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Maria
María en el Tiempo de Cuaresma. PDF Imprimir E-mail
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Reflexiones - Maria

María en el Tiempo de Cuaresma.

Autor:
Fuente:
elalfaylaomega-elprograma.blogspot.com

La liturgia nos presenta en este tiempo a la Virgen como modelo de creyente que medita y escucha la Palabra de Dios. Observamos a María, obediente a la voluntad del Padre, ella camina también hacia la cruz. Ha sido vista así por la tradición cristiana muy cerca a la cruz. Es verdad que existe un ropaje que nos dificulta ver a María como creyente obediente al Padre, creyente que hace también un camino de fe y de subida a Jerusalén.

La presencia de las procesiones cuaresmales, la presencia de María en esas procesiones, con tanta fuerza, responde a una teología válida: María sentida y celebrada como creyente fiel, como compañera privilegiada del Hijo que se entrega.

En el camino cuaresmal, la figura de María aparece con sobriedad, con discreción, con sigilo, casi de puntillas. El centro de la cuaresma es la profesión bautismal y los compromisos que ella supone. En definitiva, el centro cuaresmal es la preparación a la pascua. En el camino, como una más, pero como creyente significativa, está María. No es un adorno cuaresmal. Es un modelo. Ella ha recorrido también ese camino. Como lo recorrió su Hijo, como lo tiene que recorrer cualquiera que sea seguidor de Cristo.

La nota característica de la cuaresma es el discipulado. Quien sigue a Jesús es el que escucha su palabra y la pone en práctica. En este sentido María se presenta como la discípula del Señor. Ella tuvo que pasar de ser madre biológica a ser madre creyente y fiel. La devoción a María no es un puro grito del alma o del sentimiento del creyente. Es la admiración de la obra de Dios en María, la llena de gracia.

Juan nos presenta a María como compañera junto a la cruz del Señor. Ausente, silenciosa y silenciada durante el ministerio público de Jesús, aparece en el momento cumbre de la cruz. Cumple así lo que el Hijo había anunciado: “el que quiera ser mi discípulo de verdad, que cargue con su cruz y me siga; y donde yo esté, estará él”.


Celebrando a María, celebramos el misterio de la salvación. Por ello la Cuaresma es también tiempo oportuno para crecer en nuestro amor filial a Aquella que al pie de la Cruz nos entregó a su Hijo, y se entregó Ella misma con Él, por nuestra salvación.

Este amor filial lo podemos expresar durante la Cuaresma impulsando ciertas devociones marianas propias de este tiempo: “Los siete dolores de Santa María Virgen”; la devoción a “Nuestra Señora, la Virgen de los Dolores” (cuya memoria litúrgico se puede celebrar el viernes de la V semana de Cuaresma; y el rezo del Santo Rosario, especialmente los misterios de dolor.

 
María y la Cuaresma. PDF Imprimir E-mail
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Reflexiones - Maria

María y la Cuaresma.

Autor:
P. Luis Manuel López Salazar
Fuente: periodicologos.mx

De la misma manera que el antiguo pueblo de Israel marchó durante cuarenta años por el desierto para poder ingresar a la Tierra Prometida, la Iglesia, Nuevo Pueblo de Dios, se prepara para vivir y celebrar la Pascua del Señor. A este Tiempo litúrgico que comienza con el primer domingo de Cuaresma y culmina con la celebración del misterio pascual. Un camino de penitencia y arrepentimiento, una época de transformación interior del hombre, como hombre y como cristiano, un cristiano que aguarda celebrar aquel acontecimiento, que es el baluarte de su fe, el vencimiento del pecado, la derrota de la muerte, el triunfo de Nuestro Señor Jesucristo sobre el maligno.

En este camino que nos prepara para acoger el misterio pascual del Señor, no puede estar ausente su Madre. La Santísima Virgen María está presente durante la Cuaresma, pero lo está de manera silenciosa, oculta, sin hacerse notar, como premisa y modelo de la actitud que debemos asumir.

Durante este tiempo de Cuaresma, es el mismo Señor Jesús quien nos señala a su Madre. Él nos la propone como modelo perfecto de acogida a la Palabra de Dios. María es verdaderamente dichosa porque escucha la Palabra de Dios y la cumple.

La vida cristiana no es otra cosa que hacer eco en la propia existencia de aquel dinamismo bautismal, que nos selló para siempre: morir al pecado para nacer a una vida nueva en Jesús, el Hijo de María. Esa es la elección del cristiano: la elección radical, coherente y comprometida, desde la propia libertad, que nos conduce al encuentro con Aquel que es Camino, Verdad y Vida encuentro que nos hace auténticamente libres y nos manifiesta la plenitud de nuestra humanidad.

Todo esto supone una verdadera renovación interior, un despojarse del hombre viejo para revestirse del Señor Jesús. En palabras de Pablo VI: “Solamente podemos llegar al reino de Cristo a través de la conversión, es decir, de aquel íntimo cambio de todo el hombre –de su manera de pensar, juzgar y actuar– impulsados por la santidad y el amor de Dios, tal como se nos ha manifestado a nosotros este amor en Cristo y se nos ha dado plenamente en la etapa final de la historia”.

Estos días cuaresmales nos invitan de manera apremiante al ejercicio de la caridad; si deseamos llegar a la Pascua santificados en nuestro ser, debemos poner un interés especialísimo en la adquisición de esta virtud, que contiene en sí a las demás y cubre multitud de pecados. Teniendo como ejemplo a la madre del salvador, escuela de virtudes y de santidad, a aquella que enseñó al mismo Jesucristo a humanamente amar, pidámosle que nos enseñe la caridad, es ella la que nos puede llevara a la transformación de nuestra existencia para que esta desborde caridad para con los que nos rodean.

Esta es la gran aventura de ser cristiano, a la cual todo hijo de María está invitado. Camino que no está libre de dificultades y tropiezos, pero que vale la pena emprender, pues sólo así el ser humano da respuesta a sus anhelos más profundos, y encuentra su propia felicidad.

En el camino cuaresmal, la figura de María aparece con sobriedad, con discreción, con sigilo, casi de puntillas. El centro de la cuaresma es la profesión bautismal y los compromisos que ella supone. En definitiva, el centro cuaresmal es la preparación a la pascua. En el camino, está María, como una creyente  más, pero como creyente significativa. No es un adorno cuaresmal. Es un modelo. Ella ha recorrido también ese camino. Como lo recorrió su Hijo, como lo tiene que recorrer cualquiera que sea seguidor de Cristo.

Por ello la Cuaresma es también tiempo oportuno para crecer en nuestro amor filial a Aquella que al pie de la Cruz nos entregó a su Hijo, y se entregó Ella misma con Él, por nuestra salvación. Este amor filial lo podemos expresar durante la Cuaresma impulsando ciertas devociones marianas propias de este tiempo: “Los siete dolores de Santa María Virgen”; la devoción a “Nuestra Señora, la Virgen de los Dolores”; y el rezo del Santo Rosario, especialmente los misterios de dolor.

Después de haber dicho todo esto, no me queda mas que terminar con las palabras del Beato Juan Pablo II:

“Que en este exigente camino espiritual nos apoye la Virgen, Madre de Dios. Que nos haga dóciles a la escucha de la palabra de Dios, que nos empuja a la conversión personal y a la fraterna reconciliación. Que María nos guíe hacia el encuentro con Cristo en el misterio pascual de su muerte y resurrección.”

P. Luis Manuel López Salazar
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La falsa Devoción a María. PDF Imprimir E-mail
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Reflexiones - Maria

La falsa Devoción a María.

Autor:
P. Eliecer Salesman.
Fuente: Libro Año Mariano

El autor del libro "La verdadera devoción a a María" , San Luis Monfort dice: "El demonio, como astuto falsificador, cuando ve que a una persona no logra quitarle la devoción a la Madre de Dios, se esfuerza por hacer entonces que esa devoción sea falsa. Y es importante conocer algunos detalles que hacen que la devoción a Nuestra Señora no sea verdadera sino falsa. Por ejemplo:

1a. La falsa devoción es una devoción solamente exterior, haciendo consistir el amor a la Virgen solo en prácticas externas, sin mejorar la propia conducta, ni amar a la Madre Celestial con todo el corazón.

2a. La falsa devoción es presuntuosa: se engaña pensando que con solo rezarle a la Virgen, ya se salva, aunque no deje sus vicios y sus malas costumbres.

3a. La devoción falsa es inconstante: sino consigue pronto lo que está pidiendo ya deja de rezar y de pedir, olvidando aquello que dijo el Señor: "Es necesario orar siempre y no cansarse de orar. Orar sin desfallecer. (San Lucas 18,1)

4a. La falsa devoción es interesada. Lo que le interesa es conseguir lo que pide y lo que está deseando conseguir. No le parece importante ni alabar a la Madre de Dios, ni pensar en sus grandezas y en sus bondades, ni darle gracias, ni enmendar su vida, sino que solo pedir y obtener favores.

5a. La falsa devoción es descuidada, o sea, reza sí pero unas oraciones mal rezadas y sin atención. Hace novenas pero sin fervor. Entona cantos marianos pero sin emoción. Oye ejemplos de la Virgen María sin entusiasmarse. Es la mediocridad.

Una devoción a la Virgen María que no consiga una mejoría en nuestra conducta, no es grata al Señor.

 
La figura de María en el Tiempo litúrgico del Adviento. PDF Imprimir E-mail
Reflexiones - Maria

La figura de María en el Tiempo litúrgico del Adviento.

Autor:
Hno. Aquilino de Pedro
Fuente: mercaba.org

Sentido del Adviento

Las Normas Universales sobre el Año Litúrgico y el Calendario precisan el sentido del Adviento:

“El tiempo de Adviento tiene una doble índole: es el tiempo de preparación para las solemnidades de Navidad, en las que se conmemora la primera venida del Hijo de Dios a los hombres, y es a la vez el tiempo en el que por este recuerdo se dirigen las mentes hacia la expectación de la segunda venida de Cristo al final de los tiempos. Por estas dos razones el Adviento se nos manifiesta como el tiempo de una expectación piadosa y alegre” (NUALC 39)

El sentido central, por tanto, como el de todo el año litúrgico, es celebrar a Cristo. Esto ha de tenerse muy presente en siempre en toda consideración acerca del espíritu del Adviento. Cualquier debilitamiento de ese espíritu afecta al sentido mismo de la liturgia y al pensamiento de la Iglesia, y será un peligro para una correcta espiritualidad.

El buen enfoque de la espiritualidad es esencial en la vida cristiana. De hecho, la liturgia misma queda vacía de su genuino sentido si no llega a ser vivencia espiritual.

María en la centralidad de Cristo

Ahora bien, la centralidad de Cristo implica un puesto privilegiado de María en todos los aspectos de la vida cristiana: doctrina, celebración y vivencia (dogma, culto y comportamiento).

Doctrinalmente, el sentido radical de María en la Iglesia lo da el hecho de que ella es Madre del Verbo Encarnado. El principio fundamental de la mariología es que María es Madre de Dios. En torno a ese principio se estructura todo el estudio sobre la Virgen María.

Por lo mismo, el culto refleja y es testigo de esa realidad. A María la honramos ante todo por ser la Madre de Dios. Así la ve la liturgia, que contempla variados aspectos de lo que es María, pero todos en torno a su función de Madre de Dios.

Es interesante recordar que María entró en el culto litúrgico por un motivo distinto del de los demás santos. Entre los santos los primeros venerados fueron los mártires. En el aniversario de su martirio los fieles acudían a celebrar la asamblea junto a su sepulcro o al lugar de su martirio. La Virgen entró en forma distinta: aparece en la liturgia al celebrar a Cristo. No se podía celebrar la Encarnación sin que estuviera presente aquella en la cual se había encarnado. No se podía celebrar el Nacimiento de Jesús sin expresar de quién nacía. Cosa similar en la Presentación de Jesús al templo y en toda la infancia de Jesús. Luego, en forma similar, se la vio junto a la Cruz del Hijo por un título o motivo más profundo que el de los demás que lo acompañaron en ese momento. En forma similar, María no podía desentenderse de la misión de su Hijo cuando éste creció y ya no fue dependiente de ella y de José. La madre, unida en cuerpo y en espíritu al Hijo, no podía dejar de estar presente en los sucesivos misterios del Hijo.

Tan medular es la Virgen María en el cristianismo, que el Cristo que existe tiene su ser humano con sus características básicas, recibidas de su Madre.

De lo dicho se desprende que, entre las variadas fiestas o celebraciones marianas, no todas tienen la misma importancia. No es comparable el significado de una aparición, por mucha devoción que se le tenga, con una misterio de la historia de María. No se puede poner en el mismo plano a la Virgen de tal pueblo o grupo por un favor atribuido a ella, que con lo relativo a su misión junto al Hijo.

Por esa unión con su Hijo, la veneración de la Iglesia está centrada en el papel que María tuvo y tiene en la historia de la salvación de todo el género humano. Eso se expresa no sólo en fiestas, sino en la liturgia diaria. En todas las Plegarias eucarísticas hacemos memoria de “La Virgen Madre de Dios” al dirigirnos al Padre. Lo mismo en la Liturgia de las Horas en himnos, antífonas, lecturas bíblicas y de diversos autores desde la antigüedad hasta nuestros días.

María en el Adviento

Arriba leíamos el párrafo pertinente de las Normas Universales del Año Litúrgico y del Calendario referente al sentido del Adviento. Veamos ahora en otro documento oficial el sentido de la presencia de María en la liturgia de este mismo Tiempo. Escribe Pablo VI en la hermosa exhortación apostólica "Marialis cultus”:

“Durante el tiempo de Adviento la liturgia recuerda frecuentemente a la santísima Virgen –aparte de la solemnidad del día 8 de diciembre, en que se celebra conjuntamente la Inmaculada concepción de María, la preparación radical (cf. Is 11,1.10) a la venida del Salvador y el feliz comienzo de la Iglesia sin mancha ni arruga-, sobre todo en los días feriales desde el 17 al 24 de diciembre y, más concretamente, el Domingo anterior a la Navidad, en que hace resonar antiguas voces proféticas sobre la Virgen Madre y el Mesías, y se leen episodios evangélicos relativos al nacimiento inminente de Cristo y del Precursor” (MC, 3).

“De este modo, los fieles que viven con la liturgia el espíritu del Adviento, al considerar el inefable amor con que la Virgen Madre esperó al Hijo (Cf. Prefacio II de Adviento), se sentirán animados a tomarla como modelo y a prepararse, vigilantes en la oración y... jubilosos en la alabanza” (ibid), para salir al encuentro del Salvador que viene.” (MC 4).

Basta recorrer el misal y la Liturgia de las Horas para comprobar esa abundante frecuencia de textos referentes a María durante el Adviento. Recordemos sólo una expresión del II Prefacio de este tiempo, el cual resume la vivencia de María que la Iglesia nos hace contemplar: Al que habían anunciado los profetas “la Virgen lo esperó con inefable amor de madre”. Los últimos días del Adviento son acentuadamente marianos, como reconoce Pablo VI en el documento citado.

El Adviento, ¿“Mes de María?”

Pablo VI se hace eco de una idea que ha cundido en algunos ambientes acerca de hacer coincidir el “Mes de María” con el Adviento.

“Este período, como han observado los especialistas en Liturgia, debe ser considerado como un tiempo particularmente apto para el culto a la Madre del Señor: orientación que confirmamos y deseamos ver acogida y seguida en todas partes” (MC 4).

“Tiempo particularmente apto para el culto mariano”, sí. Pero no dice el Papa que se haga coincidir con el Mes de María. Los mismos liturgistas a los cuales alude el Papa, en general no verían bien que se hiciera esa fusión, que fácilmente llevaría a confusión.

No es que la liturgia esté reñida con la religiosidad popular. Al contrario, debe existir armonía entre ambas. Pero no confusión. El pueblo cristiano debe tener bien claro que los ejercicios piadosos  (y el Mes de María es uno de ellos) no deben mezclarse con los ejercicios litúrgicos. Esto no quiere decir que la Iglesia no los aprecie. Al contrario, los alaba, aunque con ciertas condiciones que aseguren su valor. Dice el Concilio Vaticano II:

“Se recomiendan encarecidamente los ejercicios piadosos del pueblo cristiano, con tal que sean conformes a las leyes y a las normas de la Iglesia...

”Ahora bien, es preciso que estos mismos ejercicios se organicen teniendo en cuenta los tiempos litúrgicos, de modo que vayan de acuerdo con la sagrada liturgia, en cierto modo deriven de ella y a ella conduzcan al pueblo, ya que la liturgia, por su naturaleza, está muy por encima de ellos.”  (SC 13).

De modo que el Concilio no habla de fusionar, sino de armonizar, manteniendo siempre la distinción.

Por su parte Pablo VI, hablando de la relación entre ejercicios litúrgicos y “ejercicios piadosos”,

en primer lugar reprueba “la actitud de algunos que tienen cura de almas y que despreciando “a priori" los ejercicios piadosos..., los abandonan y crean un vacío que no prevén colmar; olvidan que el Concilio ha dicho que hay que armonizar los ejercicios piadosos con la Liturgia, no suprimirlos”.

Y continúa:

“En segundo lugar, (reprueba) la actitud de otros que, al margen de un sano criterio litúrgico y pastoral, unen al mismo tiempo ejercicios piadosos y actos litúrgicos en celebraciones híbridas” (MC 31). Como ejemplo reprobable menciona la práctica de novenas u otras prácticas piadosas durante la Misa.

Según ese criterio, sería riesgoso hacer coincidir el Mes de María con el Adviento. Muy fácilmente se caería en esas “celebraciones híbridas” de las que habla Pablo VI. Lo más perjudicial sería introducir unas celebraciones no centradas en Cristo. Psicológicamente la religiosidad popular polariza más que la litúrgica. Fácilmente se vería debilitado el rico sentido cristocéntrico del Adviento, que aparece en la cita con la que iniciamos este artículo.

Esta “precaución” no debilita el carácter mariano del Adviento,  sino que, al contrario, asegura su corrección y solidez. Nunca será mayor honra de María lo que en su culto haga brillar mejor la figura de Cristo. Y nunca agradará a María nada que debilite la atención a Cristo. No hay que olvidar que el mejor homenaje a María es nuestra mayor cercanía a Dios.

La frase del II Prefacio de Adviento que ya hemos citado, “a quien la Virgen esperó con inefable amor de Madre”, puede servirnos de ejemplo del modo como María debe es tenida presente en el culto. La oración no va dirigida a María, sino al Padre y, recordando al anunciado por los profetas, está presente María, que lo espera con inefable amor de Madre. No iríamos al fondo de un texto tan hermoso si nos detuviéramos en María. La oración de la Iglesia se dirige al Padre, que envía al Hijo. Pero María sale con naturalidad en la oración y nos presenta la imagen de lo que nosotros, la Iglesia, debemos reproducir.

Una observación final. En la mayor parte del Hemisferio Sur, el final del Mes de María coincide con los primeros días del Adviento. Ya en esos días hemos de tener presente cuanto aquí llevamos dicho o sugerido sobre la relación entre religiosidad popular y liturgia, según la mentalidad y la letra del Concilio Vaticano II: María muy presente, pero conduciéndonos al centro: su Hijo.

 
La fe es fidelidad definitiva como la de María. PDF Imprimir E-mail
Reflexiones - Maria

La fe es fidelidad definitiva como la de María.

Autor:
Papa Francisco.
Fuente: ACI/EWTN Noticias

Al presidir la Misa en la que consagró al mundo entero al Inmaculado Corazón de la Virgen María, junto a más de cien mil fieles reunidos en torno a la imagen original de la Virgen de Fátima en la Plaza de San Pedro, el Papa Francisco subrayó que “la fe es fidelidad definitiva, como aquella de María”.

“Y yo me pregunto: ¿Soy un cristiano a ratos o soy siempre cristiano? La cultura de lo provisional, de lo relativo entra también en la vida de fe. Dios nos pide que le seamos fieles cada día, en las cosas ordinarias”, indicó.

El Santo Padre señaló que “a pesar de que a veces no somos fieles, Él siempre es fiel y con su misericordia no se cansa de tendernos la mano para levantarnos, para animarnos a retomar el camino, a volver a Él y confesarle nuestra debilidad para que Él nos dé su fuerza”.

“Es éste el camino definitivo, siempre con el Señor, también en nuestras debilidades, también en nuestros pecados. Jamás caminar sobre el camino de lo provisional. Esto sí mata. La fe es fidelidad definitiva, como aquella de María”.

Francisco dijo que “hoy nos encontramos ante una de esas maravillas del Señor: ¡María! Una criatura humilde y débil como nosotros, elegida para ser Madre de Dios, Madre de su Creador”.

“Precisamente mirando a María a la luz de las lecturas que hemos escuchado, me gustaría reflexionar con ustedes sobre tres puntos: primero, Dios nos sorprende, segundo, Dios nos pide fidelidad, tercero, Dios es nuestra fuerza”.

Al referirse al primer punto, “Dios nos sorprende”, el Papa aseguró que “Dios nos sorprende; precisamente en la pobreza, en la debilidad, en la humildad es donde se manifiesta y nos da su amor que nos salva, nos cura y nos fortalece. Sólo pide que sigamos su palabra y nos fiemos de Él”.

“Ésta es también la experiencia de la Virgen María: ante el anuncio del Ángel, no oculta su asombro. Es el asombro de ver que Dios, para hacerse hombre, la ha elegido precisamente a Ella, una sencilla muchacha de Nazaret, que no vive en los palacios del poder y de la riqueza, que no ha hecho cosas extraordinarias, pero que está abierta a Dios, se fía de Él, aunque no lo comprenda del todo: ‘He aquí la esclava el Señor, hágase en mí según tu palabra’. Es su respuesta”.

El Papa indicó que “Dios nos sorprende siempre, rompe nuestros esquemas, pone en crisis nuestros proyectos, y nos dice: Fíate de mí, no tengas miedo, déjate sorprender, sal de ti mismo y sígueme”.

“Preguntémonos hoy todos nosotros si tenemos miedo de lo que el Señor pudiera pedirnos o de lo que nos está pidiendo. ¿Me dejo sorprender por Dios, como hizo María, o me cierro en mis seguridades, seguridades materiales, seguridades intelectuales, seguridades ideológicas, seguirdades de mis proyectos? ¿Dejo entrar a Dios verdaderamente en mi vida? ¿Cómo le respondo?”.

Francisco reflexionó luego sobre el segundo punto, “acordarse siempre de Cristo, la memoria de Jesucristo, y esto es perseverar en la fe”.

“Dios nos sorprende con su amor, pero nos pide que le sigamos fielmente. Pensemos cuántas veces nos hemos entusiasmado con una cosa, con un proyecto, con una tarea, pero después, ante las primeras dificultades, hemos tirado la toalla”.

“A menudo es fácil decir ‘sí’, pero después no se consigue repetir este ‘sí’ cada día. No se consigue a ser fieles”, lamentó.

El Papa señaló que “María ha dicho su ‘sí’ a Dios, un ‘sí’ que ha cambiado su humilde existencia de Nazaret, pero no ha sido el único, más bien ha sido el primero de otros muchos ‘sí’ pronunciados en su corazón tanto en los momentos gozosos como en los dolorosos”.

“Todos estos ‘sí’ culminaron en el pronunciado bajo la Cruz. Hoy, aquí hay muchas madres; piensen hasta qué punto ha llegado la fidelidad de María a Dios: hasta ver a su Hijo único en la Cruz. La mujer fiel, de pie, destruida dentro, pero fiel y fuerte”.

Al abordar “el último punto: Dios es nuestra fuerza”, el Santo Padre indicó que “pienso en los diez leprosos del Evangelio curados por Jesús: salen a su encuentro, se detienen a lo lejos y le dicen a gritos: ‘Jesús, maestro, ten compasión de nosotros’. Están enfermos, necesitados de amor y de fuerza, y buscan a alguien que los cure. Y Jesús responde liberándolos a todos de su enfermedad”.

“Llama la atención, sin embargo, que solamente uno regrese alabando a Dios a grandes gritos y dando gracias. Jesús mismo lo indica: diez han dado gritos para alcanzar la curación y uno solo ha vuelto a dar gracias a Dios a gritos y reconocer que en Él está nuestra fuerza. Saber agradecer, dar gloria a Dios por lo que hace por nosotros”.

Francisco pidió que “miremos a María: después de la Anunciación, lo primero que hace es un gesto de caridad hacia su anciana pariente Isabel; y las primeras palabras que pronuncia son: ‘Proclama mi alma la grandeza del Señor’, o sea, un cántico de alabanza y de acción de gracias a Dios no sólo por lo que ha hecho en Ella, sino por lo que ha hecho en toda la historia de salvación. Todo es don suyo”.

“Si nosotros podemos entender que todo es don de Dios, ¡cuánta felicidad hay en nuestro corazón! Todo es don suyo ¡Él es nuestra fuerza! ¡Decir gracias es tan fácil, y sin embargo tan difícil!”.

El Papa preguntó luego “¿cuántas veces nos decimos gracias en la familia? Es una de las palabras claves de la convivencia. ‘Permiso’, ‘disculpa’, ‘gracias’: si en una familia se dicen estas tres palabras, la familia va adelante”.

“¿Cuántas veces decimos ‘gracias’ en familia? ¿Cuántas veces damos las gracias a quien nos ayuda, se acerca a nosotros, nos acompaña en la vida? ¡Muchas veces damos todo por descontado! Y así hacemos también con Dios. Es fácil dirigirse al Señor para pedirle algo, pero ir a agradecerle: ‘Uy, no me dan ganas’”.

Al concluir su homilía, el Papa invocó “la intercesión de María para que nos ayude a dejarnos sorprender por Dios sin oponer resistencia, a ser hijos fieles cada día, a alabarlo y darle gracias porque Él es nuestra fuerza. Amén”.

Concluida la Misa, el Papa Francisco leyó el acto de Consagración del mundo a Nuestra Señora de Fátima: "Nuestra Señora de Fátima, con renovada gratitud por tu presencia materna, unimos nuestra voz a la de todas las generaciones que te dicen beata".

“Custodia nuestra vida en sus brazos", pidió el Papa.

 
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