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Curiosidades de Nuestro Señor PDF Imprimir E-mail
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Reflexiones - Eucaristía.

 

Autor: Claudio De Castro ( Panamá)
Fuente: periodismocatolico.com

A veces Jesús se siente solo en el Sagrario, abandonado por las almas que más ama. No le basta la compañía de sus ángeles. Suspira por nuestro amor y gratitud. Le encanta cuando confiamos en Él, cuando le visitamos y le decimos desde el corazón que lo amamos. Por eso la jaculatoria que más repito es ésta: “Jesús te amo”.

En ocasiones, cuando lo visito me parece que sonríe de gusto. Otras veces, cuando no puedo bajarme del auto, bajo la ventana y mientras paso, desde la calle le grito: “Jesús… te quiero”. Siento en el corazón esa tierna respuesta suya: “Y Yo a ti”.

Él siempre nos amará más. Es lo que me encanta de su presencia. Su amor te envuelve, te mueve al amor, a la gracia.

Una de mis grandes inquietudes es imaginarlo solo. Solía preguntarle: “¿Qué haces en el Sagrario, mientras esperas que te visitemos? No puedes moverte, ni tener la libertad ir acá o allá”.

Sentía que respondía: “¿Qué hago? Amar. Los amo a todos y derramo gracias abundantes sobre la humanidad”.

El jueves pasado Jesús respondió esta inquietud. Conducía hacia mi trabajo y experimenté la imperiosa necesidad de visitarlo. Hay una capilla cercana, pero iba tarde y no podía desviarme. Entonces imaginé que viajaba hacia el Sagrario y que me postraba en adoración, frente a Jesús. Allí estábamos Él y yo. Los grandes amigos. Felices de vernos. Fue algo tan real que me impresionó. Sentía que estaba allí, con él, pero en realidad me encontraba en el estacionamiento del edificio donde laboro. En ese momento me di cuenta que tal vez no siempre está tan solo como parece. Tal vez otras almas alrededor del mundo lo visitan con el corazón. Y le hacen compañía. Y lo consuelan y le dicen que lo aman.

Otras veces siento que debo rezar por las almas de los pecadores (empezando por la mía) y por las benditas almas del Purgatorio. Son momentos de una intimidad particular con el buen Jesús. Es como si al rezar, Él estuviera junto a ti escuchándote, recogiendo tus oraciones, complacido por lo que haces. Era algo que no comprendía bien hasta que leí estas palabras del Diario de Sor Faustina:

“El Señor me ha dicho: La pérdida de cada alma Me sumerge en una tristeza mortal. Tú siempre Me consuelas cuando rezas por los pecadores. Tu oración que más Me agrada es la oración por la conversión de los pecadores. Has de saber, hija Mía, que esta oración es siempre escuchada”.

Desde entonces procuro acercarlas al tierno y dulce Corazón de Jesús.

Por eso escribo. Para recordarte que Dios te ama, que eres especial para Él y que lo da todo por ti. A cambio, ¿qué pide? Esto tan sencillo que parece increíble: “tu amor”.

 

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