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Reflexiones - Maria

El Dogma de la Inmaculada Concepción - Una Historia de 18 siglos.

Autor: Severiano Oliveira.
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El primer testimonio es del apóstol san Andrés, en los albores de la Era Cristiana. No obstante, fue necesario esperar hasta 1854 para ver proclamado el dogma cuyo 150º aniversario conmemoramos este mes.

“¡Ave María purísima!” – En España son éstas las primeras palabras que desde hace siglos escucha el fiel cuando se arrodilla en el confesionario.

“¡Sin pecado concebida!” – se responde al sacerdote.

¿Estas cortas frases son acaso un saludo piadoso y nada más? No. Poseen un significado más profundo. Con seguridad, eran una señal con la que el penitente tanteaba la opinión del confesor: si éste proclamaba su fe en que la Madre de Dios fue concebida libre de toda mancha de pecado, era de confianza; de lo contrario, no lo era. Como más adelante se verá, este punto era muy importante en la Península Ibérica.

Desde el Apóstol san Andrés

La Virgen María fue engendrada sin la menor mancha de pecado original. A lo largo de todos los siglos, las páginas de la Historia registran testimonios de numerosos santos, doctores y teólogos en defensa de esta verdad de fe.

El primero es san Andrés. Frente al procónsul Egeo afirmó con autoridad de Apóstol del Señor: “Y porque el primer hombre fue formado de una tierra inmaculada, era necesario que el Hombre perfecto naciera de una virgen igualmente inmaculada”.

A comienzos del siglo III, san Hipólito, mártir y obispo de Porto, escribía: “Cuando el Salvador del mundo decidió rescatar el género humano, nació de la inmaculada Virgen María”.

Y san Agustín, en los siglos IV-V, se expresa como una llamarada: “¿Quién podrá decir: yo nací sin pecado? ¿Quién podrá gloriarse de ser puro de toda iniquidad, sino (…) la santa e inmaculada Madre de Dios, preservada de toda corrupción y de toda mancha de pecado?”

No menos ardorosos son los santos posteriores, desde san Vicente Ferrer hasta san Alfonso de Ligorio, quien hizo el juramento solemne de dar su propia vida para defender el privilegio de la Inmaculada Concepción.

Esta prerrogativa de la Virgen comenzó a ser conmemorada desde muy temprano en los actos litúrgicos de la Santa Iglesia. Hay indicios que desde principios del siglo V se celebraba en el Patriarcado de Jerusalén la fiesta de la Concepción de María. El Concilio de Letrán (año 649) y el de Constantinopla (año 680) dan un prueba elocuente de que la devoción a la Virgen concebida sin pecado era común en la Cristiandad del séptimo siglo.

Acalorada disputa

Sin embargo, lejos de ser una verdad pacífica, el asunto suscitaba a veces encendidas discusiones, lo cual es comprensible en la Santa Iglesia cuando un tema doctrinal todavía no es objeto del pronunciamiento infalible del Sucesor de Pedro. En ambas partes de la contienda se distinguían santos insignes y teólogos eminentes. Basta decir que grandes lumbreras del Cristianismo como san Bernardo y santo Tomás de Aquino ponían en duda la tesis de la Concepción Inmaculada, pareciéndoles insuficientes los argumentos en su favor.

La oposición a ese singular privilegio de María tuvo dos benéficas con secuencias: un incremento notable del ardor mariano, y una profundización de los estudios teológicos en torno al controversial asunto.

Progreso lento pero incesante

El número de ciudades, países e instituciones universitarias, civiles y religiosas que celebraban oficialmente la fiesta de la Inmaculada creció tanto, que en 1477 el Papa Sixto IV le dio aprobación oficial y la enriqueció con indulgencias semejantes a la fiesta del Santísimo Sacramento. Cinco décadas más tarde, el Concilio de Trento refrendó las decisiones de Sixto IV.

Hacia aquella época, las filas de los defensores de la Inmaculada Concepción se vieron reforzadas por los teólogos de la recién fundada Compañía de Jesús. Cabe destacar que esta devoción fue establecida en Latinoamérica por los hijos de san Ignacio. En los primeros tiempos de su obra evangelizadora, construyeron capillas, ermitas e iglesias bajo la invocación de Nuestra Señora de la Concepción.

Sin definir todavía el dogma, el Papa san Pío V cohibió fuertemente la polémica en 1567 al condenar la tesis de un teólogo llamado Bayo, quien pretendía que la Virgen habría muerto como consecuencia del pecado original, heredado de Adán.

Medio siglo después, Paulo V fue aún más lejos cuando decretó que persona alguna se atreviera a enseñar públicamente que la Madre de Dios había sido manchada por el pecado original.

Una creciente oleada de entusiasmo

Resulta difícil para nosotros, habitantes del tercer milenio, imaginarnos siquiera hasta dónde esa polémica de cuño exclusivamente religioso fue capaz de estremecer al mundo cristiano entero a partir del siglo XIV. Más allá de los teólogos, también debatían reyes y magistrados, maestros y alumnos en las universidades, ricos burgueses y humildes plebeyos y campesinos; en fin, no había segmento de la sociedad que permaneciera neutral o indiferente.

Algunos ejemplos serán suficientes para ilustrar ese saludable ardor colectivo.

En 1497 y como condición para obtener el doctorado, la Universidad de París instituyó el juramento de defender para siempre que la Santísima Virgen fue concebida sin pecado. En poco tiempo fue imitada por las universidades de Colonia (Alemania) en 1499; Maguncia (Alemania) en 1501; y Valencia (España) en 1530.

En la entonces católica Inglaterra, las universidades de Oxford y Cambridge también conmemoraban la fiesta de la Inmaculada.

Aun así, los países que más sobresalieron fueron España y Portugal. Resulta difícil tratar de describir en el corto espacio de un artículo el contagioso entusiasmo de los católicos lusitanos e hispánicos –desde los reyes al más opaco “hombre de la calle”– en su empeño de proclamar que jamás ni una sola mancha de pecado tocó a la Bienaventurada Virgen María. Por ejemplo, era común descubrir sobre la puerta de ciertas casas españolas esta advertencia al visitante: “No trasponga este umbral / quien no jure por su vida / haber sido María concebida / sin pecado original.”

El juramento de Sevilla

El pueblo español se distingue por la facilidad con que lleva sus convicciones religiosas hasta las últimas consecuencias. No asombra, pues, que haya sido el país donde más declaraciones solemnes se hicieran en favor de la Inmaculada Concepción.

La descripción del solemne acto realizado en la ciudad de Sevilla, en 1617, pinta con vivos colores cómo eran los juramentos de personas individuales.

Relata un cronista de la época (1) que al despuntar el alba del 8 de diciembre, el “viejo y santo Arzobispo” llegó a la iglesia ya repleta de fieles y dio comienzo a las celebraciones, que se prolongaron hasta las cuatro de la tarde. Danzas regionales apropiadas a la dignidad del acto fueron ejecutadas durante la procesión. En el recinto de la iglesia volaban pájaros con cintas atadas al cuello y donde estaba escrito: “Sin pecado original”.

Empezó la Misa al mediodía. Tras el sermón, “comenzó el juramento de tener y defender la opinión de que la Virgen Nuestra Señora fue concebida sin pecado original”.

El primero en hacerlo fue el Arzobispo. De pie y sin mitra, cantó la larga fórmula del voto. Enseguida, el ceremoniario le hizo la pregunta:

–¿Su Ilustrísima Señoría promete y jura por estos santos Evangelios de Dios que profesará y defenderá siempre esta opinión?

–Así lo prometo, así lo juro, así me obligo solemnemente, así me ayuden Dios y estos santos Evangelios.

Cuando extendió las manos sobre el misal, sonaron festivamente las campanillas, repicaron los carillones de la torre, tocaron los órganos, se hicieron oír los cantores, entraron bailando los conjuntos de danza. De todos los labios brotó la misma exclamación: ¡María concebida sin pecado original!

Después del Arzobispo prestaron juramento los demás eclesiásticos, los nobles guerreros, comenzando por el general Conde de Salvatierra, las autoridades civiles y, por fin, los fieles. “No quedó nadie sin jurar, y con esto la ceremonia sólo terminó a las cuatro de la tarde”, concluye el cronista.

Universidad de Salamanca

Ese ardor del pueblo fiel ejercía una saludable presión, por decirlo así, sobre las instituciones sociales, eclesiásticas y civiles para que hicieran análogo juramento: corporaciones de oficio, hermandades, monasterios, parroquias, cabildos, cámaras municipales, ciudades, las poderosas Órdenes Militares (Calatrava, Santiago, Alcántara y Montesa) y arriba de todos, los Reinos de Castilla y León.

Mención especial merecen las universidades de Sevilla, Granada, Alcalá, Santiago, Zaragoza, Toledo, Baeza, Valladolid, Barcelona, Salamanca, Oñate, Huesca, Osuna, Oviedo y Sigüenza.

La más importante de éstas era la de Salamanca, por su fama mundial y por el gran número de sus estudiantes, más de siete mil. Se hicieron célebres las fiestas promovidas por esa Universidad con motivo del acto de juramento. Así, al “rey de los poetas” de entonces, Lope de Vega, se le encargó una pieza teatral para ser representada aquel día.

En el curso de esta pieza ocurrió un caso “de los más significativos para conocer el entusiasmo que sentía por la Inmaculada el gran pueblo español del siglo XVII”, nos informa el cronista. Era costumbre de los estudiantes aclamar con vítores (“¡vítor”, es decir, “¡viva!”) a sus compañeros cuando respondían con brillo a las preguntas de los examinadores o triunfaban en las disputas literarias. Conocedor de esto, el poeta hizo terminar el segundo acto de su obra con la siguiente exclamación:

“¡Vítor la Virgen, señores, concebida sin pecado!”

Mal terminó el actor de decir esto, todos los asistentes –príncipes, maestros, doctores, sacerdotes, damas ilustres, hombres rústicos y niños– saltaron como movidos por un resorte mágico y respondieron al unísono con atronadores vítores, que aumentaron en todos los corazones el ardiente amor a la Inmaculada Concepción.

Conquistó el Reino de Portugal

Portugal no se quedaba atrás en la materia. Durante el siglo XVII el culto a la Inmaculada conquistó el reino entero, inclusive los territorios coloniales.

En 1617, la famosa Universidad de Coimbra envió al Papa un mensaje afirmando su fe en la Concepción Inmaculada de María. En 1646, sus profesores prestaron el solemne juramento de defender este privilegio de la Madre de Jesús; a partir de entonces, los estudiantes quedaron obligados a prestarlo para poder graduarse. Dicho ejemplo fue imitado por docentes y alumnos de la Universidad de Evora.

Por decisión de la Cámara Municipal de Lisboa, en 1618 fueron colocadas en la puerta de la ciudad inscripciones grabadas en piedra, afirmando que la Virgen Maria fue concebida sin pecado.

Interpretando bien los anhelos de sus súbditos, en 1646 el Rey Don Juan IV proclamo a Nuestra Señora de la Concepción como patrona de sus Reinos y Señoríos. Ocho anos mas tarde, un nuevo decreto real ordenaba que “¡en todas las puertas y entradas de las ciudades, villas y lugares de sus Reinos¡¨ se colocara una lapida confirmando la fe del pueblo portugués en que la Santísima Virgen no fue manchada por el pecado original.

Antes, en el siglo XIV, el santo condestable Beato Nuno Alvares Pereira había hecho edificar en Vicosa la primera iglesia lusitana dedicada a Nuestra Señora de la Concepción. A lo largo de los anos le siguieron numerosas capillas y algunos magnificos templos, entre los cuales el Santuario de Sameiro, hoy en día un gran centro de peregrinación solo superado por el de Fátima.

El punto final

Tomaba cuerpo el sentimiento universal, clamando una definición dogmática.

No solamente hombres de Iglesia —Cardenales, Arzobispos, superiores de ordenes religiosas— sino también reyes y príncipes pidieron insistentemente a sucesivos Papas, a partir del siglo XVII, la proclamación del dogma.

En 1830, en una de las apariciones a santa Catalina Laboure, la Santísima Virgen le pidió hacer acunar una medalla con la inscripción: “Oh Maria sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a ti”. Era una manifestación del Cielo en apoyo a los ardorosos deseos del pueblo fiel en la tierra.

Le cupo al bienaventurado Pío IX la gloria de pronunciar la palabra definitiva, el 8 de diciembre de 1854:

“Declaramos, pronunciamos y definimos que la doctrina de que la Bienaventurada Virgen Maria, en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios Omnipotente, en atención a los meritos de Jesucristo, Salvador del genero humano, fue preservada inmune de toda mancha de culpa original, es doctrina revelada por Dios, y por lo tanto debe ser creída firme y constantemente por todos los fieles.”

Había hablado la voz infalible de la Verdad, y la cuestión estaba zanjada para siempre. No había necesidad alguna de mas demostraciones.

Sin embargo, la Madre de Dios quiso poner punto final, Ella misma a esta pugna de 18 siglos. Respondiendo a los reiterados pedidos de santa Bernardita para que dijera quien era, en 1858 respondió en Lourdes: “Yo soy la Inmaculada Concepción”.

Un punto final de oro, mas resplandeciente que el sol.

_______________________

1 ) Apud Nazario Pérez, SJ., La Inmaculada y España, Ed. Sal Terra, Santander, 1954, pp. 169-174.

Fuente: Revista "Heraldos del Evangelio" nº 17 - Diciembre 2004

 
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La figura de María en el Tiempo litúrgico del Adviento.

Autor: Hno. Aquilino de Pedro
Fuente:


Sentido del Adviento

Las Normas Universales sobre el Año Litúrgico y el Calendario precisan el sentido del Adviento:

“El tiempo de Adviento tiene una doble índole: es el tiempo de preparación para las solemnidades de Navidad, en las que se conmemora la primera venida del Hijo de Dios a los hombres, y es a la vez el tiempo en el que por este recuerdo se dirigen las mentes hacia la expectación de la segunda venida de Cristo al final de los tiempos. Por estas dos razones el Adviento se nos manifiesta como el tiempo de una expectación piadosa y alegre” (NUALC 39)

El sentido central, por tanto, como el de todo el año litúrgico, es celebrar a Cristo. Esto ha de tenerse muy presente en siempre en toda consideración acerca del espíritu del Adviento. Cualquier debilitamiento de ese espíritu afecta al sentido mismo de la liturgia y al pensamiento de la Iglesia, y será un peligro para una correcta espiritualidad.

El buen enfoque de la espiritualidad es esencial en la vida cristiana. De hecho, la liturgia misma queda vacía de su genuino sentido si no llega a ser vivencia espiritual.

María en la centralidad de Cristo

Ahora bien, la centralidad de Cristo implica un puesto privilegiado de María en todos los aspectos de la vida cristiana: doctrina, celebración y vivencia (dogma, culto y comportamiento).

Doctrinalmente, el sentido radical de María en la Iglesia lo da el hecho de que ella es Madre del Verbo Encarnado. El principio fundamental de la mariología es que María es Madre de Dios. En torno a ese principio se estructura todo el estudio sobre la Virgen María.

Por lo mismo, el culto refleja y es testigo de esa realidad. A María la honramos ante todo por ser la Madre de Dios. Así la ve la liturgia, que contempla variados aspectos de lo que es María, pero todos en torno a su función de Madre de Dios.

Es interesante recordar que María entró en el culto litúrgico por un motivo distinto del de los demás santos. Entre los santos los primeros venerados fueron los mártires. En el aniversario de su martirio los fieles acudían a celebrar la asamblea junto a su sepulcro o al lugar de su martirio. La Virgen entró en forma distinta: aparece en la liturgia al celebrar a Cristo. No se podía celebrar la Encarnación sin que estuviera presente aquella en la cual se había encarnado. No se podía celebrar el Nacimiento de Jesús sin expresar de quién nacía. Cosa similar en la Presentación de Jesús al templo y en toda la infancia de Jesús. Luego, en forma similar, se la vio junto a la Cruz del Hijo por un título o motivo más profundo que el de los demás que lo acompañaron en ese momento. En forma similar, María no podía desentenderse de la misión de su Hijo cuando éste creció y ya no fue dependiente de ella y de José. La madre, unida en cuerpo y en espíritu al Hijo, no podía dejar de estar presente en los sucesivos misterios del Hijo.

Tan medular es la Virgen María en el cristianismo, que el Cristo que existe tiene su ser humano con sus características básicas, recibidas de su Madre.

De lo dicho se desprende que, entre las variadas fiestas o celebraciones marianas, no todas tienen la misma importancia. No es comparable el significado de una aparición, por mucha devoción que se le tenga, con una misterio de la historia de María. No se puede poner en el mismo plano a la Virgen de tal pueblo o grupo por un favor atribuido a ella, que con lo relativo a su misión junto al Hijo.

Por esa unión con su Hijo, la veneración de la Iglesia está centrada en el papel que María tuvo y tiene en la historia de la salvación de todo el género humano. Eso se expresa no sólo en fiestas, sino en la liturgia diaria. En todas las Plegarias eucarísticas hacemos memoria de “La Virgen Madre de Dios” al dirigirnos al Padre. Lo mismo en la Liturgia de las Horas en himnos, antífonas, lecturas bíblicas y de diversos autores desde la antigüedad hasta nuestros días.

María en el Adviento

Arriba leíamos el párrafo pertinente de las Normas Universales del Año Litúrgico y del Calendario referente al sentido del Adviento. Veamos ahora en otro documento oficial el sentido de la presencia de María en la liturgia de este mismo Tiempo. Escribe Pablo VI en la hermosa exhortación apostólica "Marialis cultus”:

“Durante el tiempo de Adviento la liturgia recuerda frecuentemente a la santísima Virgen –aparte de la solemnidad del día 8 de diciembre, en que se celebra conjuntamente la Inmaculada concepción de María, la preparación radical (cf. Is 11,1.10) a la venida del Salvador y el feliz comienzo de la Iglesia sin mancha ni arruga-, sobre todo en los días feriales desde el 17 al 24 de diciembre y, más concretamente, el Domingo anterior a la Navidad, en que hace resonar antiguas voces proféticas sobre la Virgen Madre y el Mesías, y se leen episodios evangélicos relativos al nacimiento inminente de Cristo y del Precursor” (MC, 3).

“De este modo, los fieles que viven con la liturgia el espíritu del Adviento, al considerar el inefable amor con que la Virgen Madre esperó al Hijo (Cf. Prefacio II de Adviento), se sentirán animados a tomarla como modelo y a prepararse, vigilantes en la oración y... jubilosos en la alabanza” (ibid), para salir al encuentro del Salvador que viene.” (MC 4).

Basta recorrer el misal y la Liturgia de las Horas para comprobar esa abundante frecuencia de textos referentes a María durante el Adviento. Recordemos sólo una expresión del II Prefacio de este tiempo, el cual resume la vivencia de María que la Iglesia nos hace contemplar: Al que habían anunciado los profetas “la Virgen lo esperó con inefable amor de madre”. Los últimos días del Adviento son acentuadamente marianos, como reconoce Pablo VI en el documento citado.

El Adviento, ¿“Mes de María?”

Pablo VI se hace eco de una idea que ha cundido en algunos ambientes acerca de hacer coincidir el “Mes de María” con el Adviento.



“Este período, como han observado los especialistas en Liturgia, debe ser considerado como un tiempo particularmente apto para el culto a la Madre del Señor: orientación que confirmamos y deseamos ver acogida y seguida en todas partes” (MC 4).

“Tiempo particularmente apto para el culto mariano”, sí. Pero no dice el Papa que se haga coincidir con el Mes de María. Los mismos liturgistas a los cuales alude el Papa, en general no verían bien que se hiciera esa fusión, que fácilmente llevaría a confusión.

No es que la liturgia esté reñida con la religiosidad popular. Al contrario, debe existir armonía entre ambas. Pero no confusión. El pueblo cristiano debe tener bien claro que los ejercicios piadosos  (y el Mes de María es uno de ellos) no deben mezclarse con los ejercicios litúrgicos. Esto no quiere decir que la Iglesia no los aprecie. Al contrario, los alaba, aunque con ciertas condiciones que aseguren su valor. Dice el Concilio Vaticano II:

“Se recomiendan encarecidamente los ejercicios piadosos del pueblo cristiano, con tal que sean conformes a las leyes y a las normas de la Iglesia...

”Ahora bien, es preciso que estos mismos ejercicios se organicen teniendo en cuenta los tiempos litúrgicos, de modo que vayan de acuerdo con la sagrada liturgia, en cierto modo deriven de ella y a ella conduzcan al pueblo, ya que la liturgia, por su naturaleza, está muy por encima de ellos.”  (SC 13).

De modo que el Concilio no habla de fusionar, sino de armonizar, manteniendo siempre la distinción.

Por su parte Pablo VI, hablando de la relación entre ejercicios litúrgicos y “ejercicios piadosos”,

en primer lugar reprueba “la actitud de algunos que tienen cura de almas y que despreciando “a priori" los ejercicios piadosos..., los abandonan y crean un vacío que no prevén colmar; olvidan que el Concilio ha dicho que hay que armonizar los ejercicios piadosos con la Liturgia, no suprimirlos”.

Y continúa:

“En segundo lugar, (reprueba) la actitud de otros que, al margen de un sano criterio litúrgico y pastoral, unen al mismo tiempo ejercicios piadosos y actos litúrgicos en celebraciones híbridas” (MC 31). Como ejemplo reprobable menciona la práctica de novenas u otras prácticas piadosas durante la Misa.

Según ese criterio, sería riesgoso hacer coincidir el Mes de María con el Adviento. Muy fácilmente se caería en esas “celebraciones híbridas” de las que habla Pablo VI. Lo más perjudicial sería introducir unas celebraciones no centradas en Cristo. Psicológicamente la religiosidad popular polariza más que la litúrgica. Fácilmente se vería debilitado el rico sentido cristocéntrico del Adviento, que aparece en la cita con la que iniciamos este artículo.

Esta “precaución” no debilita el carácter mariano del Adviento,  sino que, al contrario, asegura su corrección y solidez. Nunca será mayor honra de María lo que en su culto haga brillar mejor la figura de Cristo. Y nunca agradará a María nada que debilite la atención a Cristo. No hay que olvidar que el mejor homenaje a María es nuestra mayor cercanía a Dios.

La frase del II Prefacio de Adviento que ya hemos citado, “a quien la Virgen esperó con inefable amor de Madre”, puede servirnos de ejemplo del modo como María debe es tenida presente en el culto. La oración no va dirigida a María, sino al Padre y, recordando al anunciado por los profetas, está presente María, que lo espera con inefable amor de Madre. No iríamos al fondo de un texto tan hermoso si nos detuviéramos en María. La oración de la Iglesia se dirige al Padre, que envía al Hijo. Pero María sale con naturalidad en la oración y nos presenta la imagen de lo que nosotros, la Iglesia, debemos reproducir.

Una observación final. En la mayor parte del Hemisferio Sur, el final del Mes de María coincide con los primeros días del Adviento. Ya en esos días hemos de tener presente cuanto aquí llevamos dicho o sugerido sobre la relación entre religiosidad popular y liturgia, según la mentalidad y la letra del Concilio Vaticano II: María muy presente, pero conduciéndonos al centro: su Hijo.

 
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Virginidad de María.

Autor: Padre Pedro Hernández Lomana, C.M.F. 
Fuente: www.mensajespanyvida.org     

No son los protestantes quienes tienen que enseñarnos a amar a nuestra Madre. Y no es que tenga nada contra ellos, pero la verdad, creo honestamente que están equivocados. Y sobre todo que tienen mala conciencia, algunos de ellos, a la hora de pensar que debemos unirnos y sentirnos bien unidos hermanos en el. Señor en lugar de luchar unos contra otros con el mal ejemplo que eso conlleva.

Te han dicho, alguna vez, si a los pies de la cruz aparece algún otro hijo de María? Porque habría sido una buena oportunidad de ver a un buen hijo acompañando a su hermano y a su Madre, en semejante situación ¿no os parece?. Pero la Madre no faltaba

Los teólogos y biblistas han dicho siempre que entre los Hebreos, y aún hoy, se llaman hermanos los hijos de hermanas y hermanos. Entre nosotros, con frecuencia, nos entendemos mejor con primos hermanos, que con hermanos.

Y nuestra fe nos presenta a nuestra madre como Virgen, Madre de Dios y Madre nuestra, y esto, desde siempre, desde que Jesús le dijo a Juan: ahí tienes a tu madre. Y él se la llevo a su casa, y mejor la colocó muy dentro de su corazón. Y esto es en lo que hay que insistir, y esto es lo que hemos recibido desde siempre en la Iglesia.

Los hermanos protestantes han perdido la Madre tan necesaria a nuestra santificación y aprovechamiento espiritual, pero nos quieren echar la culpa de que nosotros hemos desvirtuado la acción redentora de Cristo. Y eso no es así, porque seguimos manteniendo que Cristo es nuestro único Redentor. Y lo siento por ellos, y la verdad que en su vida se les nota esta falta del toque materno.

Tu realmente crees que si Maria tiene su Hijo del Espíritu Santo, y esto es de fe, y está llena de gracia, ella tan cuidadosa de su fe, que guarda todas las cosas y dichos de su Hijo en su corazón, sería capaz de comportarse de una manera ajena a su realidad de Madre de Dios. ¿Qué crees que significa para ella el que está llena de gracia?

Además toda la Escritura del Antiguo Testamento, por ejemplo Isaías, ese gran profeta de Israel nos dice:"Saldrá un renuevo del tronco de Jesé y de su raíz brotará un bástago. Sobre él posará el espíritu del Señor: espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de ciencia y de temor del Señor" (Ysa. 11 1-10) Pero es también Isaías quien añade: "La virgen está embarazada y dará a luz un barón a quien le pone el nombre de Emmanuel, es decir Dios con nosotros" (Ysa 7, 13-15).

Y San Lucas: "al sexto mes el angel Gabriel fue enviado por Dios a una joven virgen llamada María" Luc 1 26-28) Y mas tarde también nos dice: "El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra, por eso el niño santo que nacerá de ti, será llamado Hijo de Dios " (1 34-38)

Por otra parte ¿Qué comunión de Iglesia practican estas sectas que pululan por nuestros países, queriéndonos arrancar nuestra fe, si cada iglesia de ellos es independiente, y no tienen comunión con ninguna otra? Y vienen a discutirnos lo que nunca hemos dudado nosotros y tenemos más de 20 siglos, y más de mil millones de católicos en el mundo entero, creyendo en el mismo Dios y amándonos como hermanos.

Creo que nos ha de faltar fe porque los datos son tan convincentes, que es difícil dejarse llevar a otros sitios si de alguna manera nosotros no lo facilitamos. Por muchos cuentos que nos echen, los que quieran desvirtuar nuestra fe en Jesús hijo de María Virgen.

No podemos dudar de la virginidad de nuestra madre. Lo que nos hace falta es amarla de verdad y pedirla que nunca nos abandone. Que incluso nos infunda ese amor a la virginidad que tanta falta nos hace hoy.

Hagámoslo todos, y estoy seguro que, ella que nos amará de verdad, nunca nos dejará.


 
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Reflexiones - Maria

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María en nuestra vida.

Autor: el padre Manolo Madueño, sm
Fuente:  www.BuenasNuevas.com

Hoy te invito a un tema  muy importante en la vida cristiana: M A R I A.
Sí, la Virgen María, la madre de Jesús y nuestra madre. La comunidad cristiana vuelve los ojos todos los años hacia María y es bueno que le dediquemos un rato de reflexión y de atención. ¿Quién es María en nuestra vida? ¿Cómo es nuestra relación con ella? ¿Qué supone María en el camino de mi fe?

1. Centrando nuestra devoción a la virgen

La vida cristiana se recibe en una comunidad y se vive de acuerdo a criterios, pautas y modelos que esa comunidad nos va entregando. Todos tenemos recuerdos y experiencias de "devoción a María". Los hemos recibido de nuestros mayores, los hemos contemplado de chicos y, poco a poco, los hemos ido asimilando e incorporando a nuestra vida cristiana... Pero es muy bueno, es muy conveniente pararse a pensar alguna vez cómo es nuestra forma de vivir la fe y tratar de ayudarla a crecer...

En concreto con la Virgen María hay dos grandes estilos de encarar la devoción a Ella. Uno mira a María como la Madre de Dios, como la Santísima Virgen, como la Mediadora de todas las gracias, como la Madre de los cristianos a quien podemos recurrir. Otro prefiere contemplarla como la mujer que vive la primera experiencia cristiana, como la seguidora y discípula de Jesús, como el modelo para nuestra vida concreta...

Por supuesto que no hay ninguna oposición entre ambos estilos. Es más, yo diría que tenemos que utilizar ambos. Pero es bueno tomar postura y elegir cuál nos conviene en cada circunstancia de nuestra vida, cuál se adapta más a nuestro momento especial.

En esta charla te invito a meternos un poco en el segundo estilo, a descubrir enfoques y perspectivas nuevas que pueden enriquecer nuestra devoción a María...

2. María, el camino de la fe.

En María descubrimos con gozo que la fe es una peregrinación, es un camino. Tendemos muchas veces a pensar en la fe como algo sobrenatural y misterioso que algunos privilegiados poseen y que el resto de los mortales vemos con envidia. Como una fuerza sobrehumana concedida a algunos y que el resto nos esforzamos por conseguir sin mucho resultado. Pero no es así. Es cierto que la fe es un don de Dios y un regalo de Dios. Pero no es menos cierto que la fe es también respuesta y responsabilidad humana. Y -desde este segundo punto de vista- la fe tiene todas las características de un camino. La fe es proceso y aprendizaje. Tiene etapas, momentos y crisis. .. Vive alternativas de estímulos y de cansancios, de épocas de plenitud y entusiasmo y épocas de rutina y oscurecimiento. Se comparte con otros y se vive también en soledad. Necesita indicadores y referentes, momentos de descanso y momentos de renovación...

En María se da este proceso de la fe. María escucha a un Dios que la propone participar en un Plan de Amor para la humanidad. Y María no entiende. Y pregunta. Y dialoga. Y se convence y se entrega. En María la fe es respuesta consciente, libre y comprometida. "Que se realice en mi la Palabra de Dios". Y, desde ese momento, hace de su vida un proyecto de fe y de consagración a la persona y a la obra de su hijo.

A pesar de las limitaciones de su inteligencia, de las dudas y vacilacio-nes que se le van presentando, de las constataciones contrarias a sus expectativas, de los oscuros momentos de soledad y de miedo, de la incomprensión y oposición hacia su hijo... María cree, María se fía, María avanza, María es fiel.
3. Maria, el camino de la esperanza

María nos descubre las verdaderas dimensiones de la esperanza cristiana. Una esperanza que, a veces, vivimos como simple ilusión, o como evasión de la realidad, como ingenuidad o como resignación ante los males de nuestra mundo y deseo de un futuro mejor... O bien, una esperanza demasiado cargada de vanidad, de orgullo de autosuficiencia... O una esperanza tan débil que no puede superar los cansancios, el pesimismo, la amargura, la tristeza, el desánimo, la frustración...

María nos muestra el camino de la esperanza cristiana. En María la esperanza no es evasión de la realidad, ingenuidad de adolescente, sueño idealista... Es la profunda convicción de la presencia y la actuación de Dios en la vida y en la historia. Es la certidumbre de un Dios fuerte y fiel a su alianza que no puede fallar. Es la actitud humilde y confiada del que sabe que Dios puede hacer brotar vida de la muerte, aunque no sepamos cómo ni cuándo, y aún cuando esté en juego nuestra propia vida.

Es la esperanza de Belén y la esperanza de Caná. La esperanza de la huida y el exilio y la esperanza de los largos años de Nazaret. La esperanza al pie de la cruz y la esperanza con su hijo muerto entre sus brazos. La esperanza de la Resurrección y la esperanza de Pentecostés. En María la esperanza es madurez, es silencio, es paciencia, es dinamismo, es fecundidad, es fortaleza.

Necesitamos que María sea, hoy, nuestra Maestra de fe y de esperanza. Para vivir todas las facetas y las exigencias de estas dos virtudes fundamentales. Nuestra Maestra de lucidez y de sabiduría. Nuestra maestra para discernir los llamados de Dios en "los signos de los tiempos". Nuestra maestra de silencio y de oración. Nuestra Maestra para hacernos gustar toda la belleza y la profundidad de la Palabra de Dios. Nuestra maestra de fortaleza y de paciencia, de alegría y de serenidad. Nuestra maestra de fidelidad y de docilidad al Espíritu de Dios. Nuestra maestra en la lucha y en la prueba, en el fracaso y en la soledad, en la aceptación de la muerte y en la esperanza de la Vida. Nuestra maestra de los crite-rios, las actitudes y los sentimientos de Jesús. Nuestra maestra de confianza en el Padre y de aceptación de sus caminos. Nuestra Maestra de entusiasmo y de dinamismo, de coraje y de acción...

4. María, el camino del amor

El amor... Esa palabra tan pronunciada y tan mentirosa. Tan sublime y tan ambigua. La palabra que define el sentimiento más hermoso que Dios -como reflejo de sí mismo- ha confiado al corazón humano y, al mismo tiempo, utilizada para describir lo más contrario a ese regalo de Dios : el egoísmo, la posesividad, el instinto, el afán de dominio...

La vida de María es una vida de amor. Todo en ella se explica por el amor y no se explicaría sin el amor. En María comprendemos sin esfuerzo cómo el amor puede unificar una vida y llevarla a cimas insospechadas de maduración y de fecundidad. En María entendemos que el amor puede ser el valor supremo de una existencia, la opción radical de una vida, la motivación explicativa de una existencia llena de sentido...

Desde la serena madurez y la contagiosa ternura de María podamos asomarnos al misterio del amor. Y descubrir que el verdadero amor no es ambiguo, que el auténtico amor no se queda en los estadios iniciales de la pasión, el sentimiento o las formas sutiles del egocentrismo... El amor es donación consciente y libre de toda la vida. El amor es decisión firme de entrega al ser querido. El amor es olvido progresivo de sí mismo y recuerdo permanente de la persona amada. El amor es posesión gozosa de la propia vida y servicio alegre a los demás. El amor es compromiso de fidelidad más allá de tiempos y espacios, de presencias o ausencias... En María y meditando su vida de amor comprendemos cómo el amor puede ser al mismo tiempo tierno y fuerte, expresivo y profundo, silencioso y elocuente, flexible y enérgico, sereno y vivaz, paciente y dinámico, humilde y digno, libre y esclavo...

Todas las actitudes concretas que van encarnando y explicitando la gran exigencia central del amor tienen en María su ejemplo perfecto y atractivo. En María el amor es atención a todos y cuidado de cada uno, presencia y acompañamiento, servicio humilde, comprensión y aceptación del otro, diálogo franco y escucha respetuosa, sacrifico y renuncia, confianza y estímulo, trabajo y fiesta, paciencia y fortaleza, respuesta pronta y fidelidad mantenida, donación y reserva, dolorosa entrega de la vida que se da y gozosa acogida de la vida que se recibe...

Bueno, querido amigo, querida amiga, de nuestras charlas sobre la fe...Me he olvidado un poco de que estábamos conversando y me he entusias-mado hablando de María. ¿ Me entendés, verdad ? María provoca en nosotros esa alegría contagiosa y esa paz serena. Pero creo que todo lo compartido más arriba no son sólo palabras bonitas. Son intuiciones válidas sobre la vida de María y son desafíos para nuestra propia vida. ¿ Nos animamos a intentar vivir como Ella ?

 
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Reflexiones - Maria

 

María, medianera entre Dios y los hombre.

Autor: Vicente Taroncher, Capuchino
Fuente:

Desde que Juan XXIII anunció la apertura del Concilio Vaticano II, comenzaron a llover en Roma las peticiones del pueblo creyente (obispos, institutos religiosos, universidades, grupos de fieles, etc.) para que con esa ocasión, fuera proclamado solemnemente el dogma de la mediación universal de María y así que esta creencia, vivida y experimentada  en el pueblo de Dios desde los principios del cristianismo, adquiriese el mismo rango de fe que los dogmas de la Inmaculada y de la Asunción de María en cuerpo mortal a los cielos, el primero proclamado por el Papa  Bto. Pío IX  el 8 de diciembre de l854, y el segundo, por Pío XII el l de noviembre de l950.

De la mediación  universal de María no hablaron directa y  concretamente los Apóstoles cuya primera misión era presentar a Jesús, primero al pueblo judío y posteriormente al mundo pagano, como el único salvador y único mediador entre  Dios y los hombres. Así lo dice claramente  San Pablo en su primera carta a Timoteo: “...uno es Dios y uno el mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo, también hombre quien se dio a sí mismo en redención de todos”.

Pero en el Evangelio encontramos textos que, reflexionando sobre ellos, nos llevan a la conclusión inequívoca de que María, por voluntad de Dios y de su Hijo Jesucristo, recibe la misión de ser medianera entre Dios y los hombres, asociada a la misión del único mediador, que es Jesús el Hijo de Dios. Así el momento de la anunciación,  Dios, por medio del ángel, le pide a María su colaboración en la obra dela redención, a lo que María, responsable y libremente, responde con un “Sí, hágase en mí según tu palabra”; en las Bodas de Caná donde la intercesión de María adelanta la manifestación redentora y milagrosa del Hijo de Dios; la aceptación al pie de la cruz de la maternidad universal que le ofrece el Salvador agonizante, etc.

La mediación universal de María, tanto en la obtención como en la distribución universal de todas las gracias, arranca y se fundamenta en su función de madre espiritual de todos los hombres, que se inicia en la tierra y continua ejerciéndolo desde el cielo, por lo  que María coopera en la impetración y distribución actual de todas las gracias concedida a los hombres.

Ahora bien, mientras que Cristo, como mediador entre Dios y los hombres,  es la causa principal de esta mediación, independiente y necesaria, María, como medianera, es causa secundaria, dependiente de la  de su Hijo, nunca autosuficiente e hipotéticamente necesaria.

El pueblo de Dios siempre ha creído en la mediación de María y ha invocado su misericordia. Así lo acredita la  tradición de los primeros siglos de cristianismo. Baste recordar la oración que ya en el siglo tercero recitaban los fieles  y que posteriormente fue introducida en  la liturgia, que reza así: “Bajo tu protección nos acogemos, santa Madre de Dios, no deseches las suplicas que te dirigimos en nuestras necesidades,  antes bien, líbranos siempre de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita”.  Esta oración ha llegado hasta nuestros días, y en muchos hogares la recitan al finalizar el rezo del santo rosario.

El Concilio Vaticano no ha proclamado el dogma de la mediación universal de  María para no herir las susceptibilidades de los teólogos protestantes en el proceso de ecumenismo y unidad que viene adelantando la iglesia. Pero sí ha fijado los principios doctrinales y prácticos y así lo recomienda a los fieles.

Así habla el Concilio: “María con su amor materno cuida de los hermanos de su Hijo que todavía peregrinan y se hallan en peligros” Y más abajo añade: “Por este motivo la Sma. Virgen es invocada el título de Medianera”. Y da otra razón: Si Cristo comparte con los fieles su único sacerdocio, también puede compartir y de hecho comparte con la más grande de las criaturas, que es María su Madre, el don de la mediación. Y, finalmente, termina este capítulo dedicado a la mediación, recomendando a todos nosotros que acudamos a la protección de María . “La iglesia -dice-  no duda en confesar la función subordinada  de María, la experimenta continuamente y la recomienda a la piedad de los fieles para que, apoyados en esa protección maternal, se unan con mayor intimidad al  Mediador y Salvador”.

 
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