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Familia.
Cultivar la fe en familia. PDF Imprimir E-mail
Reflexiones - Familia.

Cultivar la fe en familia.

Autor:
Fernando Pascual - Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla
Fuente:

Cada familia cristiana es una “comunidad de vida y de amor” que recibe la misión “de custodiar, revelar y comunicar el amor, como reflejo vivo y participación real del amor de Dios por la humanidad y del amor de Cristo Señor por la Iglesia su esposa” (Juan Pablo II, “Familiaris Consortio” n. 17). Es una comunidad que busca vivir según el Evangelio, que vibra con la Iglesia, que reza, que ama.

Para vivir el amor hace falta fundarlo todo en la experiencia de Cristo, en la vida de la Iglesia, en la fe y la esperanza que nos sostienen como católicos.

En estas líneas queremos reflexionar especialmente sobre la responsabilidad que tienen los padres en el cultivo de la fe en la propia familia. No sólo respecto de los hijos, sino como pareja, pueden ayudarse cada día a conocer, vivir y transmitir la fe que madura en el amor y lleva a la esperanza.

Los hijos también, conforme crecen, se convierten en protagonistas: pueden ayudar y motivar a los padres y a los hermanos para ser cada día más fieles a sus compromisos bautismales.

Entre los muchos caminos que existen para cultivar la fe en familia, nos fijamos ahora en tres: la oración en familia, el estudio de la doctrina católica, y la vida según las enseñanzas de Cristo.

Muchas de las ideas que siguen son simplemente sugerencias o pistas de trabajo. La actitud de fondo que debe acompañarlas, el amor verdaderamente cristiano, da el sentido adecuado a cada una de las acciones que se lleven a la práctica. Un gesto realizado sin profundidad puede secar el alma, puede perder su eficacia. Es posible, sin embargo, iniciar algunos actos sin comprenderlos del todo, pero con el deseo de que nos conduzcan a una actitud profundamente evangélica, a un modo de pensar y de vivir que corresponda plenamente con lo propio de nuestra vocación cristiana.

1. La oración en familia

La oración es para cualquier bautizado lo que es el aire para los seres humanos: algo imprescindible.

Aprender a rezar toca a todos: a los padres, en las distintas etapas de su maduración interior; a los hijos, desde pequeños y cuando poco a poco entran en el mundo de los adultos.

La oración en la vida familiar tiene diversas formas. El día inicia con breves oraciones por la mañana. Por ejemplo, los padres pueden levantar a sus hijos con una pequeña jaculatoria; o, después de asearse o antes del desayuno,  todos rezan juntos una pequeña oración (el Padrenuestro, el Ave María, parte de un Salmo o del Magnificat, etc.).

Otras plegarias surgen de modo espontáneo, según las necesidades de cada día. La familia reza por el examen de selectividad, por la situación de la fábrica donde trabaja papá o mamá, por las lluvias, por el eterno descanso del abuelo...

Son muy hermosas aquellas oraciones que recogen la gratitud de todos y de cada uno. Esas oraciones pueden fijarse en los hechos más sencillos: ya funciona el frigorífero, tenemos pasteles para la merienda, se acercan las vacaciones. O pueden dar gracias por hechos más importantes: el amor entre papá y mamá ha sido bendecido con un nuevo embarazo, acaba de nacer un nuevo sobrino, el abuelo ha superado la pulmonía, un amigo ha ido a encontrarse con Dios...

El clima de oración se prolonga a lo largo del día. Para ello, ayuda mucho crear un hábito de “jaculatorias”, pequeñas oraciones espontáneas que dan un toque religioso a la jornada. “Señor, confío en Ti”. “Creo, Señor, ayúdame a creer”. “Te alabamos, Señor, porque eres bueno”. “Gracias, Señor, por esto y por esto”. “Jesús, manso y humilde de corazón, haz mi corazón semejante al tuyo”...

La hora de comer permite un momento de gratitud y de unión en la familia. ¡Qué hermoso es ver que todos, junto a la mesa, rezan! Algunos hogares recitan el Padrenuestro; en otros, los padres y los hijos se turnan para dirigir una oración espontánea antes de tomar los alimentos.

Otro momento de oración consiste en el rezo del Ángelus (se puede rezar hasta tres veces en la jornada, o si se prefiere al menos a medio día) y del Rosario.

Para los niños (y para algunos adultos también), a veces el Rosario resulta un poco aburrido. Los padres pueden ayudar a los hijos a descubrir la belleza de esta sencilla oración, quizá enseñándoles a rezar primero un solo misterio, luego dos, etc., y explicando el sentido de esta hermosa plegaria dirigida a la Madre de Dios y Madre de la Iglesia.

Cuando llega la noche, la familia busca un momento para dar gracias por el día transcurrido, para pedir perdón por las posibles faltas, para suplicar la ayuda que necesitan los de casa y los de fuera, los cercanos y los lejanos. Es muy hermoso, en ese sentido, aprender a rezar por las víctimas de las guerras, por las personas que pasan hambre, por los que viven sin esperanza y sin Dios.

La oración constante ha permitido a la familia, chicos y grandes, descubrir que la jornada, desde que amanece hasta la hora de dormir, tiene sentido desde Dios y hacia Dios. Todo ello prepara a vivir a fondo los momentos más importantes para todo católico: los Sacramentos.

Si el Sacramento de la Eucaristía es el centro de la vida cristiana, también debe serlo en el hogar. La familia necesita descubrir la belleza del domingo, la maravilla de la Misa, la importancia de la escucha de la Palabra, la participación consciente y activa en los ritos.

Participar juntos, como familia, en la misa del domingo es una tradición que vale la pena conservar. También cuando los hijos son pequeños. Los padres pueden enseñarles, poco a poco, el sentido de cada rito, las posturas que hay que adoptar, el respeto que merece la Casa de Dios. Son cosas que luego quedan grabadas en los corazones para toda la vida.

La semana se vive de un modo distinto si arranca del domingo y desemboca en el domingo. Durante la semana, la familia busca vivir aquello que ha escuchado, que ha vivido en la celebración eucarística dominical. A la vez, se prepara con el pasar de los días para el encuentro íntimo y personal con Cristo que tendrá lugar, Dios mediante, el domingo siguiente.

Ayuda mucho, en este sentido, hacer “visitas” a Cristo eucaristía durante la semana, de forma personal o en pequeños grupos (el padre o la madre con algunos hijos, varios hermanos juntos, etc.). También es muy provechoso, entre semana, recordar en casa cuál fue el evangelio del domingo anterior, o dar pistas para abrirse a los textos sagrados que serán leídos el domingo siguiente.

Además de buscar maneras para vivir mejor la Eucaristía, también es hermoso recordar el aniversario del bautismo de cada miembro de la familia. Si celebramos el nacimiento, ¿por qué no celebrar también el día en que empezamos a ser hijos de Dios y miembros de la Iglesia? Algo parecido podría hacerse con la confirmación, un sacramento que debemos valorar en toda su riqueza y que debemos tener muy presente en un mundo hostil al Evangelio.

En cuanto al matrimonio, el aniversario de bodas suele ser recordado por muchas familias católicas, incluso con la ayuda de algún día de retiro espiritual. En ese día, los esposos pueden renovar sus promesas matrimoniales, o hacer un momento de oración familiar con los hijos, quizá con la lectura en común de algún texto bíblico (por ejemplo, Tb 8,5-10, o Ef 5,21-33).

Un sacramento que merece ser vivido por todos los miembros de la familia es el de la Reconciliación (la confesión). Los niños quedan muy impresionados cuando ven a sus padres pedir perdón, de rodillas, en un confesionario. No es correcto, desde luego, recurrir a presiones para que se confiesen. Pero sí es hermoso enseñarles lo que es el pecado, lo grande que es la misericordia divina, y cómo la Iglesia pide que nos confesemos con frecuencia.

Un ámbito de la oración familiar se construye con la ayuda de imágenes de devoción. No basta con colocar aquí o allá un crucifijo, una imagen de la Virgen o el dibujo de algún santo. La imagen tiene sentido sólo si evoca y eleva los corazones a la oración y a la confianza en un Dios que está muy presente en la historia humana.

En algunos hogares existe un cuartito en el que se encuentra una especie de “altar de la familia”, donde todos se reúnen algún momento del día para rezar juntos, o donde cada uno puede dedicar un rato durante el día para meditar el Evangelio y dialogar de modo personal con Cristo. La tradición es hermosa, pues así es posible tener un lugar concreto donde todo ayuda a pensar en el Dios que tanto nos ama.

Existen otros modos para fomentar la oración en familia que se refieren a los tiempos litúrgicos. Por ejemplo, preparar un Belén en casa y tener ante el mismo momentos de oración y de cantos; ayudarse de la “Corona de Adviento” o de otras iniciativas parecidas para prepararse a la Navidad; dar un especial relieve a la Cuaresma como tiempo de oración, limosna y sacrificio; participar intensamente en la Semana Santa, de forma que permita a todos unirse íntimamente a Cristo; descubrir en familia el sentido gozoso de la Pascua y de Pentecostés, que ayude a participar del triunfo de Cristo y a descubrir la presencia del Espíritu Santo en lo más íntimo del corazón cristiano...

2. Aprender la fe en familia

Vivir en un clima continuo de oración abre los corazones al mundo divino. Esa apertura necesita ir acompañada por el estudio de todos, tanto de los padres como de los hijos, para conocer a fondo el gran regalo de la fe católica.

Los modos para lograrlo son muchos. La lectura y el estudio de la Biblia, especialmente de los Evangelios, resultan un momento esencial para conocer la propia fe. Para ello, hace falta recibir una buena introducción, sea a través de cursos en la parroquia, sea a través de la lectura de libros de autores católicos fieles al Papa y a los obispos.

Existe, por ejemplo, un curso de Biblia “on-line” del P. Antonio Rivero, que ofrece una buena ayuda para comprender mejor los libros sagrados. Se encuentra en http://es.catholic.net/conocetufe/804/2778/

De un modo más concreto, la familia en su conjunto o cada uno (según la propia edad) puede encontrar un momento al día para leer una parte del Evangelio. No se trata de una lectura simplemente informativa. Se trata de preguntarse, sencillamente, en un clima de oración: ¿qué quiere decirme Cristo con este texto? ¿Cómo ilumina mi vida?

Junto a la lectura de la Biblia, es necesario estudiar y conocer el “Compendio del Catecismo de la Iglesia católica” y, si fuera posible, también el mismo “Catecismo de la Iglesia católica”. El primero debería ser leído por los padres y, en la medida en que van creciendo, por los hijos. El segundo puede servir para ir más a fondo sobre temas importantes o ante dudas que puedan surgir. Los dos textos son ofrecidos en internet en la página del Vaticano, www.vatican.va.

La lectura del Catecismo permite conocer la fe católica en sus aspectos más importantes. Además, une a la familia con toda la Iglesia, al acercarse todos y cada uno a aquellas enseñanzas que nos permiten tener vivos y actualizados contenidos que no son simple “doctrina”, sino que nos ponen en contacto con Cristo y con su Cuerpo Místico: con el Papa, los obispos, los sacerdotes, los demás creyentes; con la Iglesia purgante (la que espera en el purgatorio) y con la Iglesia triunfante (que ya participa en el Banquete de Bodas del Cordero).

A través de estas lecturas, los padres estarán preparados para enseñar la doctrina católica en casa, si esto fuera posible. Si los hijos van a clases de catecismo en la parroquia o reciben clases de religión en la escuela, los padres ayudarán mucho a sus hijos para ver si han entendido bien, si tienen dudas. Les preguntarán los temas que están aprendiendo, no para “controlar”, sino para saber por dónde van en la catequesis y así ayudarles a vivir lo que les explicaron.

Por desgracia, en algunos lugares no se ofrece una buena enseñanza del catecismo a los niños. En otros, incluso, se les enseña ideas equivocadas. Toca a los padres velar para que la doctrina recibida por los hijos corresponda a lo que nos enseña la Iglesia y está contenido en el Catecismo. Si hace falta, pueden avisar al párroco de los errores que reciben sus hijos, o incluso al obispo, para que no se ofrezcan, bajo la apariencia de una “catequesis”, ideas confusas o contenidos claramente ajenos a nuestra fe católica.

Hemos mencionado la importancia de conocer a fondo la Biblia y el Catecismo. El estudio de la propia fe se enriquece a través de buenos libros, adaptados a cada edad. Unos serán cuentos navideños o novelas misioneras. Otros ofrecerán consejos para los adolescentes. Otros irán más a fondo sobre temas de fe, de ciencia, de moral.

Hacer un elenco de esos libros no resulta fácil. En catholic net hay un valioso arsenal de libros “on-line” (cf. http://es.catholic.net/biblioteca/). Podemos, además, recordar libros como los siguientes:

* P. Jorge Loring, “Para salvarte” (es posible encontrarlo en internet, o comprarlo como volumen).

* Mons. Tihámer Toth, “El joven de carácter” (también presente en internet).

Dos particulares ámbitos formativos se encuentran en los modernos medios de comunicación. Tenemos, en primer lugar, a los medios “clásicos” de noticias (televisión, radio, prensa). La familia no puede olvidar que en los mismos se ofrecen valoraciones sobre los hechos religiosos llenas de distorsiones o, incluso, de mentiras solapadas. Otras veces se escogen unos temas y se ocultan otros que tienen gran importancia para la vida de la Iglesia. Los padres deben conocer estos peligros y hacerlos presentes a sus hijos.

En segundo lugar, tenemos el mundo informático, especialmente internet (aunque no sólo). También aquí reina un enorme caos, y los temas religiosos son tratados en algunas páginas con mucha superficialidad, si es que no se cae en manipulaciones grotescas.

Los padres están llamados a educar a los hijos para tener un sano espíritu crítico. No se trata de aislarlos (hay temas que, a base de presión informativa, se convierten casi en “obligados”), pero sí de guiarlos para saber que no todo lo que se dice por ahí es verdad, y para comprender que los medios de comunicación no permiten alcanzar una imagen exacta de la Iglesia y de la vida ejemplar de miles y miles de buenos católicos.

Ayudará, en ese sentido, un doble esfuerzo. Por un lado, filtrar cualquier tipo de programas o de textos (escritos en papel o en la computadora) que presenten el mal como bien, que calumnien a personas o instituciones de la Iglesia, que promuevan incluso actitudes claramente antievangélicas (desenfreno, hedonismo, consumismo, odio racial o clasista, etc.).

Por otro, hay que saber individuar tantas (y son muchas, gracias a Dios) fuentes informativas sanamente católicas, que ofrecen la doctrina correcta (según el Catecismo) y que ayudan a conocer la actualidad del mundo y de la Iglesia en una perspectiva justa.

En ese sentido, es.catholic.net es una página que merece la pena ser conocida en sus distintas partes, así como otras páginas (la enumeración podría ser larga) donde la familia puede encontrar excelentes herramientas para la propia formación, incluso grabaciones de radio o pequeñas conferencias filmadas sobre la Iglesia, su historia, su doctrina, su vida actual.

En cuanto a la información católica, contamos con la que se ofrece con bastante puntualidad en www.vatican.va (la página del Vaticano), y con los servicios informativos de agencias como www.zenit.com.

Una presentación más amplia sobre este tema se encuentra en el estudio de Jorge Enrique Mújica, El rostro católico de internet en español (en  http://es.catholic.net/jorgemujica/articulo.php?tem=1430&id=34119).

3. Vivir el Evangelio en familia

Una fe sin obras, nos recuerda la Carta de Santiago, es estéril (cf. Sant 2,20). No entra en el Reino de los cielos el que dice “Señor, Señor”, sino el que cumple la Voluntad del Padre (cf. Mt 7,21).

La familia que reza, la familia que estudia su fe, también sabe vivir aquello que ha llevado a la oración, busca aplicar lo que ha conocido gracias a la bondad del Padre que nos ha hablado en su Hijo.

La mejor escuela para vivir como cristianos es la familia. Las indicaciones que podrían ofrecerse son muchísimas, como son muchas las enseñanzas morales que encontramos en la Biblia (los diez Mandamientos, el Sermón de la montaña, etc.) y que la Iglesia nos explica en la Tercera Parte del Catecismo. Como un resumen, el Catecismo enumera las 14 “obras de misericordia” (7 corporales y 7 espirituales) que ilustran ampliamente cuál es el modo de vivir según el Evangelio.

Para concretar un poco más cómo vivir evangélicamente, enumeremos algunos ámbitos en los que la familia se hace educadora en el arte de actuar como cristianos auténticos.

El primer ámbito, desde luego, es el de la propia familia. Vivir el Evangelio implica crear un clima en el hogar en el que se lleva a la práctica el principal mandamiento: la caridad. El amor debe ser el criterio para todo y para todos.

Ese amor se aprende, se hace vida, cuando los hijos ven cómo se tratan sus padres. Si los padres se aman profundamente, si saben darse el uno al otro como Cristo se dio por la Iglesia (cf. Ef 5,21-33), si saben perdonar hasta 70 veces 7 (cf. Mt 18,22), si confían en la Providencia más que en las cuentas del banco (cf. Mt 6,24-34), si ayudan al peregrino, al hambriento, al sediento, al desnudo, al enfermo, al encarcelado (cf. Mt 25,33-40)... los hijos habrán encontrado en la familia un auténtico “Evangelio vivo”.

Aprenderán entonces a dar gracias, a ayudar al necesitado, a compartir sus objetos personales, a escuchar a quien desea hablar, a dar un consejo a quien tenga dudas (de matemáticas o de fe...).

La caridad debe ser el criterio para lo que uno hace y para lo que uno deja de hacer. Por ello, la misma caridad lleva al católico a mortificar los apetitos de la carne, a controlar las propias pasiones, a huir de aquellos estilos de vida que nos atan al mundo, que nos llevan al egoísmo y a alejarnos de Dios y del prójimo.

No hay verdadera vida cristiana allí donde no hay abnegación. Hay vida cristiana allí donde cada uno renuncia al propio “yo”, cuando aprende a desapegarse de lo material para abrirse confiadamente a la providencia del Padre de los cielos (cf. el texto que ya citamos de Mt 6,24-34).

Aprender lo anterior resulta clave para lograr una familia auténticamente cristiana. ¿De qué manera puede conocer un hijo cómo se vive el Evangelio si ve en sus padres rencillas, malas palabras, afición por el dinero, críticas continuas a otros familiares o conocidos? Al revés, el hogar en el que Cristo ha entrado realmente en los corazones se convierte en un continuo testimonio de aquella caridad que nos plasmó el Espíritu Santo en 1Cor 13.

Un “capítulo” que resulta no fácil se refiere a modos de comportarse y de vestir, a diversiones, a objetos de uso. La sociedad crea necesidades y los hijos sienten una presión enorme que les hace desear lo que tienen otros y hacer lo que “todos hacen”. Los padres de familia sabrán discernir entre cosas sanas (como deportes no peligrosos y capaces de promover un buen espíritu de equipo) y “necesidades” que son falsas y que pueden llevar a los hijos a la ruina personal, incluso a la triste desgracia del pecado. Luchar contra corriente puede parecer duro, pero vale la pena si tenemos ante los ojos el premio que nos espera: la amistad con Cristo.

El segundo ámbito para vivir evangélicamente surge cuando la familia se abre a los demás. Tratamos con personas muy distintas en las mil encrucijadas de la vida. El corazón que aprende a vivir como cristiano descubre en cada uno la presencia del Amor del Padre, el deseo de Cristo de acogerlo en el número de los amigos, la acción del Espíritu Santo que susurra en los corazones y que los guía hacia la Verdad completa.

Un cristiano necesita ver a todos “con los ojos de Cristo” (cf. Benedicto XVI, encíclica “Deus caritas est” n. 18). Porque lo que se hace al hermano más pequeño es hecho al mismo Cristo (cf. Mt 25,40). Porque todos estamos invitados a ofrecer y a recibir cariño. Porque no hay amor más grande que el de dar la vida los unos por los otros (cf. 1Jn 3,16).

Esta actitud se plasma en actos concretos, que van desde el “enseñar al que no sabe” (las obras de misericordia espirituales) hasta el “visitar y cuidar a los enfermos” (las obras de misericordia corporales).

Es importante lo que uno hace por el necesitado, y es importante la actitud con la que se hace. Sirve de muy poco una limosna hecha con un rostro apático. En cambio, muchas veces llega más al corazón necesitado una mirada llena de afecto que la medicina regalada (desde luego, hay que velar también para que el enfermo tenga sus medicinas...). Los hijos que ven en sus padres actitudes profundas y gestos sinceros de amor al prójimo aprenden, más allá de las palabras, lo que significa ver a Cristo en los hermanos.

Vivir el Evangelio llega hasta el heroísmo de amar al propio enemigo (cf. Mt 5,43-48). Hay hogares en los que nunca se escucha una palabra de odio o de amargura hacia quienes ofendieron en el pasado (quizá un pasado muy reciente) a alguno de los miembros de la familia. Incluso hay hogares en los que los hijos admiran a sus padres cuando saben acoger, con los brazos abiertos, a alguien que les hizo daño, mucho daño...

La actitud profunda de amor a los otros lleva al apostolado, al compromiso continuo por conseguir que muchos hombres y mujeres lleguen a conocer a Cristo.

Es muy hermoso, en ese sentido, descubrir a familias que se convierten en “misioneras”. Saben comunicar, con su testimonio y con palabras oportunas, que Dios ama a todos, que Cristo ofrece la Salvación, que la Iglesia es la barca regalada por Dios para acometer la travesía que nos lleva a la Patria eterna.

4. A modo de conclusión

En el V Encuentro Mundial de las Familias que tuvo lugar en Valencia (España), el Papa Benedicto XVI recordaba que “transmitir la fe a los hijos, con la ayuda de otras personas e instituciones como la parroquia, la escuela o las asociaciones católicas, es una responsabilidad que los padres no pueden olvidar, descuidar o delegar totalmente” (Benedicto XVI, 8 de julio de 2006).

El Papa añadía, de un modo muy hermoso y comprometedor, que “la criatura concebida ha de ser educada en la fe, amada y protegida. Los hijos, con el fundamental derecho a nacer y ser educados en la fe, tienen derecho a un hogar que tenga como modelo el de Nazaret y sean preservados de toda clase de insidias y amenazas”.

Cuando un hijo pequeño empieza a preguntar a sus padres cómo es Dios, surge en algunos hogares una cierta inquietud: ¿estaremos preparados para introducir al hijo en el mundo del Evangelio? ¿Seremos capaces de ofrecer a los hijos un hogar semejante al de Nazaret?

Las preguntas inocentes del niño pueden convertirse en una ayuda providencial por la que Dios se vale para mover a los padres a elevar una oración confiada, para abrirse a la ayuda divina a la hora de afrontar con mayor entusiasmo sus compromisos como esposos llamados a la tarea de educar a los hijos en la fe.

“Padre Santo, los hijos que han nacido de nuestro amor existen porque Tú los amas desde toda la eternidad. Enséñanos a cuidarlos siempre con cariño exigente y con exigencia cariñosa. Danos luz y consejo para que podamos transmitirles las palabras de tu Hijo. Ayúdales a vivir según tu Amor. Protégelos de los peligros del mundo. Sobre todo, permítenos ser, como esposos y como padres, ejemplos limpios y alegres de tu bondad y de tu misericordia. Para que así, algún día, podamos cantar tu gloria, todos juntos, como familia, en el lugar que Cristo nos ha preparado en el cielo. Amén”.

 
Ante el aborto: el hombre sin voz ni voto. PDF Imprimir E-mail
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Reflexiones - Familia.

Ante el aborto: el hombre sin voz ni voto.

Autor:
Fuente: “Consecuencias del aborto para el matrimonio y la familia” por Vida Humana Internacional.
LaFamilia.info

Sucede a menudo, que el debate del aborto provocado sólo incumbe la problemática que encierra a la mujer, dejando los varones relegados a un segundo plano. Parece pues, que la paternidad cada vez está más desprotegida por las leyes, la medicina y la sicología.

El rol del padre se ha caracterizado por la protección que le provee a su familia, por la responsabilidad de sus funciones dentro de la misma, por ser el integrante firme, el principal soporte de su esposa e hijos; en fin, por su insustituible papel dentro del núcleo familiar. Pese a ello, la propaganda proabortista, ha querido desligar al hombre de todo lo concerniente al embarazo y le han creado a la mujer una falsa autonomía, la cual promulga el aborto como una decisión que sólo le atañe a ella.

Así lo afirma un análisis realizado por la organización Vida Humana Internacional: “en la decisión del aborto, con demasiada frecuencia el cometido del varón es marginal y pasivo. Puede que sea pasado por alto por su mujer, ignorado en la clínica abortista y desamparado en el acto y las secuelas del propio aborto. (…) La experiencia clínica demuestra que los hombres se vuelven hostiles cuando han sido excluidos de la toma de decisiones y cuando descubren que han sido engañados y manipulados.”

Además añade: “en nuestra sociedad se espera que los hombres sean agresivos, dominantes, que tengan éxito y que sean responsables. La experiencia del aborto crea mucha confusión en estos roles tradicionales. El hombre, a raíz del aborto, no puede desenvolverse como se esperaba de él, causándole ansiedad, tensión y problemas emocionales. En una sociedad en la cual no sólo se acepta el papel activo del padre, sino que se exige más cada día de él, es una ironía que al hombre se le deje sin poder alguno para decidir el destino de su hijo por nacer.”

Los hombres también sienten

Es apenas lógico y de sentido común, que el hecho de acabar con la vida del propio hijo, afecte intensamente al esposo (o compañero) tanto como a la madre; al fin y al cabo, la criatura por nacer corresponde a ambos, lo que supone que deberían tener los mismos derechos sobre esa vida que apenas germina.

De igual manera, diversos estudios revelan que los hombres sufren y sienten un dolor inmenso cuando sus parejas se someten a este procedimiento. Entre los efectos emocionales del aborto en los masculinos, se hallan sentimientos de culpabilidad, remordimiento, ira, depresión y tristeza. En el caso de aquellos que no fueron consultados por sus parejas, predomina la impotencia junto con una inmensa culpa por no haber salvado a su propio hijo. Tanto en los hombres como en las mujeres, estas perturbaciones se pueden convertir en traumas para el resto de sus vidas.

Esta situación lleva a una serie de desajustes que no tardarán en hacer estragos en la relación amorosa; se dice que hasta un 70% de las parejas, se separan en el término de un año después de haber ocurrido el aborto.

La paternidad desprovista de protección legal

Retomando el tema que pretende aislar al padre de toda situación relacionada con el aborto, la legislación de ciertos países se ha volcado también hacia la corriente anti vida. De hecho en Estados Unidos, hace algún tiempo se instauró una ley que permite a la mujer recurrir al aborto sin el consentimiento de su esposo, quien no tiene ninguna posibilidad de interceder para impedir la matanza del hijo que su esposa lleva dentro.

Ante este tipo de regulaciones, el padre queda totalmente clausurado, sin ningún derecho, como si no se tratara de un ser humano que lleva su misma sangre.

Los hombres a favor de la vida

Se presenta con regularidad, que lamentablemente son ellas quienes optan por interrumpir el embarazo, incluso cuando sus esposos están dispuestos a afrontar la paternidad. Contrario a lo que cualquiera pensaría, existe una gran cantidad de hombres que rechazan el aborto y tienen fehacientes deseos de conformar una familia, con todo lo que ella supone dentro de su campo de acción como varón.

Urge por tanto, crear conciencia de que el aborto nunca es la solución, asimismo los hombres son también víctimas de este flagelo como lo son las mujeres y los no nacidos, y se les debe dar igual importancia a su atención emocional y legal.

Fuente: “Consecuencias del aborto para el matrimonio y la familia” por Vida Humana Internacional.


 
La familia, cuna de televidentes. PDF Imprimir E-mail
Reflexiones - Familia.


La familia, cuna de televidentes.

Autor:
Carmen de Andrés
Fuente: sontushijos.org

Un buen telespectador no nace, sino que se hace

Para ser un telespectador formado, selectivo y crítico no basta con ver la televisión. Hay que aprender a ver televisión de calidad y formarnos sobre este medio con criterio. Este criterio no se adquiere en la primera infancia, sino que se va adquiriendo a través de los años. Esto no es posible sin la colaboración de la familia.

Los padres tenemos que ser conscientes de la importancia de formar a nuestros hijos en este apartado y esforzarnos por conseguirlo, creando un ambiente propicio para convertir esta actividad de ocio en una ocasión para formarnos en valores.

El interés por la televisión comienza en casa, junto a los padres. La familia tiene un lugar insustituible en la formación televisiva del niño. Los niños creen en lo que ven creer a los adultos que les rodean, y van creciendo con imágenes familiares, con valores que les van transmitiendo los mayores.

Veríamos mejor la televisión si …

El niño vive en un entorno audiovisual que puede ser determinante en su formación y hay que enseñarle a utilizar el enorme potencial que tiene la televisión para su educación y entretenimiento.
La catedrática de Tª de la Comunicación de la Universidad Pontificia de Salamanca, Rosa Pinto, nos da una serie de consejos agrupados en 6 cuestiones (quién, qué, cómo, dónde, cuándo y porqué):

1.- Quién

1.1.- Los padres tienen que preocuparse de los programas de televisión que se ven en su hogar. Echarle la culpa al aparato de televisión es la respuesta más fácil y cómoda.

1.2.- Los padres deben acompañar a los niños en el visionado de los programas de televisión. Esto facilitará a los progenitores el conocimiento de los efectos que determinados programas tienen en sus hijos.

1.3.- Los padres han de informarse del contenido de los programas audiovisuales con anterioridad al visionado de éstos.

1.4.- La familia debe estructurar su tiempo de ocio con diferentes actividades alternativas a la televisión, videojuegos, ordenador, etc.

1.5.- Los padres han de ser críticos con aquellos programas infantiles que no respeten los valores y derechos de los niños.

1.6.- Los padres tienen que resaltar y apoyar aquellos programas que, con dignidad y profesionalidad, favorecen lo mejor del ser humano desde una ética y una responsabilidad que tiene como objetivo atender y responder a las auténticas necesidades de la sociedad.

2.- Qué

2.1.- Los padres tienen que enseñar a ver programas de televisión y nunca a ver televisión.

2.2.- La familia ha de orientar a los niños hacia la conducta ejemplar de personajes reales mejor que héroes inexistentes o imaginarios. De estos últimos habrá que extraer lo mejor y contrastarlo con ejemplos de la vida cotidiana.

2.3.- Los progenitores tienen que presentar a los más jóvenes aquellos programas que muestren contenidos relacionados con el ocio, la cultura, la naturaleza, etc., evitando aquellos insustanciales o superficiales.

2.4.- Los padres han de saber que, en muchas ocasiones, los llamados programas infantiles y/o dibujos animados no son tan infantiles.

2.5.- Los más jóvenes no pueden ver bajo su capricho, aunque sea acompañados, cualquier espacio de la parrilla de televisión.

2.6.- Los padres tiene que trasmitir en primer lugar los valores morales en la familia y, posteriormente, ésta debe contrastar y comprobar estos valores en los contenidos mediáticos.

2.7.- La familia debe compartir con sus miembros la cultura de la imagen, pero ésta debe ampliarse a otros ámbitos: cine, fotografía, exposiciones, etc.

2.8.- La familia tiene que dedicar su tiempo a programas de televisión de calidad y evitar aquellos espacios que sólo sirven para perderlo.

La televisión es un medio de entretenimiento pero no tiene que ser éste de pésima calidad.

2.9.- Los padres han de tratar de equilibrar los contenidos que seleccionen para ver en compañía de los niños y jóvenes.

3.- Cómo

3.1.- La televisión tiene encenderse cuando se desea ver algún programa en concreto. No debemos tener ésta en funcionamiento continuo y como fondo permanente de nuestras casas.

3.2.- La televisión es un medio y, por tanto, no podemos convertir ésta en una niñera que distraiga a los hijos porque negamos la esencia del aparato de televisión o la función que tiene que ejercer la familia en el hogar.

3.3.- La televisión puede convertirse en proveedor de contenidos para constituir una videoteca familiar con los mejores programas o películas.

3.4.- La televisión tiene que apagarse cuando el programa seleccionado ha finalizado. No hay que esperar a lo próximo que pueda interesarnos.

3.5.- La televisión no hay que utilizarla como un valor en sí mismo que sirve para premiar o castigar las acciones de los niños. Estas prácticas convierten a la televisión en protagonista del proceso educativo.

4.- Dónde

4.1.- La familia tiene que disponer de un espacio común donde compartir el visionado, los comentarios, las críticas y valores que lleven a cabo los distintos miembros de la casa.

4.2.- Los padres tienen que evitar que los niños dispongan de su propio aparato de televisión en su habitación. Esto facilita que los más pequeños vean cualquier programa sin compañía y conviertan su espacio de trabajo escolar y descanso en recinto abierto a todo tipo de estímulos.

5.- Cuándo

5.1.- La familia tiene que establecer unos horarios para ver programas de televisión que no repercutan en la vida personal ni familiar.

5.2.- Los padres han de limitar el tiempo de visionado de espacios de televisión. Este nunca debe exceder de dos horas y es recomendable no más de una hora diaria.

5.3.- Los progenitores deben planificar también sus propios tiempos para no desatender las obligaciones familiares.

5.4.- La familia tiene que convertir sus reuniones, por ejemplo durante las comidas, en momentos exclusivos de diálogo entre sus miembros y siempre sin contar con la presencia encendida de la televisión.

5.5.- Los padres no tienen que permitir que los niños hagan sus tareas escolares con la televisión encendida.

6.- Por qué

6.1.- La familia tiene que considerar la riqueza de contenidos que ofrecen los medios de comunicación. Nos permite conocer otros países, otras culturas, nos informa, nos muestra las hazañas deportivas, nos descubre las maravillas de la naturaleza, las manifestaciones artísticas, etc.

6.2.- En la Sociedad de la Información y el Conocimiento, la familia tiene que enseñar a cada uno de sus miembros un nuevo lenguaje para que contraste los valores transmitidos en la familia con los que muestran los medios.

6.4.- La familia ha de entender que, como medios de comunicación, éstos no son ni buenos ni malos, el calificativo que adquieran estará en función del uso que cada uno de nosotros hagamos de ellos.

Juan Pablo II nos recordaba, en Familiaris Consortio, que “los padres somos los primeros y principales educadores de nuestros hijos, que somos también los primeros en explicarles cómo usar los medios de comunicación” y que estamos llamados a formar a sus hijos “en el uso moderado, crítico, vigilante y prudente de tales medios” en el hogar”

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Carmen de Andrés
Coordinadora de Comunicación del Grupo Educativo COAS.
Miembro de ATELEUS (Asociación de Telespectadores y Radioyentes de Euskadi).

 
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Reflexiones - Familia.



La familia "light".

Autor:
Enrique Monasterio
Fuente: Pensar por Libre

La familia es un ecosistema natural para defensa de la vida humana y de la libertad. Una afirmación tan redonda merece un breve comentario:

Desde que el mundo es mundo, el Poder (adjetívese como mejor parezca: (político, económico, etc.) siente la perversa tentación de influir en el modo de pensar del personal y, si le es posible, de manipularlo. Los medios de que dispone son cada día más eficaces: el Poder, como su propio nombre indica, puede una barbaridad: ¿será preciso insistir en las catástrofes encefálicas que se producen en un cerebro tipo estándar cuando se le aplica una dieta de 700 horas anuales de televisión?

El adoctrinamiento a que nos someten los poderosos -jamás renuncian a tan abnegada tarea- no se debe al amor que nos profesan. En el mejor de los casos buscan sólo nuestro voto, y para hacerse con él, nada mejor que formar ciudadanos dóciles a la ideología dominante, enchufados a los electrodomisticadores que el Poder controla, para que nunca caigan en la tentación de pensar por cuenta propia.

Gracias a Dios, el Poder encuentra algunos obstáculos en su empeño domesticador. Y el primero es, precisamente, la familia.

Y es que Dios, Nuestro Señor, ha previsto que los individuos vengan al mundo en un medio natural, llamado "familia": un ecosistema fundado en el amor del hombre y de la mujer, que crea entorno a sí un ámbito de intimidad, necesario para el nacimiento y para la formación de los hijos.

En esa intimidad familiar es, hoy más que nunca, un reducto de libertad frente al totalitarismo. Es la capa de ozono que protege de los rayos del Poder, mucho más peligrosos que los ultravioleta.

Cuando una familia cumple con su misión, transmite convicciones y valores; educa en las virtudes; enseña a pensar, a luchar, a amar, a hablar con Dios, y defenderse de las influencias y agresiones externas. En resumen: vacuna a los espíritus contra los eslóganes y los tópicos, y proporciona a los hijos las armas imprescindibles para actuar libre y responsablemente.

A un Estado con tentaciones totalitarias, la familia le molesta. Prefiere entenderse directamente con individuos emancipados, "liberados" (las comillas que sean gordas, por favor) de cualquier influencia que no la del propio Poder.

El problema es que la familia existe, y su prestigio no decrece a pesar de los años más o menos internacionales que se organizan en su contra. ¿ Qué puede hacer entonces el Poder para entrar en saco en las mentes de los ciudadanos?

Su estrategia ha sido la de ir debilitando esa capa de ozono a que me refería antes, hasta conseguir que la familia quede reducida casi a una pura fachada, a una especie de residencia de individuos autónomos unidos por vagos sentimientos de afecto y por una nevera bien repleta.

Así nació la familia light: una institución propia de los países ricos, ya que los pobres no están en condiciones de permitirse tales lujos.

Describir en serio sus características nos llevaría demasiado espacio. Contémoslas, por tanto, en broma. Y, aunque no os sintáis aludidos por el retrato pensad que tal vez, alguno de estos rasgos formen parte de vuestra caricatura... o de la mía.

* La familia light suele ser pequeña. Desde luego, hay muchos matrimonios estupendos con pocos hijos; pero nada como una familia numerosa para vacunarse definitivamente contra esa enfermedad.

* La familia light gira en torno a tres electrodomésticos fundamentales: la nevera, la televisión (con vídeo) y el equipo de sonido.

* la nevera sirve para comer a la carta en cualquier momento del día o de la noche, sin someterse a horarios ni a dietas maternas. Es útil también para convivir lo menos posible con los demás y para tomarse una cerveza con alguna cosa delante de

* la televisión. Se enciende al amanecer y, gracias a la función de timer, se apaga sola cuando ya todos duermen. Hay tantas en la casa como habitaciones: la tele de la cocina sirve para ver a Arguiñano. La del comedor, para no correr el riesgo de hablar si, por casualidad, un día se reúne la familia entera. La del salón es la del padre, que viene superestresado del trabajo y necesita relajarse en su sillón con una película del canal plus. La de la salita es para la madre, que también tiene derecho a su culebrón cotidiano; y las de los dormitorios, como su propio nombre indica, sirven para dormir sin tener malos ni buenos pensamientos.

* Los equipos de sonido (también llamados comecocos), o, en su defecto el walkman, produce un delicioso efecto aislante: corta toda relación con los demás y, es perfectamente compatible con la consola de videojuegos, que es el hipnótico de los más jóvenes.

* En la familia light existe una férrea autoridad para todo lo accesorio (la elección del coche, el lugar del veraneo) y una total anarquía para lo fundamental (asistencia a Misa, etc.).

* Los miembros de una familia light nunca rezan juntos, tal vez porque se verían obligados a apagar la televisión. En realidad, la vida espiritual de cada uno es una cuestión tan íntima y profunda, que, para encontrarla, habría que hacer excavaciones.

* En la familia light se habla mucho de sexo: el pudor está superado por completo, y todos tienen una exhaustiva información sexual (un buen manual de instrucciones, quiero decir). En cambio jamás se habla en serio de amor, de fecundidad, de fidelidad, de entrega... (¡Niño esas porquerías ni se nombran!) A la familia light sólo le interesa el sexo light.

* También estas familias tienen sus tragedias, sus amarguras y disgustos. He aquí cuatro significativos ejemplos:

1. El "fracaso escolar" del niño. La culpa, por supuesto, es siempre del colegio, que se complace en producir traumas, probablemente irreversibles, en la autovaloración de la criatura.

2. La niña ha engordado y no tiene nada que ponerse para la fiesta de cumpleaños de Vanessa.

3. A Manolito se le ha ocurrido decir que quiere ser misionero en Uganda. ("Nos acechan las sectas", comenta apesadumbrado el padre). Hay que tener presente que, en una familia light, la entrega a Dios se considera como una neurosis, tolerable en las familias de los demás.

4. Al "Audi" de papá le han hecho un rascón en la popa y no se habla de otra cosa en tres días.

* ¿Y si el niño llega a casa al amanecer rezumando ginebra por las orejas? Entonces, sí; el padre de familia light tomará una decisión firme: se esconderá debajo de la mesa camilla para no enterarse. "Cualquiera día de estos -se dirá preocupado- tengo que hablar seriamente con el chico".

* En la familia light existe una discreta biblioteca y una nutridísima videoteca. El padre se ocupa de comprar los dos o tres libros más vendidos del mes, y siempre se encuentran también otros títulos tan sugerentes y profundos como "Cómo aprobar sin dar golpe"; "Como ligar con la hija del jefe"; "Jesulín de Ubrique visto por su novia"; "Breve tratado de papiroflexia" o "Guía de Restaurantes y de Hoteles".

* En la familia light todo es trivial salvo lo trivial. Todo es opinable, salvo el principio de la opinabilidad universal. Nadie tiene convicciones ni creencias, sino opiniones. En resumen: padecen un síndrome de inmunodeficiencia moral de difícil tratramiento y mal pronóstico, ya que se ven expuestos a todas las infecciones ideológicas de moda. A ellos no les preocupa. Lo único que les importa es la buena salud y conservar por los siglos de los siglos ese lustre sonrosado de los adolescentes de telefilme.

Postdata:

El artículo que publiqué en Mundo Cristiano acababa así: en punta y hacia abajo. Mi madre, que es mi conciencia crítica más severa, me dijo que no le gustaba el final.

-No puedes terminar de esa forma... Habrá que dar soluciones. No querrás desahuciar a las familias light.

Tenía razón, pero no era fácil rematar el artículo en cuatro líneas. Una enfermedad tan grave no se cura con pomadas. Del aburguesamiento, de la tibieza no se sale poco a poco, como sin querer; es precisa una conversión, un cambio radical de actitud. Y de eso estamos hablando: de una mediocridad que igual puede afectar a las personas singulares que a las familias, a los matrimonios, a los hogares, cristianos o no.

-¿Entonces...?

Entonces hay que pedir al Señor que, cuanto antes, nos haga entender la seriedad del problema.

Que nadie se acostumbre a la tristeza del amor light y del egoísmo.

Que los padres quieran reaccionar, y reaccionen.

Que se reconstruya la capa de ozono, de la que hablaba antes, para que ni la voracidad del Poder ni el peso de las ideologías alteren este ecosistema de amor y libertad.

Y, sobre todo, que los más jóvenes vayan al matrimonio con ganas de aventura, dispuestos a entregarse, a formar una familia y a llenar su vida con esta empresa colosal que Dios les encomienda.

Tomado de: "Pensar por Libre". Ediciones Palabra 1996. Madrid España.
Por Enrique Monasterio

 
Vivir el Adviento en familia. PDF Imprimir E-mail
Reflexiones - Familia.

Vivir el Adviento en familia.

Autor:
Beatriz Montes Ferrer
Fuente: www.caminayven.com

Vivir el Adviento en familia«El Adviento es un tiempo de preparación para el nacimiento de Jesús», contestaba un niño a su catequista ante la pregunta sobre el significado de esta palabra.

«Pero, ¿qué tenemos que hacer para prepararnos?», continuaba cuestionando ella, a lo que su alumno respondió, un poco de memoria por lo ya escuchado varias veces en otras catequesis recibidas en la parroquia: «portarnos bien, ser obedientes, ayudar, no pelearnos…»

Esta escena se repite cada año en muchas parroquias, colegios… Los niños conocen bien la respuesta, sí, el que viene es Jesús, nació en Belén y esto lo celebramos los cristianos en la fiesta de la Navidad… pero, entonces, los que no son cristianos ¿qué están celebrando?.

La alegría que desprenden los rostros de los niños cuando ven las calles de su ciudad llenas de luces, los escaparates repletos de adornos, es realmente contagiosa. Todo es un estallido de colores, suena música navideña por cada rincón, hasta parece que las personas que te saludan lo hacen con más ilusión. En la televisión los anuncios te invitan a comprar ese magnifico perfume que sería ideal para atraer más a tu pareja, ese último ipad, ipod o juego para la consola que ha salido nuevo, una tablet porque hay que estar a lo último y un sin fin de juguetes que a los niños vuelven locos.

Es tiempo de hacer regalos a los seres más queridos y de organizar comidas de empresas para convivir de “otra forma” con los compañeros de trabajo (pero sin el cónyuge, por favor), es momento de reconciliarse con los familiares o amigos más alejados, de preparar la cena de Noche Buena… hay que darse prisa por hacer las compras necesarias para que todo quede perfecto. ¡Ah! y que no se olvide un buen vino y champán.

Así es como muchas personas se preparan en Adviento para acoger y celebrar el acontecimiento que ha revolucionado el mundo, el más importante para el ser humano: «Dios mismo no ha querido ser un Dios lejano, sino que se ha hecho hombre, nacido de una mujer que dijo sí a la  voluntad del Altísimo».

Es maravilloso todo esto de los adornos, los villancicos y las reuniones familiares, pero lo que los cristianos no podemos nunca olvidar es el verdadero sentido de esta fiesta y es nuestra responsabilidad como adultos, padres, educadores, religiosos… saber transmitírselo a nuestros pequeños, los más vulnerables ante este bombardeo materialista y que serán los hombres y mujeres que en un futuro intervendrán de una manera u otra en el desarrollo de esta sociedad.

La familia es sin duda el lugar idóneo para que ellos vean algo diferente a lo que tienen a su alrededor, para que reciban el don de la fe como el mejor regalo que cada año les pueden hacer los Reyes Magos. Es el corazón el que, en primer lugar, tanto los niños como los adultos debemos estar dispuestos a preparar. Para ello los padres deben aprovechar cualquier ocasión para recordarles que ahí dentro es donde nacerá Jesús, y es por ello que debe encontrar un pesebre limpio de pecados, sin rencillas con los hermanos, sin mentiras, un corazón muy grande para amar a todos.

Por supuesto la casa debe de prepararse también, pues es una gran fiesta, y como tal, merece que se engalane como la ocasión se merece: con los mejores adornos que tengamos, incluso se pueden divertir mucho si los fabrican ellos mismos. Es una ocasión idónea para ir explicando a los niños el significado y origen de éstos: la corona de Adviento con sus hojas de pino, las 4 velas, cada Domingo se puede reunir la familia en torno a ella, hacer una oración y encender una vela, aunque ya en la misa se vea nuevamente realizado por el sacerdote. También podemos ir preparando el árbol de Navidad con sus distintos elementos, y por supuesto, el portal de Belén que no puede faltar en un hogar cristiano. Esto les encanta: poner ovejitas, el río, los pastorcillos… aprovechando para contarles relatos, leerles textos bíblicos y de esta manera ir introduciéndoles en el verdadero significado de la fiesta que estamos esperando (sin el niño Jesús, claro, pues aún no ha nacido).

Rezar en familia es algo muy enriquecedor y necesario siempre, pero sobre todo en estas fechas. Ayuda a todos a disponer el corazón compartiendo también experiencias, dudas, aprovechando para reconciliarse unos con otros y haciéndoles ver a los pequeños (y no tan pequeños) que la familia se mantiene unida gracias al amor de Jesucristo que está en medio de ella, pues cada uno tiene sus debilidades y pecados y es por lo que este mundo necesita  de Jesús que pronto nacerá. Proponer también algún pequeño sacrificio como el no ver determinados dibujos de la tele para ofrecerlo por los más necesitados, ser más amable con los hermanos, ayudar más en casa, esforzarse en los estudios… les ayuda a mantener el interior en una constante alerta ante el acontecimiento que se avecina.

No podemos olvidarnos de la Virgen Maria, es ella la que espera con más ansias e ilusión a que nazca Jesús, pues es su hijo, al que lleva en su seno… rezarle un rosario con los hijos es algo que seguro le agradaría mucho. Si los niños son aún pequeños, se les puede iniciar con “los misterios gozosos” muy propios de  este tiempo litúrgico.

También se pueden conseguir cuentos propios de este tiempo, tanto en librerías como en páginas web.

La fe es sin duda el mejor regalo que se puede dar, pero ¿saben acaso qué es eso? Pues los más pequeños seguramente no, pero lo repetirán una y otra vez como lo más normal del mundo si lo escuchan al resto de su familia, ya lo entenderán, ya sabrán qué es; y los mayorcitos, estarán cada vez más capacitados para ir descubriendo, con ayuda de los adultos, qué es eso para su vida, esa confianza en el Señor.

A los niños se les han de decir las cosas claras para que no vivan en la ignorancia, pues de otra manera llegarán a creer que el Adviento es lo que en muchos colegios o amigos pueden oír: diversión, ir pensando en los muchos regalos que se van a pedir y comer muchos dulces. Inculcarles algo contrario a lo que viven casi diariamente, el materialismo y consumismo que nos rodea, parece tarea difícil, pero no imposible. Sólo educándoles en la precariedad en este sentido, en no desear más que lo necesario, en saber compartir con los más desfavorecidos y acercarles en la medida de lo posible a esa otra realidad, les podremos ayudar a vivir la vida y en concreto, el Adviento, de una manera diferente (bueno, y también soportando muchas quejas, cabreos y comparaciones con lo que otros sí tienen y ellos aún no).

Muchos niños ya no hacen carta a los Reyes Magos, pues se impone una vez más lo de fuera que lo propio de nuestras raíces; y Papa Noel y Santa Claus han ganado mucho terreno. Es importante que sepan el origen de unos y otros, sin menospreciar las costumbres de los países de donde proceden pero sí haciéndoles ver que, en definitiva, Papa Noel no fue al portal a ver al niño Jesús a llevarle regalos, principalmente, porque no existió (San Nicolás sí fue real). Que no pierdan nunca la ilusión y la fe en los Reyes Magos es algo fantástico, que se crean que realmente lo que se les pide tienen el poder de concederlo. Yo aún les escribo una carta todos los años y nunca me han fallado…

La familia es el lugar donde se transmiten la fe y los valores cristianos. No debemos dejar esta tarea sólo a educadores o catequistas, sino que ha de haber una armonía entre ambos, pues si en casa no se vive con alegría esa experiencia de que Jesús viene a traernos la salvación y la felicidad, no creamos que le va a dejar mucha huella lo que escuche en clase de religión (hora y media a la semana), pues el ambiente de alrededor seguramente lo acabe cegando. Es tarea y responsabilidad de todos pero, principalmente, de los padres y todos aquellos familiares que juntos hacen una magnífica Iglesia doméstica.

Muchas son las cosas que en familia se pueden hacer para un tiempo de preparación, de sólo hay que tener siempre presente a Jesús, a María, su madre y madre nuestra y mucha, mucha ilusión.

¡Feliz Adviento!

 
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