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Maria
En María de Altagracia vida y fortaleza. PDF Imprimir E-mail
Reflexiones - Maria


En María de Altagracia vida y fortaleza.

Autor:
Padre Marcelo Rivas Sánchez
Fuente: www.diosbendice.org

Muchos, demasiados han querido llegar hasta el final y no lo han podido lograr. Por eso, a la hora de buscar la fortaleza para tener un final bendecido por Dios, la Virgen María la obsequia porque la tiene y la supo dar a conocer.

Todos debemos y jamás olvidar que todas las gracias que nos vienen de Dios pasan por las manos de María. Hay que pedirlas todos los días y sin cansarse. Pues sin la fortaleza seremos destruidos e incluso, arrebatados a la perdición y a la esclavitud.

La fortaleza es necesaria para no tener miedo, incluso para quitar el miedo a la muerte. Se recibe el día de nuestro bautismo y es acompañante a la hora de hacer el bien. Por tanto, nos hace fuertes ante el mal, pero también engrandece nuestros corazones para que busquemos el bien y lo vivamos. Esa fortaleza bien la define y la acentúa San Pablo (Romanos 8,31) “Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?” Entonces si estamos unidos a Cristo con la vida de gracia y en oración, habrá seguridad, ya que con Cristo todo lo podremos.

En María una fortaleza de mujer única y exclusiva. La Virgen María, es hoy por hoy, modelo de fortaleza, desde aquel momento que viendo a su hijo en la cruz permaneció fiel. Estaba fortalecida ya que tenía su confianza en Dios. Nada le quitó la esperanza. Nada ni siquiera la flagelación, al corona de espinas, la cruz acuestas… Ella que quedó a su lado, sin una pizca de duda, pues había entendido que esa era la voluntad de Dios.

Su fortaleza se alimentaba con su oración sincera, constante y confiada. Eso le dio valor y desde ahí comprendió que podía llegar hasta el final si se mantenía muy unida a Dios. Es por eso, que a nosotros, nos corresponde imitar ese gran ejemplo de madre y excelente cristiana.

Nosotros, al conocer a María, sentimos la fuerza de su ejemplo y delante del sufrimiento en la muerte de un ser querido obtenemos una fortaleza especial. Con capacidad de guardar silencio y tratar, que con el tiempo, encontrar respuestas. Esto muy unido a la oración delante del Sagrario, la lectura orante de la Biblia. Es María que nos lleva a Jesucristo resucitado que habita en nuestras vidas.

Vamos, entonces, al encuentro con María, Madre y Modelo, Consuelo de todos los creyentes. Porque nuestra Señora de Altagracia. La más alta. La más llena de gracia, que lleva en sus manos al Niño Jesús, nos interpela a renovar nuestra fe. Ella quiere conducirnos y nos toca a nosotros recorrer en la fe, que hay que cuidar y alimentar, para que en tantas dificultades entendamos la gracia del amor de Dios. Hoy más que nunca nos recuerda lo ofrecido por su Hijo Jesucristo: “vengan  a mí todo los que están cansados y agobiados, que yo los aliviaré” (Mateo 11,28)

Entonces pidamos con fe y en manos del Defensor y Consolador, Espíritu Santo, dejemos toda la esperanza, de la cual se alimentó la Virgen para darnos el mejor regalo de la salvación: Cristo Jesús

Virgen de Altagracia, cuya presencia es tan especial para Dios
porque estás llena de su gracia.
Intercede por nosotros.


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María en Pentecostés. PDF Imprimir E-mail
Reflexiones - Maria

María en Pentecostés.

Autor:
P. Florián RODERO
Fuente: mercaba.org

La madre silenciosa. Cuarenta días en el anonimato. Nadie sabe lo que hizo ni cómo vivió María después de la deposición de su Hijo en el sepulcro. ¿Cristo se le apareció o no? Para la respuesta, afirmativa o negativa, hay razones justificadas. La curiosidad humana hubiera querido sentirse más satisfecha. Quizá el evangelio, según el parecer de san Ambrosio, guarda un respetuoso silencio y un silencioso pudor. San Lucas, tan prolijo en detalles sobre María al inicio en el evangelio así llamado de la infancia, deja en la penumbra la persona de María durante los cuarenta días en los cuales Jesús, en diversas formas y en diferentes lugares, se aparece y conversa con sus discípulos.

Ni siquiera se menciona su presencia en el momento solemne, majestuoso y a la vez triste del último adiós de Jesús a la tierra, a sus discípulos y a sus seres queridos. Es interesante constatar el hecho de que Jesús, habiendo tenido necesidad de una madre para hacer su entrada silenciosa y humilde en la tierra y en la historia (y para ese acontecimiento trascendental María había sido la primera protagonista), en el momento en que abandona nuestros días y nuestras noches para inaugurar la nueva y definitiva historia, parece que no tiene necesidad de la presencia de su madre.

Sin embargo, san Lucas destaca, en medio del anonimato del grupo presente en Pentecostés, la figura de María, la madre de Jesús.

Varios pueden ser los motivos por los que el evangelista resalta la presencia de María en Pentecostés. Uno de ellos es, sin duda, el vínculo existente entre María y la Iglesia, porque María es, a la vez, un miembro «excelentísimo y enteramente singular» (Lumen gentium, 53) y «verdadera madre de los miembros de Cristo» (ib.)

María, pues, reaparece cuando la Iglesia inicia su camino evangelizador impulsada por el dinamismo de la presencia del Espíritu. Así como María abrió las puertas a la nueva historia de la salvación al adherirse con su libre y total sí al plan del Padre, debía estar presente cuando esta historia se hace cuerpo con el nacimiento «oficial» de la Iglesia. Cromacio de Aquileya, comentando Hechos 1,14, afirma: «La Iglesia se reunió en la habitación del piso superior de la casa, juntamente con María, la Madre de Jesús y juntamente con sus hermanos. Por esto mismo, no se puede considerar a la Iglesia como tal si no está presente María, Madre del Señor, juntamente con sus hermanos» (Sermón 30). En este sentido, san Francisco de Asís, recogiendo la expresión del poeta Prudencio, vinculaba a María con la Iglesia, llamándola «esposa del Espíritu Santo».

No podía faltar en este preciso momento la presencia de María porque «en la economía de la gracia, actuada bajo la acción del Espíritu Santo, se da la particular correspondencia entre el momento de la encarnación del Verbo y el del nacimiento de la Iglesia. La persona que une estos dos momentos es María: María en Nazaret y María en el cenáculo de Jerusalén. En ambos casos su presencia discreta, pero esencial, indica el camino del "nacimiento del Espíritu"» (Redemptoris mater, 24). El Espíritu que colmó a María es el mismo Espíritu que invadió a la Iglesia naciente. En el nacimiento del Cristo histórico y en el nacimiento del Cristo místico la presencia de María sigue teniendo un valor maternal.

La Iglesia era aún tierna, infante, y para esos momentos la presencia de la madre era indispensable. La Iglesia naciente en Pentecostés se plasma en la comunión por el Espíritu de todos los primeros miembros, entre los cuales se encuentra María. Pero no como un miembro más, porque sería superfluo que san Lucas enfatizara la comparecencia de la madre de Jesús, si no hubiera otra intención que la de verificar un simple hecho histórico. Si Jesús antes de su muerte había entregado a María como madre a Juan, -en el cual se encontraban representados todos los discípulos actuales y futuros- la presencia de la madre en la primera comunidad cristiana era algo tan sencillamente natural como naturalmente necesario. Es la presencia de la maternidad espiritual. Ya no podía dar de nuevo a la luz a su Hijo; pero presenciaba activamente el nacimiento nuevo de Cristo en el parto de la Iglesia.

Podría afirmarse que, en un primer momento, por la fuerza del Espíritu Santo que ya habitaba en María, toda la futura Iglesia está en manos de María. La presencia de María en Pentecostés garantiza la nueva efusión del Espíritu Santo que «crea» la Iglesia del futuro.

Otra de las razones de la presencia de María en Pentecostés es su valor magisterial y paradigmático. María, que conservaba en su corazón todos los acontecimientos desde que entró a formar parte en el plan de Dios, proclamaría ante los Apóstoles su fe y les ayudaría a comprender los misterios de su Hijo. De esta forma prepararía a los discípulos a recibir al Espíritu Santo. María referiría a los discípulos todas sus experiencias, las palabras de Jesús, las enseñanzas aprendidas en los treinta años de convivencia con su Hijo y todo aquello que era desconocido para los Apóstoles. Ella, que estaba iluminada por el Espíritu Santo, podía preparar las mentes todavía oscuras de los discípulos. Quizá María, que para ese momento ya tenía más clarificado el misterio de su Hijo, no estuvo presente en la ascensión de Jesús porque no podía reflejarse en las dudas de los Apóstoles y por ello mismo las palabras de cierto reproche de Jesús a sus discípulos en su despedida no podían referirse a su madre. María tenía clara conciencia de que un día su Hijo tendría que regresar a su verdadero Padre, porque no había tenido un padre terreno.

María está entre los discípulos como maestra de oración que los prepara a recibir al Espíritu: su venida se realiza en un contexto de oración. ¿Quién mejor que María podía dar ejemplo de recogimiento, de aceptación del Espíritu?

La potente intercesión de María, ya comprobada en las bodas de Caná, era una garantía de su poderosa súplica en Pentecostés. «La súplica de la misma Virgen tuvo ciertamente gran peso ya en el misterio de la Encarnación, ya en la venida del mismo Paráclito sobre los Apóstoles reunidos» (León XIII, Divinum illud, 9 de mayo de 1897).

«Ella fue la que, por medio de sus eficacísimas súplicas, consiguió que el Espíritu del divino Redentor, otorgado ya en la cruz, se comunicara en prodigiosos dones a la Iglesia, recién nacida el día de Pentecostés» (Pío XII, Mystici corporis, 29 de junio de 1943).

Otro motivo que justifica la presencia de María en el cenáculo es el hecho de que María es un paradigma y a la vez un estímulo de cómo se colabora en la obra de Jesús y no solamente por los vínculos familiares, sino por el nuevo y más perfecto: el vínculo de la fe. Ella conforta, fortalece, anima e impulsa a continuar la obra de su Hijo. El mismo Espíritu que había preparado y transformado a María, ahora prepara, transforma y renueva a la Iglesia de la primera comunidad, que irrumpe en la historia en una aurora de fuego y de luz que ya no tendrá ocaso.

María en Pentecostés es, a su vez, en medio de los Apóstoles, un apóstol. Esto no quiere decir que la venida del Espíritu Santo en Pentecostés haya otorgado a María una nueva misión. María ya había recibido, por la misma fuerza del Espíritu Santo, su misión esencial: la maternidad divina, y esa misión ya entrañaba la de evangelizar, la de entregar a Cristo, que, en definitiva, es la misión fundamental y característica de un apóstol. Por otra parte, María era el «sagrario del Espíritu Santo» (Lumen gentium, 53) y esa presencia del Espíritu en ella superaba cualquier otra presencia del mismo Espíritu Santo en los demás discípulos. Severo de Antioquía, al comentar el pasaje de Hechos 1,14, dice de María que era apóstol: «Este es un justo título que supera a todos los Apóstoles, porque desde el principio es incluida entre los mismos apóstoles, según se lee en el libro de los Hechos» (Homilía XIV en recuerdo de la santa Madre de Dios). María ha predicado como los Apóstoles, pero de forma silenciosa, «mediante su parto singular y extraordinario y por eso mismo, lleno de consecuencias por medio de la concepción sin igual. Todo esto ha hecho de María la madre y la raíz de la predicación evangélica» (ib.).

En definitiva, la presencia de la madre de Jesús en el cenáculo recordaba a los discípulos la presencia viva de su Maestro.

De estas reflexiones se desprende una enseñanza obvia y sencilla: en toda comunidad cristiana, animada por el Espíritu, debe estar presente María.

 
María la llena de gracia que nos alcanzó perdón. PDF Imprimir E-mail
Reflexiones - Maria

Dime que te cuento y te diré que aprendes.

Temas marianos: 1. María la llena de gracia que nos alcanzó perdón.

Autor:
Padre Marcelo Rivas Sánchez
Fuente: www.diosbendice.org

Temas marianos: 1. María la llena de gracia que nos alcanzó perdón.

María, dulce refugio de los pecadores,

cuando mi alma esté para dejar este mundo,

Madre mía, por el dolor que sentiste

asistiendo a vuestro Hijo que moría en la cruz,

asísteme también con tu misericordia.

Oración para la buena muerte de San Alfonso María de Ligorio.

María, esa niña hija de Joaquín y Ana, que se deja ver por Dios por su gracia y amor. De eso tenemos un testigo al Ángel Gabriel, quien reconociendo esta gracia saluda a la Virgen: No temas, María, porque has hallado la gracia” (Lc 1, 30) Esto no quiere decir    que antes de este encuentro no la tenía. Nada de eso. La Virgen estuvo siempre con Dios y la gracia de Dios estaba en Ella.
Es normal que nos acerquemos a la Virgen María para que, si por algún motivo, perdemos la gracia, en María la recobremos. En Ella un camino que nos conduce a la salvación. Ella es Mediadora de paz entre Dios y los hombres.

María es la gran esperanza de nosotros los pecadores. Bien dice San Agustín: “Única esperanza de nosotros pecadores, ya que por su medio esperamos la remisión de todos nuestros pecados” En Ella la gran intercesión para recibir el perdón de nuestras faltas.

Isabel, su querida prima, entrada en años, al verla exclama: “Quién soy para que me visite la madre de mi Señor” y desde ese momento y para siempre “Desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones” (Lc 1, 48) y de esta manera, todos han conseguido la vida de la gracia y la gloria eterna.

María nos reconcilia con Dios. Es la maravilla para quienes siguen sus huellas. De ahí que sea la abogada, por cuya intercesión, por los méritos de Jesucristo, Dios perdona a todos los pecadores que a ella se encomiendan.

Por ejemplo cuanta gente atrapada en el pecado y sin poder escapar, después de haber escuchado una predicación acerca del santo Rosario, su vida ha cambiado para siempre y hacia Dios.

Entonces, en María se encuentra la esperanza para los pecadores. Ellos, desatados de los lazos del Diablo, y cayendo a los pies de María, ruegan su clemencia. Encontrando en Ella el mejor refugio. Faro luminoso que rompe la oscuridad del pecado y nos conduce a puertos seguro.

Es María que, guardando todo en su corazón, abre sus brazos para dar cabida a quienes arrepentidos se acercan para encontrar consuelo y perdón. La misma que da la orden en aquella fiesta de las Bodas de Caná “Hagan lo que él les diga” De ahí, que hay que tener decisión para marchar al encuentro de quien es capaz de dar amor y guía para la senda de la conversión.

Aunque haya muchos que se nieguen al regazo de María Virgen, Ella continúa llamando e invitando. Lo hace en nombre del mismo sufrimiento que padeció su propio Hijo. La pobreza de aquel helado establo, la huída para Egipto antes de que Herodes le matara, sin dejar a un lado los dolores y fatigas de aquella cruz tan cruel y desoladora.

De esa vida, ojos y manos que fueron testigos de tan grande dolor. María se levanta, como estandarte vigoroso que siembra esperanzas y sostiene letras de canciones de alabanzas. Por eso, y para siempre, cada pecador en Ella encuentra abrigo y piedad.

María, seguirá siendo la Madre de la misericordia, que viviendo en su gracia de amor divino, invita, en gran sentido de humildad para caer de rodillas ante el sacramento de la confesión y hacer nacer, en arrepentimiento vivo, la gracia de Dios que quiere la vida de sus hijos. Jamás la muerte, siempre la felicidad.

María, madre de todos, ruega por nuestra conversión. Amén.

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La Pascua con María. PDF Imprimir E-mail
Reflexiones - Maria

La Pascua con María.

Autor:
Fuente:
www.rmbarcelona.blogspot.com

La Pascua es un tiempo eminentemente cristológico. Este tiempo litúrgico nos orienta hacia la presencia y el don de Cristo Resucitado, que llena esplendor de su luz la vida de los cristianos. Nuestra vida, unida a la de Cristo por el bautismo y por la Eucaristía, participa de la Pascua del Señor. Si vivimos con Él, vivimos de Él. La vida del cristiano participa ya de la eternidad en la que Cristo vive y actúa.

Pero no faltan motivos para recordar a María en el tiempo de Pascua y en la espera del Espíritu Santo. Conviene que la espiritualidad de este tiempo esté marcada por su presencia y su ejemplo. Sabemos indirectamente que la Virgen participa de la Pascua de su Hijo, en la alegría de su Resurrección, y como Mujer nueva que ha vivido, como ningún otro, junto al Hombre nuevo, el misterio pascual. María está presente en Pentecostés, en la oración común (Cf. Hch. 1, 14), como Madre de Jesús. La iconografía más antigua representa a María en la Ascensión como figura y modelo de la Iglesia. Es, pues, Virgen de la Pascua del Hijo, Iglesia orante de la Ascensión y en la espera del Espíritu, Madre de Jesús y de los discípulos de Cristo en la efusión del Espíritu Santo (Cf. LG 59).

El documento del Capítulo General de los Siervos de María "Haced lo que os diga", expresa este deseo de ver subrayada la presencia de María en el misterio pascual, cuando escribe que, respetando el sentido del tiempo de Pascua y la debida atención a sus contenidos, la liturgia "debe mostrar la potencia de la Pascua de Cristo y el don del Espíritu operante en María. Por otra parte, es deseable que la liturgia pascual, sobre el hilo conductor del dato bíblico (Hch. 1,14), desarrolle culturalmente la relación arcana existente entre el Espíritu, la Iglesia y María".

Este deseo ha sido escuchado en parte en la Colección de Misas de la Virgen María. Expresa el sentido mariano del tiempo pascual esta nota que precede las misas del tiempo de Pascua: "En el gran domingo, esto es, durante los cincuenta días que la Iglesia, con alegría y júbilo, celebra el misterio pascual, la liturgia romana recuerda también a la Madre de Cristo llena de gozo por la resurrección de Cristo, dedicada a la oración con los apóstoles y esperando confiadamente con ellos el don del Espíritu Santo. La Iglesia por su parte, al ejercer su función maternal, celebrando los sacramentos de la iniciación cristiana –que son los sacramentos pascuales-, reconoce en la Santísima Virgen el modelo de su maternidad y se da cuenta, además, de que en la Madre de Cristo tiene un modelo y una ayuda en el encargo de proclamar el Evangelio que Cristo le encomendó después de resucitar de entre los muertos (Cf. Mt. 28, 19-20)."

Entre los elementos marianos de la liturgia del tiempo pascual recordamos: el saludo de Completas: Regina coeli; el Magnificat de Vísperas, rezado en la perspectiva pascual de su composición y de los sentimientos de María después de la Pascua, cuando ya en Cristo se han realizado algunas promesas del Magnificat: ha exaltado a los humildes. Tienen un tono mariano algunas oraciones de intercesión que aparecen en Vísperas.

La celebración del mes de mayo en honor de María no debe desviar la mirada de esta espiritualidad mariana pascual. La fiesta de la Visitación puede ser contemplada a la luz de Pentecostés, anticipado en María. Se celebra en algunas naciones el lunes después de Pentecostés la fiesta de María, Madre de la Iglesia, con los formularios que ahora se encuentran en el Misal Romano, como misas votivas de la Virgen.

También la primera fiesta del año de la Virgen del Capítulo se celebra en este primer lunes después de Pentecostés. Es motivo de alegría, de júbilo y esperanza, la presencia la fiesta de nuestra Madre Santísima precisamente después de recibir el don del Espíritu Santo. Que Ella nos ayude a vivir santamente la Pascua y, como ella, a esperar en actitud orante la fuerza del Espíritu Defensor.

¡Feliz y santa Pascua en compañía de María!

 
Con María... vivimos la Pascua. PDF Imprimir E-mail
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Reflexiones - Maria

 

Con María... vivimos la Pascua.

Autor:
Fraternidad carmelitana.
Fuente: www.mercaba.org

1. COMUNIDAD DE COMUNIDADES

Tras la Resurrección de Jesús, llenos del Espíritu Santo y acompañados por la Virgen María, los discípulos de Jesús se reunieron formando comunidad. Anunciaron el Evangelio, y, donde quiera que iban, fundaban pequeñas comunidades de fe, esperanza y amor, centradas en Jesucristo y dedicadas a la Palabra de Dios, a la oración, la vida fraterna y al servicio. Compartían sus bienes y velaban por que ninguno pasara necesidad. Se organizaron como miembros útiles de un mismo cuerpo; unidos en un mismo espíritu se distribuyeron funciones y servicios. Como piedras vivas de un único Templo, cada uno cumplía su función. Se prestaban mutuo auxilio, y celebraban con gozo la Cena del Señor. Eran la alegría del pueblo, y motivo para que muchos acogieran la fe en el Señor.

2. EN DECIDIDA OPCIÓN POR LA VIDA.

A imitación de Jesús, los primeros cristianos se pusieron al lado de los débiles: Curaron a los enfermos, liberaron con la fuerza de Cristo a los que estaban oprimidos, acogieron a pecadores convertidos, atendieron huérfanos y viudas y se extendieron como familia principalmente entre los despreciados de la tierra. Hicieron colectas en favor de las comunidades pobres; repartieron sus bienes entre los más necesitados, y se lanzaron por el mundo entero a transmitir la Vida y la Verdad.

Llenos del Espíritu Santo, soportaron arrestos, tortura, frío, hambre, calumnias, persecuciones y martirio. Pero, a imagen del Maestro, respondieron bien por mal. Embriagados de Esperanza, no temieron a la muerte. Fortalecidos en el Amor de Cristo donaron sus vidas, para que el mundo tenga Vida y la tenga en abundancia.

3. CON ESPERANZA EN LA VIDA NUEVA

Estamos iniciando un nuevo siglo, un nuevo milenio. Estos años anteriores han sido de mucho sufrimiento para nuestro pueblo. Uno a uno, los grandes imperios, como aves de rapiña, nos han ido despojando de los bienes, de la vida, la cultura, la libertad y de la paz.

Pero nuestro pueblo, a pesar de su sufrimiento, ha sabido mantenerse como pueblo de esperanza. Nuestra gente sencilla, con Pablo recuerda, que ni la angustia, ni el hambre, ni la desnudez, ni la persecución, ni la espada podrán apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús (cf. Rom. 8).

Hemos de promover la esperanza. Con los pies en el suelo, la Biblia en la mano, los ojos en la realidad y el corazón en el pueblo, haremos de nuestro patria esa Tierra Nueva donde habite la justicia.

Y para esto nos anima la certeza de que María, que acompañó a Jesús desde su concepción hasta la cruz, nos estará acompañando para que la entrega de su Hijo, dé abundante fruto entre nosotros.

 
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