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Tenemos Padre. PDF Imprimir E-mail
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Reflexiones - Temas actuales.



Tenemos Padre.

Autor: Mons. Rómulo Emiliani.
Fuente: www.unmensajealcorazon.net

No estamos huérfanos,

tenemos un Padre celestial, infinitamente misericordioso y bueno. La gran buena nueva es que Cristo resucitó y nos abrió las puertas del cielo.  Pero también es una gran y maravillosa noticia la que Jesucristo nos reveló: que Dios es nuestro Padre compasivo y generoso.    Él se refiere constantemente a su Padre, con ternura, respeto y confianza y nos ve a nosotros como hijos de Dios Padre también.  “En la casa de mi Padre hay muchas moradas…voy a prepararles un lugar. Y después de prepararles un lugar, volveré para tomarlos conmigo, para que donde yo esté, están también ustedes”, (Juan 14,2-4).   Jesús insiste en decirnos  que su Padre es nuestro Padre: “Ustedes, pues, oren así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre…” (Mt 6,9).  Es un Padre que no solamente nos creó de la nada a su imagen y semejanza, sino que vela por nosotros y nos da todo lo necesario para vivir: “Miren las aves del cielo que no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y su Padre Celestial las alimenta. ¿No valen ustedes mucho más que ellas?...Que por todas esas cosas se afanan los paganos, y ya sabe su Padre celestial que tienen necesidad de todo eso”, (Mt 6,26-32).

Jesús tuvo siempre en su vida como referencia suprema a su Padre del Cielo. Su mirada interior estaba enfocada en el misterio de su filiación divina. Contemplaba al Padre que estaba en él y él que estaba en el Padre. “Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí”, (Juan 14,11).  Él se sentía enviado por el Padre: “Yo te he glorificado en la tierra y he terminado la obra que me habías encomendado. Ahora Padre, dame junto a ti la misma Gloria que tenía a tu lado antes que comenzara el mundo”, (Juan 17,4-5).  Él quería que nosotros estuviéramos unidos a Él: “Que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti. Que ellos también sean uno en nosotros…”,( Juan 17,21).  Pero para asimilar este mensaje de salvación había que cultivar la humildad: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios y prudentes; y se las has revelado a los pequeños”, (Mt 11,25).

Para todo invocaba al Padre y buscaba cumplir en todo su voluntad.  Nada hacía sin el consentimiento de su Padre. Él insiste en que tenemos un Padre a quien creer, amar, pedir, alabar y nadie puede ocupar su lugar. “Ni llamen a nadie “Padre” suyo en la tierra, porque uno sólo es su Padre: el del cielo”, (Mt23, 9).  Pablo inspirado por el Espíritu dice: “Para nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y para el cual somos; y un solo Señor Jesucristo, por quien son todas las cosas y por el cual somos nosotros”, (I Cor 8,6).

Llega la intimidad de Cristo con su Padre al extremo de llamarlo “Abba”, que significa “papá”, y se siente uno con Él hasta el extremo de decirle a un discípulo: “¿Todavía no me conoces, Felipe?  El que me ve a mí ve al Padre. ¿Cómo es que me dices: Muéstranos al Padre? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Cuanto les enseño, esto no viene de mí, sino que el Padre, que permanece en mí, hace sus propias obras “, (Juan 14,9-10).   Nos revela que su Padre es misericordioso al extremo de perdonar los peores pecados, como nos lo revela en la parábola del Hijo pródigo. Dios es un papá bueno que nos ama incondicionalmente, que nos devuelve todos los tesoros divinos perdidos si nos arrepentimos sinceramente.

Somos hijos de Dios Padre gracias a la muerte y resurrección de Jesucristo. El Padre nos ama como ama a su Hijo.  Él siempre está pronunciando la palabra “hijo mío” refiriéndose a cada uno de nosotros. Nos adoptó como hijos y para siempre lo seremos.  Por lo que tendremos como herencia junto a Cristo el cielo prometido, toda la eternidad de gozo y plenitud, donde contemplaremos la Verdad, la Bondad y la Belleza, todas virtudes infinitas de Dios. Cara a cara estaremos con Dios eternamente.

No hay título en la tierra como en el cielo más grande para nosotros que ser hijos de Dios Padre en Cristo Jesús. No hay gloria, honor ni cosa  más sublime. Nos ama infinitamente, nos bendice plenamente y nos ha asumido  ya en  la Santísima Trinidad  en Cristo Jesús, donde nos ama  a cada uno de nosotros en particular   y como pueblo de Dios. Y con Él somos invencibles.

Mons. Rómulo Emiliani.

 

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