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Adviento.
La Navidad consiste en que Dios está siempre ahí, esperándonos. PDF Imprimir E-mail
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Reflexiones - Adviento.

 

La Navidad consiste en que Dios está siempre ahí, esperándonos.

Autor: Papa Francisco.
Fuente: ACI/EWTN Noticias

“La liturgia de la santa noche de Navidad nos presenta el nacimiento del Salvador como luz que irrumpe y disipa la más densa oscuridad. La presencia del Señor en medio de su pueblo libera del peso de la derrota y de la tristeza de la esclavitud, e instaura el gozo y la alegría”. Con estas palabras comenzó el Papa Francisco la homilía de la Santa Misa de Navidad que celebró a las 21,30 horas de Roma en la Basílica de San Pedro.

Para el Santo Padre, “a lo largo del camino de la historia, la luz que disipa la oscuridad nos revela que Dios es Padre y que su paciente fidelidad es más fuerte que las tinieblas y que la corrupción”.

Y precisamente “en esto consiste el anuncio de la noche de Navidad. Dios no conoce los arrebatos de ira y la impaciencia; está siempre ahí, como el padre de la parábola del hijo pródigo, esperando atisbar a lo lejos el retorno del hijo perdido”.

El Pontífice pronunció un breve pero intenso texto ante las miles de personas que participaron de la celebración.

A continuación, la homilía completa de la Santa Misa de Nochebuena en la Solemnidad de la Natividad del Señor:

“El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierras de sombras y una luz les brilló”. “Un ángel del Señor se les presentó [a los pastores]: la gloria del Señor los envolvió de claridad”. De este modo, la liturgia de la santa noche de Navidad nos presenta el nacimiento del Salvador como luz que irrumpe y disipa la más densa oscuridad. La presencia del Señor en medio de su pueblo libera del peso de la derrota y de la tristeza de la esclavitud, e instaura el gozo y la alegría.

También nosotros, en esta noche bendita, hemos venido a la casa de Dios atravesando las tinieblas que envuelven la tierra, guiados por la llama de la fe que ilumina nuestros pasos y animados por la esperanza de encontrar la “luz grande”. Abriendo nuestro corazón, tenemos también nosotros la posibilidad de contemplar el milagro de ese niño-sol que, viniendo de lo alto, ilumina el horizonte.

El origen de las tinieblas que envuelven al mundo se pierde en la noche de los tiempos. Pensemos en aquel oscuro momento en que fue cometido el primer crimen de la humanidad, cuando la mano de Caín, cegado por la envidia, hirió de muerte a su hermano Abel.

También el curso de los siglos ha estado marcado por la violencia, las guerras, el odio, la opresión. Pero Dios, que había puesto sus esperanzas en el hombre hecho a su imagen y semejanza, aguardaba pacientemente. Esperó durante tanto tiempo, que quizás en un cierto momento hubiera tenido que renunciar. En cambio, no podía renunciar, no podía negarse a sí mismo. Por eso ha seguido esperando con paciencia ante la corrupción de los hombres y de los pueblos.

A lo largo del camino de la historia, la luz que disipa la oscuridad nos revela que Dios es Padre y que su paciente fidelidad es más fuerte que las tinieblas y que la corrupción. En esto consiste el anuncio de la noche de Navidad. Dios no conoce los arrebatos de ira y la impaciencia; está siempre ahí, como el padre de la parábola del hijo pródigo, esperando atisbar a lo lejos el retorno del hijo perdido.

La profecía de Isaías anuncia la aparición de una gran luz que disipa la oscuridad. Esa luz nació en Belén y fue recibida por las manos tiernas de María, por el cariño de José, por el asombro de los pastores. Cuando los ángeles anunciaron a los pastores el nacimiento del Redentor, lo hicieron con estas palabras: “Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”.

La “señal” es la humildad de Dios llevada hasta el extremo; es el amor con el que, aquella noche, asumió nuestra fragilidad, nuestros sufrimientos, nuestras angustias, nuestros anhelos y nuestras limitaciones. El mensaje que todos esperaban, que buscaban en lo más profundo de su alma, no era otro que la ternura de Dios: Dios que nos mira con ojos llenos de afecto, que acepta nuestra miseria, Dios enamorado de nuestra pequeñez.

Esta noche santa, en la que contemplamos al Niño Jesús apenas nacido y acostado en un pesebre, nos invita a reflexionar. ¿Cómo acogemos la ternura de Dios? ¿Me dejo alcanzar por él, me dejo abrazar por él, o le impido que se acerque? “Pero si yo busco al Señor” podríamos responder–. Sin embargo, lo más importante no es buscarlo, sino dejar que sea él quien me encuentre y me acaricie con cariño.

Ésta es la pregunta que el Niño nos hace con su sola presencia: ¿permito a Dios que me quiera? Y más aún: ¿tenemos el coraje de acoger con ternura las situaciones difíciles y los problemas de quien está a nuestro lado, o bien preferimos soluciones impersonales, quizás eficaces pero sin el calor del Evangelio? ¡Cuánta necesidad de ternura tiene el mundo de hoy!

La respuesta del cristiano no puede ser más que aquella que Dios da a nuestra pequeñez. La vida tiene que ser vivida con bondad, con mansedumbre. Cuando nos damos cuenta de que Dios está enamorado de nuestra pequeñez, que él mismo se hace pequeño para propiciar el encuentro con nosotros, no podemos no abrirle nuestro corazón y suplicarle: “Señor, ayúdame a ser como tú, dame la gracia de la ternura en las circunstancias más duras de la vida, concédeme la gracia de la cercanía en las necesidades de los demás, de la humildad en cualquier conflicto”.

Queridos hermanos y hermanas, en esta noche santa contemplemos el misterio: allí “el pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande”. La vio la gente sencilla, dispuesta a acoger el don de Dios. En cambio, no la vieron los arrogantes, los soberbios, los que establecen las leyes según sus propios criterios personales, los que adoptan actitudes de cerrazón. Miremos al misterio y recemos, pidiendo a la Virgen Madre: “María, muéstranos a Jesús”.

 
¿Más sobre la Navidad? PDF Imprimir E-mail
Reflexiones - Adviento.

 

 

¿Más sobre la Navidad?

Autor: Félix González.
Fuente: blogs.21rs.es/corazones/o

¡Cuánto no se habrá escrito sobre la Navidad! Seguramente que en estos días se estarán escribiendo más de un artículo en los diarios, revistas religiosas blogs, etc.

Pero eso no me va a privar a mí de garrapatear unas líneas, sobre el acontecimiento más grande de todos los tiempos. Un Dios que se hace hombre, a favor de los hombres.

Seguramente que entre tantos escritos, habrá muchos que no dicen más que vaguedades o vulgaridades. No porque lo que se diga sea vulgar, sino porque se ha repetido ya tanto, que resulta irrelevante y reiterativo.

No quisiera yo caer en lo que critico, ni en el tópico, o en la vulgaridad, al escribir estas líneas en torno a la Navidad: la de siempre y la de hoy.

Empezaré diciendo que la Navidad es una fiesta cristiana y para los cristianos. No obstante, se la han apropiado otros, y han cambiado su sentido y el modo de celebrarla. De tal manera que cualquier comparación con la fiesta original es pura casualidad. Para muchos, la Navidad no pasa de ser unos días de vacaciones, más o menos largas, una fiesta de luz, farolillos, cantos que ni se parecen a los verdadero villancicos, o verdaderos villancicos, pero sin soporte religioso en quien los canta, reunión de familia, dulces especiales para la efeméride, un exceso en la comida y la bebida, y un tratar de olvidar las penas, si las hay. Y ESO NO ES LA NAVIDAD. No es la Navidad creyente.

Navidad es el gran misterio, que tratamos de comprender, pero que, en definitiva, es incomprensible. En un mundo en que los hombres tratan de encumbrarse, de sobresalir, de enriquecerse, de llegar a lo más alto, Dios se abaja, se humaniza, se hace pobre, se humilla. ¡Gran contraste! Dio, más tarde, ejemplo de entrega, con su muerte. Pero ¿por qué morir por otro? ¿Valen más ellos que mi vida?

Dios se hace uno de nosotros, para que le descubramos más cercano, más asequible, de nuestra misma carne. Pero mucha gente se aparta de él, como si fuera un enfermo contagioso. Es peligroso acercarse, porque se les puede pegar el amor a los pobres, la honradez en el cargo, el perdón en la injuria… y a eso no todos están dispuestos. Incluso, hay gentes que llevan preparado el antídoto, por si en un descuido de buena voluntad, les fuera inoculado el veneno de sus palabras y su ejemplo.

Poco a poco, los creyentes nos vamos dejando influenciar por los otros, y nos cerca el riesgo de invertir (dar la vuelta) a la Navidad, dejándola en “dadivaN” (que es Navidad al revés); es decir, en algo que ha perdido su verdadero sentido.

Félix González

 
Teología y Espiritualidad del Adviento. PDF Imprimir E-mail
Reflexiones - Adviento.

Teología y Espiritualidad del Adviento.

Autor:
Fuente: aciprensa.com

A la luz de la liturgia de la Iglesia y de sus contenidos podemos resumir algunas líneas del pensamiento teológico y de la vivencia existencial de este tiempo de gracia.

1. Adviento, tiempo de Cristo: la doble venida

La teología litúrgica del Adviento se mueve, en las dos líneas enunciadas por el Calendario romano: la espera de la Parusía, revivida con los textos mesiánicos escatológicos del AT y la perspectiva de Navidad que renueva la memoria de alguna de estas promesas ya cumplidas aunque si bien no definitivamente.

El tema de la espera es vivido en la Iglesia con la misma oración que resonaba en la asamblea cristiana primitiva: el Marana-tha (Ven Señor) o el Maran-athá (el Señor viene) de los textos de Pablo (1 Cor 16,22) y del Apocalipsis (Ap 22,20), que se encuentra también en la Didaché, y hoy en una de las aclamaciones de la oración eucarística. Todo el Adviento resuena como un "Marana-thá" en las diferentes modulaciones que esta oración adquiere en las preces de la Iglesia.

La palabra del Antiguo Testamento invita a repetir en la vida la espera de los justos que aguardaban al Mesías; la certeza de la venida de Cristo en la carne estimula a renovar la espera de la última aparición gloriosa en la que las promesas mesiánicas tendrán total cumplimiento ya que hasta hoy se han cumplido sólo parcialmente. El primer prefacio de Adviento canta espléndidamente esta compleja, pero verdadera realidad de la vida cristiana.

El tema de la espera del Mesías y la conmemoración de la preparación a este acontecimiento salvífico toma pronto su auge en los días feriales que preceden a la Navidad. La Iglesia se siente sumergida en la lectura profética de los oráculos mesiánicos. Hace memoria de nuestros Padres en la Fe, patrísticas y profetas, escucha a Isaías, recuerda el pequeño núcleo de los anawim de Yahvé que está allí para esperarle: Zacarías, Isabel, Juan, José, María.

El Adviento resulta así como una intensa y concreta celebración de la larga espera en la historia de la salvación, como el descubrimiento del misterio de Cristo presente en cada página del AT, del Génesis hasta los últimos libros Sapienciales. Es vivir la historia pasada vuelta y orientada hacia el Cristo escondido en el AT que sugiere la lectura de nuestra historia como una presencia y una espera de Cristo que viene.

En el hoy de la Iglesia, Adviento es como un redescubrir la centralidad de Cristo en la historia de la salvación. Se recuerdan sus títulos mesiánicos a través de las lecturas bíblicas y las antífonas: Mesías, Libertador, Salvador, Esperado de las naciones, Anunciado por los profetas... En sus títulos y funciones Cristo, revelado por el Padre, se convierte en el personaje central, la clave del arco de una historia, de la historia de la salvación.

2. Adviento tiempo por excelencia de María, la Virgen de la espera

Es el tiempo mariano por excelencia del Año litúrgico. Lo ha expresado con toda autoridad Pablo VI en la Marialis Cultus, nn. 3-4.

Históricamente la memoria de María en la liturgia ha surgido con la lectura del Evangelio de la Anunciación antes de Navidad en el que con razón ha sido llamado el domingo mariano prenatalicio.

Hoy el Adviento ha recuperado de lleno este sentido con una serie de elementos marianos de la liturgia, que podemos sintetizar de la siguiente manera:

- Desde los primeros días del Adviento hay elementos que recuerdan la espera y la acogida del misterio de Cristo por parte de la Virgen de Nazaret.

- La solemnidad de la Inmaculada Concepción se celebra como "preparación radical a la venida del Salvador y feliz principio de la Iglesia sin mancha ni arruga ("Marialis Cultus 3).

- En las ferias del 17 al 24 el protagonismo litúrgico de la Virgen es muy característico en las lecturas bíblicas, en el tercer prefacio de Adviento que recuerda la espera de la Madre, en algunas oraciones, como la del 20 de diciembre que nos trae un antiguo texto del Rótulo de Ravena o en la oración sobre las ofrendas del IV domingo que es una epíclesis significativa que une el misterio eucarístico con el misterio de Navidad en un paralelismo entre María y la Iglesia en la obra del único Espíritu.

En una hermosa síntesis de títulos. I. Calabuig presenta en estas pinceladas la figura de la Virgen del Adviento:

- Es la "llena de gracia", la "bendita entre las mujeres", la "Virgen", la "Esposa de Jesús", la "sierva del Señor".

- Es la mujer nueva, la nueva Eva que restablece y recapitula en el designio de Dios por la obediencia de la fe el misterio de la salvación.

- Es la Hija de Sion, la que representa el Antiguo y el Nuevo Israel.

- Es la Virgen del Fiat, la Virgen fecunda. Es la Virgen de la escucha y de la acogida.

En su ejemplaridad hacia la Iglesia, María es plenamente la Virgen del Adviento en la doble dimensión que tiene siempre en la liturgia su memoria: presencia y ejemplaridad. Presencia litúrgica en la palabra y en la oración, para una memoria grata de Aquélla que ha transformado la espera en presencia, la promesa en don. Memoria de ejemplaridad para una Iglesia que quiere vivir como María la nueva presencia de Cristo, con el Adviento y la Navidad en el mundo de hoy.

En la feliz subordinación de María a Cristo y en la necesaria unión con el misterio de la Iglesia, Adviento es el tiempo de la Hija de Sión, Virgen de la espera que en el "Fiat" anticipa el Marana thá de la Esposa; como Madre del Verbo Encarnado, humanidad cómplice de Dios, ha hecho posible su ingreso definitivo, en el mundo y en la historia del hombre.

3. Adviento, tiempo de la Iglesia misionera y peregrina

La liturgia con su realismo y sus contenidos pone a la Iglesia en un tiempo de características y expresiones espirituales: la espera, la esperanza, la oración por la salvación universal.

Preparándonos a la fiesta de Navidad, nosotros pensamos en los justos del AT que han esperado la primera venida del Mesías. Leemos los oráculos de sus profetas, cantamos sus salmos y recitamos sus oraciones. Pero nosotros no hacemos esto poniéndonos en su lugar como si el Mesías no hubiese venido todavía, sino para apreciar mejor el don de la salvación que nos ha traído. El Adviento para nosotros es un tiempo real. Podemos recitar con toda verdad la oración de los justos del AT y esperar el cumplimiento de las profecías porque éstas no se han realizado todavía plenamente; se cumplirán con la segunda venida del Señor. Debemos esperar y preparar esta última venida.

En el realismo del Adviento podemos recoger algunas actualizaciones que ofrecen realismo a la oración litúrgica y a la participación de la comunidad:

- La Iglesia ora por un Adviento pleno y definitivo, por una venida de Cristo para todos los pueblos de la tierra que todavía no han conocido al Mesías o no lo reconocen aún al único Salvador.

- La Iglesia recupera en el Adviento su misión de anuncio del Mesías a todas las gentes y la conciencia de ser "reserva de esperanza" para toda la humanidad, con la afirmación de que la salvación definitiva del mundo debe venir de Cristo con su definitiva presencia escatológica.

- En un mundo marcado por guerras y contrastes, las experiencias del pueblo de Israel y las esperas mesiánicas, las imágenes utópicas de la paz y de la concordia, se convierten reales en la historia de la Iglesia de hoy que posee la actual "profecía" del Mesías Libertador.

- En la renovada conciencia de que Dios no desdice sus promesas -¡lo confirma la Navidad!- la Iglesia a través del Adviento renueva su misión escatológica para el mundo, ejercita su esperanza, proyecta a todos los hombres hacia un futuro mesiánico del cual la Navidad es primicia y confirmación preciosa.

A la luz del misterio de María, la Virgen del Adviento, la Iglesia vive en este tiempo litúrgico la experiencia de ser ahora "como una María histórica" que posee y da a los hombres la presencia y la gracia del Salvador.

La espiritualidad del Adviento resulta así una espiritualidad comprometida, un esfuerzo hecho por la comunidad para recuperar la conciencia de ser Iglesia para el mundo, reserva de esperanza y de gozo. Más aún, de ser Iglesia para Cristo, Esposa vigilante en la oración y exultante en la alabanza del Señor que viene.

 
El Adviento: Evolución y contenidos. PDF Imprimir E-mail
Reflexiones - Adviento.

El Adviento: Evolución y contenidos.

Autor: Fray Sergio Uribe G., Capuchino.
Fuente:

En la historia de las celebraciones litúrgicas el Adviento no ha tenido la misma importancia y realce que la Iglesia ha dado a otros tiempos litúrgicos. Además podríamos considerar que la evolución desigual que el Adviento ha tenido en las diversas Iglesias y Liturgias, dificulta conocer y apreciar el contenido profundo y la importancia que haya tenido en la antigüedad. Podemos afirmar que sus orígenes no son ni tan ciertos ni tan trabajados y ricos como los de otras celebraciones anuales.

Pero naturalmente hay algunos puntos y contenidos claros e importantes. Aparecen dos formas concretas de celebración, unas prácticas ascéticas y/o penitenciales y otras de carácter más estrechamente litúrgico. En cuanto a su contenido, lo que se celebra es la venida del Señor, acentuando dos aspectos de su manifestación salvadora: primero, la venida gloriosa de Cristo al final de los tiempos y segundo, el recuerdo litúrgico y mistérico de su venida al asumir nuestra naturaleza humana y nacer por y para nosotros en Belén. Este último aspecto de preparación a la fiesta litúrgica de la Navidad, tan desarrollado e importante hoy entre nosotros, fue menos enfatizado en la antigüedad. En la Liturgia Romana, el recuerdo del Nacimiento en Belén quedaba muy reducido y casi no se conoció en la Liturgias Orientales.  Se privilegió mucho más el recuerdo y la celebración de la última manifestación de Jesús Salvador al final de los tiempos.

Los orientales celebraban el misterio del Nacimiento de Jesús el día 6 de enero. Le llamaban la Fiesta de la Manifestación. Y juntamente con el recuerdo celebrativo del Nacimiento en Belén, celebraban también otras revelaciones  salvadoras de Jesús: su manifestación a los no judíos, en la persona de los sabios venidos de Oriente, y la manifestación del Jordán, en donde Jesús recién bautizado, es presentado por el Padre tanto a Israel y al resto del mundo, como el Mesías ungido por el Espíritu.

En los escritos de los Padres podemos encontrar dos formas o maneras de considerar el Nacimiento de Jesús. Para San Agustín, por ejemplo, la festividad era una simple memoria de ese acontecimiento histórico y pasado, tan trascendental en la manifestación de la Salvación. San León Magno lo entendía más bien en su aspecto mistérico y por eso lo llama Sacramentum Natalis Christi e invitaba, en una homilía cuya lectura aun nos la propone la Iglesia para nuestra oración, a alegrarnos porque HOY nos ha nacido Cristo.

En el marco de esta concepción sacramental o mistérica del Nacimiento de Jesús, aparece el Adviento como tiempo de preparación a la celebración de ese mismo acontecimiento sacramental. Y mientras más se consolida y fortalece en la liturgia de Roma este contendido sacramental de la fiesta de Navidad, con más razón y fuerza va enriqueciéndose también el Adviento, tanto en su contenido litúrgico y celebrativo, como en sus prácticas ascéticas de penitencia.

Casi a fines del s. IV se encuentra más o menos estructurado este tiempo litúrgico en Occidente. Y se le da en nombre de Adventus. La palabra advenimiento o adviento, en el diccionario profano, se usaba al referirse a los aniversarios de determinados acontecimientos nacionales o sociales que celebraban, o bien, más literalmente, a la llegada de algún personaje importante para la sociedad. Era frecuente, por ejemplo, llamar Adventus al aniversario o a la visita del Emperador.

Algunos Concilios occidentales de ese s. IV invitan a los fieles a participar diariamente, entre el 17 de diciembre y el 6 de enero, en las reuniones cristianas, para evitar la dispersión de las fiestas paganas comunes en esos días, a reunirse en asamblea orante. Esta acentuada práctica de oración iba acompañada de ayunos penitenciales que parece fueron exagerados en algunos lugares o épocas; tanto que el Concilio de Zaragoza [año 380] advierte a los fieles que deben moderar sus penitencias que parecían desproporcionadas.

Podemos leer en algunas homilías y sermones que esos siglos nos han legado, la acentuación de esos dos aspectos de la manifestación o Venida  del Señor que antes  señalamos: su aparición histórica o aniversario de su Nacimiento en Belén, al que el pueblo cristiano se preparaba con en forma ascética y penitencial, y el otro, la espera gozosa de la segunda Venida del Señor a terminar y coronar su obra salvadora, acontecimiento que acentuaba y exigía la vivencia de la esperanza cristiana y de la constante vigilancia que mantenía a los creyentes en una moderada tensión de espera escatológica.

En esta línea de preparación a la Navidad, el Adviento fue considerado y llamado, hacia el s. V, Cuaresma de Navidad, o bien, Cuaresma de San Martín; ya que su inicio coincidía con la fiesta litúrgica de San Martín de Tours, Santo que despertó mucha devoción en la antigüedad. Duraba seis o siete semanas.

En el Oriente, lo señalamos antes, el 6 de enero, se celebraba entre otras manifestaciones la del Bautismo de Jesús, mostrado por el Padre como Mesías salvador y ungido por el Espíritu. Y algunas Iglesias Orientales celebraban ese día el Bautismo de sus catecúmenos. Y, como preparación a la recepción o a la renovación de este Sacramento, le daban al Adviento un contenido ascético y penitencial, semejante a la Cuaresma que precede a la Pascua.

Esto pasó ciertamente a la Liturgia Romana y hoy lo podemos ver expresado en el contenido de las oraciones litúrgicas, en los ayunos prescritos tres días cada semana, en el ejercicio de la caridad para con pobres y enfermos, en la limosna generosa en ayuda de los necesitados, en el color penitencial de los ornamentos.

Si examinamos el contenido de las oraciones y textos bíblicos utilizados en las celebraciones litúrgicas, podremos percibir con claridad la preferencia que los antiguos daban en este tiempo litúrgico a la Parusía del Señor. Algunos pretenden ver en el mismo nombre Adventus, una alusión clara y determinada a la Segunda Venida del Señor, apoyándose en la letra del texto latino referente a la Parusía en Mt 24, 27: Ita erit Adventus Filii Hominis, así será la Venida del Hijo del Hombre.

Tal vez acentúe esta interpretación el dato que la Liturgia de Roma leyó tradicionalmente en este tiempo del Adviento la Profecía de Isaías, cuyo contenido central es el anuncio de la liberación plena, a partir de la real y dura esclavitud que sufría el Pueblo de Dios. Si es verdad que estos textos de Isaías pueden entenderse también como aplicados a la primera Venida del Señor en carne mortal, llegada y aparición real del Mesías Salvador, los sermones y comentarios que tenemos de esos tiempos, interpretan y aplican más bien el mensaje de Isaías a la venida final y gloriosa de Jesucristo como Salvador.

En nuestra Liturgia Romana, hacia finales del s. VII, la preparación a la fiesta de la Navidad quedó limitada la celebración de las llamadas Témporas de Diciembre. Y el domingo siguiente a la Navidad se destinaba a cerrar el Año Litúrgico con el recuerdo sacramental de la Parusía, conclusión del Misterio salvífico del Señor.

Poco a poco, en los siglos posteriores, se fue dando preferencialmente al Adviento, tanto en las formas celebrativas, como en la preparación ascética, el carácter de preparación a la Navidad, pasando a segundo plano el recuerdo de la Parusía.

Hacia el s. V lo llamaron y lo tomaron  como una breve Cuaresma de Navidad, en la que se debían acentuar aspectos ascéticos y penitenciales semejantes a los de la Cuaresma que precede a la Pascua. Tal vez esto se deba a influencias de algunas Iglesias de Oriente que, por celebrar el 6 de enero el recuerdo del Bautismo del Señor, también era el día destinado a administrar este Sacramento a sus catecúmenos. Esto tuvo ciertamente su influencia en la Liturgia Romana, porque  lo vemos expresado en el contenido de las oraciones, en la costumbre de los ayunos prescritos y en el color penitencia de los ornamentos.

Estos datos históricos nos subrayan y entregan estos contenidos concretos de este tiempo litúrgico: La preparación a la Navidad y el Adviento como preparación a la Segunda Venida del Señor.

 
Reconocer a Dios como el Señor de mi vida. PDF Imprimir E-mail
Reflexiones - Adviento.

Reconocer a Dios como el Señor de mi vida.

Autor: Padre Cipriano Sánchez
Fuente: Catholic.net

El Adviento, que es la época del año en la que nos preparamos para recibir a Jesucristo, Nuestro Salvador, nos recuerda que el Señor viene, y viene en la pequeñez, en la sencillez y en la humildad. Sin embargo, el evento de Belén, la pequeñez de Jesús, el hecho de que todo se manifieste en un ambiente sencillo, escondido, oscuro, nos podría hacer perder de vista la realidad de que el que viene es el Señor. El Adviento para todos los cristianos debería tener una muy especial dimensión, porque cada uno de nosotros se tendría que atrever a preguntarse si Dios es el Señor y el dueño de su vida.

En teoría podríamos decir que sí, pero ¿realmente creo que el Señor es el dueño de mi vida? Cuántas veces no somos capaces de encontrar a Nuestro Señor porque no tenemos un corazón sencillo, abierto, transparente, sino que tenemos un corazón enredado, tergiversado por dentro; y damos vueltas a las cosas, y permitimos que el egoísmo vaya por mil vericuetos dentro de nuestra vida, y aceptamos que nuestra soberbia o nuestra pereza se conviertan en los verdaderos reyes y señores de nuestra existencia.

Muchas veces la cultura en la que vivimos nos impide reconocer a Dios como Señor, porque nos presenta otras muchas cosas que aparentemente son señores de la vida. Cuántas veces se nos puede presentar la riqueza como el señor de la vida, y parecería que con los bienes materiales puedes lograr todo; pero la riqueza lo que no te da es vida. O cuántas veces ponemos como señor de la vida el poder; sin embargo, nos engañamos, porque el poder no te realiza como persona, sino que te hace usar a las personas, con lo que tú mismo acabas perdiendo la dignidad. Y lo que en teoría te serviría para ser más libre, en el fondo te hace más esclavo.

¿Cómo podemos saber si nuestra vida está llena de la ciencia del Señor, si Dios es realmente el dueño, el Señor de nuestra vida? El Evangelio es muy claro, nos habla de dos dimensiones fundamentales. Por un lado, nos dice que tenemos que tener sencillez interior para poder recibir al Señor. Y por otro lado, nos habla de cómo Cristo es el Señor. "Te doy gracias porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los sencillos".

Cristo nos habla de la sencillez de corazón. Es decir, un corazón abierto, de una forma muy especial, de cara al Señor: a reconocer a Dios y pedirle que se haga su voluntad. Un corazón sencillo es el que acepta la voluntad de Dios, es el que no se busca a sí mismo, sino que se entrega de una forma generosa, sin esperar nada a cambio. Es el corazón que es capaz de saber quién es el Padre y quién es el hijo; es el corazón que es capaz de reconocer a Dios como Señor; es el que permite que Dios sea el que diga cómo quiere la propia vida.

Para lograr tener un corazón sencillo es necesario permitir que Dios vaya «invadiendo» todas los ámbitos de nuestra vida. Que Él sea el que va normando y señalando el camino concreto de nuestra existencia. Reconocer a Dios como Señor es permitirle que ilumine mi pensamiento, que fortalezca mi voluntad, que oriente mis sentimientos, que norme y marque el criterio de mi comportamiento.
Si yo acepto esto sobre cualquier circunstancia de mi vida, estoy reconociendo a Dios como el Señor de mi vida. Pero si no lo hago, no puedo decir que Dios es mi Señor. Cada uno tendría que entrar en su corazón y preguntarse de forma muy sincera y profunda: ¿Señor, dónde todavía no eres mi Señor? Y después, atreverse a bajar a aspectos muy concretos para descubrir en qué lugar mi egoísmo, mi modo de ser, mis conveniencias, mi historia o mi educación me impiden reconocer al Señor como mi Señor.

Sigamos este camino de Adviento buscando cultivar en nuestra alma el señorío de Cristo sobre nuestras vidas, porque entonces tendremos el gozo y la alegría. "¡Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven! Porque les digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven, y no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen, y no lo oyeron”. Nosotros veremos y oiremos sólo si permitimos que Cristo sea Señor de nuestra vida. Nosotros veremos, oiremos y nos alegraremos el día en que la ciencia del Señor llegue a nuestra existencia.

 
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