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Sacramentos.
¿Cómo es tu relación con la Eucaristía?. PDF Imprimir E-mail
Reflexiones - Sacramentos.

 

¿Cómo es tu relación con la Eucaristía?.

Autor: Juan GAITÁN | @Mundoyfe |
Fuente: www.mundoyfe.wordpress.com

La Eucaristía juega un papel fundamental en la vida cristiana: ¡es su culmen y su fuente! También, y desgraciadamente, para la mayoría de los católicos es la única participación activa en el día a día de la Iglesia.

Por lo tanto, por donde sea que lo veamos, la Eucaristía es sumamente importante para los católicos. Pero entonces, si la presencia de Jesucristo en el sacramento de la comunión es una presencia real –como creo que lo es–, me resulta evidente este pensamiento: ¡todos los católicos habríamos de ser expertos en la Eucaristía!

Expertos en el rito, en la riqueza de los símbolos litúrgicos, en el por qué el sacerdote viste de tal modo, cómo se llama esa cosa desde donde se leen las lecturas y por qué es importante, qué hace el sacerdote cuando prepara el altar, etcétera.

Si la Eucaristía es nuestra mayor riqueza como comunidad de creyentes y quizá la única práctica religiosa en la que participamos (sin contar el habitual Padre Nuestro y Ave María de las mañanas o las noches), entonces, ¿qué nos hace falta para que nos determinemos a ser expertos en el tema?

El cardenal Albert Vanhoye lo escribió así: «la Eucaristía se ha vuelto para nosotros algo tan habitual que ya no nos damos cuenta de la extraordinaria transformación obrada por Jesucristo y de la generosidad con la cual la ha concebido y realizado.»*

Otros comentan que hemos perdido la capacidad de asombro y muchos diagnósticos más. Así pues, si ya nos dimos cuenta de esto, es momento para que, a partir del silencio, a partir de una meditación o reflexión en presencia de Dios, le demos la vuelta a la situación.

Siguiendo esta lógica, dominar el tema de la Eucaristía habría de ser lo habitual. Ahora bien, un experto es quien tiene mucha experiencia en algo.

El sacramento de la comunión es, ante todo, una experiencia, por tanto, constituirse como un especialista en dicho sacramento, incluye que en cada domingo nos impliquemos totalmente en lo que sucede. Propongo seis momentos clave para experimentar la misa como expertos:

Perdón de los pecados: ¿De qué pido perdón? ¿Rezo por mis hermanos habitualmente? (“Por eso ruego a […] ustedes hermanos, para que intercedan por mí).
Lecturas: ¿Quién es el que habla? ¿Creo que lo que escucho viene del corazón de Dios?
Ofertorio: Junto al canto, ¿me estoy ofreciendo por completo a Dios?
Consagración: ¿Soy consciente de lo que está sucediendo?
Paz: ¿Realmente le estoy deseando bienestar a las personas a las que les doy la mano?
Comunión: ¿Soy consciente de que voy a entrar en comunión con el Hijo de Dios?

¡Asumamos el reto de ser expertos en Eucaristía!

*Referencia: «La Eucaristía, fuente y culmen de la vida cristiana», Actualidad Litúrgica, vol. 38, no. 208 (México, 2009), p. 10.

Lee más textos del mismo autor en:

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¿Si llego tarde a misa puedo comulgar? PDF Imprimir E-mail
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Reflexiones - Sacramentos.

 

¿Si llego tarde a misa puedo comulgar?

Autor: Padre Henry Vargas Holguín.
Fuente:

Se puede comulgar, pero el precepto se cumple al celebrar la misa entera los domingos y fiestas de guardar

Hay que distinguir dos cosas: Una cosa es la misa de precepto y otra muy diferente es la misa ferial.

Primero hablemos de la misa de precepto:

Asistir a misa los domingos y días de precepto es una de las obligaciones más básicas de nosotros los cristianos (Canon 1247).

Lastimosamente no pocos católicos desconocen sus obligaciones. Incluso desconocen que el estar bautizados implica deberes que hay que cumplir. Algunos piensan que por ser el amor la máxima ley cristiana, todo tendría que ser amor sin obligaciones, amor sin normas.

Pero ya sabemos que no es así; al contrario, el amor es muy exigente: cuanto más amor, más exigencia de manifestarlo y de evitar todo lo que vaya en su contra.

Todo lo que la Iglesia, a través de los diferentes documentos -especialmente el código de derecho canónico- dice, es para cumplirlo, no son consejos. Es importante, pues, distinguir entre leyes (que nos obligan en conciencia) y consejos o recomendaciones. En este último caso cada uno hará lo que le parezca oportuno pues no se está obligado canónicamente a seguir un consejo o recomendación y, en consecuencia, tampoco hablamos de pecado.

El Catecismo señala en su punto 2042 que hay una obligación importante para el cristiano católico: “Oír Misa entera los domingos y demás fiestas de precepto”. No sólo es el tercer mandamiento de la ley de Dios, sino que es el primer precepto o ley de la Iglesia.

Es importante que nos quedemos con estas palabras: “MISA ENTERA”. Debemos participar de la misa completa los domingos y las fiestas de guardar. Falta a este mandamiento también quien llega tarde a misa. Si se llega tarde, la misa no vale.

¿Qué no decir de la persona a la que regularmente y/o por costumbre le gusta llegar tarde a misa? Tener el hábito de llegar tarde es sinónimo también de despreocupación y la persona es culpable de acedia. Se denomina propiamente acedia o acidia a la pereza en el plano espiritual y religioso y esto ya es pecado muy grave y en estas circunstancias, antes de comulgar la persona se debería confesar.

Mientras haya pecados mortales o graves no se puede comulgar, así se llegue antes del inicio de la misa.

La misa entera consta principalmente de dos partes que forman una unidad, partes que a vez están formadas por otras, y todas son importantes.

“Las dos partes de que costa la Misa, a saber: la Liturgia de la palabra y la Eucaristía, están tan íntimamente unidas que constituyen un solo acto de culto. Por esto el Sagrado Sínodo exhorta vehemente a los pastores de almas para que en la catequesis instruyan cuidadosamente a los fieles acerca de la participación EN TODA LA MISA, sobre todo los domingos y fiestas de precepto” (Sacrosanctum Concilium del Concilio Vaticano II, 56).

El documento habla de la participación en toda la misa; por esto que no hay ningún documento de la Iglesia que diga, por ejemplo, que el fiel cumple con el precepto dominical desde las lecturas, o desde el credo, o desde el ofertorio, o desde la consagración o desde….; como si algo sobrara o algo fuera secundario o algo no fuera importante en la misa.

Si somos personas que decimos creer en Dios y creer en la Iglesia, debemos apegarnos y cumplir con lo que nos dictan sus normas. La fe se rige por preceptos y normas que hay que cumplir por disciplina y para beneficio personal y de la Iglesia misma. En la medida que uno corresponda a dichas normas se podrán obtener bienes espirituales necesarios para la vida.

Para cumplir el precepto, se debe oír la misa entera: esto es, desde el momento en que sale el sacerdote hasta que da la bendición final y despide al pueblo; es por esto que  llegar tarde, indiferentemente del momento en que se llegue, impide el cumplimiento de la ley.

Ahora bien si un fiel alguna vez se demora en llegar a misa por alguna circunstancia ajena o no a su voluntad, no hay problema; si se está en estado de gracia la persona puede comulgar indiferentemente del momento en que ha llegado. Y el sacerdote no debe negar la comunión a nadie si se da cuenta de que algún fiel ha llegado tarde.

El principio general se expone en el Código de Derecho Canónico: “Los ministros sagrados no pueden negar los sacramentos a quienes los pidan de modo oportuno, estén bien dispuestos y no les sea prohibido por el derecho recibirlos” (Can 843,1).

“Es conforme al sentido mismo de la Eucaristía que los fieles, con las debidas disposiciones, comulguen cuando participan en la misa” (Catecismo, 1388).

Pero, OJO,  el fiel está obligado a participar de la misa entera en otra misa del mismo día, ya sea en la misma parroquia o en otra. No es que porque ya comulgó, ya cumplió con el precepto. Una cosa es comulgar en una misa de precepto y otra, muy diferente, es cumplir con el precepto en sí mismo.

Es por esto que se puede comulgar dos veces al día, aunque sólo sea por piedad, pero la segunda vez debe ser dentro de la celebración eucarística completa (can 917).

Es decir, dicho de otra manera, el comulgar es independiente de la misa: una cosa es comulgar y otra cosa es cumplir o no cumplir el precepto de oír misa entera todos los domingos y fiestas de guardar.

Aclaremos un poco más la situación: Si un domingo un fiel que esté en gracia de Dios, llega, por ejemplo, durante ‘el padrenuestro’ y acto seguido comulga, perfectamente lo puede hacer; pero el fiel no está cumpliendo con el precepto dominical.

Cumplir el precepto es otra cosa muy diferente; para cumplirlo debe participar, de principio a fin, en otra misa comulgando una segunda vez. No es que el fiel comulgando ‘se lave las manos’ y diga: ‘Aunque llegué tarde ya fui a misa y, como comulgué, ya cumplí con el precepto dominical’.

Quien llegando tarde a misa, comulga y deja de ir después a una misa completa el mismo día, habrá pecado gravemente. Recordar que en pecado grave no se puede comulgar.

Es común decir por ahí: “Hecha la ley hecha la trampa”. Un buen fiel no debe buscar hacer trampa y decir, por ejemplo, un domingo: ‘En la primera misa llegué acabando el credo, por tanto, para cumplir con el precepto estaré en una segunda misa pero cuando acabe el credo ya me puedo ir’.

Dios no quiere cosas a medias, las medias tintas, las cosas hechas de cualquier manera; o se cumple o no se cumple. Jesús decía: “Digan sí cuando es sí, y no cuando es no; cualquier otra cosa que se le añada, viene del demonio” (Mt 5,37). Con Dios no andemos con “servicios mínimos”; como dándole amor a Dios con un gotero o a cuenta gotas.

Si el fiel tiene una fe responsable, madura y realmente conoce el valor de la misa y prevé que llegará tarde a la misa a la que quería o tenía pensado ir ,pues buscará otra opción para cumplir con el precepto.

Como se ve, los documentos no dejan lugar a dudas. Todo lo que se sale de esto, será una opinión personal al margen de lo establecido por la Iglesia.

Si en una zona rural hay un pequeño pueblo donde sólo hay una misa dominical y una sola parroquia y el fiel llega tarde por su propia culpa y/o negligencia, espere a que acabe la misa para confesarse y después, fuera de la misa, comulga.

Pero si, en la presencia de Dios y a conciencia, se llega tarde sin culpa alguna por parte del fiel éste puede comulgar y cumple con el precepto.

En tierra de misión, cuando no hay misa, existen otro tipo de celebraciones a las que se les puede llamar   liturgia de la palabra o celebración de la palabra o paraliturgias con comunión eucarística; celebraciones dirigidas por un ministro extraordinario de la comunión, un religioso o religiosa, una persona que ha sido enviada como misionero.

En estos casos se leen las lecturas previstas, se hace alguna reflexión, se canta y se distribuye la comunión. Sólo se debe contar con las hostias ya consagradas previamente por un sacerdote.

Estos fieles cumplen con el precepto dominical aunque no haya misa, pero la condición es igual: participar activamente en toda la celebración de principio a fin.

Y el precepto de oír misa entera todos los domingos y fiestas de guardar es para todos los fieles desde que tengan uso de razón. Que puedan o no puedan comulgar, ya es otra cuestión. El precepto no obliga a comulgar.

Sólo existe la obligación de comulgar una sola vez por pascua de resurrección; y esto presupone la confesión sacramental. Hay fieles que aun pudiendo confesarse y comulgar no hacen ni lo uno ni lo otro.

El hecho de que, por circunstancias de la vida, alguien esté impedido de comulgar no lo exime de oír misa entera los domingos y fiestas de guardar.

Alguien podría decir: ¿Para qué ir a misa si no puedo comulgar? Pues estas personas harán mucho, hay que ir a misa para ofrecer a Dios el sacrificio redentor de Cristo, entre otros motivos.

Es decir, es cierto que la Iglesia recomienda que aquellos que están en condiciones de hacerlo, comulguen; pero esto no quita que se pueda participar activamente en la misa sin comulgar. Son dos cuestiones muy distintas.

Y la comunión siempre presupone las debidas disposiciones, sin las cuales, se haría daño al alma de quien comulga. Además en el caso de la misa dominical, no asistir a misa entera añadiría otro pecado mortal a la persona.

El cumplimiento del precepto dominical es absolutamente independiente de la Comunión: se cumple con la asistencia completa, plena, consciente y activa en la misa.

La misa en los días feriales

Habiendo precedentemente hablado del cumplimiento del precepto de ‘oír’ misa entera, completa, los días  domingos y fiestas de precepto; durante los días de cada día la cosa es diferente. En los días feriales, que no hay obligación de ir a misa, se puede llegar a la hora de la comunión y comulgar.

“Se recomienda especialmente la participación más perfecta en la misa, la cual consiste en que los fieles, después de la comunión del sacerdote, reciban del mismo sacrificio el Cuerpo del Señor”, dice la Sacrosanctum Concilium en su punto 55.

Hay un dicho que dice: “Más vale tarde que nunca”; es decir, más vale llegar tarde a misa que no ir propiamente. Más le aprovecha al fiel lo que queda de misa que, con la excusa de ir tarde, pretender quedarse en la calle o no ir propiamente a la iglesia y quedarse sin comunión o sin un momento de oración en la presencia del Señor Sacramentado; máxime si no tendrá después durante el día más ocasión de ir a misa.

Yo creo que para Dios es más importante la presencia de un hijo suyo en misa aunque llegue tarde a que no vaya; Dios no está controlando la llegada de un fiel con reloj en mano.

Cada persona es un mundo diferente con circunstancias diferentes y dicha persona con su conciencia se debe confrontar en la presencia del Señor; pues a Dios le puede complacer más la vivencia de la misa de un fiel que llegue muy tarde y que aun así participe más plenamente durante esos pocos minuticos que quedan de misa que la vivencia de la misa distraída o despreocupada o pasiva de alguien que haya llegado al templo parroquial aun antes del inicio de la misa.

Eso sí, si se llega tarde a misa hay que ser muy discretos, no hacer ruido al caminar, no ir a los primeros bancos porque distrae a los demás, es falta de respeto a los demás, a quienes se les molesta también.

Incluso también el fiel puede comulgar fuera de la misa. No hay prohibición de comulgar fuera de la misa. El modo más apropiado para comulgar es dentro de la misa, pero si se pide la comunión fuera de la misa, por causa justa, se debe atender la petición (canon 918).

 
Tiempos de Eucaristía. PDF Imprimir E-mail
Reflexiones - Sacramentos.

Tiempos de Eucaristía.

Autor: Padre Marcelo Rivas Sánchez
Fuente: www.diosbendice.org


Les hablo como cristiano, más que como sacerdote, pues me preocupa la manera como nosotros tratamos a la santa Misa. Pues si nosotros no llegamos a comprender la misa, no la perdiéramos, no la maltratáramos tanto y no la reluciéramos a una celebración repetitiva de una lista de muertos.

Pero más tristeza me da cuando observo la poquísima gente que asiste a las misas dominicales. Desearía recordar, uno de los pensamientos que se han fijado en infinidad e campañas, "La Eucaristía, Don de Dios para la vida del mundo" Colocó este lema – pensamiento para decirme a mí mismo, que la misa no es un objeto, no es una cosa que se usa cuando se conviene, como es el caso de un difunto y punto. Sino que la misa es un regalo de Dios. Debo decirlo, con todo orgullo de católico, la misa es Cristo mismo. Dios que se nos da por completo a nosotros. Es ese Cuerpo y Sangre de Cristo Resucitado, presente entre nosotros bajo los signos de sacramentales de pan y vino.

Vale la pena que nos olvidemos que Cristo, antes de dejar el mundo, deseaba dejar a su Iglesia y a toda la humanidad el regalo de su presencia amorosa. Por eso eligió el pan y el vino. El quería, desde siempre, ser el pan de vida. Ese pan que sería la vida para el mundo. No hay que dejar a un lado ese hermoso pasaje allá en el Cenáculo, en aquella víspera de su pasión, tomando el pan para declarar con solemnidad: Este es mi cuerpo entregado por todos. Esta es mi sangre derramada por todos, como alianza derramada para el perdón de los pecados. DE ahí que la misa sea un verdadero sacrificio de redención.

Que hermoso será, que todos al asistir conscientemente a misa nos veamos envueltos en el amor de Cristo que desde la cruz nos abraza para que tengamos vida y en abundancia. Regalo tan grande que les dio el mandato a sus apóstoles para que lo hicieran siempre en memorial del amor y la esperanza. Hoy en día, son los sacerdotes los que contribuyen a que se haga realidad ese regalo de amor. De ahí que la misa no sea un mero espectáculo, o simple recuerdo de algo que sucedió hace tiempo. Es la representación sacramental de de un acto salvífico que ofrece sus frutos a todos.

No me cansaré de recordar aquel pasaje cuando los mártires de Abitine, en África del Norte que ante la pregunta del Juez respondieron: "No podemos vivir sin el Domingo" (Eucaristía) Que bella y heroica respuesta de convicción. Además, quiero llegar al corazón de los hogares, que viven en este momento situaciones muy difíciles, para invitarlos a vivir la Eucaristía (Misa) como lugar privilegiado para sanar y lograr el auxilio de Dios. Valdría la pena que en medio de esas situaciones podamos colocar esos dolores delante de Dios y seguir, sin desmayar, no por simples ratos o desahogos, sino con constancia y convicción.

Bien cabe señalar, con perfecta evidencia que esta es la hora de la Eucaristía y se hace imperioso, quizás con urgencia, una esmerada transformación de las personas y la sociedad para descubrir el sentido profundo lo que significa este sacramento admirable regalo del amor de Dios. Para los que no han entendido o sentido lo grande la Eucaristía (misa) les digo que en ella está realmente Dios, cuerpo y sangre, que es un tiempo de gracia, un Kairós que nos regala a ese Dios que se deja comer para que le podamos digerir en las faenas de la vida y reconociéndole podamos hacer de la oración, encuentro para que Dios nos escuche. Entonces es la hora de Cristo que se deja tocar, comer y masticar para nuestro bien.

Entonces, ir a misa no es mero cumplimiento, sino que es un encuentro con Dios donde se deja actuar la libertad en opción por una vida cada día más hacia Dios. Si conociéramos lo que significa la misa no dejaríamos de asistir, compartir y abrazar a Cristo en medio de todos para que todos tengamos la salvación. 13 largos años

No puedo finalizar sin volver a experimentar, con agradecimiento, las memorias de un sacerdote, que fue elegido cardenal, Francis Xavier Van Thuân, prisionero por muchos años en las cárceles vietnamitas. 13 años, de los cuales nueve fueron de régimen de aislamiento. Desde ese sufrimiento lo que le mantuvo despierto, vivo y con mucha esperanza fue la Eucaristía. Fuerza para su vida y alimento para su largo trayecto en cautividad. Celebrando la eucaristía a escondidas con una gotita de vino y un pellizco de pan, pero con la convicción de que Cristo le acompañaba y le anima a seguir adelante. Tal fue la convicción de la presencia de Jesús en su vida que pudo salir en libertad. Y esa libertad lo llevó al vaticano donde el Papa Juan Pablo II le nombraría después presidente del Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz.

En este tiempo la sociedad, tan convulsionada, necesita de la Eucaristía. Aunque no la merezcamos, pero se hace inevitable para sanar y elevar nuestras vidas.

 
Altura y profundidad del amor de Dios para un enamorado de la eucaristía. PDF Imprimir E-mail
Reflexiones - Sacramentos.

Altura y profundidad del amor de Dios para un enamorado de la eucaristía.

Autor:
Pedro Peredo Fernández
Fuente: evangelizafuerte.com.mx

Todo mi ser es como nada delante de ti; y todas las naciones de la tierra son en tu presencia como si no fueran. Sal 139, 6; Is 40, 17.

Dios es la plenitud del poder, de la sabiduría, del amor; el hombre, un abismo de inteligencia, de ignorancia, de egoísmo. Ya por su naturaleza, Dios y el hombre, lo infinito y lo finito, se encuentran a una distancia inconmensurable.

Desde el seno del Padre, de lo íntimo de aquel santuario augusto de paz, de luz, de plenitud, entre los esplendores de la santidad y de las adoraciones del cielo, descendió el Verbo y se aniquiló a sí mismo tomando nuestra carne, haciéndose hombre… y bajó más todavía; tomó sobre sí todas nuestras debilidades y gustó la amargura de todos nuestros dolores (cfr. Is 53, 4). Pero ese descenso de Cristo no ha sido un hecho pasajero, se ha inmortalizado en la Eucaristía. La misión de Cristo, que se reduce a ser lazo de unión entre Dios y el hombre, a anular esa distancia infinita y a colmar ese abismo insondable, se ha perpetuado en la Eucaristía.

Tiene pues la eucaristía dos aspectos: uno que toca a Dios y se pierde en el seno del Padre; otro que toca al hombre bajando hasta el abismo de las miserias humanas.

Todos estos misterios no se verifican allá muy lejos y muy alto, en lo más cercano del cielo, no, esos misterios se realizan en la humilde pequeñez de la hostia santa…

Cuando el verbo, Esplendor del Padre, la hermosura de su sustancia, bajó al relicario más puro de la humanidad, al lugar más santo de la tierra: el seno de María, la Iglesia no vacila en exclamar: ¡no retrocediste ante el seno de la virgen! ¿Qué decir cuando se trata de bajar al corazón del hombre? ¡Cuántas veces la mano inocente del sacerdote colocará la hostia santa sobre labios manchados! Y la Eucaristía no se retira; ¡no retrocediste! Sigue adelante y baja… hasta el fondo de aquella inmunda cloaca, más asquerosa que el mismo infierno… ¡Dios mío! ¡Dios mío! La hostia inmaculada, la blancura divina en el fondo de esa letrina… comprendo el “vermis et no homo” de Isaías, no un hombre, ¡un gusano que se tuerce en el inmundo y asqueroso fango! ¿Cómo puede Dios permitir eso, eso que no tiene nombre? Cristo ha permitido la infamia del sacrilegio para poder elevar, desde el abismo de un corazón en pecado y en medio de las inmundicias de la culpa, ¡el gemido inenarrable de su divina adoración! ¡Oh, que hondo baja y que alto sube!

Ante estos misterios que deslumbran, que anonadan, no queda sino doblar las rodillas, inclinar la frente y en silencio adorar… Tantum ergo sacramentum, veneremur cernui…

 
La fiesta más olvidada. PDF Imprimir E-mail
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La fiesta más olvidada.

Autor:
Adriana Touché de Páez.
Fuente: vivelasemanasanta.com

¿A quién no le gustan las fiestas?

No hay que complicarse mucho para organizar una, lo único que se necesita es una buena excusa (bueno, no siempre tiene que ser tan buena), invitados, comida, ambiente alegre… y se tiene una fiesta.

Durante el año celebramos muchas fiestas que las asociamos con símbolos y comidas.  Por ejemplo, la Navidad, con sus pinitos, esferas, regalos, caramelos, sin olvidar las posadas con tamales y la tradicional cena con el pavo.  También podemos mencionar la fiesta de la Independencia, con sus antojitos, banderas y fuegos artificiales. Y así el día de la madre, con flores, pasteles, serenatas.

Todas estas fiestas son muy importantes y duran un solo día, pero ¿sabe usted  de alguna fiesta que dure 50 días? Pues sí la hay, una que se tiene un poco olvidada: la Pascua, que es una fiesta grande que va del domingo de Resurrección al domingo de  Pentecostés.

En la Pascua celebramos la buena nueva de que no todo acaba con la muerte. Entonces sí que hay motivos para celebrar.  Entre las tradiciones más conocidas relacionadas a esta fiesta están:

Decoración de huevos de Pascua: Se acostumbre decorar cascarones de huevos y guardan dentro ellos una “sorpresa”, como símbolo del nacimiento a una nueva vida.

Lirios de Pascua: La tradición de comprar Lilas de Pascua durante la Semana Santa para usarla como decoración en casas e iglesias se empezó a realizar desde 1800.  La flor blanca es un símbolo de pureza y nueva vida.

Pan dulce:  En muchas culturas la Semana Santa era un tiempo para cocinar pan dulce, pasteles y galletas que se servirían en la comida del Domingo de Resurrección.

Ropa Nueva:  En la época medieval la tradición era que la gente utilizara ropa nueva el Domingo de Pascua, para simbolizar la “nueva vida” que viene con la Resurrección. En algunos lugares se cree que la gente que sí puede comprar ropa nueva, pero no lo hace, tendrá mala suerte.

La Pascua nos habla de una vida nueva, de alegría, de esperanza, de fiesta.  Dejemos a un lado las tristezas y las amarguras. Ahora es el tiempo de cambiar, de buscar ser mejores, de ver las cosas de otro color.

Siempre habrá motivos para celebrar los pequeños detalles buenos de la vida, un trabajo bien hecho, la sonrisa de un niño,  una tarde de lluvia, la compañía de un amigo, una comida en familia.  Lo importante de este tiempo es tener una actitud de celebración.

 
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