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Pascua.
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Reflexiones - Pascua.

 

 

 

La Pascua con María

Autor:
Fuente:
rmbarcelona.blogspot.com

La Pascua es un tiempo eminentemente cristológico. Este tiempo litúrgico nos orienta hacia la presencia y el don de Cristo Resucitado, que llena esplendor de su luz la vida de los cristianos. Nuestra vida, unida a la de Cristo por el bautismo y por la Eucaristía, participa de la Pascua del Señor. Si vivimos con Él, vivimos de Él. La vida del cristiano participa ya de la eternidad en la que Cristo vive y actúa.

Pero no faltan motivos para recordar a María en el tiempo de Pascua y en la espera del Espíritu Santo. Conviene que la espiritualidad de este tiempo esté marcada por su presencia y su ejemplo. Sabemos indirectamente que la Virgen participa de la Pascua de su Hijo, en la alegría de su Resurrección, y como Mujer nueva que ha vivido, como ningún otro, junto al Hombre nuevo, el misterio pascual. María está presente en Pentecostés, en la oración común (Cf. Hch. 1, 14), como Madre de Jesús. La iconografía más antigua representa a María en la Ascensión como figura y modelo de la Iglesia. Es, pues, Virgen de la Pascua del Hijo, Iglesia orante de la Ascensión y en la espera del Espíritu, Madre de Jesús y de los discípulos de Cristo en la efusión del Espíritu Santo (Cf. LG 59).

El documento del Capítulo General de los Siervos de María "Haced lo que os diga", expresa este deseo de ver subrayada la presencia de María en el misterio pascual, cuando escribe que, respetando el sentido del tiempo de Pascua y la debida atención a sus contenidos, la liturgia "debe mostrar la potencia de la Pascua de Cristo y el don del Espíritu operante en María. Por otra parte, es deseable que la liturgia pascual, sobre el hilo conductor del dato bíblico (Hch. 1,14), desarrolle culturalmente la relación arcana existente entre el Espíritu, la Iglesia y María".

Este deseo ha sido escuchado en parte en la Colección de Misas de la Virgen María. Expresa el sentido mariano del tiempo pascual esta nota que precede las misas del tiempo de Pascua: "En el gran domingo, esto es, durante los cincuenta días que la Iglesia, con alegría y júbilo, celebra el misterio pascual, la liturgia romana recuerda también a la Madre de Cristo llena de gozo por la resurrección de Cristo, dedicada a la oración con los apóstoles y esperando confiadamente con ellos el don del Espíritu Santo. La Iglesia por su parte, al ejercer su función maternal, celebrando los sacramentos de la iniciación cristiana –que son los sacramentos pascuales-, reconoce en la Santísima Virgen el modelo de su maternidad y se da cuenta, además, de que en la Madre de Cristo tiene un modelo y una ayuda en el encargo de proclamar el Evangelio que Cristo le encomendó después de resucitar de entre los muertos (Cf. Mt. 28, 19-20)."

Entre los elementos marianos de la liturgia del tiempo pascual recordamos: el saludo de Completas: Regina coeli; el Magnificat de Vísperas, rezado en la perspectiva pascual de su composición y de los sentimientos de María después de la Pascua, cuando ya en Cristo se han realizado algunas promesas del Magnificat: ha exaltado a los humildes. Tienen un tono mariano algunas oraciones de intercesión que aparecen en Vísperas.

La celebración del mes de mayo en honor de María no debe desviar la mirada de esta espiritualidad mariana pascual. La fiesta de la Visitación puede ser contemplada a la luz de Pentecostés, anticipado en María. Se celebra en algunas naciones el lunes después de Pentecostés la fiesta de María, Madre de la Iglesia, con los formularios que ahora se encuentran en el Misal Romano, como misas votivas de la Virgen.

También la primera fiesta del año de la Virgen del Capítulo se celebra en este primer lunes después de Pentecostés. Es motivo de alegría, de júbilo y esperanza, la presencia la fiesta de nuestra Madre Santísima precisamente después de recibir el don del Espíritu Santo. Que Ella nos ayude a vivir santamente la Pascua y, como ella, a esperar en actitud orante la fuerza del Espíritu Defensor.

¡Feliz y santa Pascua en compañía de María!

 
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Reflexiones - Pascua.

 

Cristo ha resucitado.


Autor: Santiago Agrelo, OFM

Fuente: vidareligiosa.es

 

Para los clandestinos y los excluidos, los humillados y los esclavizados, para quienes el futuro previsible sea el de honrar la memoria de un joven amigo muerto, para hombres y mujeres que soñaron amanecer en un mundo nuevo y despertaron en la orilla oscura de su mundo viejo, para todos ellos es la buena noticia de la Pascua: “¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí. HA RESUCITADO”.

¡Buscar a Jesús!:

En los días lejanos de su infancia marcada por el amor recibido y la pobreza experimentada, habían buscado a Jesús, para adorarlo, unos magos venidos de oriente. Lo habían buscado angustiados también su padre y su madre en una fiesta de pascua, cuando la de Jesús era una adolescencia recién estrenada. Ya adulto, todos lo buscaban, y le llevaban enfermos y pecadores que en él hallaban médico, salud y salvación. Lo buscó Zaqueo el recaudador, pequeño y pobre de justicia y de amigos. Lo buscó la población entera que se agolpaba a la puerta de la casa donde Jesús estaba como si aquella fuese en realidad, no la casa de Pedro el pescador, sino la casa del pan y de la vida.

También lo buscaron con ahínco sus enemigos: Lo buscó Herodes para matarlo, lo buscó Judas para traicionarlo, lo buscó una turba que fue con machetes y palos a prenderlo de noche en un huerto de angustias y de olivos.

Ahora, en la mañana del primer día de la semana, con las primeras luces del día, unas mujeres que habían observado dónde José de Arimatea había colocado el cuerpo de Jesús, lo buscan para embalsamarlo.

Aquellas mujeres habían seguido a Jesús por los caminos de Galilea, lo habían atendido, y luego habían subido con él a Jerusalén. Para ellas, seguir a Jesús había sido algo así como expatriarse de un mundo viejo para emigrar a un reino soñado, en el que Dios era el Rey, y el amor la única ley.  Ahora, abrumadas por la memoria del amor que recibieron y del mundo que soñaron, María Magdalena, María la de Santiago y Salomé, que han visto enterrado el futuro junto al cuerpo de un hombre llamado Jesús, se disponen a embalsamar las esperanzas perdidas. Les queda un amor abrazado a los recuerdos, les queda un sepulcro donde yace el cuerpo del amado, ¡y queda Dios!

Ellas aman y buscan. Y porque buscan, se les concederá encontrar a quien aman.

Si amas, hermana mía, hermano mío, aun cuando busques a Jesús donde ya él no está, y aunque signo postrero y penoso de tu fe y de tu vida sean sólo perfumes para embalsamar, admirado, puede que espantado, hallarás abierta la tumba y resucitado al que buscas.

Cristo ha resucitado. Alaba al Señor por Jesús el Nazareno, el crucificado.

Tú has resucitado. Alaba al Señor por ti, que crees.

Tu mundo es nuevo. Alaba al Señor por la nueva creación que Dios ha rescatado y que la fe te ha permitido ver.

"No está aquí. Ha resucitado”:

Quienes habían buscado a Jesús para escucharle, para atenderle, para seguirle, ahora lo buscaban para embalsamar su cuerpo. Por eso lo buscaban en el lugar donde unas manos piadosas y amigas lo habían sepultado al comenzar el descanso sabático. Quien a partir de la tarde del Calvario busque a Jesús, ya no podrá buscar sino en un sepulcro y a un crucificado.

El joven que en el lugar de los muertos y vestido de blanco parece estar a la espera de las mujeres que se acercan, les dice algo que parece obvio: El que buscáis, “no está aquí”; las mujeres podían ver que el cuerpo de Jesús no estaba allí. Sin embargo, las palabras del mensajero no son una obviedad sino un evangelio.

Aquel “no está aquí” es una buena noticia que el cielo da, y que por sí sola hace nacer en la mente y en el corazón de las mujeres un vivero de preguntas necesarias para que entonces ellas y ahora nosotros podamos acercarnos al misterio de la resurrección: ¿Dónde está? ¿A dónde lo han llevado? ¿Quién lo ha movido? ¿Por qué lo han trasladado? ¿Tú te lo has llevado? ¡Dinos dónde lo has puesto!

Aquel “no está aquí” es una revelación, es el primer resplandor de la Pascua de Cristo, es una forma sencilla de decir: “ha resucitado”. Y cuando el mensajero celeste diga: “ha resucitado”, nosotros entenderemos que aquella es una forma sencilla de decir “dónde está” el crucificado.

Queridos: el mensajero de Dios dice dónde Jesús no está para que le busquemos y le encontremos donde está.

Busca a tu Señor, y lo hallarás dentro de ti: “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos morada en él”.

Busca al crucificado, y lo hallarás en los pobres: “Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber… Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis”.

Busca al que amas, y lo hallarás en su cuerpo que es la Iglesia: “Nadie aborreció jamás a su propia carne; antes bien, la alimenta y la cuida con cariño, lo mismo que Cristo a la Iglesia, pues somos miembros de su Cuerpo. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos harán una sola carne. Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y a la Iglesia”. De la Iglesia, de ti mismo, puedes decir con verdad: “eres su propia carne”, “él, Cristo, te alimenta, él te cuida con cariño”, “hacéis una sola carne”. Di ti mismo, de la Iglesia, puedes entender que habla el mensajero celeste en la mañana de aquel primer domingo, cuando dice: “Ha resucitado”.

Busca al Resucitado, y lo encontrarás en su palabra: “¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?” ¡Misterio de la divina palabra!: Los discípulos ya se habían encontrado en ella con Jesús, aunque todavía no le habían reconocido. Aún no se habían abierto los ojos para ver al Señor mientras le escuchaban; pero el corazón ya intuía la realidad de su presencia.

Busca al Resucitado, y lo hallarás en sus sacramentos. Por eso, de ti, Iglesia santa, se puede decir con verdad que has muerto y resucitado con Cristo en el bautismo; has sido ungida con Cristo por el Espíritu Santo; ofrecida con Cristo en sacrificio de obediencia; en Cristo purificada con las lágrimas de la penitencia; a él unida en el sufrimiento por la unción de enfermos; a él unida en el amor por el sacramento del matrimonio; a él unida en el ejercicio de su sacerdocio por el sacramento del Orden.

Cristo ha resucitado, y está a la derecha de Dios en el cielo: “(Esteban), lleno del Espíritu Santo, miró fijamente al cielo y vio la gloria de Dios y a Jesús que estaba en pie a la diestra de Dios; y dijo: «Estoy viendo los cielos abiertos y al Hijo del Hombre que está en pie a la diestra de Dios»”. Nadie piense, sin embargo, que estamos excluidos de este encuentro, pues donde Cristo está, también en la gloria de Dios, allí está el creyente que ha sido unido a él por la fe y los sacramentos: “Así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios”. “Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, nos vivificó juntamente con Cristo –por gracia habéis sido salvados- y con él nos resucitó nos hizo sentar en los cielos con Cristo Jesús, a fin de mostrar en los siglos venideros la sobreabundante riqueza de su gracia, por su bondad para con nosotros en Cristo Jesús”.

“No está aquí”, dijo el mensajero. Luego añadió: “ha resucitado”. Y tú ya sabes dónde buscarle para encontrarle: en ti mismo, en los pobres que caminan contigo, en la Iglesia a la que perteneces, en la Escritura que escuchas, en los sacramentos que celebras, en el seno de la Trinidad Santa donde habitas.

Tú buscarás siempre crucificados, clandestinos, excluidos, humillados, esclavizados… Sólo Dios, tu Dios, hará posible que los encuentres en Cristo resucitados con él.

Testigos de la resurrección:

A ti, Iglesia amada de Dios, a ti se te ha confiado el testimonio de la resurrección.

Puede que un día tengas una hermosa doctrina para explicar lo que has vivido y sistematizar lo que has recibido, pero lo que desde esta primera Pascua hasta el último día de la historia has de retener es el evangelio del que eres testigo: Cristo ha resucitado.

Darás testimonio con la palabra, pues en tu palabra, si es verdadera, irá tu vida de pueblo resucitado, tu gozo de asamblea redimida, tu canto de comunidad liberada.

Serás testigo con tu vida: Cristo mirará por tus ojos, curará con tus manos, orará con tus labios, amará con el corazón de tus hijos.

Serás testigo con tu muerte: La de cada día, la de la entrega aprendida mirando a tu Señor, la del abandono en las manos del Padre, la del olvido de ti misma para ser del que amas. Serás testigo con tu atardecer en la paz. Serás testigo, Iglesia y esposa, con tu último y definitivo sí.

 

Para ti, para tus hijos, para tus pobres, feliz Pascua de resurrección.

 
Llenar de sentido el tiempo de Cuaresma. PDF Imprimir E-mail
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Reflexiones - Pascua.

 


Llenar de sentido el tiempo de Cuaresma.

Autor: P. Cipriano Sanchez

Fuente: ciprianosanchez.blogspot.com/

El tiempo lo podemos vivir de modo lineal: trabajo, descanso, convivencia y así sucesivamente. O podemos darle un sentido al tiempo, le podemos dar al tiempo el sentido de un contenido, con el cual el tiempo va cambiando de significado.

El ser humano no tiene bastante con el tiempo lineal. Necesita el tiempo profundo, es decir el tiempo que tiene un sentido. Por eso el ser humano aprende a descubrir la riqueza del tiempo, y le da a determinados momentos un sentido especial. De ahí nace la fiesta, de ahí también nace la conmemoración, de ahí nace también la reflexión sobre el significado del tiempo. Esto es el tiempo de cuaresma. La cuaresma puede ser un tiempo que vivamos sin mucha profundidad o puede ser un tiempo que vivamos con hondura.

Un tiempo que no es solo para vivir, sino para reflexionar, para hacerlo parte de nuestros propósitos de cambio, de mejora, de renovación.

Es importante descubrir para qué es la cuaresma:

· La cuaresma nos recuerda que la vida cristiana es un «camino» por recorrer, que no consiste tanto en unas prácticas que cumplir o en unas normas que observar. Es el camino hacia la persona de Cristo, a quien hemos de encontrar, acoger y seguir. El motivo de este seguimiento es llegar con él a la luz y a la alegría de la resurrección, a la victoria de la vida, del amor, del bien. La Cuaresma es un camino, en el que acompañamos a Jesús que sube a Jerusalén, lugar del cumplimiento de su misterio de pasión, muerte y resurrección. eso requiere que lo acompañemos a través del misterio de su sufrimiento, que lo amemos en el camino que el siguió.

La cuaresma nos impulsa a recorrer este camino con el Señor, no como una simple conmemoración, o un recuerdo de hechos pasados, sino como quien participa en la escuela de Jesús, viviendo los acontecimientos que nos trajeron la salvación. Es muy importante no quedarnos con los hechos como si solo fueran cosas del pasado que ya no tienen ninguna repercusión vital o práctica para nuestra vida.

 

 
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Reflexiones - Pascua.

El camino de la Cuaresma.


Autor: P. Cipriano Sanchez

Fuente: ciprianosanchez.blogspot.com/

La cuaresma se presenta siempre como un itinerario. Como todo itinerario hay etapas que van marcando el sentido del camino. En este año, el itinerario nos va guiando en una profundización del conocimiento de la persona de Jesucristo.

Casi podríamos decir que al final de esta cuaresma podremos conocer una poco más a Jesús. Este conocimiento no es solo algo histórico, sino que nos lleva a descubrir su papel en nuestra vida. Así lo pedimos en la oración del primer domingo de Cuaresma: «Al celebrar un año más la santa Cuaresma, signo sacramental de nuestra conversión, concédenos, Dios todopoderoso, avanzar en la inteligencia del misterio de Cristo y vivirlo en plenitud».

No podemos hacer de la cuaresma un simple ritual de celebraciones, que al final quedarían vacías, sino que la cuaresma es mucho más rica cuando hacemos de ella un camino de encuentro con una persona que nos transforma y nos hace mejores.

El Primer Domingo, llamado domingo de la Tentación, porque presenta las tentaciones de Jesús en el desierto, nos invita a renovar nuestra decisión definitiva por Dios y a afrontar con valentía la lucha que nos espera para permanecerle fieles. Siempre existe de nuevo esta necesidad de decisión, de resistir al mal, de seguir a Jesús.

El Segundo Domingo se denomina de Abraham y de la Transfiguración. El Bautismo es el sacramento de la fe y de la filiación divina; como Abraham, padre de los creyentes, también a nosotros se nos invita a partir, a salir de nuestra tierra, a abandonar las seguridades que nos hemos construido, para poner nuestra confianza en Dios; la meta se vislumbra en la transfiguración de Cristo, el Hijo amado, en el que nosotros nos convertimos en «hijos de Dios».

En el Tercer Domingo nos presenta la Alianza de Dios con su pueblo a través de las tablas de la ley, una alianza de Dios que tendrá su expresión en el Templo de Jerusalén. Estos dos elementos son solamente figuras de Jesús que es la verdadera alianza y el verdadero templo.

El Cuarto Domingo nos hace ver la contradicción del ser humano. Por un lado tiene todo lo que Dios le ha dado y por otro lo pierde por su infidelidad. Sin embargo, los aparentes fracasos exteriores no lo son para quien se afianza en Dios. El verse despojados del templo, lugar de la alianza, llevará al pueblo de Dios a entender los caminos de Dios, que no son nuestros caminos.

El Quinto Domingo nos invita a interiorizar de modo personal la relación con Dios en una alianza que cada uno de nosotros tiene que hacer en el propio corazón. El sacrificio voluntario de Cristo nos consigue el fruto de la alianza de Dios con nosotros: la salvación en la que se une la victoria sobre el mal y la plenitud de nuestra vida que da mucho fruto.

 

 
Reglas para llevar la cruz. PDF Imprimir E-mail
Reflexiones - Pascua.

 

Reglas para llevar la cruz.

Autor:

Fuente: Corazones.org

 

1) No buscarse cruces.

No hay que inventarse cruces ni hacer el mal para sacar un bien. Si buscamos amar a Dios y al prójimo no faltaran cruces autenticas.

Mucho menos buscar cruces para los demás. Solo el maligno hace eso.

"¿Por qué, pues, ahora tentáis a Dios queriendo poner sobre el cuello de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros pudimos sobrellevar? Nosotros creemos mas bien que nos salvamos por la gracia"(Hechos 15,10)

2) Tener en cuenta el bien del prójimo.

Si lo que vas a hacer pudiera escandalizar al prójimo, aunque sin motivo, abstente de hacerlo por caridad para evitar el escándalo de los débiles.

Pero, si el bien que vas a hacer es algo bueno que crees que Dios quiere, es recomendable sigas tu conciencia aunque algún espíritu malintencionado se escandalice sin motivo. (Mt. 15,14)

3) No pretender sufrir como los grandes santos.

Algunos santos pidieron cruces mediante actuaciones ridículas. Admirémoslos pues es por actuación especial del Espíritu pero no pretendamos volar tan alto. "Comparados con estas águilas nosotros somos como gallinas mojadas".

Primero tenemos mucho que andar llevando las cruces de nuestra vocación.

4) Pedir a Dios la sabiduría de la cruz.

Debemos pedir la sabiduría de la cruz que permite contemplar, a la luz de la fe, los misterios de la cruz. O sea, poder desear y amar la cruz porque vemos que el amor vale la pena.

Esta sabiduría se alcanza con la experiencia de la cruz y la ferviente oración. Hay que pedirla insistentemente, sin titubeos y entonces siempre se alcanza.

5) Humillarse por las propias faltas, pero sin turbación.

Cuando por ignorancia o por cualquier culpa cometemos alguna torpeza que nos cause una cruz, nos debemos humillar inmediatamente dentro de nosotros mismos ante la mano poderosa de Dios pidiéndole perdón y aceptando lo que venga.

Dios nos humilla para purificarnos. Estamos muy corrompidos por el pecado de Adán y por nuestros pecados. Cuando descubrimos algún don de Dios muy pronto lo ensuciamos con orgullo o ideas humanas. Por eso Dios nos permite tener incertidumbres, tentaciones, tinieblas, para llevarnos a la humildad y la santidad.

A menudo Dios permite que sus mejores servidores cometan faltas de las mas humillantes para empequeñecerlos a sus propios ojos y delante de los hombres, para quitarles el orgullo que tienen por las gracias recibidas, de modo que ningún mortal puede enorgullecerse ante Dios. (1 Cor. 1,29).

6) No basta sufrir.

Hay muchos que sufren y hasta entregan la vida por ideales malos. El demonio y el mundo tienen sus mártires. Hay que sufrir por amor a Jesucristo, por obediencia, como El.

7) Evitar los engaños del orgullo.

Mucho cuidado de no creer -como los devotos orgullosos- que vuestras cruces son grandes, que son prueba de que estáis ya muy avanzados y Dios os esta llevando a la purificación mas perfecta. "Este engaño es sutil e ingenioso pero lleno de veneno".

Piensa mas bien que:

a) Tu orgullo y delicadeza te lleva a considerar como vigas las pajas, como llagas las picaduras; una palabrita como una injuria atroz y un cruel abandono.

b) Que las cruces que Dios os manda son castigos amorosos por tus pecados.

c) Que por mas cruces y humillaciones que Dios te envíe, te perdona infinitamente mas. Lo has ofendido y merecías el infierno pero El te salvó.

d) Que hay mucho del ego mezclado con tu paciencia. Fíjate en tus miramientos, tus veladas búsquedas de consuelos con los amigos, esas disculpas rebuscadas, esas quejas tan bien formuladas contra quienes te han hecho daño, ese revolver deleitosamente los propios males, esa creencia luciferina de que eres de gran valía (Hechos 8,9). Estas son las actitudes de la carne aún en los sufrimientos.

8) Aprovecha los sufrimientos pequeños.

Dios no mira tanto lo que se sufre sino como se sufre. Sufrir mucho, pero mal, es sufrir como condenados; sufrir mucho y con valor, pero por una mala causa, es sufrir como mártires del demonio; sufrir poco o mucho por Dios, es sufrir como santos.

Llevar alegremente las cruces pequeñas y sin brillo, como el mercader que saca provecho de todo: Las pequeñas molestias del vecino, una pequeña injuria, la perdida de algún dinero, un pequeño malestar, etc.. Por todo di: "Gracias a Dios".

9) Ama la cruz con amor sobrenatural.

La naturaleza humana rechaza y se rebela ante el sufrimiento, la enfermedad y la muerte. Los sentidos, que son la parte inferior del ser, gimen y buscan alivio. Esto es normal.

Cuando se habla de amar la cruz, no se trata de un amor sensible. Jesús no amo la cruz con la voluntad de la carne. "Padre, no se haga mi voluntad sino la tuya"(Lc. 22,42). La cruz se ama con un amor espiritual, aun sin sentir alegría en los sentidos, generalmente sin percibir gozo en el alma. Amamos la cruz mediante la luz de la fe desnuda.

10) Sufrir toda clase de cruces sin excepción ni selección.

La meta suprema de la gloria divina y la felicidad verdadera es el abandono total. Así decía S. Francisco que la felicidad perfecta esta en poder seguir amando aun cuando humanamente esta todo perdido y nos han abandonado.

11) Para acostumbrarnos a sufrir como se debe, acostúmbrate a considerar cuatro cosas.

a) La mirada de Dios: Dios mira al hombre que lucha por El, contra la fortuna, el mundo, el infierno y contra si mismo, al hombre que lleva la cruz con alegría. Dios lo mira como un Padre orgulloso. El Señor a Satanás: ¿te has fijado en mi siervo Job, que sufre por mi? (Job 2,3).

b) La mano de Dios: El Señor permite todo el mal que nos sobreviene. La misma mano que domina los astros hace caer el cabello de tu cabeza (Lc. 21,18).

No es el autor de la malicia pero permitió la acción. Los agresores están siendo usados por Dios, no irritemos la justicia usurpando los derechos de la venganza. Reconoce que lo tienes merecido. ¡No hieras! ¡No hables!.

Con una mano todopoderosa e infinitamente prudente, Dios os sostiene, mientras os corrige con la otra. Humilla y enaltece. No permite que seas tentado y afligido por encima de tus fuerzas;

c) Las llagas y los dolores de Jesús.

El Espíritu Santo nos ordena a contemplar las llagas y los dolores de Jesús (Gal. 3,1) y a armarnos con esos pensamientos (1 Pe. 4,1).

Mira al inocente y ve de que te quejas siendo tu culpable. Mira tus problemas la incomprensión, la injusticia, el dolor, la pobreza, y otras cruces) ante la cruz. ¿Son comparables?. En El encuentras la victoria sobre cualquier adversidad.

d) Piensa en el cielo y el infierno.

Lo que nos aguarda en cada lugar esta mas allá de nuestra comprensión pero, si meditamos, tendremos la suficiente claridad para desear el cielo. El cielo da animo a los santos y mártires en sus trabajos y tormentos.

Miremos a los ángeles que nos animan diciendo: "Cuidado con perder la corona destinada a recompensar la cruz que os ha tocado"

Miremos al infierno donde iremos junto a todos los malvados si nuestro padecer -como el suyo- va acompañado de murmuraciones, despechos y venganzas.

Exclamemos con S.Agustín: "Quema, Señor; corta, poda, divide en esta vida en castigo de mis pecados, con tal que me perdones en la eternidad".

12) No quejarse mas de las criaturas.

Hay tres clases de queja:

a) La queja involuntaria es cuando el cuerpo gime. Si el alma en su parte superior esta sometida a la voluntad de Dios, no hay pecado.

b) La queja razonable: nos quejamos ante los que pueden remediar el mal: al superior, al medico... Esta queja puede constituir una imperfección si es demasiado intempestiva, pero no es pecado.

c) La queja criminal: cuando nos quejamos al prójimo del mal que nos inflige para vengarnos o desahogarnos añadiéndole impaciencia y murmuración. Aquí hay pecado.

13) Recibir la cruz con gratitud.

No recibas nunca la cruz sin besarla humildemente con agradecimiento.

14) Carga con cruces voluntarias.

Estar atento a oportunidades de amar que se nos escapan por miedo a la cruz.

Por ejemplo: ¿Tienes algo que en verdad otros lo necesitan mas que tu aunque le tienes mucho cariño? Dáselo a los pobres. ¿Quisieras tener cosas superfluas cuando Jesús es tan pobre?. ¿Tienes rechazo por alguna persona? Sírvele con humildad.  ¿Tienes exagerada afección a una persona? Sepárate un poco.  ¿Tienes prisa natural por ver, actuar, aparecer en publico, ir a tal sitio?. Detente, calla, ocúltate.

Quien sea fiel en lo poco, aun en las pequeñas cruces, el Señor, -como lo tiene prometido- os pondrá al frente de lo mucho (Mt. 25,21-23)

 

 

 
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