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Iglesia
Los 19 peligros actuales de mi Iglesia. PDF Imprimir E-mail
Reflexiones - Iglesia

Los 19 peligros actuales de mi Iglesia.

Autor:
Fuente:
unmensajealcorazon.net

¡Qué es la Iglesia?  Es la familia de los hijos e hijas de Dios, reunidos en torno a Jesucristo quien nos lleva al Padre gracias al Espíritu Santo.

Todos sus miembros tienen diferentes carismas o cualidades espirituales dadas para servir.   Están los pastores, los profetas, los doctores los evangelizadores, los catequistas, los consejeros, los que sanan, los que viven inmersos en el mundo y son empresarios, carpinteros y    maestros, arquitectos y campesinos; en fin, todos dotados de esa fuerza del Señor para servir desde su propia ubicación en la sociedad para construir el Reino de Dios en la tierra. El Papa es el vicario de Cristo y con los obispos, (concilios y sínodos, conferencias episcopales) dirige a la Iglesia teniendo la primacía sobre todos.  Ella es el Cuerpo de Cristo y Pueblo de Dios y su misión es evangelizar y construir el Reino de Dios en la historia.  Se nutre de la palabra de Dios, tradición y sacramentos.  Todos los bautizados somos Iglesia.   Peligros actuales:

1. Olvidarnos de la Palabra de Dios y no fomentar su lectura y estudio.  Esto es fatal.

2. Confundir el ritualismo con entrega a Cristo.

3. Convertirse los pastores en funcionarios de la religión, en simples administradores de unas estructuras religiosas sin pasión por el Reino.

4. Atender a las ovejas y regirlas por la ley y no por el amor y su  salvación.

5. Las alianzas sutiles entre los poderes del mundo y la jerarquía, quitándonos libertad para el profetismo y creernos nosotros además el centro de la Iglesia y no Jesucristo.

6. El mal uso de los medios de comunicación social de la Iglesia cuyo fin es el de evangelizar y no el diluirse en ambigüedades.

7. Promover las peleas entre tradicionalistas y avanzados como si de dos Iglesias habláramos.

8. Contribuir a la división de clases sociales y castas con una atención esmerada por los pudientes y descuidada para los pobres, en vez de promover una opción solidaria con estos.

9. No fomentar la vida de comunidad en las parroquias, sino simplemente contentarse con la misa dominical vivida sin unción.

10. Dar la impresión de que estamos buscando siempre dinero y que nuestra preocupación es construir obras y no la “Iglesia”, Cuerpo de Cristo en la historia.

11. Promover fenómenos como apariciones y revelaciones, creando en la gente más interés por lo llamativo y espectacular y no por la oración, la palabra de Dios y el culto a la Eucaristía.

12. Creernos que por tener la verdad revelada somos superiores, mejores que los que son de otras creencias o religiones y no abrirnos a un diálogo respetuoso.

13. Al promover la veneración de los santos, no inculcar su historia y ejemplo, sino solamente su aspecto milagroso anteponiéndolos al mismo Dios.

14. Dar la impresión de que instituciones como colegios son para gente pudiente (elitismo) y no para la gran masa pobre.  Si hay que cobrar para poder mantener las estructuras educativas, pero entonces cada colegio debe tener su obra educativa (o social) complementaria con pobres para servir más eficazmente.

15. Creer que el movimiento o grupo de Iglesia al que pertenezco es mejor que otros y fomentar la competencia y el sectarismo

16. Fomentar la pelea por el poder en la Iglesia con intrigas, olvidándonos que el mismo es un servicio hecho con amor para conducir a las personas hacia Cristo.

17. No darle el puesto que le corresponde al laico en la hora actual de la Iglesia como evangelizador (por gracia y derecho) que es.

18. Olvidarnos de que en esta hora hay que salir a buscar a “las ovejas” usando todos los medios a nuestro alcance, y no esperar pasivamente a vengan a “nuestro redil”.

19. Anquilosarnos en tradiciones secundarias y no abrirnos al espíritu para renovarnos continuamente y ser signo de amor y de esperanza en el mundo

Somos la Iglesia del Señor.  Creo firmemente que la Iglesia es el Cuerpo de Cristo y que tiene la verdad que debe ser expresada a todas las gentes.  Todos estamos obligados a vivir nuestro ser de Iglesia y evangelizar desde nuestra condición personal.  Lo ideal es vivir en comunidad nuestra fe, existiendo variedad de grupos en la Iglesia, desde los parroquiales y de estudios bíblicos, hasta los de oración y apostolado, pasando por los grandes movimientos espirituales y las terceras órdenes, como los más informales que se viven cuando se reúnen los vecinos en las casas para orar y por supuesto que en familia, Iglesia doméstica que vive el misterio de Cristo, pero siempre en torno a la vida parroquial y diocesana.   Las comunidades religiosas son un ejemplo de esto.  La figura del párroco es clave ya la parroquia es comunidad de comunidades y el obispo es el pastor de la gran familia que es su Iglesia particular.

 
No se hacen cristianos en el laboratorio. PDF Imprimir E-mail
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Reflexiones - Iglesia

No se hacen cristianos en el laboratorio.

Autor:
Papa Francisco
Fuente: ACI/EWTN Noticias

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy hay otro grupo de peregrinos conectados con nosotros en el Aula Pablo VI. Son peregrinos enfermos. Porque con este tiempo, entre el calor y la posibilidad de lluvia, era más prudente que ellos permanecieran allí. Pero ellos están conectados con nosotros a través de una pantalla gigante. Y así, estamos unidos en la misma Audiencia. Y todos nosotros hoy rezaremos especialmente por ellos, por sus enfermedades. Gracias.

En la primera catequesis sobre la Iglesia, el miércoles pasado, comenzamos por la iniciativa de Dios que quiere formar un Pueblo que lleve su bendición a todos los pueblos de la tierra. Empieza con Abraham y luego, con mucha paciencia – y Dios tiene, tiene tanta- con tanta paciencia prepara este Pueblo en la Antigua Alianza hasta que, en Jesucristo, lo constituye como signo e instrumento de la unión de los hombres con Dios y entre nosotros.

Hoy vamos hacer hincapié en la importancia que tiene para el cristiano pertenecer a este Pueblo. Hablaremos de la pertenencia a la Iglesia.

1. Nosotros no estamos aislados y no somos cristianos a título individual, cada uno por su lado, no: ¡nuestra identidad cristiana es pertenencia! Somos cristianos porque nosotros pertenecemos a la Iglesia. Es como un apellido: si el nombre es "Yo soy cristiano", el apellido es: "Yo pertenezco a la Iglesia." Es muy bello ver que esta pertenencia se expresa también con el nombre que Dios se da a sí mismo.

Respondiendo a Moisés, en el maravilloso episodio de la "zarza ardiente", de hecho, se define como el Dios de tus padres, no dice yo soy el Omnipotente, no: yo soy el Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob. De este modo, Él se manifiesta como el Dios que ha establecido una alianza con nuestros padres y se mantiene siempre fiel a su pacto, y nos llama a que entremos en esta relación que nos precede. Esta relación de Dios con su Pueblo nos precede a todos nosotros, viene de aquel tiempo.

2. En este sentido, el pensamiento va primero, con gratitud, a aquellos que nos han precedido y que nos han acogido en la Iglesia. ¡Nadie llega a ser cristiano por sí mismo! ¿Es claro esto? Nadie se hace cristiano por sí mismo. No se hacen cristianos en laboratorio. El cristiano es parte de un Pueblo que viene de lejos. El cristiano pertenece a un Pueblo que se llama Iglesia y esta Iglesia lo hace cristiano el día del Bautismo, se entiende, y luego en el recorrido de la catequesis y tantas cosas.

Pero nadie, nadie, se hace cristiano por sí mismo. Si creemos, si sabemos orar, si conocemos al Señor y podemos escuchar su Palabra, si nos sentimos cerca y lo reconocemos en nuestros hermanos, es porque otros, antes que nosotros, han vivido la fe y luego nos la han transmitido, la fe la hemos recibido de nuestros padres, de nuestros antepasados y ellos nos la han enseñado. Si lo pensamos bien, ¿quién sabe cuántos rostros queridos nos pasan ante los ojos, en este momento? Puede ser el rostro de nuestros padres que han pedido el bautismo para nosotros; el de nuestros abuelos o de algún familiar que nos enseñaron a hacer la señal de la cruz y a recitar las primeras oraciones.

Yo recuerdo siempre tanto el rostro de la religiosa que me ha enseñado el catecismo y siempre me viene a la mente - está en el cielo seguro, porque es una santa mujer - pero yo la recuerdo siempre y doy gracias a Dios por esta religiosa - o el rostro del párroco, un sacerdote o una religiosa, un catequista, que nos ha transmitido el contenido de la fe y nos ha hecho crecer como cristianos. Pues bien, ésta es la Iglesia: es una gran familia, en la que se nos recibe y se aprende a vivir como creyentes y discípulos del Señor Jesús.

3. Este camino lo podemos vivir no solamente gracias a otras personas, sino junto a otras personas. En la Iglesia no existe el “hazlo tú solo”, no existen “jugadores libres”. ¡Cuántas veces el Papa Benedicto ha descrito la Iglesia como un “nosotros” eclesial! A veces sucede que escuchamos a alguien decir: “yo creo en Dios, creo en Jesús, pero la Iglesia no me interesa”. ¿Cuántas veces hemos escuchado esto? Y esto no está bien. Existe quién considera que puede tener una relación personal directa, inmediata con Jesucristo fuera de la comunión y de la mediación de la Iglesia. Son tentaciones peligrosas y dañinas. Son, como decía Pablo VI, dicotomías absurdas.

Es verdad que caminar juntos es difícil y a veces puede resultar fatigoso: puede suceder que algún hermano o alguna hermana nos haga problema o nos de escándalo. Pero el Señor ha confiado su mensaje de salvación a personas humanas, a todos nosotros, a testigos; y es en nuestros hermanos y en nuestras hermanas, con sus virtudes y sus límites, que viene a nosotros y se hace reconocer. Y esto significa pertenecer a la Iglesia. Recuérdenlo bien: ser cristianos significa pertenencia a la Iglesia. El nombre es “cristiano”, el apellido es “pertenencia a la Iglesia”.

Queridos amigos, pidamos al Señor, por intercesión de la Virgen María, Madre de la Iglesia, la gracia de no caer jamás en la tentación de pensar que se puede prescindir de los otros, de poder prescindir de la Iglesia, de podernos salvar solos, de ser cristianos de laboratorio. Al contrario, no se puede amar a Dios sin amar a los hermanos; no se puede amar a Dios fuera de la Iglesia; no se puede estar en comunión con Dios sin estar en comunión con la Iglesia; y no podemos ser buenos cristianos sino junto a todos los que tratan de seguir al Señor Jesús, como un único Pueblo, un único cuerpo y esto es la Iglesia. Gracias.
Deep Sky Colors

 
El Espíritu y la Iglesia. PDF Imprimir E-mail
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Reflexiones - Iglesia

 

El Espíritu y la Iglesia.

Autor:
Lino A. Sevillano
Fuente:

EI Cuerpo de Jesús sólo puede configurarse por la acción del Espíritu Santo. Siempre que Jesús se manifiesta a los hombres se requiere la acción del Espíritu Divino.

Cuando el Verbo de Dios se encarnó en las entrañas de la Virgen María fue la acción del Espíritu la que realizó el milagro, como lo leemos en los evangelios de Lucas y Mateo, y lo ratificamos en el Credo (Mateo 2, 20; Lucas 1, 35). Como al hablar, las palabras cobran vida par la acción del aire que brota de nuestros pulmones, así cuando Dios pronunció su Palabra Eterna, el Verbo Encarnado, lo hizo par la fuerza del Espíritu Santo, Viento infinito e inmenso, que es aliento de Dios y Vida del mundo.

También cuando Jesucristo se hace presente en la Eucaristía, es la acción del Espíritu la que santifica el pan y el vino, transformándolos en el Cuerpo y en la Sangre de Jesús. Así lo proclama la Iglesia en la liturgia eucarística: "Que este mismo Espíritu santifique, Señor, estas ofrendas, para que sean Cuerpo y Sangre de Jesucristo, Nuestro Señor" (Anáfora IV Cfr también, Epíclesis de Consagración en las anáforas II y III).

Igualmente es la fuerza del Espíritu Santo la que configura el Cuerpo misterioso de Jesús, que es la Iglesia. Como el viento del que habla el profeta Ezequiel, reúne los huesos secos en cuerpos vivos, así el Espíritu reúne "a los hijos dispersos por el pecado y configura a la Iglesia a imagen de la Trinidad, para alabanza del Padre" (Cfr Epíclesis de Comunión, anáfora IV).

No se puede comprender un Cuerpo de Cristo sin Espíritu Santo. El Espíritu es como la respiración normal del Cuerpo de Jesús, desde que el Señor lo entregó a la Iglesia, al exhalar el último suspiro. Por eso los cristianos, no pueden llevar, ni predicar, ni formar a Jesús en el corazón de nadie, si no es por la virtud del Espíritu Santo. El es quien continúa asegurando que Jesús siga "encarnándose" en los hombres, en las situaciones y en todas las circunstancias del mundo, hasta que se configure plenamente el "Cristo Total" y hasta que alcancemos la estatura del Varón Perfecto de que nos habla Pablo en su carta a los Efesios 4,11-16.

Recalcar la acción del Espíritu hoy, es encontrar la más auténtica veta de la tradición eclesial. Es continuar la oración de la Iglesia que clama: ¡Ven, oh Espíritu Creador! ¡Ven, oh Espíritu Santo y enciende en nosotros el fuego de tu amor! ¡Ven, oh Espíritu y envía desde el cielo un rayo de tu luz!

Invocar al Espíritu, es hacer eco a las palabras que en 1940 decía Pío Xll a la Acción Católica Italiana: "Deseamos y oramos para que, como en otro tiempo sobre la Iglesia naciente, también hoy descienda copiosamente el Espíritu Santo..."

Y las de Juan XXI1I, al convocar el Concilio Vaticano ll: "Renueva en nuestro tiempo los prodigios como de un Pentecostés".

Y Las de Pablo VI, en mayo 23 de 1973: "Todos debemos ponernos a barlovento del soplo misterioso... del Espíritu Santo... a fin de que una nueva navegación, un nuevo movimiento verdaderamente pneumático, esto es, carismático, impulse en una única dirección y en concorde emulación a la comunidad creyente..."

En la misma línea habló el Vaticano Il de modo tan abundante, que se han publicado libros compuestos sólo con los pasajes en los que los documentos conciliares aluden a la acción del Espíritu Santo, y también en el pasado sínodo de los obispos, numerosas voces ratificaron el mismo tradicional sentir eclesial.

En efecto, sin el Espíritu Santo, Dios se vuelve un ser lejano e incluso se le borra de la vida, Cristo se convierte en un personaje histórico, sin más valor para nosotros que el del ejemplo; el evangelio se reduce a curiosa literatura del siglo primero; la Iglesia se ve tan sólo como una organización decadente, la liturgia no se viva, sino que se ejecuta como un ritualismo vacío; la autoridad tiende a ser dominio y la moral cristiana un código de leyes y preceptos que pesa como el hierro sobre el cuello.

Pero con el Espíritu todo se transforma: Cristo vive hoy, el Evangelio es poder y salvación, la Iglesia es comunidad de hermanos, el hombre lucha y vence al pecado y a la muerte y el universo entero es ofrecido con Cristo a Dios, a quien todos invocamos como Abba, Padre.

Por eso el propósito del "Movimiento Carismático " es aceptar dócilmente la acción del Espíritu Divino, y suplicarle que derrame sobre la Iglesia la lluvia de sus gracias y de sus carismas. Por eso las caractetisticas que ese "Movimiento de Renovación Espiritual" pretende hacer suyas, son las mismas que la Iglesia ha tenido siempre como notas distintivas: ser santos, unidos, católicos y apostólicos por la acción del Espíritu que santifica, une, catoliza, y apostoliza la Iglesia", y permanecer por la acción del Espíritu Divino "fieles a la enseñanza de los apóstoles, en la fracción del pan, en la comunión y en las oraciones" como lo hicieron los cristianos del primer siglo (Hechos 2, 42).

El Espíritu Santo en Acción

Lino A. Sevillano

 
Trabajar por la Iglesia. PDF Imprimir E-mail
Reflexiones - Iglesia

 

Trabajar por la Iglesia.

Autor:
Padre Fernando Pascual (Italia)
Fuente:

Si la Iglesia nace del Corazón de Cristo y vive y camina desde la fe, la esperanza y el amor.

Si la Iglesia se nutre cada día de la Eucaristía, que es su origen y que da fuerzas a todos y a cada uno de sus miembros.

Si la Iglesia está compuesta por santos y pecadores, por trigo y cizaña, por heroísmo y cobardía, por generosidad y pequeñez de espíritu.

Si la Iglesia conserva un tesoro que viene de Dios y que sirve para iluminar los corazones que quieran acogerlo con humildad y confianza.

Si la Iglesia tiene a la Virgen María como su Madre, ejemplo y modelo de todo creyente, humilde sierva del Señor y estrella de la mañana que anuncia el nuevo día.

Si la Iglesia sufre en tantos miles y miles de bautizados que son perseguidos por su fidelidad a Cristo y por su deseo sincero de vivir el Evangelio.

Si la Iglesia brilla de luz desde tantos corazones que día tras día buscan escuchar al Papa y a los obispos cuando enseñan la fe y nos indican el camino estrecho que lleva a la Patria celestial.

Si la Iglesia celebra e invoca la misericordia en el sacramento del perdón, al que acudimos quienes hemos caído en el pecado pero luego hemos confiado en la bondad salvadora de Dios.

Si la Iglesia es eso y mucho más, vale la pena trabajar por Ella y desde Ella. Lo haremos como hijos fieles, como soldados de Cristo, como redimidos por una Sangre que grita más que la de Abel.

Alimentados por el Pan de la Vida, nos toca poner la mano en el arado, mirar a Aquel al que traspasaron, y trabajar por la Iglesia, con humildad, con alegría, y con un corazón grande y lleno de esperanza.

 
Cristianos: curanderos. PDF Imprimir E-mail
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Reflexiones - Iglesia

 

Cristianos: curanderos.

Autor:
Félix González
Fuente: blogs.21rs.es/corazones

Hay, en el evangelio, algo que me llama mucho la atención.  Cuenta Mateo que Jesús recorría los pueblos y las aldeas, “proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todo achaque y enfermedad”. Y cuando Jesús mandó a sus discípulos, para que fueran ellos también por los pueblos, les dio esta orden: “proclamad que ya llega el Reinado de Dios, curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios” (Mt. 10,8).

Parece que Jesús nos manda que actuemos como los médicos. Pero los cristianos, por el hecho de serlo, no somos médico que podamos curar a los enfermos.

Veamos. Ciertamente, no somos médicos, pero tenemos que ser “sanadores”. Sanar no es lo mismo que curar. Sanar es ayudar a que otro se sienta bien, o, al menos, mejor. Y eso lo puede hacer cualquier persona. Porque no sólo hay males del cuerpo; también del espíritu. Tristezas, soledades, desánimos, sufrimientos interiores, depresiones, etc, son males del espíritu. Y no todo pertenece al médico. Muchas veces, una palabra, puede animar; un acompañar al que se siente solo, puede superar la soledad; alegrar a una persona, le puede quitar la tristeza; consolar al que está desanimado o ha sufrido un fuerte desencanto, puede devolver un nuevo estado de ánimo… Eso es sanar.

Y eso  es lo que  el Señor nos encomienda; que es una manera de ejercer la caridad con el prójimo; pertenece al mandato de “amaos unos a otros”.                                               

Me parece que es una misión encomiable, que libera muchos sufrimientos. “Curad enfermos”: enfermos del espíritu. “Resucitad muertos”:¡cuántos muertos en vida, sin ilusiones, sin esperanza! “Limpiad leprosos”: gente marginada, sin vida social, sin relaciones de convivencia. “Echad demonios”: los demonios de la enemistad, los demonios de los malos tratos, los demonios del miedo…

Pero Jesús dice más: “proclamad que ya llega el Reinado de Dios”. Todos esos “milagros” que hemos apuntado, son signos del Reino, porque crean solidaridad, paz, cercanía, fraternidad; porque cambian el mundo al cambiar a las personas. El Reinado de Dios no se hace sólo de palabras, sino de hechos. Se dice de Jesús, que “pasó haciendo el bien”. Eso es lo que debiera poderse decir de todo seguido de Jesús. Eso es lo que Jesús hizo, que acompañaba las palabras con los hechos.

Por eso, este apartado se titulaba: “CRISTIANOS, CURANDEROS”.

 
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