Analisis.

Apoyanos con un clik1.

Di no a la pornografía. Un video impactador.



Get the Flash Player to see this player.

time2online Joomla Extensions: Simple Video Flash Player Module
Maria
Maria y la resurección de Cristo. PDF Imprimir E-mail
Reflexiones - Maria



María y la resurrección de Cristo.

Autor: S. Juan Pablo II.
Fuente:

1. Después de que Jesús es colocado en el sepulcro, María «es la única que mantiene viva la llama de la fe, preparándose para acoger el anuncio gozoso y sorprendente de la Resurrección». La espera que vive la Madre del Señor el Sábado santo constituye uno de los momentos más altos de su fe: en la oscuridad que envuelve el universo, ella confía plenamente en el Dios de la vida y, recordando las palabras de su Hijo, espera la realización plena de las promesas divinas.

Los evangelios refieren varias apariciones del Resucitado, pero no hablan del encuentro de Jesús con su madre. Este silencio no debe llevarnos a concluir que, después de su resurrección, Cristo no se apareció a María; al contrario, nos invita a tratar de descubrir los motivos por los cuales los evangelistas no lo refieren.

Suponiendo que se trata de una «omisión», se podría atribuir al hecho de que todo lo que es necesario para nuestro conocimiento salvífico se encomendó a la palabra de «testigos escogidos por Dios» (Hch 10,41), es decir, a los Apóstoles, los cuales «con gran poder» (Hch 4,33) dieron testimonio de la resurrección del Señor Jesús. Antes que a ellos, el Resucitado se apareció a algunas mujeres fieles, por su función eclesial: «Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán» (Mt 28,10).

Si los autores del Nuevo Testamento no hablan del encuentro de Jesús resucitado con su madre, tal vez se debe atribuir al hecho de que los que negaban la resurrección del Señor podrían haber considerado ese testimonio demasiado interesado y, por consiguiente, no digno de fe.

2. Los evangelios, además, refieren sólo unas cuantas apariciones de Jesús resucitado, y ciertamente no pretenden hacer una crónica completa de todo lo que sucedió durante los cuarenta días después de la Pascua. San Pablo recuerda una aparición «a más de quinientos hermanos a la vez» (1Cor 15,6). ¿Cómo justificar que un hecho conocido por muchos no sea referido por los evangelistas, a pesar de su carácter excepcional? Es signo evidente de que otras apariciones del Resucitado, aun siendo consideradas hechos reales y notorios, no quedaron recogidas.
¿Cómo podría la Virgen, presente en la primera comunidad de los discípulos (ver Hch 1,14), haber sido excluida del número de los que se encontraron con su divino Hijo resucitado de entre los muertos?

3. Más aún, es legítimo pensar que verosímilmente Jesús resucitado se apareció a su madre en primer lugar. La ausencia de María del grupo de las mujeres que al alba se dirigieron al sepulcro (ver Mc 16,1; Mt 28,1), ¿no podría constituir un indicio del hecho de que ella ya se había encontrado con Jesús? Esta deducción quedaría confirmada también por el dato de que las primeras testigos de la resurrección, por voluntad de Jesús, fueron las mujeres, las cuales permanecieron fieles al pie de la cruz y, por tanto, más firmes en la fe.

En efecto, a una de ellas, María Magdalena, el Resucitado le encomienda el mensaje que debía transmitir a los Apóstoles (ver Jn 20,17-18). Tal vez, también este dato permite pensar que Jesús se apareció primero a su madre, pues ella fue la más fiel y en la prueba conservó íntegra su fe.
Por último, el carácter único y especial de la presencia de la Virgen en el Calvario y su perfecta unión con su Hijo en el sufrimiento de la cruz, parecen postular su participación particularísima en el misterio de la Resurrección.

Un autor del siglo V, Sedulio, sostiene que Cristo se manifestó en el esplendor de la vida resucitada ante todo a su madre. En efecto, Ella, que en la Anunciación fue el camino de su ingreso en el mundo, estaba llamada a difundir la maravillosa noticia de la resurrección, para anunciar su gloriosa venida. Así inundada por la gloria del Resucitado, ella anticipa el «resplandor» de la Iglesia.

4. Por ser imagen y modelo de la Iglesia, que espera al Resucitado y que en el grupo de los discípulos se encuentra con él durante las apariciones pascuales, parece razonable pensar que María mantuvo un contacto personal con su Hijo resucitado, para gozar también ella de la plenitud de la alegría pascual.

La Virgen Santísima, presente en el Calvario durante el Viernes santo (ver Jn 19,25) y en el cenáculo en Pentecostés (ver Hch 1,14), fue probablemente testigo privilegiada también de la resurrección de Cristo, completando así su participación en todos los momentos esenciales del misterio pascual. María, al acoger a Cristo resucitado, es también signo y anticipación de la humanidad, que espera lograr su plena realización mediante la resurrección de los muertos.

En el tiempo pascual la comunidad cristiana, dirigiéndose a la Madre del Señor, la invita a alegrarse: «Regina caeli, laetare. Alleluia». «¡Reina del cielo, alégrate. Aleluya!». Así recuerda el gozo de María por la resurrección de Jesús, prolongando en el tiempo el «¡Alégrate!» que le dirigió el ángel en la Anunciación, para que se convirtiera en «causa de alegría» para la humanidad entera.

(Juan Pablo II, Audiencia General del miércoles 21/5/1997)

 
La Virgen María y la Semana Santa. PDF Imprimir E-mail
Usar puntuación: / 2
MaloBueno 
Reflexiones - Maria



La Virgen María y la Semana Santa.

Autor: Marisa y Eduardo Vinante
Fuente:    

"El Camino de María"

"Virgo Fidelis"

¡ Oh Virgen fiel, que fuiste siempre solícita y dispuesta a recibir,
conservar y meditar la Palabra de Dios!:
Haz que también nosotros, en medio de las  dramáticas vicisitudes de la historia, sepamos mantener siempre intacta nuestra fe cristiana.

En el camino doloroso y en el Gólgota está la Madre, la primera Mártir.

"...En los misterios dolorosos contemplamos en Cristo todos los dolores del hombre: en El, angustiado, traicionado, abandonado, capturado aprisionado; en El, injustamente procesado y sometido a la flagelación; en El, mal entendido y escarnecido en su misión; en El, condenado con complicidad del poder político; en El conducido públicamente al suplicio y expuesto a la muerte más infamante; en El, Varón de dolores profetizado por Isaías, queda resumido y santificado todo dolor humano.

Siervo del Padre, Primogénito entre muchos hermanos, Cabeza de la humanidad, transforma el padecimiento humano en oblación agradable a Dios, en sacrificio que redime. El es el Cordero que quita el pecado del mundo, el Testigo fiel, que capitula en sí y hace meritorio todo martirio.

En el camino doloroso y en el Gólgota está la Madre, la primera Mártir. Y nosotros, con el corazón de la Madre, a la cual desde la cruz entregó en testamento a cada uno de los discípulos y a cada uno de los hombres, contemplamos conmovidos los padecimientos de Cristo, aprendiendo de El la obediencia hasta la muerte, y muerte de cruz; aprendiendo de Ella a acoger a cada hombre como hermano, para estar con Ella junto a las innumerables cruces en las que el Señor de la gloria todavía está injustamente enclavado, no en su Cuerpo glorioso, sino en los miembros dolientes de su Cuerpo místico". (JUAN PABLO II: Ángelus del 30 de octubre, 1983).

"...Los Evangelios dan gran relieve a los misterios del dolor de Cristo. La piedad cristiana, especialmente en la Cuaresma, con la práctica del Via Crucis, se ha detenido siempre sobre cada uno de los momentos de la Pasión, intuyendo que ellos son el cúlmen de la revelación del amor y la fuente de nuestra salvación. El Rosario escoge algunos momentos de la Pasión, invitando al orante a fijar en ellos la mirada de su corazón y a revivirlos. El itinerario meditativo se abre con Getsemaní, donde Cristo vive un momento particularmente angustioso frente a la voluntad del Padre, contra la cual la debilidad de la carne se sentiría inclinada a rebelarse. Allí, Cristo se pone en lugar de todas las tentaciones de la humanidad y frente a todos los pecados de los hombres, para decirle al Padre: «no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22, 42 par.). Este «sí» suyo cambia el «no» de los progenitores en el Edén. Y cuánto le costaría esta adhesión a la voluntad del Padre se muestra en los misterios siguientes, en los que, con la flagelación, la coronación de espinas, la subida al Calvario y la muerte en cruz, se ve sumido en la mayor ignominia: Ecce homo!

En este oprobio no sólo se revela el amor de Dios, sino el sentido mismo del hombre. Ecce homo: quien quiera conocer al hombre, ha de saber descubrir su sentido, su raíz y su cumplimiento en Cristo, Dios que se humilla por amor «hasta la muerte y muerte de cruz» (Flp 2, 8). Los misterios de dolor llevan el creyente a revivir la muerte de Jesús poniéndose al pie de la cruz junto a María, para penetrar con ella en la inmensidad del amor de Dios al hombre y sentir toda su fuerza regeneradora..." (ROSARIUM VIRGINIS MARIAE, 22)



 
La Virgen en Cuaresma. PDF Imprimir E-mail
Usar puntuación: / 1
MaloBueno 
Reflexiones - Maria

 

La Virgen en Cuaresma.

Autor:
Fuente: Comitium "Nuestra Señora del Sagrario" de Toledo

Ya estaba avisada: una espada de dolor te atravesará el alma al ser tu hijo signo de contradicción. Como "peregrina de la fe" tuvo que ir uniendo cabos aparentemente sueltos para ir comprendiendo su misión de Madre Co-redentora. De ahí que el evangelista repita en varias ocasiones cuál era su actitud ante los acontecimientos que va presenciando de la vida de Jesús: meditaba todo esto en su interior, en su corazón.

Iba, diríamos,barruntando las cosas, dada su hondura espiritual. Los legionarios estamos acostumbrados a recitar diariamente su cántico, el Magníficat. En él vemos como esa entonces jovencita de 14 o 15 años es capaz de componerle basándose en textos de la Sagrada Escritura dándoles nuevas formas y contenidos, lo que a todas luces nos dice cómo ya había meditado los textos sagrados y cómo era capaz de hacer oración con ellos (vgr. Spes Salvi) .

No es de extrañar que Ella fuera intuyendo que el tan leído en las sinagogas cántico al Siervo de Yahve del profeta Isaías, no se refería al pueblo de Israel en general como decían los maestros de le Ley, sino que se referiría a su Hijo, al comenzar a saber cómo encontraba resistencia su predicación. Iba sabiendo que aquellos que eran "importantes" del pueblo no le aceptaban por su exigencia, por la denuncia que hacía su falsedad encubierta bajo velos de religiosidad. Que los que le seguían, no le buscaban por sus discursos conmovedores, sino esperando que les diera de comer, o que les curase. Los mismos discípulos que iban de vez en cuando por su casa en Nazaret los veía tan superficiales... Alegres, sí, pero solo buscando los mejores puestos en ese Reino del que hablaba su Hijo. Aparentemente muy unidos en torno a Él, pero sin embargo sabía cómo ya uno entre ellos le había criticado al aceptar el ungüento de la Magdalena en su pies cansados y no dárselo a los pobres. Discípulos en la sombra como Nicodemo... Sus enfrentamientos duros con los que eran considerados los más santos , los fariseos, llegándolos a llamar hipócritas. Todas estas noticias que la iban llegando a casa de unos y de otros, iba haciendo que fuera preparándose para su Semana Santa, para su Pascua. Podríamos decir que su Cuaresma duró toda la vida de Jesús. Por eso, en el momento decisivo, allí estaba Ella junto a la cruz de Jesús, no solo como Madre suya rota de dolor sino en actitud oferente, no como espectadora sin más sino involucrándose de lleno. Si no se hubiera preparado en esos años oscuros, no hubiera sido capaz de mantener su SI inicial al mensajero Gabriel, ni hubiera sido capaz de ofrecer como hacían los sacerdote en el templo con las ofrendas sacrificiales al propio fruto de sus inmaculado vientre.

Nosotros, como siempre hemos de intentar vivir estos días que nos quedan de cuaresma con los ojos de la Virgen, con su profundidad, sabiendo que si lo hacemos así, estaremos muy cerca de Ella como el apóstol san Juan, viviendo rotundamente la semana santa y la pascua como un momento precioso de renovación: pero si los vamos "llevando" o "tirando" sin más seremos más bien como los otros discípulos que les pudo el miedo y el escándalo de la cruz.

(Allocutio del 15 de marzo en el Comitium "Nuestra Señora del Sagrario" de Toledo)
Publicado por Gustavo Adolfo Conde Flores en 1:30

 
Con razón honramos a María como madre. PDF Imprimir E-mail
Usar puntuación: / 2
MaloBueno 
Reflexiones - Maria

 

Con razón honramos a María como madre.

Autor: Arzobispo Fulton J. Sheen
Traducción del inglés: Corazones.org


Ninguna madre cuyo hijo se ha distinguido, ya sea en una profesión o en el campo de batalla, considera que el respeto otorgado a ella por ser su madre detrae del honor o dignidad que se le otorga a su hijo. Entonces ¿Por qué razón algunas mentes consideran que cualquier reverencia otorgada a la Madre de Jesús resta mérito a Su Poder y Divinidad?

Conocemos la acusación, que los católicos “adoran” a María o la consideran una “diosa”, pero esa es una gran mentira. Ya que ningún lector de estas páginas sería culpable de dicha insensatez, la vamos a ignorar. 

¿Dónde se inicia esta frialdad, mala memoria, o al menos indiferencia, hacia la Madre Santísima? Al no darse cuenta que su Hijo, Jesús, es el Hijo Eterno de Dios. En el momento que ponga a Nuestro Divino Señor al mismo nivel que Julio César o Karl Marx, Buda o Carlos Darwin, es decir, como un mero hombre entre los hombres, la idea de una reverencia especial a Su Madre, como diferente a nuestras madres, se torna positivamente repelente. Cada hombre famoso tiene también una madre. Cada persona puede decir: “Tengo mi madre, y la mía es tan buena o mejor que la tuya”. Esa es la razón por la cual poco se escribe acerca de las madres de hombres famosos —debido a que cada madre fue considerada la mejor por su hijo. Ninguna madre de un mortal tiene derecho a mas amor que cualquier otra madre. Por lo tanto, a ningún hijo o hija se le requiere que escoja a la madre de otro como la Madre de las Madres.  

Nuestro Señor describió a Juan el Bautista como “el mayor hombre nacido de mujer.” Supongamos que un culto fuera iniciado para honrar a su madre, Isabel, como superior a cualquier otra madre. ¿Quién entre nosotros no se rebelaría contra dicho culto, considerándolo excesivo? Todo lo que los críticos dijeran acerca de dicha exageración sería bien recibido, por la simple razón de que Juan el Bautista es solo un hombre. Si nuestro Señor es solo otro hombre, u otro reformador ético, u otro sociólogo, entonces compartiríamos, incluso con el más intolerante, el resentimiento contra la idea de que la Madre de Jesús es diferente a cualquier otra madre. 

El Cuarto Mandamiento dice: “Honrarás a tu padre y a tu madre.” No dice nada acerca de honrar a la madre de Gandhi o al padre de Napoleón. Pero el Mandamiento de honrar a nuestros padres no impide adorar al Padre Celestial. Si el Padre Celestial envía a Su Divino Hijo a la tierra, el Mandamiento de honrar a nuestras madres terrenales no impide venerar a la Madre del Hijo de Dios. 
Si María fuera solo la madre de otro hombre, no podría ser también nuestra madre, porque los vínculos de la carne son demasiado exclusivos. La carne permite solo a una madre. El paso entre una madre y una madrastra es amplio, y pocos son los que pueden darlo. Pero el Espíritu permite a otra madre. Ya que María es la Madre de Dios, ella puede ser la Madre de todos los redimidos por Cristo. 

La clave para entender a María es esta: No comenzamos con María. Comenzamos con Cristo, ¡el Hijo del Dios Vivo! Cuanto menos pensamos en El, menos pensamos en ella; cuanto más pensamos en El, más pensamos en ella; cuanto más adoramos Su Divinidad, más veneramos su Maternidad; cuanto menos adoramos Su Divinidad, menos razón tenemos para respetarla. Podríamos incluso disgustarnos al escuchar su nombre, si llegáramos a ser tan perversos en no creer en Cristo el Hijo de Dios. Nunca se dará el caso en que alguien que realmente ame a Nuestro Señor como Divino Salvador tenga aversión a María. Aquellos que tengan aversión a cualquier devoción a María son los que niegan Su Divinidad o critican a Nuestro Señor debido a lo que El dice acerca del infierno, el divorcio y el juicio. 

Es a causa de Nuestro Divino Señor que María recibe una especial atención, y no a causa de si misma. Por sí sola, su maternidad se disolvería en la humanidad. Pero cuando se la ve a la luz de la Divinidad de Jesus, ella es única. Nuestro Señor es Dios que se hizo hombre. Nunca antes o después la Eternidad se encarnó en una mujer, ni la Omnipotencia asumió los lazos de la carne en una doncella. Es su Hijo quien hace su maternidad diferente. 

Un chico católico de un colegio parroquial le estaba comentando a un profesor universitario que era su vecino acerca de la Madre Santísima. El profesor se mofó del chico, diciendo “Pero no hay ninguna diferencia entre ella y mi madre.” El chico respondió: “Eso es lo que usted dice, pero hay una diferencia abismal entre los hijos.” 

Esa es la respuesta. Distinguimos a la madre de Nuestro Señor de todas las otras madres porque Nuestro Señor es  diferente a todos los otros hijos. El es diferente porque fue Eternamente Engendrado por el Padre como el Hijo de Dios y fue en el tiempo engendrado en el seno de María como el Hijo del Hombre. Su venida creó un nuevo grupo de relaciones. María no es una persona privada; todas las otras madres lo son. Nosotros no la hicimos diferente; nosotros la hallamos diferente. Nosotros no escogimos a María; El la escogió.

 
El Adviento de María. PDF Imprimir E-mail
Usar puntuación: / 3
MaloBueno 
Reflexiones - Maria

El Adviento de María.

Autor: Madre Adela Galindo, Fundadora SCTJM.
Fuente: fiat.materunitatis.org

ADVIENTO es tiempo de espera, tiempo en que aguardamos la manifestación de un gran acontecimiento: el nacimiento de Nuestro Salvador.

Tiempo de espera gozosa y expectante ya que lo que esperamos es la llegada de nuestra Salvación. Es un tiempo importante y solemne, es tiempo favorable, día de salvación, de la paz y de la reconciliación, el tiempo del que estuvieron esperando y ansiando los patriarcas y profetas y que fue tiempo de tantos suspiros, el tiempo que Simeón vio lleno de alegría, que la Iglesia celebra solemnemente y que también nosotros debemos vivir en todo momento con fervor, alabando y dando gracias al Padre Eterno por la misericordia que en este misterio nos ha manifestado. Por eso escuchamos la exclamación del profeta Simeón al tener ante sus ojos al Salvador tan esperado: "Ahora Señor según tu promesa puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto a tu salvación, la que has preparado ante todos los pueblos. Luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel" (Luc 2: 29)

Adviento es el tiempo, que vivió la profetisa Ana, también en el templo, en oración y ayunos. Por ello, hablaba del niño a los que esperaban la redención de Jerusalén. Adviento es el tiempo de espera y preparación para las manifestaciones de Dios. Siempre las manifestaciones del Señor requerirán de nuestra parte una especial preparación. Todo período anterior a una manifestación de Dios debe considerarse un adviento y vivirse como tal. Esperar sin preparar el corazón para el evento que se espera, es desaprovechar el tiempo de gracia que el Señor ha determinado para la humanidad.

Adviento: Poner la Mirada en el misterio de la Encarnación.

En el Evangelio de San Lucas, cuando el Señor anuncia el año de gracia, dice que "todos los hombres fijaron su mirada en El":en medio de las grandes oscuridades del mundo, aparece su luz. "La palabra se hizo carne y habitó entre nosotros, en ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no pudieron apagarla" (Sn. Jn. 1).

La historia de la salvación tiene en Cristo su punto culminante y su significado supremo. Él es el Alfa y el Omega, el principio y el fin. Todo fue creado por Él y para Él, y todo se mantiene en Él. Es el Señor de la historia y del tiempo. En Él, el Padre ha dicho la palabra definitiva sobre el hombre y la historia. (Tertio Millennio Adveniente # 5). El es el mismo, ayer, hoy y siempre.

La encarnación es la revelación de Dios hecho hombre en el seno de María Santísima por obra del Espíritu Santo. Viene al mundo a través de Ella, prepara con una gracia excelentísima, única y singular, a Aquella que sería su Madre, su portadora, el canal privilegiado y la asociada por excelencia en la obra de redención.
Dios intervino en la humanidad a través de la mediación materna de María. Siempre será así. Es a través de Ella que viene el Redentor al mundo. Es Ella quien lo trae y presenta al mundo.

Por eso, no podemos fijar la mirada en la Encarnación del Verbo, sin contemplar necesariamente a la Virgen Santísima.

Ella es instrumento singularísimo en la Encarnación. Por su fiat Dios se hace hombre en Ella. San Bernardo dijo: "nunca la historia del hombre dependió tanto, como entonces, del consentimiento de la criatura humana".

En este tiempo de Adviento, en que fijamos la mirada en la Encarnación del Verbo, para prepararnos mejor a su manifestación, debemos contemplar a María, Aquella elegida para estar unida a este gran misterio.
"La alegría de la Encarnación no sería completa si la mirada no se dirigiese a Aquélla que, obedeciendo totalmente al Padre, engendró para nosotros en la carne al Hijo de Dios. Llamada a ser la Madre de Dios, María vivió plenamente su maternidad desde el día de la concepción virginal, culminándola en el Calvario a los pies de la Cruz".

Ella nos conduce a contemplar el Misterio de la Encarnación, pues es partícipe como nadie.
Ella nos dirige como la Estrella que guía con seguridad sus pasos al encuentro del Señor (Tertio Millennio Adveniente # 59). Ella la elegida para traer al Verbo, vive el Adviento, la espera del Salvador, nos enseña a abrir de par en par el Corazón al Redentor, como tanto nos ha pedido el Siervo de Dios Juan Pablo II. Como se espera con corazón abierto al Redentor. No podemos vivir plenamente el Adviento sin dirigir la mirada al primero y al personaje que lo vive. Ella es el corazón que ha sido preparado por Dios para esperar, para abrir el camino al Salvador.

El Adviento de María.

El Señor quiso preparar el corazón de los justos del Antiguo Testamento con las condiciones necesarias para recibir al Mesías. Entre más estuvieran llenos de fe y confianza en las promesas recibidas, mas llenos de esperanza por verlas realizadas y mas ardieran de amor por el Redentor, mas listos estaban para recibir la abundancia de gracias que el Salvador traería al mundo. A medida que pasaba el tiempo, Dios iba preparando con mayor intensidad a su pueblo, derramando gracias, hablando, despertando mas el anhelo de ver al Salvador y levantando hombres y mujeres que prefiguraban a quienes estarían en relación directa con el Salvador en su venida.

¿Quien es la que ha esperado en perfección la venida del Salvador? La Virgen Santísima.
Toda esta preparación de Dios a su pueblo alcanza su culmen en la Santísima Virgen María, la escogida para ser la Madre del Redentor. Ella fue preparada por el Señor de manera única y extraordinaria, haciéndola Inmaculada. Tanto le importa a Dios preparar nuestros corazones para recibir las manifestaciones de su presencia y todas las gracias que Él desea darnos, que vemos lo que hizo con la Santísima Virgen María.
Ella, fue concebida inmaculada, sin mancha de pecado, sin tendencias pecaminosas, sin deseos desordenados, su corazón totalmente puro, espera, ansía y añora solo a Dios. Toda esa acción milagrosa del Espíritu Santo en ella tuvo un propósito, prepararla para llevar en su seno al Salvador del mundo. Eso es lo que requiere ser la Madre del Salvador.

Si entre mas fe en las promesas, mas esperanza en verlas realizadas y mas ardiente amor hacia el Salvador hacía a un corazón mas capaz de recibir al Señor, imagínense la intensidad de la fe, la esperanza y la caridad que residían en el corazón de María que lo hizo capaz de concebir en su seno al Hijo de Dios.

El Adviento de la Virgen María está marcado por las tres grandes virtudes teologales: Fe, Esperanza y Caridad.

 
<< Inicio < Prev 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 Próximo > Fin >>

Página 2 de 15

Busca un tema de tu interes:

Encuesta

Te gusta el nuevo site