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Pascua.
¡Él Murió por Mí! PDF Imprimir E-mail
Reflexiones - Pascua.

¡Él Murió por Mí!

Autor:
Fuente:
www.mensajespanyvida.org

William y Mary Tanner estaban cruzando los rieles del ferrocarril cuando sucedió. El pie de Mary resbaló y se encajó entre el riel y el cruce para peatones de madera. Ella trató frenéticamente de sacar el pie al tiempo que empezó a escuchar el ruido de un tren que se aproximaba. Sólo quedaban segundos, pues el expreso venía a toda prisa hacia ella por una curva. Will Tanner le haló el pie desesperadamente tratando de liberarla.

Cuando el tren se acercó más, y el silbido sonó a todo volumen, y los frenos chirriaron, Will la tomó en sus brazos. Mientras la gente se estremecía horrorizada, el tren les pasó por encima. Un testigo dijo que justo antes de que la máquina los golpeara escuchó al valiente hombre gritar: «¡Me voy a quedar contigo Mary!» ¡Ese sí que es un gran amor!

Esta historia me recuerda a nuestro Salvador, el cual nos amó con un amor que puede salvarnos (Juan 3, 16). La muerte se precipitó sobre Él mientras pendía en la cruz y asumió la pena completa que nosotros merecíamos. Escuchó a personas gritarle que se salvara a Sí mismo y que bajara de la cruz (Mateo 27, 40). Pero para salvar a los demás, Cristo optó por no salvarse a Sí mismo (v.42).

Con amor divino y sacrificatorio, Jesús rehusó salvar su propia vida. Murió para poder perdonar nuestros pecados. Nuestro Salvador se quedó en la cruz: por ti y por mí. -Doctor M. R. De Haan

 
El Sapo de La Santa Cruz. PDF Imprimir E-mail
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Reflexiones - Pascua.

El Sapo de La Santa Cruz.

Autor:
Santiago A Tucker.
Fuente: Maravillas de La Creación.

Los sapos se encuentran en todas partes del mundo y, debido a que consumen enormes cantidades de insectos dañinos, son amigos del hombre.

Tal vez el sapo más útil que se conozca es el que vive en las regiones semiáridas del centro de Australia.  Se lo conoce con el nombre de Sapo de la Santa Cruz, debido a las manchas de su lomo, que asumen esa forma.

Este sapo es una cantimplora viviente.  En las pocas ocasiones en que llueve, bebe el precioso fluido vital hasta hincharse.  Durante las sequías que siguen a las lluvias, el batracio se esconde por meses en el barro, y sobrevive gracias al agua que ha bebido.

Cuando los aborígenes de Australia se encuentran perdidos en medio del desierto durante la época de sequía, todo lo que necesitan hacer es buscar al sapo de la santa cruz para sobrevivir.  Al extraer el agua de estas insólitas cantimploras, han logrado evitar las consecuencias fatales de la sequía, que hubieran sido catastróficas para todos los que desconocieran los hábitos de este sapo.

Tal como los aborígenes de Australia emplean el sapo de la santa cruz cuando necesitan del agua que da vida, las personas perdidas en el desierto de este mundo pueden ser liberadas milagrosamente de la muerte al beber del agua de la vida que brota del manantial de la cruz.

Moisés dio un golpe en la roca que representaba a Cristo, y consiguió agua en el desierto.  Jesús mismo amplió esta lección cuando le dijo a la mujer que estaba en el pozo: ““Todo el que beba de esta agua volverá a tener sed” Pero “el que beba del agua que yo le daré, no volverá a tener sed jamás.”.

Así pues, por medio de este humilde sapo, de Moisés y su roca milagrosa, y de Cristo y la Cruz se nos enseña la lección de que el agua es un elemento que da vida. Responderemos como la Samaritana: “ Señor dame de esa agua”.

“Todo el que beba de esta agua volverá a tener sed —respondió Jesús—,pero el que beba del agua que yo le daré, no volverá a tener sed jamás, sino que dentro de él esa agua se convertirá en un manantial del que brotará vida eterna.

—Señor, dame de esa agua para que no vuelva a tener sed ni siga viniendo aquí a sacarla. Juan 4, 13-15.

 
Quiero que seas feliz con tu cruz. PDF Imprimir E-mail
Reflexiones - Pascua.

Quiero que seas feliz con tu cruz.

Autor:
P. Juan Carlos Ortega Rodríguez
Fuente:

Hace unos meses una joven se quejaba conmigo: "No puedo entender que Dios quiera que yo no sea feliz. Ante desgracias familiares o soledades interiores nos ponemos la misma duda de la joven: ¿querrá Dios este problema o tristeza para mí? Con su resurrección, nos responde Cristo: "Quiero que seas feliz." Quizás estés algo pensativo: Si Dios quiere que yo sea feliz, ¿por qué a veces me siento triste? No puedo evitar las circunstancias que me producen dolor. Cuando llegan, llegan con su carga de sufrimiento. ¿Dónde está entonces la felicidad que Dios quiere para mí?

Tus dudas parecen lógicas y encuentran respuesta en la resurrección de Jesucristo. ¡Atento! Recuerda que para resucitar, tuvo que pasar por la cruz. Tú problema puede ser el querer ser feliz sin dificultades o el quedarte en los problemas sin llegar a la felicidad. "No existen dos caminos, -decía el Papa a los jóvenes- sino sólo uno: el que ha recorrido el Maestro. El discípulo no tiene permiso de inventar otro" (14-II-2001, n.3).

¿Es necesaria la cruz? Hacerse esta pregunta es legítimo. A nadie le gusta el sacrificio. En cambio admiramos las personas que son fieles a pesar de las adversidades. Desde el punto de vista humano los sufrimientos nos ofrecen grandes lecciones. Un fracaso, por ejemplo, nos ayuda a ser más realistas, a madurar en la vida, a medir correctamente nuestras fuerzas. El dolor o la enfermedad nos ayudan a ser más sensibles y a preocuparnos de las necesidades de los demás.

Cuantas veces un accidente es una situación privilegiada para confrontarnos con las verdades últimas de nuestra existencia y abrirnos la puerta a un cambio de vida. Esta respuesta no creo que te haya convencido del todo. Cierto que alguna bondad se sigue del sacrificio pero, te preguntas, ¿es necesario sufrir para ser feliz?

Para resolver esta pregunta es necesario responder otra: ¿por qué fue necesaria la cruz en la vida de Jesús? Si Cristo hubiese escogido el camino de una vida fácil, su mensaje y vida no sería suficiente respuesta a nuestros problemas. Si no hubiéramos escuchado desde la cruz sus palabras - "perdónales, porque no saben lo que hacen" - , su doctrina sobre el amor a los enemigos hubiera quedado en un bello sentimiento inalcanzable para los hombres. Él quiso ser en todo semejante a nosotros: en la tentación, en la experiencia de miedo ante el porvenir, en la soledad, en la traición de los amigos, en el dolor físico, en la burla. Era necesario para darme ejemplo en mis sufrimientos y dolores.

Pero la cruz no fue todo ni lo último en la vida de Jesús. La cruz no se entiende sin la Resurrección. Cristo nos asegura que en esta vida encontraremos, como Él, cruces, pero nos invita a no tener miedo. También, como Él, nuestras tristezas se transformarán en paz y felicidad. Jesús camina delante de los suyos y pide a cada uno hacer lo que Él mismo ha hecho. Dice: “yo no he venido a ser servido, sino a servir; así quien quiera ser como yo sea siervo de todos”. Servir una vez agrada a todos. Servir siempre cuesta mucho y más cuando no somos correspondidos. Servir a los que nos hacen el mal es, en verdad, una cruz. En este momento, ¡fíate de Dios! Sirve y verás qué paz y felicidad encuentras.

”Yo he venido - continúa el Papa hablando de Jesús - como quien no posee nada; así puedo pedirles que dejen todo tipo de riqueza que les impida entrar en el reino de los cielos”. Dar lo que nos sobra, es fácil. Dar lo que necesitamos, cuesta más. Darnos nosotros mismos, empieza a ser una cruz pues eso significa dar nuestro tiempo, es decir, dedicarlo a lo que agrada al otro. Significa ofrecer, no reprimir, nuestros sentimientos, es decir, expresarlos en la medida que necesitan los demás. Significa ofrecer nuestros gustos, es decir, condescender con los demás. Todo esto cuesta, es una cruz.

Pero no tengas miedo, es una cruz que te llenará de felicidad. ”Yo acepto - continúa el Santo Padre poniendo sus palabras en boca de Cristo- la contradicción, el ser rechazado por la mayoría de mi pueblo; puedo pedirles también el aceptar la contradicción y la contestación venga de dónde venga”. Igual que Jesús desde la cruz disculpó a los que le crucificaron, porque no sabían lo que hacían, así es una verdadera cruz, perdonar a quién nos ofende. Pero la cruz del perdón nos otorga la felicidad de un corazón libre de rencores interiores.

Sí, Dios te quiere feliz. Quiere que abraces las dificultades confiando en Él.

 
Preparativos para el cielo. PDF Imprimir E-mail
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Reflexiones - Pascua.

Preparativos para el cielo.

Autor: Revista: The Word amoung us

Fuente: www.wau.com

 

 

Cada cual está constantemente haciendo planes: ¿Dónde voy a vivir? ¿Qué tipo de trabajo deseo conseguir? ¿Me conviene casarme y, en caso afirmativo, con quién? Bien, así como hemos hecho preparativos para las distintas circunstancias de la vida, también cuando nos prepararemos para la muerte, es importante hacer los planes y tomar providencias. De esa manera, el miedo a lo desconocido va desapareciendo poco a poco.

 

Seguramente la mayoría de nosotros no estamos al borde de la muerte, aunque algunas pueden estarlo. Pero cualquiera que sea la etapa en la que nos encontramos, hay algo innegable: Nadie sabe cuándo nos llamará el Señor a su lado. Por eso es importante estar seguros de que no hay obstáculos en nuestra comunión con Cristo. A continuación ofrecemos algunas sugerencias que podemos recomendar (salvo la última) para cualquier etapa de la vida, porque nos ayudarán a prepararnos para el tramo final de la travesía, que nos sabemos cuándo nos tocará emprender.

 

Primero, es imprescindible orar. Simplemente el hecho de dedicarle tiempo al Señor y pedirle que nos conceda su paz y su consuelo es la manera más poderoso que cualquier otra para enfrentar la muerte y no llenarse de miedo. Rece el Padre nuestro, los Salmos, especialmente los que hablan de regocijarse en la presencia y la gloria se Dios (Salmos 16 ó 73), o los que explican el gozo de permanecer en la compañía del Señor (Salmos 23 ó 91.

 

Segundo, compruebe que tenga la conciencia tranquila delante de Dios. El Sacramento de la Reconciliación ayuda a purificar el corazón, mantenerlo limpio y a pedirle fortaleza al Espíritu Santo para observar los mandamientos.

 

Tercero, comprometerse a reconciliarse con cualquier persona con quien haya estado enemistado o distanciado por poco o mucho tiempo, aunque para ello que tenga que pronunciar expresiones de arrepentimiento, perdón y bendición. De esa manera uno experimenta una extraordinaria sensación de paz y alegría y estará preparado para cuando llegue el tiempo decisivo.

 

Cuarto, preocúpese de dejar una herencia de amor, compasión y gozo. Es posible que uno no tenga riquezas que dejar para sus sobrevivientes, o que no haya hecho nuevos descubrimientos ni grandes aportes a la ciencia, las artes o la tecnología a los ojos del mundo, pero una sonrisa, un abrazo o el simple hecho de pronunciar palabras de cariño y aprecio pueden tener efectos profundos. Un testamento a sus familiares, cartas de despedida a sus amigos cercanos y regalos finales a los pobres tienen el poder de tener puentes entre esta vida y la próxima.

 

Finalmente, cuando se ve claramente que ha llegado la hora decisiva, acepte de buena gana un regalo especial que nos ofrece el Señor: El Sacramentum Exeuntium (el sacramento para los que parten), como también se denomina a la Extremaundacion o Unción de los Enfermos, cuando se imparta a los moribundos. Esta unción especial tiene el propósito de fortalecernos para el viaje y ayudarnos a poner un broche de oro a la vida aquí en la tierra (Catecismo de la Iglesia Católica, 1523)..

 

 
La agonía continúa. PDF Imprimir E-mail
Reflexiones - Pascua.

La agonía continúa.

Autor:
Marcelino de Andrés y Juan Pablo Ledesma
Fuente:

Una de las ventajas que solemos tener los hombres es que no podemos saber a ciencia cierta lo que nos ocurrirá en el futuro. Digo ventaja, ante el asombro de alguno, porque hay veces que de haber sabido con anterioridad lo que se nos venía encima, quizá nos habríamos caído muertos antes de tiempo. A cuántas personas hemos escuchado afirmar que si hubieran sabido con antelación todo lo que les iba a ocurrir después, se lo hubieran pensado dos veces (o más) antes de tomar el rumbo que tomaron. O cuántos nos aseguran que de haber tenido noticia de lo que iban a sufrir, hubieran preferido incluso no haber estado ya vivos.

Aún así, en el horizonte de nuestra vida, a veces despunta certero, como nubarrón de tormenta, un infortunio o padecimiento que nos va a coger de lleno. Y, ¡cómo llega a inquietarse uno en esos momentos! Porque el conocer con certidumbre los propios sufrimientos futuros, suele levantar en el interior un oleaje de miedos y congojas que ponen a prueba el dique de nuestras seguridades más profundas.

Cuántos conocidos nuestros, al diagnosticárseles una enfermedad dolorosa e incurable, se tambalean o incluso se derrumban en su ánimo, viendo ante sí el derrotero de su ya breve y penosa existencia. O imaginemos, por un instante, cómo los mártires cristianos, tras una condena inicua, aguardaban el suplicio inminente. ¡Qué angustia mortal habrá atenazado el alma de algunos de ellos! ¡Qué aguda sería en otros la tentación del abandono tratando de estrangular su fe, su confianza y su amor!

Hay algo en lo más íntimo de cada hombre que se resiste rebelde ante un tormento cercano. ¡Cómo retrocede y se encoje el corazón humano ante el sufrimiento y el dolor que inexorables se avecinan! Hace 2000 años, a las afueras de Jerusalén, un reservado huerto de olivos fue testigo silencioso de la agonía de un hombre que era, a su vez, Dios. El corazón de Jesucristo que hacía breves instantes había estallado inundando de amor el cenáculo y a los que en él se encontraban, aquella noche entre los olivos, experimentaba angustia y tristeza hasta el punto de morir.

Ahí estaba Cristo, caído rostro en tierra, vencido, aplastado por lo que le venía encima de sacrificio, de escarnio, de humillación, de traición, de soledad, de muerte. Ahí yacía, sumido en agonía por todo eso y por el peso de los pecados de la humanidad entera que grababa implacable sobre Él. También los tuyos y los míos. Todos.

Trágica agonía la de Cristo, más que nada porque conocía la indiferencia y el desprecio de tantos que pasarían aquella tarde -y seguirían pasando hasta hoy-, ante su cuerpo crucificado, como ante un objeto cualquiera. Terrible agonía suya, sobre todo porque veía la aparente inutilidad de su cruenta inmolación para tantas almas -de entonces y de ahora- insensibles y cerradas a su amor. Eso fue y sigue siendo lo más duro de su calvario... Y en aquella hora sobrecogedora, del alma abatida de Jesús sólo pudo elevase al cielo una súplica empapada en lágrimas y en sangre: Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz, pero no sea como yo quiero, sino como quieras tú.

Me atrevo a decir que quizá Cristo no salió consolado de aquella intensa y sincera oración. Desde luego, salió fortalecido en su adhesión a la voluntad del Padre. Salió confortado para apurar con pulso firme el cáliz amargo de su pasión y muerte. Salió alentado para aceptar incluso que el derramamiento de su sangre, pudiera haber parecido inútil para tantas y tantas almas a lo largo de los siglos. Pero no salió consolado. Al menos no del todo.

Sí, Cristo sigue en agonía. Y su agonía continuará mientras en este mundo persista la apatía y frialdad de tantos hombres, de tantos cristianos, de tantos de nosotros que ante su amor infinito, permanecemos impasibles, sin mover ni un dedo para corresponderle. [Edit bodytext]

 
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