y no a ser servido; no a robarle imágen a los hombres, sino a derramar su sangre para introducirles en su Reino, de Verdad y de Vida, de Santidad y Gracia, de Justicia, de Amor y de Paz.

1. Con la solemnidad de Jesucristo Rey culmina cada año la Iglesia el curso litúrgico seguido en torno a Jesús, para significar que él es el centro y la vida, "el alfa y la omega, el principio y el fin" (Ap 21,6), el revelador del Padre, por ser la imagen visible de Dios invisible, el primogénito de entre los muertos, la Cabeza del Cuerpo, que es la Iglesia, el primero en todo, el receptáculo de toda la plenitud y el reconciliador y pacificador de todo, por la sangre de su cruz Colosenses 1,12. Pero conviene aclarar que es Rey no como los de este mundo, ni de este mundo (Jn 18,36), por tanto no viene a competir con ningún rey o primer mandatario de la tierra. El Nuevo Testamento asume la tradición davídica, pero con un sentido paradójico: Jesús es hijo de David, pero reina radicalmente desde el no-poder, se identifica con el pobre, con el siervo sufriente, con el niño, como símbolo de quien no tiene poder.

2. En el año 1925, como fruto del Año Santo, el Papa Pío XI, como remedio de la secularización ya avanzando, instituyó esta fiesta para conseguir que los hombres y las instituciones se entregaran a Jesucristo Rey, sujetos por un nuevo título a su autoridad, pues su potestad abraza la entera persona humana, mente, voluntad, y corazón, el cual, apreciando menos los apetitos naturales, debe amar a Dios sobre todas las cosas y estar unido a El sólo. Jesucristo debe reinar en el cuerpo y en los miembros como instrumentos, como dice San Pablo, de justicia paraDios, servidores de la interna santificación del alma. Si estas cosas se proponen a la consideración de los fieles, éstos se inclinarán más fácilmente a la perfección, como escribió en Papa en la Encíclica "Quas primas". Para desde el reinado de Jesús en los corazones llegar a reinar en las sociedades y en la historia.

3. Cuando el Señor rechazó a Saúl como rey de Israel, mandó a Samuel a buscar a David para ungirle rey en Belén (1 Sam 16,1): "Tomó Samuel el cuerno del aceite y ungió a David. El Espíritu del Señor se apoderó de él" (1 Sam 16,13). Por segunda vez, "Todos los ancianos de Israel fueron a Hebrón a ver al rey, y el rey David hizo con ellos un pacto en Hebrón en presencia del Señor, ellos ungieron a David como rey de Israel" 2 Samuel 5,3. Jesús, que por genealogía humana es rey como descendiente del rey David, como lo atestigua San Mateo 1,1), fue ungido = Cristo en griego, y Mesías, en hebreo y arameo, por el Espíritu Santo, no por Samuel, como su padre David. Sobre Jesús, el Hijo de David, descendió en el Bautismo el Espíritu Santo (Lc 3,21), como lo testificó Pedro en casa de Cornelio (He 10,34). David, el Ungido del Señor, convertido en Pastor-Rey de pueblos el que era pastor de ovejas, es el tipo de Jesucristo Hijo de David, que hereda su reino, y por eso es profetizado Pastor-Rey por Ezequiel (Ez 34,23). Los enfermos le gritaban: “Jesús, hijo de David, ten compasión de mí” (Mc 10,47). Las multitudes le aclamaban: “¡Hosanna al Hijo de David!” (Mt 21,9). Y San Pablo le exhortará a Timoteo, en su testamento: “Acuérdate de Jesucristo resucitado de entre los muertos, del linaje de David” (2 Tim 2,8).

4. El mismo Jesús se proclamó Pastor Rey, pues los reyes se consideraban Pastores y guías del pueblo: "Yo soy el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas" (Jn 10,11). El pueblo comprendía perfectamente que en el pastor que caminaba delante de su rebaño, tenía la seguridad de ser apacentado, dirigido, defendido, conducido y protegido por una sabiduría y un poder superiores. En una palabra, veían a Dios su Creador y su Señor, conductor y guía de su pueblo, con su providencia a su servicio y su amor fiel e incondicional que lo dirigía con poder.

5. Por eso, la proclamación de Jesús como Rey "nos llena de alegría sabiendo que vamos a la casa del Señor", que es su reino, donde celebraremos su nombre y su victoria Salmo 121.

6. Al degenerar la imagen del rey por el contagio de Israel con otros pueblos gobernados por reyes casi siempre tiranos, y en el mismo Israel por la mala conducta de algunos de sus reyes, era necesaria una larga evolución en su teología para pasar de una visión terrena y humana de mesianismo triunfalista, a la visión del Reino de Dios, que culminará en la cruz, en el más rotundo y clamoroso fracaso. Y lo mismo ha ocurrido en otros países más occidentales y habremos de atenernos al mandato de Jesús: “Los reyes de las naciones las tiranizan. Pero entre vosotros no ha de ser así, sino que el mayor entre vosotros sea vuestro servidor” (Lc 22,25). Así lo ha hecho El, que ha querido caminar entre valles de tinieblas por donde caminamos nosotros, los hombres, y ha subido el camino del Calvario. Extenuado, le quedan pocos momentos de vida, ya no es un peligro para sus adversarios. Le piden que baje de la cruz, como el diablo en el desierto le pidió que se tirara del pináculo del Templo (Mt 4,5). Jesús no accede. Acepta el plan del Padre: el mesianismo doliente y crucificado; a los insultos responde con el silencio (Mt 27,14). Le provocan furiosos los ladrones (Mt 27,4). Pero hay un ladrón que increpa a su compañero, "lo nuestro es justo, pero éste no ha hecho ningún mal"... Su compasión y sentido de la justicia le hacen lanzar un grito de confianza: "Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino". Jesús, reuniendo sus fuerzas en medio de los tormentos, le responde y le garantiza: "Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso" Lucas 23,35. Jesús, que ha afirmado solemnemente ante Pilato: “Tú lo dices: Yo soy Rey” (Jn 18,37), promete recibir en su reino hoy mismo, al ladrón que viéndole en la cruz, le confiesa rey.

7. Las amenazas y los sarcasmos no han obtenido su respuesta. La oración emocionada de aquel ladrón ajusticiado, sí, y qué respuesta. Yo quiero penetrar en el corazón de cada uno de los dos: del ladrón, reconciliado, aceptando su muerte, pacificado, lleno de esperanza, transfigurado su rostro, antes alterado. Había observado a Jesús, y le había convencido y convertido su paciencia, su bondad, su amor. Y quiero entrar en el Corazón de Jesús que en medio de los tormentos, ve a su lado recién brotada una espiga de la cosecha. Ha comenzado a manifestarse la eficacia de la Sangre derramada. Jesús ya ha comenzado a reinar: Es rey en el corazón de un ladrón bueno, que se dejó seducir por el gesto de Cristo, por sus palabras de amor, de verdad y de perdón. He ahí dos crucificados en la paz de Dios. Son amigos. Los dos van a morir en el amor. Los dos van a ser recibidos por los brazos del Padre. El buen ladrón ha descubierto el mundo de la gracia. En medio de la justicia y de la injusticia, la de Jesús y la suya, ha sabido reconocer en la muerte de Jesús el camino de la vida y ha pasado de la muerte a la vida, del pecado a la santidad. 

8. Pasó en el rodaje de la película “JESÚS DE NAZARET” que dirigió hace algunos años Franco Zeffirelli. Yo guardo un recorte de prensa con unas declaraciones de Robert Powell, que interpretó en esa película a Jesús. Tenía 31 años y no era católico. Su vida cambió radicalmente tras el rodaje de la película. Y reveló que durante el rodaje ocurrieron cosas emocionantes, y conversiones, ente ellas la del que representaba a Judas, que era ateo. Todos los actores sufrieron una crisis religiosa que a muchos les transformó. Jesús Rey no deja indiferentes. El amor engendra vida: “Donde no hay amor, ponga amor y cosechará amor” (San Juan de la Cruz).

9. Dejémonos nosotros invadir por el amor de Jesús para pasar también de nuestra muerte a la vida, por la Eucaristía. Porque El no sólo es el rey del cosmos, pues “todo fue creado por El y para él”, sino que es rey porque nos ha redimido, y porque es la “cabeza del cuerpo, de la Iglesia”. Y como “primogénito de todos los muertos en el que reside toda la plenitud”, quiere “reconciliar consigo todos los seres por la sangre de su cruz”; y reinar dentro de nosotros. “El reino de Dios está dentro de vosotros”. No ha temido que los hombres le robemos imagen, sino que nos ha constituido, por el Bautismo, reyes y sacerdotes para su Padre, para que le ayudemos a instaurar en el mundo su Reino, de la verdad y de la vida, de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz. 

10. El reino de la verdad. En el mundo no hay verdad, el relativismo la manipula. Por eso dice Jesús que su Reino no es de este mundo. Porque en el mundo todo es falso. Los reyes de este mundo, los que tienen el poder, son hombres sujetos a pasiones y mueren: A veces el que menos manda es el rey. Los validos, los cortesanos que les auparon, usurpan el poder. Y por tanto no es verdad que el rey sea el rey. 

11. El Reino de la vida. Más pronto o más tarde llega la muerte: ¿Cuántos reyes célebres podríamos ahora recordar? Carlos V, Felipe II... El reino de este mundo es el reino de la muerte. El reino de Cristo es el Reino de la Vida y si murió, fue por amor, pero venció la muerte. Es el primogénito de los muertos, el primer resucitado. 

12. El Reino de santidad y de gracia. La santidad es el triunfo de las virtudes. La santidad es la vida de Dios, espíritu de Dios, intenciones en el actuar según las intenciones de Dios.

13. El Reino de la justicia. Reino donde se trabaja, donde se mira al hermano como hermano, sin diferencia de clases, donde el que tiene da al que no tiene, donde el que sabe enseña al que no sabe.

14. El Reino del amor. El cimiento del Reino es el amor porque Dios, que es Amor, ha querido, por amor, que participáramos del clima de su Reino en el Amor. Y su Legislador propone como máximo mandamiento, el mandamiento del amor: a Dios y a los hermanos. En el reino del amor no cabe el odio, pero tampoco la mala voluntad, ni la envidia ni el egoísmo. Jesús Rey de Amor, excluye de su reino los partidos y las banderías, las murmuraciones y calumnias, las palabras que ataquen de alguna manera la caridad fraterna. Pero no sólo es negativo el mandato del amor. Cristo Rey quiere positivamente que en su Reino viva la bondad de unos con otros, la comprensión e indulgencia, la tolerancia y la afabilidad sincera y sencilla, sin reticencias; la cordial servicialidad que ve en los hermanos a Dios, que acepta como hecho a el lo que se ha hecho con sus pequeños.

15. El Reino de la Paz. Es natural. ¿A dónde, si no, llegaremos por el camino de la santidad y de la gracia y de la justicia y del amor, sino a la paz, entera y total, a la tranquilidad del orden, al mar en calma de la paz conseguida a costa de superar las embravecidas olas del egoísmo y desamor, del odio y del pecado?

16. “In Pace”, rezaban los epitafios de los primeros mártires cristianos en las catacumbas. “En la Paz”. El mundo con todo su dinero, placer y poder, no puede dar la paz de Dios.

17. "Hemos sido trasladados al Reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados" Colosenses 1,12. Hoy ya no es suficiente hablar de Cristo, dice Juan Pablo II. El gran desafío del testimonio de católicos, ortodoxos y protestantes hoy es «ayudar a la gente a verle». Esta fue la consigna que dio el pontífice a mil quinientos fieles greco-católicos de Ucrania. Tras recordar los años del régimencomunista, el Papa reconoció que «hoy en vuestra tierra se puede hablar libremente de Dios. Pero para el hombre contemporáneo, inmerso en el estruendo y en la confusión de la vida cotidiana, las palabras ya no son suficientes: no sólo quiere oír hablar de Cristo», sino «en cierto sentido verle». «Dad al pueblo la posibilidad de ver a su Salvador, no esperéis a que alguien cree las condiciones favorables al compromiso y trabajo pastoral, suscitadlas vosotros mismos con creatividad y generosidad». Pero sobre todo, «¡testimoniad con la vida y con las obras la presencia del Resucitado entre vosotros! Es el mensaje más elocuente y eficaz que podéis dar a vuestros conciudadanos».

18. Cristo Rey de Amor, has querido comprarnos con tu agonía y con tu sangre, con tu amor. No has temido que los hombres te hagan sombra, sino que les acompañas para que alcancen su plenitud en tu Reino: “Que eres Dios, y no hombre, y no te gusta destruir” 

(Os 11,9). Y “el hombre viviente es tu gloria” (San Ireneo). Déjanos que te digamos que te queremos amar; que no queremos separarnos de Tí, que queremos seguir siempre siendo ovejas de tu rebaño. Con tu gracia y ayuda, lucharemos para dar a conocer al mundo cuánto nos amas. Nos asaltan los enemigos, ¿cuáles? Mundo, demonio y carne. El egoísmo nos quiere dominar. La sensualidad y la vida de sentidos nos quieren acaparar... Por eso nos agarraremos con fuerza y perseverancia a tus sacramentos, a la oración, a la atención a tu presencia y al sacrificio, para que reines en nuestra vida y en nuestro entorno, con la ayuda indispensable de la intercesión segura de la Virgen Madre del Rey. Amen.

 
Confesarse, ¿por qué? La reconciliación es la belleza de Dios. PDF Imprimir E-mail
Reflexiones - Sacramentos.


Confesarse, ¿por qué? La reconciliación es la belleza de Dios.

Autor:
arzobispo de Chieti-Vasto, monseñor Bruno Forte
Fuente:

Si lo comprendes verdaderamente, con la mente y con el corazón, sentirás la necesidad y la alegría de hacer experiencia de este encuentro.

Confesarse, ¿por qué?

Tratemos de comprender juntos qué es la confesión: si lo comprendes verdaderamente, con la mente y con el corazón, sentirás la necesidad y la alegría de hacer experiencia de este encuentro, en el que Dios, dándote su perdón mediante el ministro de la Iglesia, crea en tí un corazón nuevo, pone en ti un Espíritu nuevo, para que puedas vivir una existencia reconciliada con Él, contigo mismo y con los demás, llegando a ser tú también capaz de perdonar y amar, más allá de cualquier tentación de desconfianza y cansancio.

1. ¿Por qué confesarse?


Entre las preguntas que mi corazón de obispo se hace, elijo una que me hacen a menudo: ¿por qué hay que confesarse? Es una pregunta que vuelve a plantearse de muchas formas: ¿por qué ir a un sacerdote a decir los propios pecados y no se puede hacer directamente con Dios, que nos conoce y comprende mucho mejor que cualquier interlocutor humano? Y, de manera más radical: ¿por qué hablar de mis cosas, especialmente de aquellas de las que me avergüenzo incluso conmigo mismo, a alguien que es pecador como yo, y que quizá valora de modo completamente diferente al mío mi experiencia, o no la comprende en absoluto? ¿Qué sabe él de lo que es pecado para mí? Alguno añade: y además, ¿existe verdaderamente el pecado, o es sólo un invento de los sacerdotes para que nos portemos bien?

A esta última pregunta creo que puedo responder enseguida y sin temor a que se me desmienta: el pecado existe, y no sólo está mal sino que hace mal. Basta mirar la escena cotidiana del mundo, donde se derrochan violencia, guerras, injusticias, abusos, egoísmos, celos y venganzas (un ejemplo de este «boletín de guerra» no los dan hoy las noticias en los periódicos, radio, televisión e Internet). Quien cree en el amor de Dios, además, percibe que el pecado es amor replegado sobre sí mismo («amor curvus», «amor cerrado», decían los medievales), ingratitud de quien responde al amor con la indiferencia y el rechazo. Este rechazo tiene consecuencias no sólo en quien lo vive, sino también en toda la sociedad, hasta producir condicionamientos y entrelazamientos de egoísmos y de violencias que se constituyen en auténticas «estructuras de pecado» (pensemos en las injusticias sociales, en la desigualdad entre países ricos y pobres, en el escándalo del hambre en el mundo...). Justo por esto no se debe dudar en subrayar lo enorme que es la tragedia del pecado y cómo la pérdida de sentido del pecado --muy diversa de esa enfermedad del alma que llamamos «sentimiento de culpa»-- debilita el corazón ante el espectáculo del mal y las seducciones de Satanás, el adversario que trata de separarnos de Dios.

2. La experiencia del perdón.

A pesar de todo, sin embargo, no creo poder afirmar que el mundo es malo y que hacer el bien es inútil. Por el contrario, estoy convencido de que el bien existe y es mucho mayor que el mal, que la vida es hermosa y que vivir rectamente, por amor y con amor, vale verdaderamente la pena. La razón profunda que me lleva a pensar así es la experiencia de la misericordia de Dios que hago en mí mismo y que veo resplandecer en tantas personas humildes: es una experiencia que he vivido muchas veces, tanto dando el perdón como ministro de la Iglesia, como recibiéndolo. Hace años que me confieso con regularidad, varias veces al mes y con la alegría de hacerlo. La alegría nace del sentirme amado de modo nuevo por Dios, cada vez que su perdón me alcanza a través del sacerdote que me lo da en su nombre. Es la alegría que he visto muy a menudo en el rostro de quien venía a confesarse: no el fútil sentido de alivio de quien «ha vaciado el saco» (la confesión no es un desahogo psicológico ni un encuentro consolador, o no lo es principalmente), sino la paz de sentirse bien «dentro», tocados en el corazón por un amor que cura, que viene de arriba y nos transforma. Pedir con convicción el perdón, recibirlo con gratitud y darlo con generosidad es fuente de una paz impagable: por ello, es justo y es hermoso confesarse. Querría compartir las razones de esta alegría a todos aquellos a los que logre llegar con esta carta.

3. ¿Confesarse con un sacerdote?


Me preguntas entonces: ¿por qué hay que confesar a un sacerdote los propios pecados y no se puede hacer directamente a Dios? Ciertamente, uno se dirige siempre a Dios cuando confiesa los propios pecados. Que sea, sin embargo, necesario hacerlo también ante un sacerdote nos lo hace comprender el mismo Dios: al enviar a su Hijo con nuestra carne, demuestra querer encontrarse con nosotros mediante un contacto directo, que pasa a través de los signos y los lenguajes de nuestra condición humana. Así como Él ha salido de sí mismo por amor nuestro y ha venido a «tocarnos» con su carne, también nosotros estamos llamados a salir de nosotros mismos por amor suyo e ir con humildad y fe a quien puede darnos el perdón en su nombre con la palabra y con el gesto. Sólo la absolución de los pecados que el sacerdote te da en el sacramento puede comunicarte la certeza interior de haber sido verdaderamente perdonado y acogido por el Padre que está en los cielos, porque Cristo ha confiado al ministerio de la Iglesia el poder de atar y desatar, de excluir y de admitir en la comunidad de la alianza (Cf. Mateo 18,17). Es Él quien, resucitado de la muerte, ha dicho a los Apóstoles: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Juan 20,22-23). Por lo tanto, confesarse con un sacerdote es muy diferente de hacerlo en el secreto del corazón, expuesto a tantas inseguridades y ambigüedades que llenan la vida y la historia. Tu solo no sabrás nunca verdaderamente si quien te ha tocado es la gracia de Dios o tu emoción, si quien te ha perdonado has sido tú o ha sido Él por la vía que Él ha elegido. Absuelto por quien el Señor ha elegido y enviado como ministro del perdón, podrás experimentar la libertad que sólo Dios da y comprenderás por qué confesarse es fuente de paz.

4. Un Dios cercano a nuestra debilidad.

La confesión es por tanto el encuentro con el perdón divino, que se nos ofrece en Jesús y que se nos transmite mediante el ministerio de la Iglesia. En este signo eficaz de la gracia, cita con la misericordia sin fin, se nos ofrece el rostro de un Dios que conoce como nadie nuestra condición humana y se le hace cercano con tiernísimo amor. Nos lo demuestran innumerables episodios de la vida de Jesús, desde el encuentro con la Samaritana a la curación del paralítico, desde el perdón a la adúltera a las lágrimas ante la muerte del amigo Lázaro... De esta cercanía tierna y compasiva de Dios tenemos inmensa necesidad, como lo demuestra también una simple mirada a nuestra existencia: cada uno de nosotros convive con la propia debilidad, atraviesa la enfermedad, se asoma a la muerte, advierte el desafío de las preguntas que todo esto plantea el corazón. Por mucho que luego podamos desear hacer el bien, la fragilidad que nos caracteriza a todos, nos expone continuamente al riesgo de caer en la tentación.

El Apóstol Pablo describió con precisión esta experiencia: «Hay en mí el deseo del bien, pero no la capacidad de realizarlo; en efecto, yo no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero» (Romanos 7,18s). Es el conflicto interior del que nace la invocación: «Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte?» (Romanos 7, 24). A ella responde de modo especial el sacramento del perdón, que viene a socorrernos siempre de nuevo en nuestra condición de pecado, alcanzándonos con la potencia sanadora de la gracia divina y transformando nuestro corazón y nuestros comportamientos. Por ello, la Iglesia no se cansa de proponernos la gracia de este sacramento durante todo el camino de nuestra vida: a través de ella Jesús, verdadero médico celestial, se hace cargo de nuestros pecados y nos acompaña, continuando su obra de curación y de salvación. Como sucede en cada historia de amor, también la alianza con el Señor hay que renovarla sin descanso: la fidelidad y el empeño siempre nuevo del corazón que se entrega y acoge el amor que se le ofrece, hasta el día en que Dios será todo en todos.

5. Las etapas del encuentro con el perdón.

Justo porque fue deseado por un Dios profundamente «humano», el encuentro con la misericordia que nos ofrece Jesús se produce en varias etapas, que respetan los tiempos de la vida y del corazón. Al inicio, está la escucha de la buena noticia, en la que te alcanza la llamada del Amado: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva» (Marcos 1,15). A través de esta voz el Espíritu Santo actúa en ti, dándote dulzura para consentir y creer en la Verdad. Cuando te vuelves dócil a esta voz y decides responder con todo el corazón a Quien te llama, emprendes el camino que te lleva al regalo más grande, un don tan valioso que le lleva a Pablo a decir: «En nombre de Cristo os suplicamos: ¡reconciliaos con
Dios! » (2 Corintios 5, 20).

La reconciliación es precisamente el sacramento del encuentro con Cristo que, mediante el ministerio de la Iglesia, viene a socorrer la debilidad de quien ha traicionado o rechazado la alianza con Dios, lo reconcilia con el Padre y con la Iglesia, lo recrea como criatura nueva en la fuerza del Espíritu Santo. Este sacramento es llamado también de la penitencia, porque en él se expresa la conversión del hombre, el camino del corazón que se arrepiente y viene a invocar el perdón de Dios. El término confesión --usado normalmente-- se refiere en cambio al acto de confesar las propias culpas ante el sacerdote pero recuerda también la triple confesión que hay que hacer para vivir en plenitud la celebración de la reconciliación: la confesión de alabanza («confessio laudis»), con la que hacemos memoria del amor divino que nos precede y nos acompaña, reconociendo sus signos en nuestra vida y comprendiendo mejor así la gravedad de nuestra culpa; la confesión del pecado, con la que presentamos al Padre nuestro corazón humilde y arrepentido, reconociendo nuestros pecados («confessio peccati»); la confesión de fe, por último, con la que nos abrimos al perdón que libera y salva, que se nos ofrece con la absolución («confessio fidei»). A su vez, los gestos y las palabras en las que expresaremos el don que hemos recibido confesarán en la vida las maravillas realizadas en nosotros por la misericordia de Dios.

6. La fiesta del encuentro.

En la historia de la Iglesia, la penitencia ha sido vivida en una gran variedad de formas, comunitarias e individuales, que sin embargo han mantenido todas la estructura fundamental del encuentro personal entre el pecador arrepentido y el Dios vivo, a través de la mediación del ministerio del obispo o del sacerdote. A través de las palabras de la absolución, pronunciadas por un hombre pecador que, sin embargo, ha sido elegido y consagrado para el ministerio, es Cristo mismo el que acoge al pecador arrepentido y lo reconcilia con el Padre y en el don del Espíritu Santo, lo renueva como miembro vivo de la Iglesia. Reconciliados con Dios, somos acogidos en la comunión vivificante de la Trinidad y recibimos en nosotros la vida nueva de la gracia, el amor que sólo Dios puede infundir en nuestros corazones: el sacramento del perdón renueva, así, nuestra relación con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo, en cuyo nombre se nos da la absolución de las culpas. Como muestra la parábola del Padre y los dos hijos, el encuentro de la reconciliación culmina en un banquete de platos sabrosos, en el que se participa con el traje nuevo, el anillo y los pies bien calzados (Cf. Lucas15,22s): imágenes que expresan todas la alegría y la belleza del regalo ofrecido y recibido. Verdaderamente, para usar las palabras del padre de la parábola, «comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado» (Lucas 15, 24). ¡Qué hermoso pensar que aquél hijo podemos ser cada uno de nosotros!

7. La vuelta a la casa del Padre.

En relación a Dios Padre, la penitencia se presenta como una «vuelta a casa» (este es propiamente el sentido de la palabra «teshuvá», que el hebreo usa para decir «conversión»). Mediante la toma de conciencia de tus culpas, te das cuenta de estar en el exilio, lejano de la patria del amor: adviertes malestar, dolor, porque comprendes que la culpa es una ruptura de la alianza con el Señor, un rechazo de su amor, es «amor no amado», y por ello es también fuente de alienación, porque el pecado nos desarraiga de nuestra verdadera morada, el corazón del Padre. Es entonces cuando hace falta recordar la casa en la que nos esperan: sin esta memoria del amor no podríamos nunca tener la confianza y la esperanza necesarias para tomar la decisión de volver a Dios. Con la humildad de quien sabe que no es digno de ser llamado «hijo», podemos decidirnos a ir a llamar a la puerta de la casa del Padre: ¡qué sorpresa descubrir que está en la ventana escrutando el horizonte porque espera desde hace mucho tiempo nuestro retorno! A nuestras manos abiertas, al corazón humilde y arrepentido responde la oferta gratuita del perdón con el que el Padre nos reconcilia consigo, «convirtiéndonos» de alguna manera a nosotros mismos: « Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente» (Lucas 15,20). Con extraordinaria ternura, Dios nos introduce de modo renovado en la condición de hijos, ofrecida por la alianza establecida en Jesús.

8. El encuentro con Cristo, muerto y resucitado por nosotros.

En relación al Hijo, el sacramento de la reconciliación nos ofrece la alegría del encuentro con Él, el Señor crucificado y resucitado, que, a través de su Pascua nos da la vida nueva, infundiendo su Espíritu en nuestros corazones. Este encuentro se realiza mediante el itinerario que lleva a cada uno de nosotros a confesar nuestras culpas con humildad y dolor de los pecados y a recibir con gratitud plena de estupor el perdón. Unidos a Jesús en su muerte de Cruz, morimos al pecado y al hombre viejo que en él ha triunfado. Su sangre, derramada por nosotros nos reconcilia con Dios y con los demás, abatiendo el muro de la enemistad que nos mantenía prisioneros de nuestra soledad sin esperanza y sin amor. La fuerza de su resurrección nos alcanza y transforma: el resucitado nos toca el corazón, lo hace arder con una fe nueva, que nos abre los ojos y nos hace capaces de reconocerle junto a nosotros y reconocer su voz en quien tiene necesidad de nosotros. Toda nuestra existencia de pecadores, unida a Cristo crucificado y resucitado, se ofrece a la misericordia de Dios para ser curada de la angustia, liberada del peso de la culpa, confirmada en los dones de Dios y renovada en la potencia de su Amor victorioso. Liberados por el Señor Jesús, estamos llamados a vivir como Él libres del miedo, de la culpa y de las seducciones del mal, para realizar obras de verdad, de justicia y de paz.

9. La vida nueva del Espíritu.


Gracias al don del Espíritu que infunde en nosotros el amor de Dios (Cf. Romanos 5,5), el sacramento de la reconciliación es fuente de vida nueva, comunión renovada con Dios y con la Iglesia, de la que precisamente el Espíritu es el alma y la fuerza de cohesión. El Espíritu empuja al pecador perdonado a expresar en la vida la paz recibida, aceptando sobre todo las consecuencias de la culpa cometida, la llamada «pena», que es como el efecto de la enfermedad representada por el pecado, y que hay que considerarla como una herida que curar con el óleo de la gracia y la paciencia del amor que hemos de tener hacia nosotros mismos. El Espíritu, además, nos ayuda a madurar el firme propósito de vivir un camino de conversión hecho de empeños concretos de caridad y de oración: el signo penitencial requerido por el confesor sirve justamente para expresar esta elección. La vida nueva, a la que así renacemos, puede demostrar más que cualquier otra cosa la belleza y la fuerza del perdón invocado y recibido siempre de nuevo («perdón» quiere decir justamente don renovado: ¡perdonar es dar infinitamente!) Te pregunto entonces: ¿por qué prescindir de un regalo tan grande? Acércate a la confesión con corazón humilde y contrito y vívela con fe: te cambiará la vida y dará paz a tu corazón. Entonces, tus ojos se abrirán para reconocer los signos de la belleza de Dios presentes en la creación y en la historia y te surgirá del alma el canto de alabanza.

Y también a ti, sacerdote que me lees y que, como yo, eres ministro del perdón, querría dirigir una invitación que me nace del corazón: está siempre pronto --a tiempo y a destiempo--, a anunciar a todos la misericordia y a dar a quien te lo pide el perdón que necesita para vivir y morir. Para aquella persona, ¡podría tratarse de la hora de Dios en su vida!

10. ¡Dejémonos reconciliar con Dios!

La invitación del apóstol Pablo se convierte, así, también en la mía: lo expreso sirviéndome de dos voces distintas. La primera, es la de Friedrich Nietzsche, que, en su juventud, escribió palabras apasionadas, signo de la necesidad de misericordia divina que todos llevamos dentro: «Una vez más, antes de partir y dirigir mi mirada hacia lo alto, al quedarme solo, elevo mis manos a Ti, en quien me refugio, a quien desde lo profundo del corazón he consagrado altares, para que cada hora tu voz me vuelva a llamar… Quiero conocerte, a Ti, el Desconocido, que penetres hasta el fondo del alma y como tempestad sacudas mi vida, tú que eres inalcanzable y sin embargo semejante a mí! Quiero conocerte y también servirte» («Scritti giovanili», «Escritos Juveniles» I, 1, Milán 1998, 388). La otra voz es la que se atribuye a san Francisco de Asís, que expresa la verdad de una vida renovada por la gracia del perdón:

Señor, haz de mi un instrumento de tu paz. Que allá donde hay odio, yo ponga el amor. Que allá donde hay ofensa, yo ponga el perdón. Que allá donde hay discordia, yo ponga la unión. Que allá donde hay error, yo ponga la verdad. Que allá donde hay duda, yo ponga la Fe. Que allá donde desesperación, yo ponga la esperanza. Que allá donde hay tinieblas, yo ponga la luz. Que allá donde hay tristeza, yo ponga la alegría. Oh Señor, que yo no busque tanto ser consolado, cuanto consolar, ser comprendido, cuanto comprender, ser amado, cuanto amar.

Son éstos los frutos de la reconciliación, invocada y acogida por Dios, que auguro a todos vosotros que me leéis. Con este augurio, que se hace oración, os abrazo y bendigo uno a uno.

PARA EL EXAMEN DE CONCIENCIA.

Prepárate a la confesión si es posible a plazos regulares y no demasiado lejanos en el tiempo, en un clima de oración, respondiendo a estas preguntas bajo la mirada de Dios, eventualmente verificándolo con quien pueda ayudarte a caminar más rápido en la vía del Señor:

1. «No tendrás otro Dios fuera de mí» (Dt 5,7). «Amarás al Señor con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente» (Mt 22,37). ¿Amo así al Señor? ¿Le doy el primer lugar en mi vida? Me empeño en rechazar todo ídolo que puede interponerse entre El y yo, ya sea el dinero, el placer, la superstición o el poder? ¿Escucho con fe su Palabra? ¿Soy perseverante en la oración?

2. «No tomarás en falso el nombre del Señor tu Dios» (Dt 5,11). ¿Respeto el nombre santo de Dios? ¿Abuso al referirme a Él ofendiéndole o sirviéndome de Él en lugar de servirlo? ¿Bendigo a Dios en cada uno de mis actos? ¿Me remito sin reservas a su voluntad sobre mí, confiando totalmente en Él? ¿Me confío con humildad y confianza a la guía y a la enseñanza de los pastores que el Señor ha dado a su Iglesia? ¿Me empeño en profundizar y nutrir mi vida de fe?

3. «Santificarás las fiestas» (cf. Dt 5,12-15). ¿Vivo la centralidad del domingo, empezando por su centro que es la celebración de la eucaristía, y los otros días consagrados al Señor para alabarlo y darle gracias para confiarme a Él y reposar en Él? ¿Participo con fidelidad y empeño en la liturgia festiva, preparándome a ella con la oración y esforzándome en obtener fruto durante toda la semana? ¿Santifico el día de fiesta con algún gesto de amor hacia quien lo necesita?

4. «Honra a tu padre y a tu madre» (Dt 5,16). ¿Amo y respeto a quienes me han dado la vida? ¿Me esfuerzo por comprenderles y ayudarles, sobre todo en su debilidad y sus límites?

5. «No matar» (Dt 5,17). ¿Me esfuerzo por respetar y promover la vida en todas sus etapas y en todos sus aspectos? ¿Hago todo lo que está en mi poder por el bien de los demás? ¿He hecho mal a alguien con la intención explícita de hacerlo? «Amarás al prójimo como a ti mismo» (Mt 22,39). ¿Cómo vivo la caridad hacia el prójimo? ¿Estoy atento y disponible, sobre todo hacia los más pobres y los más débiles? ¿Me amo a mí mismo, sabiendo aceptar mis límites bajo la mirada de Dios?

6. «No cometerás actos impuros» (cf. Dt 5,18). «No desearás la mujer de tu prójimo» (Dt 5,21). ¿Soy casto en pensamientos y actos? ¿Me esfuerzo en amar con gratuidad, libre de la tentación de la posesión y de los celos? ¿Respeto siempre y en todo la dignidad de la persona humana? ¿Trato mi cuerpo y el cuerpo de los demás como templo del Espíritu Santo?

7. «No robar» (Dt 5,19). «No desear los bienes ajenos» (Dt 5,21). ¿Respeto los bienes de la creación? ¿Soy honesto en el trabajo y en mis relaciones con los demás? ¿Respeto el fruto de trabajo de los demás? ¿Soy envidioso del bien de los otros? ¿Me esfuerzo en hacer a los otros felices o pienso sólo en mi felicidad?

8. «No pronunciar falso testimonio» (Dt 5,20). ¿Soy sincero y leal en cada palabra y acción? ¿Testimonio siempre y sólo la verdad? ¿Trato de dar confianza y actúo en modo de merecerla?

9. ¿Me esfuerzo en seguir a Jesús en la vía de mi entrega a Dios y a los demás? ¿Trato de ser como Él humilde, pobre y casto?

10. ¿Encuentro al Señor fielmente en los sacramentos, en la comunión fraterna y en el servicio a los más pobres? ¿Vivo la esperanza en la vida eterna, mirando cada cosa a la luz del Dios que llega y confiando siempre en sus promesas.

 
No me confieso porque los sacerdotes cuentan los pecados. PDF Imprimir E-mail
Reflexiones - Sacramentos.

 

No me confieso porque los sacerdotes cuentan los pecados.

Autor:
n/a
Fuente: mscperu.org

Lamentablemente corren muchos rumores en ciertos círculos católicos que determinados sacerdotes revelan secretos de confesión. Te puedo asegurar que no es así.

Te puedo contar un ejemplo de cómo una afirmación mentirosa ha hecho que un católico no se confesara por más de 30 años. No te fíes de lo que "dice la gente".

En el anonimato de un taxi el chofer le cuenta al sacerdote que no se confiesa por más de 30 años aunque esté participando en la misa dominical todos los domingos. Y cuenta la razón:

"Antes de ser taxista trabajé como empleado de casa. Un día en la casa desaparecieron 200 dólares. La señora de la casa nos envió a la parroquia para que vayamos a confesarnos. Esto lo solía hacer cada mes.

Al regreso la señora nos dijo - éramos varios -: "El sacerdote me ha llamado; ustedes me han robado". Desde entonces ya no voy a confesarme porque los sacerdotes cuentan los pecados de sus penitentes".

El sacerdote le preguntó: "¿Qué parroquia?". El taxista dijo el nombre de la parroquia y comentó sobre la nacionalidad de los sacerdotes de allí que eran extranjeros.

El sacerdote pasajero le dijo: "Para que usted vea que Dios ha querido poner fin a su sufrimiento escuche bien lo que la voy a decir.

Yo he sido vicario parroquial en aquellos años en esa parroquia. A lo mejor he sido yo el que ha escuchado su confesión. Le puedo asegurar que los sacerdotes de esta parroquia preferirían morir antes de divulgar el secreto de confesión. La señora debe haber mentido".

"Considere otra cosa más: ¿cuántos taxistas hay en este momento circulando? Serán unos 30,000. ¿Cuántos sacerdotes de esa nacionalidad habrá en este momento en esta ciudad? No más de 15. Puede usted ver que era muy improbable que nos encontráramos los dos. Lo que Dios le quiere decir es que basta estar resentido, vaya a confesarse y, por fin, podrá comulgar de nuevo después de tantos años".

No tengas miedo de confesarte. Tu secreto estará seguro.


 
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